De Viajes… (Pampinos)

Al dejar la Taiga en los Territorios árticos del noroeste canadiense, se impuso en mi mente la epopeya de otros hombres en un apartado sitio del mundo ubicado en las antípodas…

PAMPINOS

–        ¡Pampinos!- dije casi en voz alta.

El bus continuaba su camino por el extenso y árido desierto atacameño. Algunos pasajeros se dieron vuelta sin entender y continuaron en sus tares. Carol –por su parte- me miró y sonrió cómplice.

Me encogí de hombros y le devolví la sonrisa.

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     Hacía ya varias horas que mi mente pugnaba por recordar como eran llamados los hombres que trabajaban en los yacimientos de nitratos. En aquellos salares donde dejaron sus vidas. Y la palabra finalmente se abrió paso en mi cerebro  acometiendo sin poder evitarlo hasta hacerse audible en mi boca.

–        ¡Pampinos si! Así los llamaban.

Las ruinas de adobe que aparecían a los costados del camino eran los mudos testigos de aquellos tiempos. El terreno cuarteado, con la dura costra de tierra que la cubría, era un elocuente recordatorio del arduo trabajo que desempeñaban esos hombres.

Los pueblos fantasma, “las oficinas” –como llamaban a estos asentamientos- relataban con su elocuente presencia la historia de estos parajes.

Ignoro porque estaba tan emocionado. Hacía ya muchos días que transitaba la porción oriental del “Norte Grande” chileno. Ya mi cuerpo se había habituado al exiguo y mezquino aire que hacía que todos mis actos fueran realizados casi en cámara lenta. Donde la altura – unos 4 mil metros- no daba margen para el derroche de actividad. Donde comer y hablar al mismo tiempo se hacía dificultoso y obligaba a realizar pausas acompañadas de profundas aspiraciones en busca del escaso aire.

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     Sin embargo la visión de estos pueblos fue algo así como el detonante que removió mi espíritu, mi mente…

El paisaje, y la vida –humana y de las criaturas silvestres- en éste desierto de altura  me habían capturado desde el primer día.

Terremotos, erupciones volcánicas, glaciaciones… O la simple y cotidiana variación térmica de cada día que virtualmente congela a sus criaturas por la noche y las derrite durante el día. Cambios lentos y de escala geológica unos, y cambios diarios de amplitud extrema -regidos por las horas de luz- los otros.

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Aunque ello no fue obstáculo para que el hombre se asentara en éstos aparentemente inhóspitos parajes.

Los libros me hablaban de tiempos remotos, sin embargo la realidad de lo que veía era mucho más elocuente.

La geografía; la gente; los restos arqueológicos, los históricos… Todo me hablaba de una elección. El escenario, por más agresivo o exigente que parezca, era el lugar elegido. No un sitio de paso. No un paraje de castigo. Todo lo contrario, era y fue un sitio elegido. Una encrucijada donde convergían los caminos. Donde se fundían las culturas,  donde el hombre se afincaba y se unía al paisaje, a las criaturas que lo habitan.

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Ruinas de Tulor asiento de primitivas civilizaciones atacameñas

Quizás por eso la epopeya de Los Pampinos me parecía otro ejemplo de identificación con la geografía, la tierra, el lugar, por más adverso que pareciera.

La historia de la explotación de los salitrales, del nitrato, es muy antigua también. Los primeros que rasgaron la tierra para obtenerlo fueron los aborígenes. El caliche o mineral del nitrato de soda nativo de las provincias de Tarapacá y Antofagasta habría sido empleado como fertilizante agrícola por los nativos de esa región. Atacameños, coyas e incas fertilizaban sus tierras con el caliche pulverizado.  En el Siglo XVII los españoles conocen el salitre de Tarapacá. Entre fines de este siglo y comienzos del XVIII, los mineros de Huantajaya lo utilizan para confeccionar la pólvora negra usada en las minas.

