De Viajes… Antártida

Magia Antártica

(Dedicada a mi amigo Nestor (Coco) Coria, flamante director del Instituto Antártico Argentino)

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Colonia de pinguinos de adelia . Isla Paulet

Durante 10 años viajé a la Antártida cada temporada de verano – en ocasiones más de una vez el mismo año- como naturalista a bordo de barcos de turismo (expedición antártica como les gusta decir). Cada viaje fue diferente. Siempre pleno y gratificante. Entre los viajeros había de todo. Quienes no dejaban de agradecer por la privilegiada fortuna de estar en el confín del mundo, y aquellos que con soberbia indiferencia paseaban sus aburridas expresiones ante los majestuosos hielos y sus criaturas.

Por fortuna eran los menos. La mayoría concordaba con mi sentir…

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Atardecer antártico

 La impronta de la Antártida

 Es demasiado para tener adentro. Mi mente y espíritu están desmesuradamente cargados.

Saturados.

Estoy emocionado. Impune y desprotegidamente emocionado.

Antártida es –como la estepa- algo que va más allá de la comprensión. No es fuerte -como un trago de aguardiente que irrumpe quemando- pero embriaga con gradual intensidad. Para cuando se está por articular alguna palabra de asombro, ya es tarde. Inadvertidamente y sin escapatoria uno está “borracho” de Antártida.

Y no pasa. La “resaca” perdura pero es placentera. No duele o molesta y por el contrario hace florecer un sentimiento de gratitud hacia la vida. Se desea compartir con quienes se ama. Y hasta el odioso e indiferente percibe momentos de emoción.

A algunos pocos privilegiados nos sucede que –según quienes han experimentado lo mismo- el espíritu de la Antártida, su magia, se aloja en el alma. Y se siente, aunque sin una precisa descripción, se siente. Ese instante –si existe una suerte de comparación- podría semejarse a un estado de profunda meditación. A ese momento en que la energía sube potente por la columna, se expande y deja al espíritu vagar sin límites.

Y a mi me sucedió. Desde esa primera vez y a lo largo de 10 años esa comunión con la Antártida se repitió con la misma intensidad. Aún fuera de esa región, el espíritu más de una vez se desboca y rememora esos parajes.

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Paisaje antártico

Mi alma tiene ahora un sitial allá en el sur donde habla con el mar que cambia su fisonomía en cada ola; donde se extasía con la luz, las sombras que imprimen carácter a cada témpano; donde la extensa planicie de hielo esboza fantasmas en el horizonte; donde las ballenas y los pingüinos dibujan errantes huellas en el mar; el viento compone desquiciadas partituras y esculpe ensueños sin importarle que sea en el mediato hielo o la eterna roca… Donde las aves juegan entre el cielo y el mar acariciando la espuma de las olas con sus alas…

Imposible permanecer indiferente. Ya nada es igual. Cuando en el caótico mundo cotidiano, una palabra, una frase leída en el diario, una noticia en la televisión la mencione, no importará donde estemos. Desde cualquier rincón del planeta, quien pisó la Antártida, sentirá que solo un punto cardinal regirá su compás y no querrá –ni podrá- evitar que el espíritu escape libre y salvaje a unirse a esa colosal partitura de voces, sonidos, formas y colores.

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Leopardo marino

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Skua

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Colonia de Pinguinos papua – Isla Cuverville

 

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