De Viajes… (Taiga)

TAIGA

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Taiga, su solo nombre me seduce.

Evoca aventuras, exotismo, rigores climáticos, acción, gestas de pioneros y exploradores.

El paisaje -salpicado en verano por millares de ojos de agua cristalina y gélida, y erizado de enhiestos bosques de coníferas (pinos, abetos, cedros, piceas y alerces)- deja claros donde asoman rocas pulidas por los glaciares y recónditos refugios donde no puedo dejar de imaginar la figura de Dersu Uzala.

Taiga y Dersu Uzala –el venerable protagonista de la saga de Vladimir Arseniev, llevada al cine por Akira Kurosawa- se me antojan sinónimos. Las aventuras de Dersu y El Capitán en la taiga y la estepa siberiana quedaron grabadas en mi memoria.

Mientras deambulo por los senderos de la taiga –en los territorios del noroeste canadiense- miro con atención buscando los rastros de un lobo, un alce, huellas de un oso y –esperanzadamente- la figura de Dersu deslizándose como un fantasma por esos parajes.

Allí -entre la no menos mítica estepa, al sur, y la desprovista tundra al norte- la taiga o bosque boreal extiende su intrincada y difícil geografía. En verano es una enorme extensión cubierta por grandes y pequeños lagos, unidos por ríos y terrenos anegadizos, salpicados por isletas de coníferas. Los mosquitos reinan y acosan a humanos y bestias. Durante el invierno su geografía es invadida por la nieve y el hielo, y su extensión se agiganta uniéndose con la tundra y las regiones árticas. Es entonces cuando –irónicamente- comienza ser transitada por enormes camiones transportando pesadas maquinarias y hasta pequeñas “ciudades” que crecen en la desprovista e inclemente geografía. La ruta del hielo jalona minas de diamantes, yacimientos de gas y de petróleo.

Una presencia que hubiera arrugado el semblante de Dersu.

Desde el aire veo la transición de la taiga hacia la tundra y hacia el hielo ártico.

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Cazadores, tramperos, buscadores de oro y diamantes, petroleros. Una estoica y tozuda “especie” de hombres han transitado y transitan esta peculiar geografía. En ciudades cabeceras de estas regiones – como Yelowknife, la Capital de los Diamantes- se respira un aire de “última frontera”; de espíritus libres y autosuficientes. Algunas casas bote patentizan esa intransigencia a unirse al “sistema”; mientras vivan sobre el agua no pagan impuestos.

Artico Casas bote

Pero éste tiene otras formas de digerirlos. El alcohol, la procacidad y los suicidios los flagelan.

Jóvenes mujeres Inuit vienen a estudiar a la ciudad y terminan cayendo en el alcohol, los embarazos, que resultan en niños en orfanatos o – en el mejor de los casos- criados por abuelas mientras sus madres trabajan como sirvientas o prostitutas.

La geografía condiciona. Aunque es el mismo hombre el que se somete a si mismo a la degradación.

Dersu lo vivió en carne propia, y –viejo y enfermo- regresó a la soledad de su taiga siberiana.

Así lo han hecho, y continúan haciendo, aquellos relictos de poblaciones Inuit que viven en el ártico. Recorriendo el laberinto de canales en Bathtrust Inlet pude ver en una de las islas los restos óseos de un antiguo poblador. Su calavera y algunos huesos reposaban junto a algunos herrumbrados enseres personales (un viejo calentador y un recipiente para la comida o el agua y un hermoso recipiente tallado en roca donde la grasa de foca ardía como fuente de luz y calor). Los cuerpos eran depositados en un témpano junto con algunas pertenencias y dejados a la deriva, o depositados en algún sitio alto para que los elementos y los animales dieran cuenta de él. Hoy en algunas de esas aldeas existen cementerios. El cuerpo de un niño pequeño envuelto en pieles, esperaba a la intemperie que la tierra se descongelara para ser depositado en ella. Mi asombro seguramente asombraría a los pocos habitantes de la comunidad.

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Extensas caminatas por islas y penínsulas libres de hielo en el verano ártico recompensaban los sentidos con el descubrimiento de flores de vistosos colores. Esquivos grupos de bueyes almizcleros, manadas de caribú, algún zorro ártico, bandadas de gansos y los rastros de osos pardos o su fugaz visión trotando colina arriba.

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Prehistóricas construcciones líticas daban cuenta de la presencia del hombre desde tiempos inmemoriales. Lo huidizo de la fauna nativa también.

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La experiencia en estas remotas regiones septentrionales dejó una especie de inquietud en mi espíritu.

El avión me transportaba de vuelta a la “civilización”, desandaba el camino sobrevolando los hielos árticos, descubriendo trozos de la exigente ruta de hielo sobre la tundra, adivinando caminos en la intrincada alfombra de lagos y bosques de la taiga…

Mientras disfruto del paisaje y de mis pensamientos, viene a mi mente la epopeya de otros hombres. En otras latitudes, en otros ambientes.

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