En 1786 Felipe Hidalgo propone al gobierno colonial del Virreinato del Perú aprovechar el salitre para fabricar distintas clases de pólvora y abastecer a los mineros y comerciantes de esa provincia.  La explotación organizada o sistemática comenzó en 1810. En 1830 se realiza el primer embarque a USA y Europa. Desde entonces tuvo un acelerado crecimiento hasta 1917 año en el que alcanzó su máximo nivel con 3 millones de toneladas de extracción.

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     Los comienzos fueron rudos. Una tarea dura y agobiante, para hombres recios, curtidos y enamorados de la tierra. El Canton Salitrero se instalaba donde existían mantos de caliche, una capa dura y superficial de 1,5 centímetros a 3,6 cm de espesor donde, asociado a depósitos de yeso, sales y arena, se encuentra un contenido variable de salitre.. En ellos comenzaba a funcionar “La Oficina”, nada más y nada menos que un centro de compra. En un estrecho radio trabajaban operarios independientes que extraían el caliche y lo molían a mazazos, entregándolo en venta a las oficinas.

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El proceso de extracción era precario, se trabajaba a pico y pala. La disolución del caliche se hacía en agua a fuego. Asi comenzaron a ser “devorados” en las calderas, la preciosa madera de los tamarugos, único árbol que crecía en esos parajes.

La bonanza del nitrato alcanzó a muchas familias que basaron su fortuna en la exportación de este producto. Aunque la gran mayoría solo tuvo la “riqueza” de ganar su pan con el trabajo. Un trabajo arduo y extenuante pagado de una inusual manera. “Las fichas” eran la forma corriente de pago. No el dinero en efectivo. Las primeras fueron fabricadas alrededor de 1885, en disco de cobre o bronce marcados con en una sola cara. Tenían un tamaño de entre 15mm a 75mm de diámetro, las más grandes del mundo. Las fichas solo podían cambiarse en las “pulperias” –almacenes- de la empresa, donde el pampino se abastecí de víveres, ropa y artículos de primera necesidad.. En Chile es donde se ha dada la mayor variedad de fichas, mas de 3.000 diferentes. En 1924 se termino definitivamente su uso.

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     Esta suerte de “semiesclavitud” no alteraba la reconcentrada y taciturna vida del pampino. Ni tampoco su entrega y adaptación a la ruda vida del desierto.

Revisando bibliografía encontré un relato que pinta de cuerpo entero a estos seres que habitaban el dilatado desierto del Norte Grande Chileno:

