Relatos del cajón…

Cafe & Anteojos

Rejunte

Hubo un tiempo en que escribiendo en un papel exorcizaba todos los demonios. Hubo un tiempo, también, en el cual  renegué de los papeles.

¿A quién le importa? – me preguntaba.

Entonces solo escribía lo que me indicaban. Ciento sesenta líneas de treinta, título de treinta y dos espacios y copete de cinco líneas por dieciocho espacios. Luego el número de caracteres reemplazó las usuales indicaciones del jefe de redacción.

Sin embargo, en algún margen, o papelito arrugado en los bolsillos, servilleta o ventana para “ideas” en la computadora, ciertas cosas fueron cobrando forma a lo largo del tiempo.

Y de eso se trata este “Rejunte”. Una obra del tiempo. Ideas sueltas, sin aparente hilván, que exponen retazos del alma.

Simplemente palabras que, la verdad ¿a quién le importan?

El Acecho

     El sol comenzaba a entibiar mi espalda. Agazapado en el precario refugio – sentado casi en cuclillas en una saliente del terreno – ajustaba la lente aguardando el momento preciso. Todo era cuestión de tiempo. Era necesario saber esperar. Aguardar. Conocer el terreno y a quien se acecha. Tentar su voluntad para que se acerque. Brindar seguridad y respeto… Establecer esa íntima comunicación que debe darse entre todos los seres vivos. Entonces sí; la fotografía.

     Sonreí. Disfrutaba intensamente el momento. Vivía cada instante mientras aguardaba. La vida discurría plena y sabía – o al menos intentaba – atrapar y saborear cada momento.

     – No hay duda – me dije casi pronunciando las palabras -, la filosofía de un fotógrafo de naturaleza es una forma de vida. Sirve para todo.

     Mientras aguardaba en el improvisado escondite, a orillas del agua, mi mente se perdió en el tiempo.

     A orillas del agua disfrutaba hoy del sol que reconfortaba mi espalda, mientras miraba la rica vida que bullía a mí alrededor. Mecánicamente espié por la lente, ajusté un poco más el foco, paneé con la cámara. Estuve a punto de presionar el obturador, pero me contuve.

     – Aún no – me dije – puede ser mejor todavía.

     Los pensamientos resurgieron, y dejé mansamente que me envolvieran.

Las evocaciones no tenían dique. Aparecían y desaparecían. Estallaban en mi mente trayendo el sabor de la vida. Ese sabor ambiguo del placer por lo disfrutado, y la pena o el dolor por la imposibilidad de perpetuarlo. Segundos; instantes irrepetibles e inasibles. Allí estaba el verdadero sabor de la vida. Y disfrutarlos lleva toda una vida.

     Miré el agua fijamente y las imágenes se mezclaron. La naturaleza desfilaba frente a mis sentidos y los pensamientos saltaban de aquí para allá en el tiempo. Del hoy al pasado. Salpicando la memoria, erizando la sensibilidad. Del placer al dolor…

     La garza mora deslizaba sus cautos pasos de ballet entre los juncos. Se detuvo inmóvil, al acecho. Aguardó. Casi mágicamente todo se detuvo por escasos segundos. Y de pronto, el instinto, el puro instinto, la fuerza de la vida se impuso con su cotidiano drama. La muerte para continuar la vida. El pez, atrapado en el pico del ave, desapareció con estertores en su garganta.

     Pese a la distancia, pese a que fotográficamente no era una toma perfecta, me deleité con la escena.

     No sonreía, pero mi rostro estaba relajado y tranquilo. Había entrado en escena la muerte, y su presencia quedó flotando.

     Con placer volví a recorrer el paisaje con la mirada. Me sentía pleno, con exuberantes imágenes por fuera y por dentro. Hubiera querido gritar – como solía hacer – pero dejé simplemente que toda la felicidad del momento escapara por los ojos. Estaba en armonía, sin que eso significara de ninguna manera, chatura o aburrimiento. Por el contrario, la armonía es producto de un activo juego de fuerzas. Es una constante puja entre lo bueno y lo malo, lo feo y lo hermoso, la miseria y la dicha. Si no hubiera curvas, picos y abismos no existiría la armonía.

     – Basta mirar alrededor – musité dialogando con mis pensamientos -. La naturaleza permanece armónica mientras las fuerzas vitales pujan por mantener la supremacía, nivelándose, sin prevalecerse.

     Saboreando los pensamientos quedé frente al paisaje. Estaba calmo. Sabía lo que quería y lo buscaba. Ignoraba cuando sucedería, pero lo buscaba. Ponía todo mi empeño en ello. Cada nuevo día, cada hora podía traerlo.

     El momento llegaría, como cuando aprieto el obturador de la cámara. Siendo uno con todo, la vida entera se va en ese instante crucial. Mientras tanto paladeaba “el acecho”, con la mágica premonición de lo porvenir.

 Pelicans & Sponbills 2

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