Del Cajón… (Nostalgias…)

Nostalgias del camino

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     Desde que tengo memoria me ha gustado viajar. Y lo hice. De mil maneras. Y nunca es suficiente.

     También, desde que recuerdo – y aún de pequeño -, sentí algo parecido a la pena por aquellos que se quedaban. Y no me refiero a los amigos o familiares que permanecían en casa. Sino a cada gente de cada pueblo o ciudad que se cruzaba por el camino.

     Pasado el tiempo, y a la distancia, aún perdura ese sentimiento. Aunque hoy – como todo a medida que pasan los años – es un poco ambiguo. Por un lado prevalece la sensación de pesar por los que “se quedan”; pero mezclada con la idea de que por algo será, que no todos pueden o quieren viajar. Antes la certeza era espontánea y plena. El camino era lo mejor, y los demás no disfrutaban de él quedándose siempre en el mísmo paisaje. Hoy, pese a sentir que no hay nada mejor que despertar cada día bajo un nuevo sol, no me permito ser tan terminante. Morigerado por el tiempo y la realidad, se que no todo es terminante. Los matices liman las aristas de las convicciones y los sentimientos…

     Aunque hay veces que los razonamientos son superados por la magia de ciertas imágenes…

     “…el ronroneo de un motor gasolero; ese peculiar olor de los gases que saturan una terminal de ómnibus; la somnolencia en una confitería de estación, donde sabemos que el viaje continúa, y hay apenas tiempo para un café y un coñac. Saber que tras unos minutos el ronroneo volverá a adormecernos mientras nos deslizamos por la ruta.”

     “…el despertar con las primeras luces del sol, aterido por el frío matinal y entumecido por la incómoda posición adoptada para conservar el calor. El gesto al asomar la nariz afuera de la bolsa de dormir, mirar el amanecer, descubrir el rubor matinal, la incandescente bola de fuego que surge tras el horizonte, sentir sus primeros calores. Darse esa fracción de segundo para preguntarse:

– ¿Dónde estoy? – sentir el traqueteo del camión, y sonreír con la certeza de estar en el camino…”

     “…el desayuno – cuando se puede – demorado, reparador. En un boliche al costado de la ruta, mirando a los vehículos pasar; calentándose al abrigo de una ennegrecida salamandra, oliendo el aroma de la madera al quemarse. Paladeando el áspero sabor del primer café. La charla fraternal con el compañero de viaje. O la reconcentrada introspección que da el saberse solo – mientras se quiera – y viajando…”

     “…la soledad de una banquina, en un camino patagónico o del altiplano. El estar recostado contra la mochila, esperando, atento al rumor de un motor que quiebre el silbo del viento; ese silencio atronador de los espacios abiertos, de los cielos infinitos, del espacio sin límites…”

     “… el paisaje – enmarcado por la panorámica ventanilla de un ómnibus, o el movedizo rectángulo del de una de ferrocarril – discurriendo raudo ante nuestros ojos. El contraluz que nos devuelve, de a ratos, reflejada nuestra imagen como fundida en el paisaje. La fugaz visión de un halconcito blanco parado en la percha de un arbusto, o la colorida mancha – contrastada contra el verde follaje – de una espátula rosada. La furtiva mirada para asegurarse que los demás continúan con su rutina (leyendo, durmiendo, hablando) de ser simplemente pasajeros y no viajeros. La íntima satisfacción de ser el único que la vió; y entonces sí la sonrisa de quien se sabe dueño absoluto de un secreto, un tesoro…”

     “…el desorden previo, la excitación que precede a un viaje. Los preparativos. La aliviada sensación de saber que la rutina será quebrada, que lo cotidiano se convertirá en lo impredecible. Simplemente, al frente, el camino…”

     “… las sorpresas. Esas sorpresas que se presentan en forma de inesperadas aventuras. El viaje a esas ruinas aún en estudio y vedadas al turista; el adentrarse en las entrañas de la tierra para descubrir los misterios que cobija en su seno la gruta mágica; el unirse a una partida de aventureros para bajar por las aguas de un impetuoso río; ser parte momentánea de una expedición científica que estudia la vida de las criaturas marinas; vivir en una casita junto al mar, en una playa escapada  de una novela, cedida por ocasionales amigos que hiciste una noche comiendo jaivas… Encontrarse sin premeditación envuelto en la ruta de encanto y misterio, magia y peligro de los que habitan el submundo de lo no permitido…”

     “… estar sentado en una plaza, en un país lejano contando las últimas monedas, y reír, reír a voz en cuello. Poder darle ese sandwich que apenas si comenzás a saborear a ese pequeño con más hambre que tu apetito. Reír porque la vida está allí, plena, al alcance de la mano, y saber que todo es posible – hasta multiplicar esas monedas que procurarán el alimento -, porque estás en el camino…”

     “… encontrar EL lugar; ese sitio de los sueños. Descubrirlo, disfrutarlo, vivirlo… y dejarlo. Seguir en el camino para recordarlo, añorarlo. Saber que existe, que lo viviste, que allí estuviste. Que podrías volver en otro tiempo, o quizás mejor, buscar el otro, el que aún no hallaste…”

     Bastaron solo algunas desprolijas imágenes surgidas al correr del lápiz, para reafirmar aquello que instintivamente me surgía de pequeño. Me rectifico:

     Siento pena por quienes NOS quedamos atrapados en un paisaje. No importa si es por cansancio, armonía del espíritu, o amor. Si es momentáneo o definitivo.

     Siento pena porque sé que añoro el camino. Porque pese a tener un lugar en el mundo; pese a lo que ponemos de nuestra vida en ese pedazo de paisaje en el que nos quedamos anclados; permanentemente, cíclicamente, la mirada se pierde más allá del horizonte. Y porque – con un cierto brillo en los ojos – miramos a los viajeros, quienes seguramente nos miran a su vez con pena por ser parte del paisaje…

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