     “…La historia se remonta a la época en que las oficinas salitreras pagaban a sus proveedores con fichas y comienza cuando aún estaba en auge la explotación del nitrato. El personaje de la historia tenía en Tocopilla una especie de Pulpería que, como muchas otras, surtía de elementos varios a las oficinas salitreras del sector. Todas las mercaderías y diferentes elementos y productos necesarios para abastecimiento y subsistencia de Tocopilla y alrededores llegaban principalmente procedentes de Antofagasta, puerto con el cual las comunicaciones vía terrestre eran bastante más que precarias, al extremo que todo el trasporte se realizaba vía marítima. Como este sistema de transporte resultaba muy lento, engorroso y no exento de riesgos, de naufragios, el dueño de la pulpería decidió abrir una nueva y permanente ruta por tierra, que permitiera la recepción de las mercaderías y demás elementos en forma más rápida y al resguardo de los riesgos propios del precario transporte marítimo existente. De este modo se preparó un viejo camión marca Saurer, con llantas macizas, focos de iluminación a carburo, freno de palanca sólo en las ruedas traseras y transmisión a cadena. Cargado el camión con agua, alimentos y combustible suficiente para un largo viaje, junto a una fragua, carbón y yunque, palas, chuzos, cuerdas y otra serie de herramientas propias de la minería un grupo de pampinos, hombres conocedores de la zona, emprendieron rumbo al sur una aventura de aproximadamente 270 áridos y solitarios kilómetros… El camino los puso a aprueba. Un obstáculo infranqueable les impedía el paso. Tras una breve reunión del grupo para analizar diversas alternativas de emergencia, entre las cuales se desechó el enviar a alguien a pie a través del desierto en busca de ayuda, se optó por lo que pareció menos insensato: desarmar por completo el camión para subir arrastrando mediante cuerdas todas sus partes y demás elementos que transportaba hasta el otro lado de la hondonada. Esta complicada y poco grata tarea era lo único factible de realizar con las escasas fuerzas y medios que se disponía, pero al menos a su favor el grupo contaba con que la mecánica de los vehículos de la época era mucho más simple que hoy en día, facilitándose de algún modo el desarme y posterior rearmado del camión. Y tal como se planeó se hizo. Se procedió a descargar y desarmar cuidadosamente parte por parte el camión, para luego con santa paciencia amarrar y arrastrar cuesta arriba con cuerdas, una a una, el motor, la caja de cambios, los ejes, el chasis, el radiador, las ruedas, la cabina, la plataforma, etc., amén de la carga, tambores de agua y combustible, la fragua, el yunque, el carbón y demás elementos transportados por los expedicionarios. Tras tan ardua e ingrata tarea de subir todo pacientemente hasta el otro borde de la hondonada, los sufridos viajeros se entregaron a la nada estimulante, lenta y precaria labor de armar nuevamente el camión para volver a ponerlo en condiciones de funcionamiento.
Comprobado que todo estaba bien y el vehículo volvía a la vida como una vulgar ave Fénix de los años 30, luego de haber estado convertido durante unos días por la fuerza de las circunstancias en solo un montón de fierros viejos, se volvió a cargar todo lo transportado por los expedicionarios y así continuaron el viaje rumbo a la blanca ciudad de Antofagasta, puerto al cual finalmente llegaron sucios de tierra y quemados por el implacable sol pampino, pero sanos y salvos…”

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Relictos de los bosques de Tamarugo, arbol con madera dura utilizados para hervir el caliche

El sol se hacía sentir implacable al caminar entre las ruinas de una antigua “Oficina”. Mientras fotografiaba las ruinas de ese caserío fantasma, agradecía poder  sentir la emoción que me embargaba al recordar los datos, las historias, la epopeya de aquellos hombres en este desierto.

–        Pampinos- me repetí quedamente.

Sus huellas –como todo en ese enorme y aparente páramo atacameño-  perdurarán por siempre.

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De Viajes… (Taiga)

TAIGA

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Taiga, su solo nombre me seduce.

Evoca aventuras, exotismo, rigores climáticos, acción, gestas de pioneros y exploradores.

El paisaje -salpicado en verano por millares de ojos de agua cristalina y gélida, y erizado de enhiestos bosques de coníferas (pinos, abetos, cedros, piceas y alerces)- deja claros donde asoman rocas pulidas por los glaciares y recónditos refugios donde no puedo dejar de imaginar la figura de Dersu Uzala.

Taiga y Dersu Uzala –el venerable protagonista de la saga de Vladimir Arseniev, llevada al cine por Akira Kurosawa- se me antojan sinónimos. Las aventuras de Dersu y El Capitán en la taiga y la estepa siberiana quedaron grabadas en mi memoria.

Mientras deambulo por los senderos de la taiga –en los territorios del noroeste canadiense- miro con atención buscando los rastros de un lobo, un alce, huellas de un oso y –esperanzadamente- la figura de Dersu deslizándose como un fantasma por esos parajes.

