De Libros (Los Extremos…)

Tras muchos viajes a sitios remotos del planeta, fuí encontrándo imágenes que tenían similitudes aunque estaban en puntos opuestos del globo. Esas imágenes se fueron sumando y me animaron a mostrarlas. El ejercicio fotográfico es sumamente placentero y agrega condimentos a cada viaje; por fortuna no se acaba y este  primer ensayo es justamente eso… Una primera intención. Ojalá disfruten este periplo imaginario. Al hacer click en el link podrán ver el libro en su totalidad…

Viajar implica lo nuevo, distinto, desconocido, fuera de lo cotidiano.

Sin embargo –al viajar- uno no deja de sorprenderse con las similitudes que encuentra en los paisajes, las gentes, las costumbres, a lo largo del camino.

Las siguientes fotografías intentan reflejar algunas, solo algunas, de éstas imágenes que permiten que los extremos se toquen…

Carlos Passera

Los Extremos se tocan... - Arte y fotografía libro de fotografías
www.blurb.es/b/4678902-los-extremossetocan

Travel implies the new, different, and unknown, beyond the daily experience.

Nevertheless –when traveling- the similarities along the way, landscapes, people, culture, surprise you.

This photographs intent to reflex some –only some- of these images that aloud the extremes touch…

Carlos Passera

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Relatos del Cajón… (Contradicciones)

 Contradicciones

La fantasía, las vivencias, la imaginación, la experiencia, lo que se desea, el presente y el pasado todo se mezcla…

Trekking

Escribo, en ocasiones, lo que deseo sentir. Así soy: armónico, manso, sabedor del valor de las pequeñas cosas.

Escribo, lo que deseo sentir.

Pero siento… ansiedad, zozobra, inquietud en el alma, voracidad por ver más allá del horizonte, detrás de lo cotidiano, lejos de lo conocido…

Intento, si me lo permito, vivir aquello que ansío.

Entonces si, con fortuna y fugazmente… Estaré escribiendo lo que siento.

El Gran Karoo . Sudáfrica

El Gran Karoo . Sudáfrica

Paine

Atardecer en Torres del Paine

Fotos (Fragil)

Reitero este blog porque me parece importante ya que estamos en plena época de nidificación de estas aves. Extremar los recaudos al caminar por las playas y evitar transitar con vehículos todoterreno es indispensable para la supervivencia de ellas y el disfrute de todos…

Fragil

Proteger a la naturaleza y sus criaturas silvestres se aprende a través del conocimiento. Hay prácticas que realizamos sin advertir el daño que ellas pueden provocar. Afortunadamente hay campañas que advierten sobre las prevenciones que se podrían tomar para evitarlo.

Prestar atención y conocer

Prestar atención y conocer

Es en ésta época –Octubre, Noviembre, Diciembre- cuando pequeñas aves comienzan su ciclo de reproducción. El Chorlo de Doble Collar (Charadius falklandicus) es una de ellas. Vuela en bandaditas apretadas con erráticas evoluciones, deambula en las playas correteando frenéticamente en busca de su alimento,  y – por sobre todas las cosas- es un maestro en el arte del camuflaje. Se mimetiza entre el canto rodado de las playas y su presencia casi pasa desapercibida al ojo. Esa es su ventaja en la naturaleza, pero un enorme riesgo frente a nosotros los humanos. Sus nidos son prácticamente invisibles y se ubican más arriba de la línea de alta marea. Los huevitos, diminutos y moteados, se hacen invisibles en la pequeña oquedad de canto rodado que los cobija. Difícil de advertir para el paseante a pié por la playa… Y ni hablar para aquellos que andan en moto o cuatri.

No a los vehículos por las playas

No a los vehículos por las playas

Saberlo es importante, evitar el paso de vehículos y extremar los recaudos al caminar por las playas es imperioso. Playa Parana, El Doradillo, Cerro Avanzado. Playa Colombo, en general todas las playas son el refugio y lugar de nidificación de ésta y otras especies.  Somos responsable por la integridad de esas frágiles aves. Y moderar algunas costumbres no es un gran renunciamiento. Algunas fotos ilustran lo difícil que es su visualización.

Huellas de vehículos en zona de nidificación

Huellas de vehículos en zona de nidificación

Te veo... No te veo...

Te veo… No te veo…

La Naturaleza y sus criaturas nos recompensarán con su belleza.

Relatos del Cajón… (El descubrimiento)

El Descubrimiento

Caminando encontré algo que no buscaba. O eso pensé. Pero como se presentó ante  mis ojos imprevistamente, casi como interponiéndose a mi próximo paso, me acuclille a observarlo.

