Relatos del Cajón… (Esperanza…)

Esperanza de la lluvia

Arco Iris Oleo

La lluvia refresca mi alma, la limpia. Los truenos sacuden los recuerdos, y los relámpagos ponen luz en oscuros rincones de mi conciencia.

El olor a tierra mojada, a verde y tierno pasto, penetran en mi ser y lo llenan de un perfume puro. Liviano, límpido.

Se me antoja que todo es bueno, transparente.

Pienso que el agua borrará “las oscuras manchas del mundo cotidiano”.

Traerá aquellos tiempos cuando  los hombres no temían a las tormentas, ni a los relámpagos porque no los confundía con cañones, o disparos de fusil.

Imagino que la lluvia al irse dejará un mundo nuevo, resplandeciente, tierno.

Con olor a pasto verde, a tierra mojada, a flores revividas, a fuerza, ¡a Vida!

Hoy llueve.

Vi muchas lluvias… Cada una de ellas trajo una esperanza, y cada una de ellas llevó consigo un pedacito de fe.

Las “oscuras manchas del mundo cotidiano” subsisten, perduran, se multiplican, me ahogan ¡nos ahogan!

Sin embargo, hoy llueve… quizás, mañana…

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Relatos del Cajón… (Capítulo I)

Recostado en la barranca del río el viejo leía las páginas de ese Capítulo I que el joven escribía cuando no había sol…

– ¿Será capaz de escribir la novela? – se preguntó…

 El café de la mañana

Vagabundo del mar

Vagabundo del mar

Se levantó de la cama poco convencido de hacerlo. Una breve ducha le devolvió en parte las energías. El suave movimiento en la cabina anunciaba que el mar no estaba muy agitado. El barco acomodaba sin inconveniente su estructura en la onda marina.

Salió del camarote y se dirigió al comedor. A esa hora no debía haber muchos pasajeros rondando por la nave. El primer café de la mañana tenía la misión de recomponer su ánimo y despertarlo. Si podía lograr sorberlo en soledad.

Nubes de un tenue gris filtraban la luz del sol, esparciendo una luminosidad pareja y monocroma.

Varios pasajeros tomaban su café matinal y el copioso desayuno.

Voces metálicas y estridentes se imponían por sobre el apenas audible zumbido del motor del buque. Ajenos al paisaje de esas montañas marinas que se deslizaban –cambiantes y omnipresentes- en el exterior y las aves que jugaban entre los pliegues de las olas, el parloteo incesante quitaba solemnidad a esas tempranas horas.

Llenó su taza de café y se dirigió hacia la puerta que lleva al exterior. Una oleada de frió lo envolvió al trasponer el cálido interior del comedor. Esa bocanada gélida lo revivió al instante. Los sopores del sueño de desvanecieron y le arrancaron la primera sonrisa del día… Se sentó en una silla en la popa del barco, mirando la estela que éste dejaba en el mar, y las decenas de aves que lo seguían. Atentas oteaban la superficie marina y se lanzaban en acrobáticos descensos para capturar el alimento, compuesto por microorganismos que las hélices removían y empujaban a la superficie.

Sonrió. El jarro del café lo mantenía envuelto con ambas manos y despacio, casi como en un rito, sorbía lentamente el amargo y caliente líquido. Su sabor fuerte y espeso lo reconfortó. De a ratos el viento se arremolinaba e impregnaba el aire con el húmedo y reconfortante sabor salado del mar.

Sus pensamientos se fugaban siguiendo el mágico vuelo de las aves marinas. Petreles gigantes, albatros de ceja negra y algunos pocos nómades del mar –los albatros errantes-, planeaban siguiendo la estela de corriente generada por la nave y evolucionaban muy cerca de ella en derroteros casi circulares.

Albatros de Ceja Negra

Volaba con ellos, y su imaginación se desbocaba. Embozada entre el cielo y el mar la imagen de esa mujer casi se corporizó. El rostro anguloso, los ojos pardos, la frente amplia y el cabello oscuro y desordenado por la brisa, se hizo tangible… Sonrió. Sus tareas los separaban en las antípodas del planeta, pero los vientos y sus emisarios –el mar, las aves, las nubes- los mantenían unidos.