Allí -entre la no menos mítica estepa, al sur, y la desprovista tundra al norte- la taiga o bosque boreal extiende su intrincada y difícil geografía. En verano es una enorme extensión cubierta por grandes y pequeños lagos, unidos por ríos y terrenos anegadizos, salpicados por isletas de coníferas. Los mosquitos reinan y acosan a humanos y bestias. Durante el invierno su geografía es invadida por la nieve y el hielo, y su extensión se agiganta uniéndose con la tundra y las regiones árticas. Es entonces cuando –irónicamente- comienza ser transitada por enormes camiones transportando pesadas maquinarias y hasta pequeñas “ciudades” que crecen en la desprovista e inclemente geografía. La ruta del hielo jalona minas de diamantes, yacimientos de gas y de petróleo.

Una presencia que hubiera arrugado el semblante de Dersu.

Desde el aire veo la transición de la taiga hacia la tundra y hacia el hielo ártico.

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Cazadores, tramperos, buscadores de oro y diamantes, petroleros. Una estoica y tozuda “especie” de hombres han transitado y transitan esta peculiar geografía. En ciudades cabeceras de estas regiones – como Yelowknife, la Capital de los Diamantes- se respira un aire de “última frontera”; de espíritus libres y autosuficientes. Algunas casas bote patentizan esa intransigencia a unirse al “sistema”; mientras vivan sobre el agua no pagan impuestos.

Artico Casas bote

Pero éste tiene otras formas de digerirlos. El alcohol, la procacidad y los suicidios los flagelan.

Jóvenes mujeres Inuit vienen a estudiar a la ciudad y terminan cayendo en el alcohol, los embarazos, que resultan en niños en orfanatos o – en el mejor de los casos- criados por abuelas mientras sus madres trabajan como sirvientas o prostitutas.

La geografía condiciona. Aunque es el mismo hombre el que se somete a si mismo a la degradación.

Dersu lo vivió en carne propia, y –viejo y enfermo- regresó a la soledad de su taiga siberiana.

Así lo han hecho, y continúan haciendo, aquellos relictos de poblaciones Inuit que viven en el ártico. Recorriendo el laberinto de canales en Bathtrust Inlet pude ver en una de las islas los restos óseos de un antiguo poblador. Su calavera y algunos huesos reposaban junto a algunos herrumbrados enseres personales (un viejo calentador y un recipiente para la comida o el agua y un hermoso recipiente tallado en roca donde la grasa de foca ardía como fuente de luz y calor). Los cuerpos eran depositados en un témpano junto con algunas pertenencias y dejados a la deriva, o depositados en algún sitio alto para que los elementos y los animales dieran cuenta de él. Hoy en algunas de esas aldeas existen cementerios. El cuerpo de un niño pequeño envuelto en pieles, esperaba a la intemperie que la tierra se descongelara para ser depositado en ella. Mi asombro seguramente asombraría a los pocos habitantes de la comunidad.

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Extensas caminatas por islas y penínsulas libres de hielo en el verano ártico recompensaban los sentidos con el descubrimiento de flores de vistosos colores. Esquivos grupos de bueyes almizcleros, manadas de caribú, algún zorro ártico, bandadas de gansos y los rastros de osos pardos o su fugaz visión trotando colina arriba.

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Prehistóricas construcciones líticas daban cuenta de la presencia del hombre desde tiempos inmemoriales. Lo huidizo de la fauna nativa también.

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La experiencia en estas remotas regiones septentrionales dejó una especie de inquietud en mi espíritu.

El avión me transportaba de vuelta a la “civilización”, desandaba el camino sobrevolando los hielos árticos, descubriendo trozos de la exigente ruta de hielo sobre la tundra, adivinando caminos en la intrincada alfombra de lagos y bosques de la taiga…

Mientras disfruto del paisaje y de mis pensamientos, viene a mi mente la epopeya de otros hombres. En otras latitudes, en otros ambientes.

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Relatos del Cajón… (Guardafauna…)

Guardafauna, una actitud, un estado de vida

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Toda la Familia Passera allá por 1981

Dos anécdotas –entre las muchas acumuladas durante mis años de Guardafauna en el Sistema de Conservación del Chubut- me parece resumen las luchas llevadas a cabo en defensa de nuestro patrimonio natural. Ambas –paradójicamente- enfrentándonos a intereses y costumbres vernáculas.

