Relatos del Cajón… (El Pájaro…)

El archivo fotográfico me “devolvió” esta foto escaneada de una diapositiva obtenida hace ya 33 años. Se trata de un ave marina que nidificó en la cormoranera de Punta Tombo durante varios años. La especie no era nativa de nuestras costas, por el contrario se trataba de un visitante venido del Pacífico: el Cormoran Guanay (Phalacrocorax bougaivilli), donde puebla por millares las islas Guaneras. No recuerdo con precisión la cantidad de parejas, aunque eran pocas entre los nidos de Cormoran Real, y de Cuello Negro. Aunque escasos en cantidad, lograban criar a sus pichones de plumón gris oscuro, y “pintados” con blancos manchones de plumas. Tormentas, predación de gaviotas australes y cocineras, y algunos factores externos propiciaron su desaparición de aquellas playas.

Visitante del Pacífico, pobló la Cormoranera de Punta Tombo

Visitante del Pacífico, pobló la Cormoranera de Punta Tombo

Encontrar esta foto me trajo a la memoria el relato de más abajo, publicado en “Dinosaurios: Relatos y Sueños de un Guardafauna”

El Pájaro que voló…

Los gritos de los chicos llamaron mi atención, pues estaba aún dentro de la casa:

– ¡ Papá, vimos un pájaro..! – dijo Francisco con la voz entrecortada por la carrera y la excitación.

– ¡Un pájaro…! – repetía Pablo asintiendo con la cabeza a lo dicho por su hermano mayor, y acompañando el gesto con dos enormes ojos agrandados por el entusiasmo.

– Así que un pájaro – dije sentándome en la vereda – ¿Y cómo era el pájaro?

– ¡Era un pájaro…que se voló! – respondió Francisco.

– ¡Se voló! – apoyó Pablo con enfáticos movimientos de su cabeza.

De esa inadvertida forma principió uno de los más excitantes y aleccionadores juegos que comencé a practicar con mis hijos: “La Búsqueda del Pájaro que Voló”.

Las excursiones por el campo ya tenían un fin determinado, hallar al pájaro que voló. Así, Francisco – quien poseía ya bastantes conocimientos sobre las aves -, aleccionaba a su hermanito:

– ¡Mira, ése es! – aseguraba Pablo.

–  Nooo, esa es una calandria – precisaba Francisco. O si no… – Fíjate que es una “cocinera” con plumaje juvenil, ¿ves las plumas grises en vez de las blancas y negras?

En ocasiones les ampliaba la lista de aves que mis hijos conocían con  nuevas especies.

– ¿Mira, ése es el pájaro? – preguntaban cuando no conocían el ave.

– No, ese es un frigilo patagónico ¿Ven que lindos colores que tiene?

– No, ese no es  – repetía entonces Pablo convencido.

– ¿¡Y cual es el pájaro que voló!? – preguntaban en ocasiones con ansiedad.

– Y, no sé, hay que buscarlo. Si se voló hay que buscarlo – respondía divertido.

De esa manera los pequeños fueron conociendo a casi todas las especies de aves que poblaban Punta Tombo. Ostreros, gaviotas, gaviotines, cormoranes, palomas antárticas, chorlitos, chingolos, tordos, jilgueros, diucas, negritos, pechos colorados, martinetas, cauquenes… Y una multitud de especies aladas que eran descubiertas  con regocijo y atención.

Asistía feliz a este juego que fundía a los chicos con la naturaleza. Todos – aunque los pequeños aún no lo supieran – intuíamos que la búsqueda jamás terminaría.  Porque… ¿¡Quién descubriría alguna vez al “pájaro que voló”!?

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