Relatos del Cajón… (Una Trampa…)

Una trampa para Don Pedro

Don Pedro se bajó sin premura del caballo. En su rostro se dibujaba una mueca de contrariedad. Agachado, junto al cordero muerto, no pudo reprimir un insulto.

– ¡La pucha si serás ladino! – dijo el viejo pensando en voz alta -. Lo peor es que te condenas vos mismo.

El cordero estaba prolijamente degollado. Sólo habían comido un poco de su carne, y ya era el tercero que encontraba en su recorrida matinal. No había más remedio que avisarle al administrador. Seguramente no se iban a conformar esta vez con ponerles trampas.

– ¡Cha digo! – musitó Don Pedro en voz baja -. Aunque no me guste voy a tener que usar el veneno ese. ¡Pucha el tendal de bichos que va a quedar!

     No lejos de donde estaba el paisano, una hembra de zorro colorado trotaba en el campo seguida por dos pequeños de mediano tamaño. Ambos comenzaban a procurarse su propia comida. Aprendían, guiados por su madre, las técnicas de caza. La facilidad para atrapar esas presas que casi ni se defendían, inducía a la hembra a cebarse en ellas en lugar de buscar otras más difíciles de cazar. La noche había sido larga, y cansados, volvían al cubil.

Una presencia poco querida por los ganaderos

Una presencia poco querida por los ganaderos

Don Pedro desensilló tranquilo. Se tomó más tiempo del acostumbrado en acomodar el apero, cepillar a su caballo, y darle pasto. Mientras realizaba mecánicamente éstas tareas, el hombre no dejaba de pensar. Su semblante ceñudo indicaba que esos pensamientos no le agradaban.

– Ya sé que no le gusta viejo – dijo el encargado entre divertido y socarrón -, pero el patrón no quiere perder más ovejas. Usté sabe que de todas maneras le dan los pesos que paga la Sociedad Rural por el cuero. No es lo mismo que se saca por un cuero bueno, pero…

– Claro que no es lo mismo – pensaba Don Pedro -. No es por la plata, no. Los pesitos de la zorreada no me vienen mal, pero así. Así no es justo.

– Bueno, no se hable más. Mañana le doy la estricnina y me prepara los cebos como uste sabe.- Dijo sin más el encargado.

Don Pedro se fue a su rancho. De mala gana mordisqueó algunas tortas y se entretuvo largo saboreando el mate. Sus pensamientos no eran del todo claros. Obedecían a impulsos, sentimientos, al instinto. Sabía que tenía que cazar al zorro. Entendía que a veces hacían mucho daño; pero le daba bronca matarlo con veneno. Con eso no solamente se aniquilaba al perseguido, sino que quedaban los peludos, las  águilas, los chimangos, y un montonazo más de animales. Encima la piel no servía. No era porque le interesara demasiado, sino porque pensaba que al menos – por la piel – la muerte del animal tenía sentido. Viejo habitante del campo, sabía que había mucha plata detrás de esas pieles. Plata que él no veía… Pero no era más que un pobre peón, y por más que supiera – con la sabiduría de sus años – las cosas no iban a cambiar.

Al día siguiente el administrador repartió la estricnina. Don Pedro se llevó lo suyo y se dispuso a preparar los cebos. Meticulosamente, tomando más precauciones de las necesarias, y no sin cierta aprensión, dejó listas las trampas. Luego puso las liebres con el mortífero tóxico en una bolsa de arpillera y se fue al campo.

Pese a no esforzarse en ello, instintivamente, eligió los mejores sitios para colocar los cebos. En uno de ellos encontró una trampa. Estaba desactivada y sin el trozo de carne. No pudo menos que sonreír. Eso le gustaba. El desafío. La puja entre el puro instinto del animal y su propia inteligencia. El lento aprendizaje de años. Así sí sentía gusto, respeto, y hasta amor por esa pieza que cazaba. Pero el veneno…

Choiques con sus pichones en los campos patagónicos

Choiques con sus pichones en los campos patagónicos

Las faenas cotidianas continuaron con su metódica frecuencia en ese apartado paraje patagónico. Los días pasaron y Don Pedro consideró prudente darse una vuelta por las inmediaciones de los cebos para ver que pasaba. En dos de ellos encontró restos de animales que habían comido del letal alimento. Recorriendo los alrededores, y enredado entre las espinas de un arbusto, encontró el cuerpo de un carancho. Las plumas esparcidas por los alrededores, y las alas desgarradas del ave, hablaban bien a las claras de su agonía.

Tras una semana habían aparecido dos cuerpos envenenados de zorro colorado. En los distintos potreros del campo, los peones revisaban sus cebos. Los cueros – a pesar de no poseer un valor de reventa – eran llevados a la estancia para probar la muerte del animal. Luego la Sociedad Rural pagaba un precio relativo por ser especie considerada plaga.