– Una de ellas tiene que ver con la llamada “Batalla de los Pingüinos”.

     “…Corría 1982 y la visita de autoridades gubernamentales del Chubut a la Reserva Faunística de Punta Tombo –de la cual era Guardafauna- desnudó los planes de un proyecto para faenar Pingüinos de Magallanes. Mientras caminábamos por los senderos de la pingüinera, y como al pasar, el Secretario de la Gobernación –un capitán de la Armada- me cuenta que en un cajón de su escritorio tenía para la firma el documento de una empresa japonesa-argentina (HINODE Pengüins) para faenar 48.000 pingüinos por año para obtener su cuero y carne enlatada para mascotas. Abundó en detalles, sobre faenamiento, proceso del cuero para utilizarlos en la confección de camisas y guantes de golf, y la “selección” de animales “viudos” y “no reproductores”… Imagino que jamás pensó que se estaba dirigiendo a un “subordinado” al cual le pagaba para proteger la naturaleza y sus criaturas… Y mucho menos a un periodista.

     En síntesis mi alerta temprana desató una de las mayores gestas de la conservación de la naturaleza. Las ganas de opinar latían en la gente –por esos años ya cansada de la tiranía militar- y se produjo una avalancha de cartas, notas periodísticas, manifestaciones y marchas, opiniones de científicos nacionales e internacionales y hasta tiras de humor que se reproducían en diarios y revistas. La presión popular hizo desistir a las autoridades provinciales de su intención de otorgar el permiso y la Conservación ganó una decisiva batalla en beneficio de las criaturas silvestres. Por algún tiempo peligró mi continuidad como Guardafauna,  pero la revista ambientalista para la cual trabajaba y la ingerencia de personas como Antonio Torrejón hicieron posible mi continuidad. Ese año fui honrado con el Diploma de Honor de la Sociedad Protectora de los Animales…” (Extractado de la Introducción de “Dinosaurios”, Relatos y Sueños de un Guardafauna).

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Pingüino d Magallanes

– La segunda fue posterior y tiene dos fases:

“Aquellos barcos grises de fiero aspecto”

     “Como todos los años –y en momentos en que las ballenas arriban a los Golfos Nuevo y San José para procrear su especie -la Armada Nacional inicia en el abrigo de esos golfos sus “juegos de guerra”-. Una tradición que no escuchaba argumentaciones sobre la inconveniencia de realizarlas justamente en esas épocas.

     Sucedió –otra vez como tantas otras- que como Jefe del Cuerpo de Guardafauna acudí a una reunión con autoridades navales. Pocos días antes el Presidente Alfonsín había estado en Puerto Madryn presenciando las maniobras. Por sugerencia de nuestro director, José Gaspar Pepitoni, escribí una nota formal para que llegara a manos del Presidente solicitando la suspensión de esos ejercicios navales en plena época de ballenas. En medio de la reunión, un alto oficial naval defendió la realización de esas actividades, y utilizó una expresión conocida por nosotros y que había sido incluida en el texto: habló de esos llamados “barcos grises de fiero aspecto”.

En la reunión estaba Pepitoni, el Guardafauna José María Musmeci, Carlos Bergara y yo… Todos nos miramos sorprendidos, e hicimos fuerza por contener la risa; pero visiblemente halagados ya que la carta había llegado a destino.

     En aquel momento nada sucedió. Las maniobras navales continuaron llevándose a  cabo. Pero la historia no terminó allí. Su definición demoró casi treinta años, pero tuvo sus frutos.