No podría definir sus formas; ni tampoco su color.

En cuanto a la consistencia, la toqué apenas con la yema de los dedos. Al tacto parecía suave y tibio, seguramente por acción del sol – pensé -. No podría precisar tampoco si era dura o blanda.

De sabor; no recuerdo haberlo degustado, pero un dejo agradable perduró en mi boca.

Me sentí confundido. Tomé mi tiempo. Me senté en el suelo y fijé la vista en aquello.

No recordaba haber visto algo similar con anterioridad; así que…

El tiempo pasó. Las luces fueron cambiando, hasta que la penumbra ganó su lugar. Lo único que poseía algo así como “luz propia” era eso… Aunque tampoco puedo describir su brillo, luminosidad. Solo sabía que continuaba viéndolo.

Ignoro cuando dejé ese sitio, como tampoco sé si alguna vez volví a él. Igualmente desconozco cuando sucedió. Si es que algo pasó…

De lo único que estoy seguro es que – desde entonces – nunca caminé sin mirar. Veo, percibo, capto, nada escapa a mis sentidos. A pesar de – muchas veces – sentir dolor, impotencia o rabia por aquello que sucede a mi alrededor.

Igualmente me hace feliz. Siento que así debe ser, porque de esa forma la vida no pasa a mi lado, sino que camino junto a ella.

Muy de vez en cuando me cruzo con alguien que ha encontrado lo mismo por el camino. Como no podemos describirlo no hablamos de ello, pero intuimos.

Continuamos entonces – cada uno en lo suyo – reconfortados, porque sabemos que algo ha sucedido…

Imagen

Fotos (Alegría…)

La Alegría de la Naturaleza

ImagenLa Naturaleza nos regala su alegría y color sin distingos

La vida en estrecho contacto con la naturaleza es sumamente gratificante y plena. Involucrarse en su conservación también… Aunque afloren permanentemente las contradicciones entre el discurso y la acción.

A través de éste espacio intento comunicarme con quienes se esmeran en armonizar con el ámbito natural y sus criaturas, y con aquellos que aún no. La esperanza anida en éstas páginas.

Un vigía sobre el manto florido - P.N.Namaqualand - SudáfricaUn atento vigía sobre el tapiz florido – P.N.Namaqualand – Sudáfrica

Diminuto habitante del desierto de Namibia

Diminuto habitante del desierto de Namibia

Mimos y cuidados

Mimos y cuidados

Dedicación

Dedicación

Caminata florida- P.N.Namaqualand Sud Africa

Caminata florida- P.N.Namaqualand Sud Africa

Efímeros regalos luego de las lluvias

Efímeros regalos luego de las lluvias

Relatos del Cajón… (Una Foto)

Una Foto

Bebe

Hay recuerdos que son como espinas… De esas espinas que no parecen estar, pero que basta un mínimo roce para que se sienta el pinchazo de su presencia…

Hace unos 10 años vi en un noticiero de televisión una nota que me conmovió.

No recuerdo el canal ni el momento del día, pero la imagen de una joven mujer morena, cabello oscuro y lacio, piel cetrina y tristes ojos pardos humedecidos por las lágrimas, quedó grabada en mi mente.

El cronista la interrogaba en la puerta del hospital, ella parecía no oír sus palabras, solo balbuceaba:

“… No tengo ni una foto, se murió mi bebé y no tengo ninguna foto…” –repitió varias veces como en una letanía.

A su lado el esposo, un hombre también joven, la sostenía del hombro y apesadumbrado se apretaba a ella en el vano intento de consolarla.

“… Ni una foto le sacamos –repetía la mujer- siempre pensamos en sacarle una, pero 5 pesos servían para la leche, no para una foto…”

El desconsuelo por la muerte del hijo, se magnificaba aún más por la falta de una foto.

Una foto que ayudara a la memoria.

Una foto que permitiera en el futuro recordar sus rasgos, los que seguramente se desdibujarían con el paso del tiempo, aunque no del recuerdo.

Ese drama me sacudió.

Se lo conté a mi hija –quien estaba radiante con su enorme panza a punto de parir a mi primer nieto- recibí el reproche de mi esposa, con justificada razón. Pero no faltaron las fotos.

Nunca escribí al respecto hasta ahora, ni creo haberlo mencionado más. Como fotógrafo esa falta de una indispensable fotografía quedó clavada en mi mente y mi alma como una espina.

En un mundo donde las imágenes nos bombardean cotidianamente, se que falta una foto.

Relatos del Cajón… (Una Trampa…)

Una trampa para Don Pedro

Don Pedro se bajó sin premura del caballo. En su rostro se dibujaba una mueca de contrariedad. Agachado, junto al cordero muerto, no pudo reprimir un insulto.

