Relatos del Cajón (El Monarca…)

El Monarca del Bosque

Alerce Milenario     Las llamas comenzaron a lamer el grueso tronco. Trepaban, envolviéndolo, por la rugosa corteza.     Las ramas más bajas crepitaron, mientras las pequeñas hojas se estrujaban – chirriando – al ser consumida su savia.

El Monarca del Bosque erguía su corpulencia sobresaliendo entre los demás árboles. Bajo él crecía un enmarañado sotobosque. La sombra lo protegía manteniendo el ambiente húmedo, permitiendo que los rayos del sol se filtraran – apenas – para hacer crecer la vida que allí se cobijaba.

Pero ahora el fuego se había adueñado del lugar. Los pequeños árboles habían sucumbido. Y el gigante sentía ya arder su cuerpo. La gruesa corteza protegía sus tejidos, pero ¿podría soportarlo por más tiempo? ¿Se convertiría este incendio en una más de las numerosas manchas negras que el coloso acumulaba en los aros concénricos de su tronco, y que delataban la supervivencia a otros incendios en su longeva existencia? ¿O por el contrario moriría al fin?

Todo el bosque estaba sumido en la neblinosa penumbra del humo. Los rayos del sol formaban densos chorros de luz – casi compactos – que se filtraban entre el follaje, dando una imágen onírica al paraje. Si la escena no representara el aniquilamiento de ese sector de la arboleda, el espectáculo era realmente bello.

Los animales habían huído ya. Solo quedaban aquellos seres que hunden sus “dedos” en la tierra. Firmes, arraigados al suelo, tenaces en su porfía de aferrarse a la vida: los árboles. El rumor de las llamas se había convertido en un atronador rugido. Esporádicamente, aquí y allá, enormes árboles estallaban con un seco estampido convirtiéndose en columnas de fuego. El crepitar de las llamas seguía cierto ritmo, marcado por explosiones, caída de grandes ramas y un subterráneo y agudo sonido… Como un quejido.

Las ramas más altas del gigante eran lamidas ya por las llamas. Su follaje pronto sería presa de ellas. Abajo, muy abajo, el fuego devoraba su corazón. Sus raíces se carbonizaban.

Una colosal explosión lo convirtió súbitamente en una gigantesca antorcha. Ardió, ardió durante incontables horas, hasta que al fin…

…Al fin lenta, pesadamente, cayó.

Arrastró todo a su paso. Aún diezmada por el fuego, su corpulencia trazó un profundo surco en el bosque. Desgajó otros árboles, hizo volar en mil pedazos los restos ardientes  de otros troncos, y sacudió la tierra. La hizo temblar como un furioso terremoto.

La zanja abierta por el gigante caído dejó un claro en el bosque. Su cuerpo yacente elevaba una pared de fuego que se alzó entonces como un telón frente al foso cavado en su derrumbe. El viento cambió de dirección. Suaves ráfagas – primero – se convirtieron en una brisa constante y sostenida, frenando el avance de las llamas y obligándolas a consumirse a sí mismas en un terreno ya arrasado.

Hacia atrás, la devastación. Las cenizas humeantes. Hacia adelante – más allá del gigante abatido, y protegida por él – aún la vida.

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