Mientras José María Musmeci ejercía su cargo como Subsecretario de Medio Ambiente de la Nación, un desgraciado hecho ocurrió en el mismo muelle de Puerto Madryn. Una Ballena fue embestida por un barco de la Armada. Esto dio pié –ante la indignación popular- a que la Ministra de Defensa en una reunión donde Musmeci defendió con vehemencia el cese de actividades, restringiera el ingreso de buques de la Armada durante los meses en que las ballenas acuden a los Golfos que rodean la Península Valdés.

     Finalmente, nada menos que un Guardafauna, logró vencer la tozudez de aquellos “barcos grises de fiero aspecto”.

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Pingüino Rey y José María Musmeci, una visita inesperada

He Leído… (Bailando…)

“Bailando en Tierra de Nadie” de Claudio Campagna.

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Un libro con tema difícil, para leer, masticar, rumiar y digerir… Pero indispensable para quienes hace rato que piensan – sienten- que el Desarrollo Sustentable no esta ayudando a la naturaleza, a la conservación de las especies y por el contrario propiciando su acelerado deterioro.

La propuesta del autor desafía a encontrar un nuevo discurso que se contraponga y desmitifique la arraigada y economicista propuesta del desarrollo sustentable.

Tarea nada sencilla, pero a todas luces necesaria dado el evidente deterioro de nuestro mundo natural.

Para obtener el libro consultar a la Editorial: Del Nuevo Extremo – info@delnuevoextremo.com

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Fotos: Carlos A. Passera

De Viajes… Antártida

Magia Antártica

(Dedicada a mi amigo Nestor (Coco) Coria, flamante director del Instituto Antártico Argentino)

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Colonia de pinguinos de adelia . Isla Paulet

Durante 10 años viajé a la Antártida cada temporada de verano – en ocasiones más de una vez el mismo año- como naturalista a bordo de barcos de turismo (expedición antártica como les gusta decir). Cada viaje fue diferente. Siempre pleno y gratificante. Entre los viajeros había de todo. Quienes no dejaban de agradecer por la privilegiada fortuna de estar en el confín del mundo, y aquellos que con soberbia indiferencia paseaban sus aburridas expresiones ante los majestuosos hielos y sus criaturas.

Por fortuna eran los menos. La mayoría concordaba con mi sentir…

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Atardecer antártico

 La impronta de la Antártida

 Es demasiado para tener adentro. Mi mente y espíritu están desmesuradamente cargados.

Saturados.

Estoy emocionado. Impune y desprotegidamente emocionado.

Antártida es –como la estepa- algo que va más allá de la comprensión. No es fuerte -como un trago de aguardiente que irrumpe quemando- pero embriaga con gradual intensidad. Para cuando se está por articular alguna palabra de asombro, ya es tarde. Inadvertidamente y sin escapatoria uno está “borracho” de Antártida.

Y no pasa. La “resaca” perdura pero es placentera. No duele o molesta y por el contrario hace florecer un sentimiento de gratitud hacia la vida. Se desea compartir con quienes se ama. Y hasta el odioso e indiferente percibe momentos de emoción.

A algunos pocos privilegiados nos sucede que –según quienes han experimentado lo mismo- el espíritu de la Antártida, su magia, se aloja en el alma. Y se siente, aunque sin una precisa descripción, se siente. Ese instante –si existe una suerte de comparación- podría semejarse a un estado de profunda meditación. A ese momento en que la energía sube potente por la columna, se expande y deja al espíritu vagar sin límites.

Y a mi me sucedió. Desde esa primera vez y a lo largo de 10 años esa comunión con la Antártida se repitió con la misma intensidad. Aún fuera de esa región, el espíritu más de una vez se desboca y rememora esos parajes.