– ¡La pucha si serás ladino! – dijo el viejo pensando en voz alta -. Lo peor es que te condenas vos mismo.

El cordero estaba prolijamente degollado. Sólo habían comido un poco de su carne, y ya era el tercero que encontraba en su recorrida matinal. No había más remedio que avisarle al administrador. Seguramente no se iban a conformar esta vez con ponerles trampas.

– ¡Cha digo! – musitó Don Pedro en voz baja -. Aunque no me guste voy a tener que usar el veneno ese. ¡Pucha el tendal de bichos que va a quedar!

     No lejos de donde estaba el paisano, una hembra de zorro colorado trotaba en el campo seguida por dos pequeños de mediano tamaño. Ambos comenzaban a procurarse su propia comida. Aprendían, guiados por su madre, las técnicas de caza. La facilidad para atrapar esas presas que casi ni se defendían, inducía a la hembra a cebarse en ellas en lugar de buscar otras más difíciles de cazar. La noche había sido larga, y cansados, volvían al cubil.

Una presencia poco querida por los ganaderos

Una presencia poco querida por los ganaderos

Don Pedro desensilló tranquilo. Se tomó más tiempo del acostumbrado en acomodar el apero, cepillar a su caballo, y darle pasto. Mientras realizaba mecánicamente éstas tareas, el hombre no dejaba de pensar. Su semblante ceñudo indicaba que esos pensamientos no le agradaban.

– Ya sé que no le gusta viejo – dijo el encargado entre divertido y socarrón -, pero el patrón no quiere perder más ovejas. Usté sabe que de todas maneras le dan los pesos que paga la Sociedad Rural por el cuero. No es lo mismo que se saca por un cuero bueno, pero…

– Claro que no es lo mismo – pensaba Don Pedro -. No es por la plata, no. Los pesitos de la zorreada no me vienen mal, pero así. Así no es justo.

– Bueno, no se hable más. Mañana le doy la estricnina y me prepara los cebos como uste sabe.- Dijo sin más el encargado.

Don Pedro se fue a su rancho. De mala gana mordisqueó algunas tortas y se entretuvo largo saboreando el mate. Sus pensamientos no eran del todo claros. Obedecían a impulsos, sentimientos, al instinto. Sabía que tenía que cazar al zorro. Entendía que a veces hacían mucho daño; pero le daba bronca matarlo con veneno. Con eso no solamente se aniquilaba al perseguido, sino que quedaban los peludos, las  águilas, los chimangos, y un montonazo más de animales. Encima la piel no servía. No era porque le interesara demasiado, sino porque pensaba que al menos – por la piel – la muerte del animal tenía sentido. Viejo habitante del campo, sabía que había mucha plata detrás de esas pieles. Plata que él no veía… Pero no era más que un pobre peón, y por más que supiera – con la sabiduría de sus años – las cosas no iban a cambiar.

Al día siguiente el administrador repartió la estricnina. Don Pedro se llevó lo suyo y se dispuso a preparar los cebos. Meticulosamente, tomando más precauciones de las necesarias, y no sin cierta aprensión, dejó listas las trampas. Luego puso las liebres con el mortífero tóxico en una bolsa de arpillera y se fue al campo.

Pese a no esforzarse en ello, instintivamente, eligió los mejores sitios para colocar los cebos. En uno de ellos encontró una trampa. Estaba desactivada y sin el trozo de carne. No pudo menos que sonreír. Eso le gustaba. El desafío. La puja entre el puro instinto del animal y su propia inteligencia. El lento aprendizaje de años. Así sí sentía gusto, respeto, y hasta amor por esa pieza que cazaba. Pero el veneno…

Choiques con sus pichones en los campos patagónicos

Choiques con sus pichones en los campos patagónicos

Las faenas cotidianas continuaron con su metódica frecuencia en ese apartado paraje patagónico. Los días pasaron y Don Pedro consideró prudente darse una vuelta por las inmediaciones de los cebos para ver que pasaba. En dos de ellos encontró restos de animales que habían comido del letal alimento. Recorriendo los alrededores, y enredado entre las espinas de un arbusto, encontró el cuerpo de un carancho. Las plumas esparcidas por los alrededores, y las alas desgarradas del ave, hablaban bien a las claras de su agonía.

Tras una semana habían aparecido dos cuerpos envenenados de zorro colorado. En los distintos potreros del campo, los peones revisaban sus cebos. Los cueros – a pesar de no poseer un valor de reventa – eran llevados a la estancia para probar la muerte del animal. Luego la Sociedad Rural pagaba un precio relativo por ser especie considerada plaga.

