Del Cajón… (Alerta Roja)

Alerta Roja

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En Abril de 1980 viajé como enviado especial a las Malvinas (revista Aire & Sol) y las fotos de más arriba delatan el tiempo…. Dos años despúes, sucedió el conflicto en las islas. Así surgió por aquelloos años este relato.

     Parecía una vieja película de guerra. Al menos ese era el “clima” que  se respiraba. El escenario: un pequeño restaurante, mesas con manteles a cuadros rojos y blancos, perfume a madera ardiendo en el hogar y especies, murmullo de conversaciones, ruidos de cubiertos, entrechocar de copas… Pero era la luz – o la falta de ella – lo que imprimía el toque diferente. Una suave penumbra invadía el ambiente. Las ventanas, cubiertas con gruesas cortinas y papeles, evitaban que se filtraran reflejos al exterior. Hacía diez minutos la sirena había señalado el inicio de una “alerta roja”.

     En esa pequeña ciudad de los andes patagónicos se trataba de un ejercicio. No era la verdadera guerra. Ella se desarrollaba en otro punto; más al sur, en un grupo de islas en medio del mar.

     Mientras comía, en ese pequeño restaurante, digería los recuerdos junto con cada bocado. Eran recuerdos recientes. Vivencias de gratos momentos, plenos de fuerza, poblaban algunos. Otros estaban saturados de pesar.

     Los primeros se remontaban – que casualidad, pensé- a un abril de hacía dos años atrás. Abril de 1980.

     “Por casi tres semanas había caminado, olido, disfrutado, la ruda plenitud de la naturaleza en aquellas islas del Atlántico sur. Como enviado especial de una revista ambientalista había navegado – casi como un mascarón de proa –  en un velero por el bravío mar que las circunda. Me había empapado con su sal, sentido el embate de ese océano austral. Caminado entre pingüinos de “real” y colorido traje. Hundido en su esponjoso y húmedo suelo.

     Había disfrutado de cada minuto, de cada día, durante los cuales se sucedían todas las luces, todos los climas, todos los colores.

     Ávidamente los había capturado en mi cámara fotográfica, y se habían impreso indelebles en mi espíritu. Por la noche el fantasmagórico amarillo de los faros contra la niebla confería un misterioso aspecto a las calles de la ciudad. El olor a turba – proveniente de las chimeneas – invadía el paisaje, saturándolo y mezclándolo con el aroma de las algas y el mar.

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     En esos momentos, en ese trozo de mi país – aunque se hablara una lengua distinta – había comprendido que solo era cuestión de tiempo. No podía transcurrir mucho más sin que el natural atractivo mutuo entre continente e islas se corporizara. Catorce mil kilómetros de distancia hacían sentir el abandono de ese decadente imperio.

     Posteriores artículos periodísticos reflejaron el entusiasmo de esa primera impresión. Hasta surgió una propuesta: las Islas una Reserva Natural”.

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Pato Vapor Malvinero

     Los recuerdos más recientes tenían pocos días. Amanecieron junto con una taza de café un 2 de abril de 1982.

     “La paz de Punta Tombo – apartado refugio de la vida silvestre en donde vivía – fué sacudida esa mañana.

     El clima que generaba la noticia era festivo. Pero yo no podía estar alegre.

     – ¡Si era cuestión de tiempo! – me repetía incrédulo.

     Los días pasaron. Los pingüinos se fueron. Las noticias del frente eran optimistas. Allá, en las islas, todo estaba  muy bien.

     Llegó el momento de clausurar la Reserva hasta la temporada siguiente. A la melancolía habitual de dejar – aunque sea momentáneamente – el lugar querido, se sumó la tristeza. Cargados, en la vieja camioneta de “uso oficial”, trepamos con toda la familia la cuesta que nos separaba del mar para despedirnos de nuestro hogar.

     Cerquita. Muy cerquita – fondeados en la bahía – dos grandes barcos grises de “fiero aspecto” imponían su presencia. Mar afuera, casi rozando la puntita de Punta Tombo, un gran buque surcaba las aguas a toda máquina, rumbo al sur.

     Una sonrisa amarga se me atragantó.

     – Bueno – me dije -, al menos la Reserva queda custodiada por expertos”.

     Ahora, en la cordillera, lejos de mi hogar, rememoraba.

     Al salir del restaurante aún continuaba el ejercicio. Barritas de jóvenes se divertían gritando y descargando histéricas risas en las calles oscuras. Pese a la carencia de peligro real – o acostumbrado a su presencia por obra y gracia de algo mucho más terrible que enemigos externos – los nervios estaban tensos.

     No pude reprimir una puteada. Yo estaba familiarizado a la oscuridad. En “mi hogar” de Punta Tombo no utilizaba prácticamente el grupo electrógeno para no escuchar su ruido. Prefería los sonidos de la vida que me rodeaban. Pero que distinto. ¡Que dolorosamente distinto era todo aquello!

     Terminado el relevamiento fotográfico que me había llevado a la cordillera, volví a la costa. A la Reserva. A mi hogar.

     Las noticias de allá, de aquellas islas continuaron siendo buenas.

     Los días pasaron… Y bueno, ustedes saben.

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2 pensamientos en “Del Cajón… (Alerta Roja)

  1. cuantos recuerdos, estaba marenzi con nosotros el 2 abril, el porta aviones gigantezco en el horizonte de Tombo, el avion con radar bajando bajito por Punta Norte y nosotros pensando escribirle con piedras los viveres que necesitabamos porque el camino estaba intransitable. El temor de Juanca y Diana al saber que habia alerta roja en Madryn y jessica estaba quedandose con una familia en Madryn. Jessica preguntano si su padrino era el enemigo porque es Norteamericano y habla Ingles. La conversacion de mi viejo con una turista en Tombo al haber finalizado la guerra, y como se sentia mi viejo. Los soldados en el aeropuerto de Trelew sentados con caras muy tristes esqueriendo llegar a casa. El orgullos de Romualdo porque su hijo iba a pelar por las islas y volvio muy herido… y lo dificil que fue escuchar al guia en Malvinas decir que no eramos bienvenidos

  2. Es verdad Carol, muchos reuerdos… De eso se trata “Botella…” sacarlo todo afuera. Cada vez que volvimos a las islas, se acrecentába la fascinaciòn por ese lugar. Con tiempo y paciencia…

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