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Paisaje antártico

Mi alma tiene ahora un sitial allá en el sur donde habla con el mar que cambia su fisonomía en cada ola; donde se extasía con la luz, las sombras que imprimen carácter a cada témpano; donde la extensa planicie de hielo esboza fantasmas en el horizonte; donde las ballenas y los pingüinos dibujan errantes huellas en el mar; el viento compone desquiciadas partituras y esculpe ensueños sin importarle que sea en el mediato hielo o la eterna roca… Donde las aves juegan entre el cielo y el mar acariciando la espuma de las olas con sus alas…

Imposible permanecer indiferente. Ya nada es igual. Cuando en el caótico mundo cotidiano, una palabra, una frase leída en el diario, una noticia en la televisión la mencione, no importará donde estemos. Desde cualquier rincón del planeta, quien pisó la Antártida, sentirá que solo un punto cardinal regirá su compás y no querrá –ni podrá- evitar que el espíritu escape libre y salvaje a unirse a esa colosal partitura de voces, sonidos, formas y colores.

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Leopardo marino

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Skua

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Colonia de Pinguinos papua – Isla Cuverville

 

Fotos (Mar & Desierto)

Océanos de Arena & Agua

Tengo preferencia por dos ambientes que colman mi alma.

 El desierto y el mar. ImagenImagen

Ambos poseen la mezcla necesaria de parquedad y exhuberancia.

Los dos son idénticos en sus diferencias.

Permiten a la mente perderse en ensoñaciones sin límites e imaginar las más insólitas aventuras…

Me siento cómodo en ellos.

Desierto

Su silencio me sobrecoge. Es denso, palpable, y a la vez lleno de sonidos.

La extrema sencillez de su geografía me seduce. La economía de líneas en su diseño. La parquedad del paisaje, aunque pleno de vida y saturado de extremos.

Esconde y permite a la paciencia e imaginación descubrirlo.Imagen

Mar

Sinónimos

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Amo a los dos. A uno desde que nací. Al otro desde que nació.

Hoy son uno: Sinónimos

El Mar y El -unidos en un abrazo sin fin- me hablan de insondables secretos, viajes a mundos insólitos y aventuras inauditas…

Yo los amo a los dos.

Y con el “polvo del viaje” a cuestas intento seguir el camino.

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Del Cajón… (Nostalgias…)

Nostalgias del camino

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     Desde que tengo memoria me ha gustado viajar. Y lo hice. De mil maneras. Y nunca es suficiente.

     También, desde que recuerdo – y aún de pequeño -, sentí algo parecido a la pena por aquellos que se quedaban. Y no me refiero a los amigos o familiares que permanecían en casa. Sino a cada gente de cada pueblo o ciudad que se cruzaba por el camino.

     Pasado el tiempo, y a la distancia, aún perdura ese sentimiento. Aunque hoy – como todo a medida que pasan los años – es un poco ambiguo. Por un lado prevalece la sensación de pesar por los que “se quedan”; pero mezclada con la idea de que por algo será, que no todos pueden o quieren viajar. Antes la certeza era espontánea y plena. El camino era lo mejor, y los demás no disfrutaban de él quedándose siempre en el mísmo paisaje. Hoy, pese a sentir que no hay nada mejor que despertar cada día bajo un nuevo sol, no me permito ser tan terminante. Morigerado por el tiempo y la realidad, se que no todo es terminante. Los matices liman las aristas de las convicciones y los sentimientos…

     Aunque hay veces que los razonamientos son superados por la magia de ciertas imágenes…

     “…el ronroneo de un motor gasolero; ese peculiar olor de los gases que saturan una terminal de ómnibus; la somnolencia en una confitería de estación, donde sabemos que el viaje continúa, y hay apenas tiempo para un café y un coñac. Saber que tras unos minutos el ronroneo volverá a adormecernos mientras nos deslizamos por la ruta.”