Esa tarde, faltaba poco ya para el crepúsculo, Don Pedro vio que el cuerpo de una de las liebres que había dejado como cebo no estaba en su lugar. Se acercó y pudo notar con claridad el rastro dejado por los zorros al arrastrar su presa. Las huellas más grandes eran seguidas por dos pares más pequeñas.

– Sin duda éstos son los causantes de las muertes e’ los corderos – pensó – los cachorros no le pierden pisada a la madre.

Pese a lo avanzado de la hora siguió las claras marcas dejadas por los animales. No anduvo mucho cuando encontró los restos de la liebre. A pocos metros de ella, en la boca de un pozo ubicado entre las matas y unas piedras, vio asomando la cabeza y medio cuerpo de la zorra. Estaba muerta.

A la luz del crepúsculo Don Pedro retiró el animal de la entrada a la madriguera. Los cachorros seguramente estarían dentro de ella, muertos también. Con una mezcla de molestia y desagrado se puso a cuerear al zorro. Los movimientos eran mecánicos. Precisos. Pero el viejo estaba cansado y se mostraba un poco desprolijo. Cortó mal en una de las patas y tuvo que tironear más de la cuenta para desprender el cuero. Después la incisión no fue lo suficientemente certera y desgarró un trozo de carne del cual brotó abundante sangre – espesa y oscura – que le manchó la hoja y el cabo de su fiel y afilado cuchillito.  Cuando terminó, se sentía más cansado de lo habitual. Tenía un mal presentimiento el hombre; algo le había molestado desde el principio, y no atinaba a saber que era. Limpió su cuchillo en una mata de coirón. Había ya poca luz. Estaba inquieto. Como si hubiera perdido algo u olvidado alguna cosa…

pieles en un momento muy codiciadas

pieles en un momento muy codiciadas

– Tas cansao viejo – se dijo – mejor te vas pa’ las casas.

Luego de entregarle el cuero de zorro al capataz, Don Pedro se fué al galpón a churrasquear con la peonada. Estaba taciturno y un poco distraído. Seguía preocupándolo algo. Pero entre vino y asado, dejó que el tiempo transcurriera. Despacito, con gestos calmos y demorados, mirando fijo las brasas y escuchando el parloteo de sus compañeros, iba cortando los trozos de carne con su filoso cuchillo.

– Ta rico el asao – pensó – y ya me está entrando el sueño.

Se despertó cuando una garra le oprimía la garganta y un peso como el de mil fardos de lana se le depositaba en el pecho y no lo dejaba respirar.

Abrió entonces los ojos grandes, desmesurados. De su garganta quiso surgir un grito desesperado, pero ningún sonido brotó de ella. En el preciso instante en que sintió a la muerte entrarle en el cuerpo, supo con claridad…

– ¡Sabía carajo! ¡Sabía que andaba distraído! – alcanzó a pensar.

Ya no se sentiría molesto por algo que no alcanzaba a precisar. Ya nada más lo molestaría. Ese minuto, ese descuido, el mecánico movimiento no había sido hecho a conciencia. El veneno, el veneno que él tanto odiaba le había sido traspasado. Al cuerear el zorro utilizó su cuchillito, el mismo de los asados. Aquel que siempre se cuidaba de no usar en estos menesteres. Un error imperdonable para un hombre de su experiencia. Si lo había hecho tantas veces…

La peonada se sintió sobrecogida. A nadie le gustaba manipular ese veneno. Cuando descubrieron el cuerpo, supieron de la agonía del viejo. La estricnina no perdona; no es selectiva.

El patrón vino a la estancia; se mostró muy preocupado. Sabía que el veneno debe manejarse con mucha precaución, y era su responsabilidad. Los peones murmuraban la mala suerte del viejo. Todos sentían temor. No atinaban a precisar que había ocurrido.

– Al viejo nunca le había gustao eso del veneno – se lo escuchó balbucear al encargado.

Un escenario cautivante para la lucha por la vida

Un escenario cautivante para la lucha por la vida

El doctor, dueño de la estancia, se fue al pueblo preocupado llevándose el cuerpo de Don Pedro. Dos días después – junto con el cuerpo del viejo para el entierro – llegó la noticia. Don Pedro había muerto por cirrosis hepática. Así lo hizo saber el patrón. Con voz impostada y ensayando un discurso al que se había acostumbrado a echar mano en su ascendente carrera política, despidió sentidamente a Don Pedro.

– Y si, el viejo no chupaba, pero estaba viejo… – dijo alguien más tarde en la apesadumbrada rueda de mate, como para convencerse a si mismo.