De Viajes… (Oso Espíritu)

El Espíritu del bosque

Oso Espíritu, Emblema y Leyenda

Oso Espíritu, Emblema y Leyenda

Los bosques templados se parecen en los extremos del continente americano. Al sur el Bosque Valdiviano y Magallánico se desarrolla en la costa chilena sobre el Pacífico; al norte el Bosque templado del Pacífico, se extiende sobre las costas canadienses y de Alaska. Ambas lucen iguales; abundancia de lluvia –más de 1000 milímetros anuales-, gran diversidad de vegetación y densos bosques con especies de árboles milenarios.

Una cosa los diferencia; en el sur no hay osos. Y entre las distintas especies de osos que existen en el hemisferio norte, hay una que invoca la leyenda: El Oso Espíritu o “Spirit Bear” El oso Kermode (Ursus americanus kermodei).

Navegar por los estrechos, fiordos, islas y canales de Alaska en Norte América y la Columbia Británica en Canadá, me retrotraía permanentemente a los viajes por los Canales Fueguinos. Paisajes similares y colores y olores densos a hielos, musgos, líquenes y humedad. También se cruzaban ballenas jorobadas, especies de delfines, nutrias marinas, focas y miríadas de aves. En tierra, la diferencia se hacía notar, lobos, alces y osos. Los osos negros y los marrones o Grizzlis deambulaban entre los bosques y a la vera de los ríos pescando salmones. Sus rastros eran visibles en las márgenes donde las enormes huellas dejaban la impronta de sus garras, o los abundantes restos de salmones desperdigados en las orillas y sus excrementos a veces llenos de restos de frutas silvestres.

Verlos y fotografiarlos muy cerca evoca el atávico encuentro del hombre con las criaturas silvestres.

Caminar por los estrechos senderos implica el sentido alerta –todos ellos- para presentir tempranamente la presencia de estás magníficas criaturas. El grito de “Osos… Oso…” (Bear… Bear) anticipa en forma preventiva la presencia humana. En general eso basta para disuadir a la bestia de un posible ataque… Además mientras estén atiborrados de salmón, sus preferencias son bien claras.

No obstante los cuidados deben extremarse. Un buen guía sabe indicar el comportamiento adecuado.

El encuentro con el espíritu del bosque fue coronado con éxito. El oso blanco no es un oso polar ni un albino. Su pelaje es blanco cremoso y es una subespecie genéticamente única de el oso negro. Tienen un pool genérico recesivo que produce un pequeño porcentaje de ejemplares. También se les suele llamar osos de espíritu, y forman parte de la mitología nativa del lugar.

Tardó en aparecer, el guía nativo – del pueblo originario a quienes les encomendaron la custodia de la reserva- encomendó paciencia. Mientras esperábamos ansiosos, frente al refugio desfilaban osos negros muy ensimismados en pescar salmones, jóvenes águilas calvas disputándose los restos de estos peces, hurones, y pequeñas aves que engullían con avidez las huevas de salmón que flotaban en la corriente del arroyo.

Las criaturas del bosque se fueron asomando de a poco

Las criaturas del bosque se fueron asomando de a poco

Varias horas transcurrieron hasta que un movimiento en el follaje delató la fugaz visión de la blanca criatura acercándose al lecho del río. El oso espíritu hizo su aparición a pleno. Olisqueo el aire, miró alrededor, y se concentró en su misión: pescar salmones. Según las observaciones de comportamiento de pesca, el éxito del Kermode durante el día es mayor que el de su par el oso negro. Se igualan durante la noche. Posiblemente el color claro del pelaje lo ayuda.

A juzgar por el tamaño se trataba de un macho con aproximadamente 250 kilos, las hembras son visiblemente más pequeñas y pesan unos 135. En estado silvestre pueden vivir hasta 25 años. Durante el verano boreal se producen los apareamientos y suelen dar a luz 2 cachorros.

Su imagen es Emblema Nacional de la Columbia Británica.

