Relatos del Cajón… (Una razón…)

Una razón para existir

Hace ya muchos años, vagando por los caminos surgieron estas reflexiones… Hoy – a la distancia- me siguen pareciendo válidas y continúo intentando perpetuar esos “inasibles instantes…”

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 Aquella noche junto al lago me sentí pleno. Rebosante. Era como si algo hubiera “estallado” dentro mío.

Experimenté una indescriptible sensación de gozo y libertad como pocas veces antes lo había hecho. Al menos que recordara.

Fue algo parecido a un orgasmo, pero sin haber hecho el amor… Aunque quizás, sin saberlo, estaba haciéndolo con todo lo que me rodeaba.

En determinado momento alcé los ojos al cielo y contemplé las estrellas. Millones y millones de tintineantes luces que brillaban para mí. Para mí y para quien quisiera verlas.

La sonrisa volvió a mis labios. Miré el fuego que crepitaba con intensidad. Por el aire se elevaban rojas chispas que dibujaban caprichosas figuras en la oscuridad.

Aquella noche tuve conmigo algo que me era desconocido, pero a la vez familiar y ansiado. Esa intensidad de sentimientos me llevó a preguntarme ¿por qué? ¿Cuál era la causa? ¿Lo había sentido antes…?

Apresuradamente me contesté que no. Que nunca jamás había experimentado sensación similar. Pero intuía que era algo conocido.

Entrecerré los ojos. Apenas dos ranuras. Y los fijé en el fuego.

Desde el fondo de la memoria surgían imágenes que lentamente cobraban cuerpo y significación. A medida que mi mente se retrotraía, estremecimientos de placer sacudían mi cuerpo – o para ser más precisos – mi alma.

Aquí y allá evocaba momentos de mi vida, de mi pasado… Y de pronto – para mi asombro – comprendí que yo también ¡Ya tenía un pasado!

Primero reviví circunstancias no tan lejanas en el tiempo. Ellas aparecían en mi mente como en una película:

“…Estaba en lo alto de un peñasco. El mar – rugiente e impetuoso – rompía allá abajo, a mis pies. Las olas se deshacían con secos estampidos incansablemente contra el roquerío. Yo miraba embelesado el paisaje. Sentía que en mi interior todo era “grande”, que mi espíritu pugnaba por liberarse del cuerpo y vagar por el infinito. Como esa gaviota, o como el viento que lleva el salobre gusto del mar. El sol se hundía en las aguas como un enorme disco rojo. Las luces del crepúsculo lo teñían todo de un brillante dorado…”

     Sentía el gozo como algo físico mientras fluían los recuerdos. Cerré los ojos con fuerza y apreté los dientes como para reprimir las ganas de gritar que me invadían.

Poco a poco el furor pasó y dio paso a más y más evocaciones en los cuales – lo sabía ahora – había “estallado” de emoción.

 “…El cansancio entumecía mi cuerpo, pero tras la dura escalada había llegado a la cumbre de la montaña. No era la más alta del mundo. Pero era mi montaña. Reviví la sensación de triunfo mezclada con impotencia al mirar hacia abajo y ver a aquel “mundo de todos los días” pequeño y hermoso – así – a la distancia…”

La plenitud del espíritu fue tangible otra vez. Recién ahora analizaba esas sensaciones y comprendía que ya antes las había experimentado… Pero ¿qué era?

Dejé que mi mente vagara en libertad, que afloraran los recuerdos.

Me moví para echar unos leños en el fogón, y ese movimiento pareció realizado por otra persona. Mi cuerpo estaba en ese lugar, pero yo – mi verdadero yo – vagaba por otros tiempos, otros recuerdos. El crepitar del fuego se intensificó. Clavé la vista en las pequeñas y azulinas llamas que se desprendían muy cerquita del tronco, para luego tornarse amarillas y – al fin – rojas.

Nuevamente la “película” comenzó a rodar con absoluta nitidez en mi memoria.

 “…Me veía reptando y escalando abruptas paredes en las entrañas de la tierra; oyendo el incesante y milenario goteo de las estalactitas; fotografiando con fruición cada detalle de esa fantástica escenografía, como si de esa manera pudiera “robarle” los secretos a la tierra…”

“…Otras veces estaba sentado a orillas del mar – acariciando la arena, o dejándola escurrir entre mis dedos como el lento fluir del tiempo – con la mirada perdida en algún punto de la eternidad…”

Notaba con asombro como cada uno de los recuerdos alcanzaban la superficie de la memoria retrospectivamente. Venían desde el fondo de mi tiempo, como llamándome, o conduciéndome a algo…

Vislumbré intensamente diferentes momentos de mi pasado.

“Pequeños instantes de felicidad”.

Esa frase surgió espontáneamente y quedó flotando. Me produjo la misma sensación – un tanto molesta – que sobreviene cuando uno sabe que debe hacer algo y no recuerda qué.

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     “La pantalla” se iluminó de nuevo.

“…Ahora me veía vagando, con una sonrisa que iluminaba mi rostro, por un camino que corría pegado al mar. Éramos cuatro, caminábamos desde hacía mucho tiempo, y nos hallábamos en el confín del mundo. Las gaviotas levantaban vuelo a nuestro paso. Por momentos nos envolvían como una nube de móviles alas…

Comprendía ahora que en aquellos instantes había sentido intensamente. Entonces era lo más natural del mundo.

Los recuerdos volaron vertiginosos. Las imágenes me devolvían cada vez más joven. Deliciosos momentos de mi adolescencia cobraron cuerpo.

“…Caminaba con alguien. Alguien que era parte mía también. Los médanos de arena nos envolvían. Corríamos, nos abrazábamos, danzábamos en un frenético vals… Nos amábamos…”

Un rostro asombrado, con una franca sonrisa iluminada por el gozo,  me miraba cara a cara desde los recuerdos. Vi como aquella familiar sensación de plenitud me invadía …

“…Estaba – niño – encaramado en la cima de un árbol. Justo allí en ese último lugar donde es posible estar, sin ser pájaro o un espíritu…”

Al “verme” sonreí. La “vieja sensación” ganó entonces mis sentidos, no sin cierta melancolía…

Era incapaz de detener los recuerdos:

“…Reviví – junto a mi padre – el incomprensible misterio de que todo el ancho mar cupiera dentro de una caracola…”

“Esos instantes” se sucedían vertiginosamente a medida que el niño iba ocupando los recuerdos. “Estallaba” al acariciar a mi madre, al sentir sus besos. Al oír la voz de mi padre cuando regresaba de trabajar. Al revivir el rito de saltar a su cama muy temprano para acurrucarme – calentito – en medio de los dos…

En determinado momento pareció como si la “película” se hubiera acabado… Hubo como un impass. Pero inmediatamente me vi en ese preciso instante, junto al fuego, en el lago…

Me sobresalté. Un pensamiento que momentos antes había cruzado mi mente se instaló en ella; “Pequeños instantes de felicidad”. Había recreado gran parte de mi vida hasta el presente. Cobraron vigencia algunos de los instantes más hermosos e intensos de ella. Situaciones en las cuales mi alma había rebasado los límites del cuerpo y estallado de dicha…

Pero…

¿Eran esos “pequeños instantes” La Felicidad?

¿De toda una vida compuesta por miles de horas y millones de segundos, solo unos pocos de ellos eran “estallidos” de dicha?

¿No sería posible hacer que cada fracción de la existencia fuera un instante de felicidad?

Aquella noche junto al lago supe que había encontrado una razón para existir. Entonces, alcé los ojos al cielo y agradecí – a alguien – en silencio.

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