Se entregó a las cavilaciones y placenteros recuerdos mientras observaba el mar y las aves. Sorbía lentamente su café, feliz, con “la nariz al viento” y el ánimo exuberante.

–         ¡Mirá ese pájaro! ¡¿Qué es!? – chilló con aguda y penetrante voz la mujer.

Sobresaltado la miró con fastidio, sus pensamientos se esfumaron y casi vuelca lo que quedaba de café. Iba a ignorarla, pero su mirada se encontró con el ojo oscuro,  impávido pero expresivo, del albatros. Escasos segundos, mágicos, de comunión parecieron insinuarle calma, armonía.

–         Un albatros, un magnífico albatros errante que se acercó a saludarnos –musitó manteniendo la vista en el ave-.

–         Deambula por los mares australes… -continuó mientras se daba vuelta para mirar a quien había interrumpido su café matinal y contarle algunos secretos de esas maravillosas aves.

Alcanzó a ver la espalda de la mujer que se introducía nuevamente en el interior del cálido comedor. Cortó su explicación y se rió a voz en cuello.

El albatros – que había permanecido mágicamente “colgado” a escasos metros de la nave- con un levísimo movimiento de su cuerpo viró y continuó su derrotero. Él apuró el resto de café –ya tibio- y con el rostro relajado en una amplia sonrisa se supo listo para otra jornada.

Petreles Collage cats

Relatos del Cajón (El Monarca…)

El Monarca del Bosque

Alerce Milenario     Las llamas comenzaron a lamer el grueso tronco. Trepaban, envolviéndolo, por la rugosa corteza.     Las ramas más bajas crepitaron, mientras las pequeñas hojas se estrujaban – chirriando – al ser consumida su savia.

El Monarca del Bosque erguía su corpulencia sobresaliendo entre los demás árboles. Bajo él crecía un enmarañado sotobosque. La sombra lo protegía manteniendo el ambiente húmedo, permitiendo que los rayos del sol se filtraran – apenas – para hacer crecer la vida que allí se cobijaba.

Pero ahora el fuego se había adueñado del lugar. Los pequeños árboles habían sucumbido. Y el gigante sentía ya arder su cuerpo. La gruesa corteza protegía sus tejidos, pero ¿podría soportarlo por más tiempo? ¿Se convertiría este incendio en una más de las numerosas manchas negras que el coloso acumulaba en los aros concénricos de su tronco, y que delataban la supervivencia a otros incendios en su longeva existencia? ¿O por el contrario moriría al fin?

Todo el bosque estaba sumido en la neblinosa penumbra del humo. Los rayos del sol formaban densos chorros de luz – casi compactos – que se filtraban entre el follaje, dando una imágen onírica al paraje. Si la escena no representara el aniquilamiento de ese sector de la arboleda, el espectáculo era realmente bello.

Los animales habían huído ya. Solo quedaban aquellos seres que hunden sus “dedos” en la tierra. Firmes, arraigados al suelo, tenaces en su porfía de aferrarse a la vida: los árboles. El rumor de las llamas se había convertido en un atronador rugido. Esporádicamente, aquí y allá, enormes árboles estallaban con un seco estampido convirtiéndose en columnas de fuego. El crepitar de las llamas seguía cierto ritmo, marcado por explosiones, caída de grandes ramas y un subterráneo y agudo sonido… Como un quejido.

Las ramas más altas del gigante eran lamidas ya por las llamas. Su follaje pronto sería presa de ellas. Abajo, muy abajo, el fuego devoraba su corazón. Sus raíces se carbonizaban.

Una colosal explosión lo convirtió súbitamente en una gigantesca antorcha. Ardió, ardió durante incontables horas, hasta que al fin…

…Al fin lenta, pesadamente, cayó.

Arrastró todo a su paso. Aún diezmada por el fuego, su corpulencia trazó un profundo surco en el bosque. Desgajó otros árboles, hizo volar en mil pedazos los restos ardientes  de otros troncos, y sacudió la tierra. La hizo temblar como un furioso terremoto.