Estar frente a esta criatura colmó las expectativas del viaje. El silencio y la veneración de quienes allí estábamos –solo interrumpido por el click de las cámaras fotográficas- honraron la presencia del Fantasma del Bosque.

El Kermode es una subespecie del oso negro

El Kermode es una subespecie del oso negro

Relatos del Cajón… (La Primera Foto…)

En un Diciembre de hace 33 años iniciamos, todos los cinco, una aventura que marcó nuestras vidas…

Relato publicado en “Dinosaurios: Relatos y sueños de un Guardafauna”

LA PRIMERA FOTO EN PUNTA TOMBO

     A las 8 de la noche el sol teñía la cresta de las olas con una brillante y diáfana luz dorada. Me senté justo antes de la línea de marea alta. Allí la playa se precipitaba decididamente al mar. La arena – o casi arena –  estaba conformada por minúsculas partículas de piedra, molidas por el constante accionar de las olas. El cuerpo acomodaba su anatomía a la perfección en esa mullida superficie. Me estiré con un largo suspiro. Permanecí un rato en silencio, sintiendo como  el cuerpo se relajaba, hasta que comenzaron a dolerme todos los músculos. Uno a uno. Erguí el tronco y me apoyé sobre el codo derecho. Miré hacia el mar. El aire salobre y húmedo comenzó a pegotearme el pelo, mientras una fina llovizna – que provenía de una rompiente contra la pequeña lengua de roca justo frente a mi  – producía la tenue niebla que me envolvía. Las figuras de los pingüinos deambulaban de aquí para allá entre las algas húmedas que las olas dejaban sobre la playa. Todo el conjunto – bañado por las últimas luces del crepúsculo – parecía irreal. Imaginado por algún pintor, o quizás un poeta.

     Sonreí satisfecho. Un largo anhelo había sido realizado: estaba en la Patagonia. Casi, la vida se me antojaba en ese momento ficticia. Me sentía parte de una película, como si de pronto despertara y todo hubiera sido un hermoso sueño… Pero no. Mis manos me recordaron que no. Que todo lo acontecido en los últimos días era absolutamente verídico. Las miré detenidamente les hablé con ironía:

     -¿Qué tal manos? ¿Cómo las trata el trabajo?

     Comencé a abrirlas y cerrarlas con lentitud. Dolían. Sentía cada centímetro de piel. Con el pulgar toqué la punta de cada uno de los otros dedos. Me maravilló ese pequeño dolor que sentía. En poco tiempo habían cambiado bastante. Ahora lucían ajadas, llenas de cortes y duras. Pero se habían mostrado activas.  Ahora podía contar con ellas, sabía que todos los inconvenientes los había resuelto con su ayuda. Motores, bombas, tanques de combustible, serruchos, martillos y una panoplia de “infernales instrumentos” que nunca antes había manejado con tanta familiaridad. Sin embargo yo y mis manos, ante la fuerza de la necesidad, nos habíamos puesto a la tarea de “dominar” esos elementos. Y lo logramos.

     Por eso ahora, tirado en la playa, estaba satisfecho. Con la sensación de plenitud que brinda la tarea cumplida. Entonces sí, luego del obligado receso impuesto, levanté la cámara y la acaricié con suavidad. Ahora  podía utilizarla a gusto. Con un enorme esfuerzo de voluntad me había obligado a no tocar la cámara fotográfica hasta no haber realizado el trabajo no tan atrayente que debía hacerse.

     Enfoqué con cuidado, paladeé el instante de la toma.

     Y esa primera foto en Punta Tombo, me pareció el mejor premio. La culminación de una serie de esfuerzos que habían comenzado mucho tiempo atrás:

     La imagen a través del objetivo mostraba la apacible calma de mi mujer mirando con alegría a los dos pequeños niños que jugaban entre las algas, mientras los pingüinos observaban curiosos.

     Bajé la cámara, un nudo me atenazaba el pecho y la garganta. Mis nublados ojos se perdieron tras la línea de rompientes, tratando de seguir el imperturbable vuelo rasante de un petrel sobre la superficie del mar.

La Naturalza nos unió

La Naturaleza nos unió