Relatos del Cajón… (Capítulo 4 – Encuentro…)

“… Se pasó la mano por la cara el Viejo, y encorvaba las cejas en un intento de recordar detalles que su mente no atesoraba con precisión, mientras leía ese nuevo capítulo…”

EncuentroPutre-Lauca 192 2

Parado junto a la ventana en su camarote miraba como el mar aún encrespado barría por momentos el sólido vidrio y la espuma blanca brillaba con la luz conferida por las luces laterales del barco. Algunas aves marinas que revoloteaban alrededor brillaban como efímeros fantasmas esquivando las olas.

No podía dormir, y los recuerdos surgieron en cataratas… Desde muy atrás en el tiempo.

“…La estación en el altiplano parecía desolada… Río Mulatos –en Bolivia- era apenas una encrucijada de rieles donde unas pocas casas de adobe y techo de paja cobijaban a los escasos habitantes y pastores.

Allí la vio por primera vez.

El tren que lo trajo desde Antofagasta y que debía haberlo dejado en ese paraje a tiempo para tomar la conexión que lo llevaría a Potosí no llegó en horario y ya no había combinación…

Ella ya estaba allí, y un pequeño grupito más de extranjeros.

Una mochila estaba a su lado y un bolso en bandolera contenía equipo fotográfico. De su cuello colgaba una Nikon, con una lente de mediano alcance.

-Seguramente está tomando retratos de los lugareños- pensó como fotógrafo que era.

Ella lo miró. Sus ojos se encontraron y fue como si se conocieran…

–         ¿También perdiste la combinación? –

–         Si – dijo ella – aunque vinimos por tierra pero parece que “la combinación” nunca existió.

Así de simple fue todo. Ya nunca más se separaron…

Averiguaron que en un par de horas llegaría un tren carguero que iba a Potosí. Si el guarda del tren lo permitía podrían viajar en el cabus.

Horas más tarde estaban traqueteando en un vetusto vagón con dos puertas corredizas a  cada lado, dos angostísimos asientos que corrían a lo largo del vagón, y frío. Mucho frío… Estaban solos, los demás prefirieron esperar el ómnibus que supuestamente pasaría más tarde.

Las vías ascendían los Andes en cerradas curvas. La determinación de la máquina a vapor en enfrentar la cuesta se traducía en fuertes y reiterados “tirones” que repercutía en los vagones. La marcha era una seguidilla de incómodos sacudones. Sin embargo, y a pesar del frío, la magia de estar en viaje los envolvía. Hablaron y –como si se adivinaran- llegaron a la divertida conclusión de lo poco que ignoraban uno del otro. No se tomaron el trabajo de preguntarse porqué. Intuían que todo era posible en el camino, y que no importaba nada más que el momento. Muy jóvenes eran.

A los dos los unía la pasión por la fotografía. El era periodista, ella reportera gráfica. Ninguno –en esa encrucijada de sus vidas- tenía trabajo fijo. A como diera lugar se habían lanzado a descubrir los caminos de su América ancestral. Con irreverencia e inmadura confianza se lanzaron en ese viaje iniciático. Al principio separados, hoy juntos…”

– ¿Cuantos años de ese encuentro? – pensó. Dio la espalda al hipnótico ventanal que le devolvía su imagen tenuemente reflejada en el grueso vidrio, con el fondo convulsionado del mar, y se recostó en la cama dispuesto a esperar que el sueño “algodonara” aquellos lejanos recuerdos.

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