Relatos del Cajón… (Capítulo I)

Recostado en la barranca del río el viejo leía las páginas de ese Capítulo I que el joven escribía cuando no había sol…

– ¿Será capaz de escribir la novela? – se preguntó…

 El café de la mañana

Vagabundo del mar

Vagabundo del mar

Se levantó de la cama poco convencido de hacerlo. Una breve ducha le devolvió en parte las energías. El suave movimiento en la cabina anunciaba que el mar no estaba muy agitado. El barco acomodaba sin inconveniente su estructura en la onda marina.

Salió del camarote y se dirigió al comedor. A esa hora no debía haber muchos pasajeros rondando por la nave. El primer café de la mañana tenía la misión de recomponer su ánimo y despertarlo. Si podía lograr sorberlo en soledad.

Nubes de un tenue gris filtraban la luz del sol, esparciendo una luminosidad pareja y monocroma.

Varios pasajeros tomaban su café matinal y el copioso desayuno.

Voces metálicas y estridentes se imponían por sobre el apenas audible zumbido del motor del buque. Ajenos al paisaje de esas montañas marinas que se deslizaban –cambiantes y omnipresentes- en el exterior y las aves que jugaban entre los pliegues de las olas, el parloteo incesante quitaba solemnidad a esas tempranas horas.

Llenó su taza de café y se dirigió hacia la puerta que lleva al exterior. Una oleada de frió lo envolvió al trasponer el cálido interior del comedor. Esa bocanada gélida lo revivió al instante. Los sopores del sueño de desvanecieron y le arrancaron la primera sonrisa del día… Se sentó en una silla en la popa del barco, mirando la estela que éste dejaba en el mar, y las decenas de aves que lo seguían. Atentas oteaban la superficie marina y se lanzaban en acrobáticos descensos para capturar el alimento, compuesto por microorganismos que las hélices removían y empujaban a la superficie.

Sonrió. El jarro del café lo mantenía envuelto con ambas manos y despacio, casi como en un rito, sorbía lentamente el amargo y caliente líquido. Su sabor fuerte y espeso lo reconfortó. De a ratos el viento se arremolinaba e impregnaba el aire con el húmedo y reconfortante sabor salado del mar.

Sus pensamientos se fugaban siguiendo el mágico vuelo de las aves marinas. Petreles gigantes, albatros de ceja negra y algunos pocos nómades del mar –los albatros errantes-, planeaban siguiendo la estela de corriente generada por la nave y evolucionaban muy cerca de ella en derroteros casi circulares.

Albatros de Ceja Negra

Volaba con ellos, y su imaginación se desbocaba. Embozada entre el cielo y el mar la imagen de esa mujer casi se corporizó. El rostro anguloso, los ojos pardos, la frente amplia y el cabello oscuro y desordenado por la brisa, se hizo tangible… Sonrió. Sus tareas los separaban en las antípodas del planeta, pero los vientos y sus emisarios –el mar, las aves, las nubes- los mantenían unidos.

Se entregó a las cavilaciones y placenteros recuerdos mientras observaba el mar y las aves. Sorbía lentamente su café, feliz, con “la nariz al viento” y el ánimo exuberante.

–         ¡Mirá ese pájaro! ¡¿Qué es!? – chilló con aguda y penetrante voz la mujer.

Sobresaltado la miró con fastidio, sus pensamientos se esfumaron y casi vuelca lo que quedaba de café. Iba a ignorarla, pero su mirada se encontró con el ojo oscuro,  impávido pero expresivo, del albatros. Escasos segundos, mágicos, de comunión parecieron insinuarle calma, armonía.

–         Un albatros, un magnífico albatros errante que se acercó a saludarnos –musitó manteniendo la vista en el ave-.

–         Deambula por los mares australes… -continuó mientras se daba vuelta para mirar a quien había interrumpido su café matinal y contarle algunos secretos de esas maravillosas aves.

Alcanzó a ver la espalda de la mujer que se introducía nuevamente en el interior del cálido comedor. Cortó su explicación y se rió a voz en cuello.

El albatros – que había permanecido mágicamente “colgado” a escasos metros de la nave- con un levísimo movimiento de su cuerpo viró y continuó su derrotero. Él apuró el resto de café –ya tibio- y con el rostro relajado en una amplia sonrisa se supo listo para otra jornada.

Petreles Collage cats

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3 pensamientos en “Relatos del Cajón… (Capítulo I)

  1. Muy lindo Carlos… No conozco muchas personas con la capacidad de conexión con el entorno que describe a esta persona, sino todo lo contrario; hay muchas “mujeres ya de espaldas”. Gracias por seguir compartiendo! Abrazo.-

  2. Llego por casualidad a este blog y al empezar a leer siento una emoción honda… Leí hace tiempo “Dinosaurios, relatos de un guardafauna” y el libro desde ese día ocupa una posición privilegiada a lado de la mesilla de noche. Vivo lejos de la Patagonia atlántica, pero a pesar de ello, siento cerca sus acantilados, sus aguas y los amigos que alli tengo.
    Muchas gracias por ofrecernos este blog, cree que es un regalo del cual sacaré partido, del que me nutriré en los ratos libres o en esos en los que el alma solicita una lectura que esté enraizada con la sencillez de la vida.
    Muchas gracias. David de Esteban Resino. España.

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