La zanja abierta por el gigante caído dejó un claro en el bosque. Su cuerpo yacente elevaba una pared de fuego que se alzó entonces como un telón frente al foso cavado en su derrumbe. El viento cambió de dirección. Suaves ráfagas – primero – se convirtieron en una brisa constante y sostenida, frenando el avance de las llamas y obligándolas a consumirse a sí mismas en un terreno ya arrasado.

Hacia atrás, la devastación. Las cenizas humeantes. Hacia adelante – más allá del gigante abatido, y protegida por él – aún la vida.

Collage page

Relatos del Cajón… (Reflexiones…)

Reflexiones de Ayer y Hoy

Este “post” recientemente subido a la red social me causó gracia y trajo además remembranzas de antiguas reflexiones.

Mensaje

Lo que sigue fue escrito hace muchos años, cuando ejercía profesionalmente el periodismo de actualidad… Corría –en ese entonces- cámara en ristre y libreta en mano, intentando capturar la vida. Vivirla a través de la lente. Plasmarla en las notas periodísticas…

Periodismo

“… TACATACATACA-TACATACATACATA, letras que vuelan, signos que se estampan

TACATACATACA-TACATACATACATA, suena el mundo de todos los días.

Insensata persecución del tiempo, efímeras palabras que se borran con el viento, o con un cambio de corriente…

Día por día, metros y metros de papel, kilómetros y kilómetros de letritas negras…

Vida y Muerte. Dolor y Alegría.

TACATACATACA-TACATACATACATA Insensata persecución del tiempo…

Papel, tinta, ojos que leen, indiferencia, envoltorio para la carne, tacho de basura…

TACATACATACA-TACATACATACATA, suena el mundo de todos los días.

Vida, Muerte, Papel… Insensata persecución del tiempo.

¡Basta!

Me niego a correr para atrapar el minuto que sigue. Porque no me conformo.

Nadie se conforma.

Porque una vez que lo tengo… TACATACATACA y quiero otro… y   TACATACATACA otra vez.

Y así, se pasa el Tiempo, y no lo veo.”

Pareciera que, salvo en las formas, poco ha cambiado.

Los sabios dicen que lo “único” válido en nuestra cotidiana existencia es cada fracción de tiempo que “respiramos”… Lo anterior es pasado, y el futuro es incógnito. Pero seguimos tratando de asir lo inasible.

Las noticias se hacen viejas al momento de salir al aire, la simultaneidad de comunicaciones en las redes sociales se multiplican y se desvanecen al instante. Nada o casi nada perdura.

Todo parece ser efímero. Como en un cuenco agujereado, lo que entra se desvanece.

No es ni bueno ni malo.

Por fortuna hay algo inalterable que –si nos damos el tiempo- nos colma… Mirar sin pausa el incesante viaje de las olas del mar, o el fluir siempre renovado de las aguas del río; la bulliciosa jarana de un gorrión citadino dando el alimento a su pichón; una puesta de sol; la flor del jardín; el amanecer que nos trae la esperanza de ese nuevo día… La Naturaleza esta siempre presta a gratificarnos.

Chorlo Doble Collar foto oleo

Chorlo Doble Collar foto oleo

De Fotos… (Similitudes)

Similitudes…

Costa, Montañas, Estepa, Desierto, caballos, camellos, ovejas o cabras… cambia el entorno geográfico, aunque no el trabajo.

Distantes, aunque parecidas. Ambas regiones gozan de espacios ilimitados, cielos límpidos y costumbres ancestrales. Patagonia –región compartida entre dos países (Argentina y Chile) y Mongolia –un país mediterráneo, extremo climática y geográficamente, la sombra de un milenario imperio, y una novel república- …

En Mongolia los espacios, la tierra, no tiene dueño –la vida y costumbres nomádicas aún perduran-. En Patagonia “las vaquitas son ajenas…”

Ambos son –todavía- Paraísos en la Tierra que mantienen similitudes en los extremos.

Imagen

Fotos (Fragil) Reiteración…

Reitero este blog porque me parece importante, ya que estamos en plena época de nidificación de estas aves. Extremar los recaudos al caminar por las playas y evitar transitar con vehículos todoterreno es indispensable para la supervivencia de ellas y el disfrute de todos…

Fragil

Proteger a la naturaleza y sus criaturas silvestres se aprende a través del conocimiento. Hay prácticas que realizamos sin advertir el daño que ellas pueden provocar. Afortunadamente hay campañas que advierten sobre las prevenciones que se podrían tomar para evitarlo.