Esa tarde, faltaba poco ya para el crepúsculo, Don Pedro vio que el cuerpo de una de las liebres que había dejado como cebo no estaba en su lugar. Se acercó y pudo notar con claridad el rastro dejado por los zorros al arrastrar su presa. Las huellas más grandes eran seguidas por dos pares más pequeñas.

– Sin duda éstos son los causantes de las muertes e’ los corderos – pensó – los cachorros no le pierden pisada a la madre.

Pese a lo avanzado de la hora siguió las claras marcas dejadas por los animales. No anduvo mucho cuando encontró los restos de la liebre. A pocos metros de ella, en la boca de un pozo ubicado entre las matas y unas piedras, vio asomando la cabeza y medio cuerpo de la zorra. Estaba muerta.

A la luz del crepúsculo Don Pedro retiró el animal de la entrada a la madriguera. Los cachorros seguramente estarían dentro de ella, muertos también. Con una mezcla de molestia y desagrado se puso a cuerear al zorro. Los movimientos eran mecánicos. Precisos. Pero el viejo estaba cansado y se mostraba un poco desprolijo. Cortó mal en una de las patas y tuvo que tironear más de la cuenta para desprender el cuero. Después la incisión no fue lo suficientemente certera y desgarró un trozo de carne del cual brotó abundante sangre – espesa y oscura – que le manchó la hoja y el cabo de su fiel y afilado cuchillito.  Cuando terminó, se sentía más cansado de lo habitual. Tenía un mal presentimiento el hombre; algo le había molestado desde el principio, y no atinaba a saber que era. Limpió su cuchillo en una mata de coirón. Había ya poca luz. Estaba inquieto. Como si hubiera perdido algo u olvidado alguna cosa…

pieles en un momento muy codiciadas

pieles en un momento muy codiciadas

– Tas cansao viejo – se dijo – mejor te vas pa’ las casas.

Luego de entregarle el cuero de zorro al capataz, Don Pedro se fué al galpón a churrasquear con la peonada. Estaba taciturno y un poco distraído. Seguía preocupándolo algo. Pero entre vino y asado, dejó que el tiempo transcurriera. Despacito, con gestos calmos y demorados, mirando fijo las brasas y escuchando el parloteo de sus compañeros, iba cortando los trozos de carne con su filoso cuchillo.

– Ta rico el asao – pensó – y ya me está entrando el sueño.

Se despertó cuando una garra le oprimía la garganta y un peso como el de mil fardos de lana se le depositaba en el pecho y no lo dejaba respirar.

Abrió entonces los ojos grandes, desmesurados. De su garganta quiso surgir un grito desesperado, pero ningún sonido brotó de ella. En el preciso instante en que sintió a la muerte entrarle en el cuerpo, supo con claridad…

– ¡Sabía carajo! ¡Sabía que andaba distraído! – alcanzó a pensar.

Ya no se sentiría molesto por algo que no alcanzaba a precisar. Ya nada más lo molestaría. Ese minuto, ese descuido, el mecánico movimiento no había sido hecho a conciencia. El veneno, el veneno que él tanto odiaba le había sido traspasado. Al cuerear el zorro utilizó su cuchillito, el mismo de los asados. Aquel que siempre se cuidaba de no usar en estos menesteres. Un error imperdonable para un hombre de su experiencia. Si lo había hecho tantas veces…

La peonada se sintió sobrecogida. A nadie le gustaba manipular ese veneno. Cuando descubrieron el cuerpo, supieron de la agonía del viejo. La estricnina no perdona; no es selectiva.

El patrón vino a la estancia; se mostró muy preocupado. Sabía que el veneno debe manejarse con mucha precaución, y era su responsabilidad. Los peones murmuraban la mala suerte del viejo. Todos sentían temor. No atinaban a precisar que había ocurrido.

– Al viejo nunca le había gustao eso del veneno – se lo escuchó balbucear al encargado.

Un escenario cautivante para la lucha por la vida

Un escenario cautivante para la lucha por la vida

El doctor, dueño de la estancia, se fue al pueblo preocupado llevándose el cuerpo de Don Pedro. Dos días después – junto con el cuerpo del viejo para el entierro – llegó la noticia. Don Pedro había muerto por cirrosis hepática. Así lo hizo saber el patrón. Con voz impostada y ensayando un discurso al que se había acostumbrado a echar mano en su ascendente carrera política, despidió sentidamente a Don Pedro.

– Y si, el viejo no chupaba, pero estaba viejo… – dijo alguien más tarde en la apesadumbrada rueda de mate, como para convencerse a si mismo.

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