     “…el despertar con las primeras luces del sol, aterido por el frío matinal y entumecido por la incómoda posición adoptada para conservar el calor. El gesto al asomar la nariz afuera de la bolsa de dormir, mirar el amanecer, descubrir el rubor matinal, la incandescente bola de fuego que surge tras el horizonte, sentir sus primeros calores. Darse esa fracción de segundo para preguntarse:

– ¿Dónde estoy? – sentir el traqueteo del camión, y sonreír con la certeza de estar en el camino…”

     “…el desayuno – cuando se puede – demorado, reparador. En un boliche al costado de la ruta, mirando a los vehículos pasar; calentándose al abrigo de una ennegrecida salamandra, oliendo el aroma de la madera al quemarse. Paladeando el áspero sabor del primer café. La charla fraternal con el compañero de viaje. O la reconcentrada introspección que da el saberse solo – mientras se quiera – y viajando…”

     “…la soledad de una banquina, en un camino patagónico o del altiplano. El estar recostado contra la mochila, esperando, atento al rumor de un motor que quiebre el silbo del viento; ese silencio atronador de los espacios abiertos, de los cielos infinitos, del espacio sin límites…”

     “… el paisaje – enmarcado por la panorámica ventanilla de un ómnibus, o el movedizo rectángulo del de una de ferrocarril – discurriendo raudo ante nuestros ojos. El contraluz que nos devuelve, de a ratos, reflejada nuestra imagen como fundida en el paisaje. La fugaz visión de un halconcito blanco parado en la percha de un arbusto, o la colorida mancha – contrastada contra el verde follaje – de una espátula rosada. La furtiva mirada para asegurarse que los demás continúan con su rutina (leyendo, durmiendo, hablando) de ser simplemente pasajeros y no viajeros. La íntima satisfacción de ser el único que la vió; y entonces sí la sonrisa de quien se sabe dueño absoluto de un secreto, un tesoro…”

     “…el desorden previo, la excitación que precede a un viaje. Los preparativos. La aliviada sensación de saber que la rutina será quebrada, que lo cotidiano se convertirá en lo impredecible. Simplemente, al frente, el camino…”

     “… las sorpresas. Esas sorpresas que se presentan en forma de inesperadas aventuras. El viaje a esas ruinas aún en estudio y vedadas al turista; el adentrarse en las entrañas de la tierra para descubrir los misterios que cobija en su seno la gruta mágica; el unirse a una partida de aventureros para bajar por las aguas de un impetuoso río; ser parte momentánea de una expedición científica que estudia la vida de las criaturas marinas; vivir en una casita junto al mar, en una playa escapada  de una novela, cedida por ocasionales amigos que hiciste una noche comiendo jaivas… Encontrarse sin premeditación envuelto en la ruta de encanto y misterio, magia y peligro de los que habitan el submundo de lo no permitido…”

     “… estar sentado en una plaza, en un país lejano contando las últimas monedas, y reír, reír a voz en cuello. Poder darle ese sandwich que apenas si comenzás a saborear a ese pequeño con más hambre que tu apetito. Reír porque la vida está allí, plena, al alcance de la mano, y saber que todo es posible – hasta multiplicar esas monedas que procurarán el alimento -, porque estás en el camino…”

     “… encontrar EL lugar; ese sitio de los sueños. Descubrirlo, disfrutarlo, vivirlo… y dejarlo. Seguir en el camino para recordarlo, añorarlo. Saber que existe, que lo viviste, que allí estuviste. Que podrías volver en otro tiempo, o quizás mejor, buscar el otro, el que aún no hallaste…”

     Bastaron solo algunas desprolijas imágenes surgidas al correr del lápiz, para reafirmar aquello que instintivamente me surgía de pequeño. Me rectifico:

     Siento pena por quienes NOS quedamos atrapados en un paisaje. No importa si es por cansancio, armonía del espíritu, o amor. Si es momentáneo o definitivo.

     Siento pena porque sé que añoro el camino. Porque pese a tener un lugar en el mundo; pese a lo que ponemos de nuestra vida en ese pedazo de paisaje en el que nos quedamos anclados; permanentemente, cíclicamente, la mirada se pierde más allá del horizonte. Y porque – con un cierto brillo en los ojos – miramos a los viajeros, quienes seguramente nos miran a su vez con pena por ser parte del paisaje…

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