Prestar atención y conocer

Es en ésta época –Octubre, Noviembre, Diciembre- cuando pequeñas aves comienzan su ciclo de reproducción. El Chorlo de Doble Collar (Charadius falklandicus) es una de ellas. Vuela en bandaditas apretadas con erráticas evoluciones, deambula en las playas correteando frenéticamente en busca de su alimento,  y – por sobre todas las cosas- es un maestro en el arte del camuflaje. Se mimetiza entre el canto rodado de las playas y su presencia casi pasa desapercibida al ojo. Esa es su ventaja en la naturaleza, pero un enorme riesgo frente a nosotros los humanos. Sus nidos son prácticamente invisibles y se ubican más arriba de la línea de alta marea. Los huevitos, diminutos y moteados, se hacen invisibles en la pequeña oquedad de canto rodado que los cobija. Difícil de advertir para el paseante a pié por la playa… Y ni hablar para aquellos que andan en moto o cuatri.

No a los vehículos por las playas

Saberlo es importante, evitar el paso de vehículos y extremar los recaudos al caminar por las playas es imperioso. Playa Parana, El Doradillo, Cerro Avanzado. Playa Colombo, en general todas las playas son el refugio y lugar de nidificación de ésta y otras especies.  Somos responsable por la integridad de esas frágiles aves. Y moderar algunas costumbres no es un gran renunciamiento. Algunas fotos ilustran lo difícil que es su visualización.

Huellas de vehículos en zona de nidificación

Te veo... No te veo... Estoy en medio de las huellas de un cuatri...

La Naturaleza y sus criaturas nos recompensarán con su belleza.

Relatos del Cajón… (Génesis)

Génesis

Puesta sol rio

–        ¡Quiero escribir una novela! – dijo intempestivamente…

El otro lo miró con curiosidad y cierta sorpresa. Levantó las cejas y encogiéndose de hombros le respondió:

–        Y hacélo…

–        Si pero hay sol – contestó elevando su cara al cielo.

Su compañero lo miró con sarcasmo y esbozando una sonrisa, para luego fijar nuevamente la vista en el agua. Al cabo de unos momentos agregó:

–        Escribí afuera…-  con una risa cascada y meneando la cabeza como si no pudiera creer lo que estaban hablando.

Los dos hombres estaban recostados sobre la barda del río y dejaban que las cañas de pescar reposaran entre sus piernas. El sedal apenas se movía en el remanso. Una boyita naranja flotaba mansamente en la casi inexistente corriente. Ninguno pensaba seriamente en la pesca. No eran pescadores. Y sabían que – en caso de un pique- ninguno sería capaz de sacar al pez del anzuelo… Por eso ni tenían anzuelo en sus líneas.

–         En serio te digo, quiero escribir una novela… -prosiguió- tengo la idea, el argumento, los personajes…

–         ¿Y entonces?

Titubeó, y mordisqueándose el labio inferior agregó:

–         ¡Hay sol!

El más viejo estalló en carcajadas. Al rato sin dejar de reír comenzó a recoger la línea. De pronto su rostro se transformo en sorpresa, mientras su brazo derecho se levantaba y el índice de su mano señalaba el río al ver a un pez saltando fuera del agua… La risa brotó estrepitosamente de su garganta, el compañero sumó la suya. Ambos reían contagiándose uno a otro. Continuaron así largo rato, hasta que poco a poco se fueron apagando las risas.

El sol se escondía tras los árboles de la orilla opuesta. Las ramas de los sauces lamían lánguidamente las aguas y una suave brisa movía el follaje.

–         Ya se está poniendo el sol – dijo el viejo.- es hora… no caben las excusas.

Esa noche el joven se sentó frente a la intimidante y blanca pantalla de la computadora y comenzó a teclear… No había inspiración, solo esfuerzo y trabajo.

El sol del día siguiente aportó más energías a su imaginación. No escribía al sol pero este le daba vida… Y los soles y las noches se sumaban…