De Viajes & Fotos… (Íconos de la Patagonia…)

  Así es Patagonia… Seducción por Naturaleza

Andes, mar, vida silvestre...

Andes, mar, vida silvestre…

La Patagonia sugiere mucho más de lo que muestra.

A lo largo del tiempo ha cautivado la imaginación de los hombres. Pocos pueden definir que los atrapa de ella.

Sin embargo todos coinciden en algo: Resulta imposible borrar su huella del espíritu.

Una naturaleza poderosa y vital modela a quienes la habitan; humanos y criaturas silvestres.

Las bestias se adaptan instintivamente a sus reglas de juego. No intentan descifrarlas.

Los hombres – a excepción de sus primitivos moradores- buscamos dominarla. Hurgamos en sus misterios, pretendemos desentrañar sus enigmas…

E indefectiblemente sucumbimos a su hechizo.

Desde Pigaffeta, hasta el turista contemporáneo; desde el primer aborigen, hasta el reciente poblador, la historia se ha repetido.

Una historia sin fin, plena de fuerza, cargada de alegrías, sinsabores, exigencias, bonanzas… de vida.

Vida que, en esta Patagonia, conserva aún hoy caracteres épicos e imposibles de olvidar que seducen sin concesiones.

Las imágenes que siguen sintetizan apenas aspectos de esta caleidoscópica región.

Chalten, Cueva de las Manos Pintadas, guanacos

Chalten, Cueva de las Manos Pintadas, guanacos

Orcas, pingüinos

Orcas, pingüinos

Cóndor, Cauquén de Cabeza Gris con pichón

Cóndor, Cauquén de Cabeza Gris con pichón

Zapatito de la Virgen, Orquidea Verde

Zapatito de la Virgen, Orquidea Verde

Tejedora Mapuche, Pastores de cabras y de ovejas

Tejedora Mapuche, Pastores de cabras y de ovejas

Glaciar Perito Moreno y el sol forma bandera en el glaciar

Glaciar Perito Moreno y el sol forma bandera en el glaciar

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He Leído… a Fray Mocho

Para quienes tuvieron, tienen y tendrán la dicha de vivir entrañables momentos -como lo narrado con simpleza y maestría en este cuento-  nada menos que junto a su perro, ya sea en las soledades de la Patagonia, cualquier otro ambiente rural o en la casa citadina…

"Pulgoso", vago, callejero y entrañable "barbocho" patagónico...

“Pulgoso”, vago, callejero y entrañable “barbocho” patagónico…

“…El mate circulaba de mano en mano con una precisión cronométrica, mientras en el asador chirriaba un medio costillar de vaca, cuya grasa, al destilar de a gotas sobre el fuego, levantaba pequeñas llamas azuladas…”

“… A cada titilación del fuego, el perro favorito que –previas unas diez vueltas circulares con la cabeza casi pegada a la cola- se había echado a la derecha de su amo, abría un ojo, lanzaba una mirada perezosa y soñolienta al asador y un gruñido a las pulgas que le fastidiaban y volvía a amodorrarse, esperando su parte en el asado…”

José Sixto Alvarez (Fray Mocho) 1858-1903 – Periodista, Escritor – Fragmento del Cuento “Macachines”

Por desobediente se ganó el abandono, hasta que nos adoptó y nos ragaló su companía una decena de años...

Por desobediente se ganó el abandono, hasta que nos adoptó y nos regaló su companía una docena de años…

Relatos del Cajón… (Melchor y la vodka)

Imagen

Foto publicada en el diario El Chubut por un lector

Esta foto aparecida recientemente en un diario del Chubut (Diario Chubut), publicada por un lector me causó gracia y me animó a compartir el siguiente relato publicado en el libro “Dinosaurios: Relatos y Sueños de un Guardafauna”.

Ojalá lo disfruten y – a través del humor- valoren y protejan a nuestras especies silvestres.

MELCHOR Y LA VODKA

Vinieron durante el primer invierno. Los chicos los espiaban desde la ventana de la cocina. Al principio eran dos. Grandes, rechonchos. Construyeron su cueva a escasos dos metros de la vereda que rodeaba la casa. Y ya no se fueron.

Con el tiempo los pequeños los habían acostumbrado a comer de su mano, a soportar sus caricias, a que compartieran – en cierta forma – sus juegos.

A uno de ellos – vaya a saber por que extraña fantasía – los niños lo bautizaron Melchor. Era el más grande.

Disfrutaba viendo como los peludos – ya que ellos eran los nuevos vecinos – se habían unido a la familia. Sabía que no eran muy bien vistos por la gente de campo. Sabía también – porque había encontrado más de un cuerpo en pozos de basura – que lo mataban porque sí; no para comerlo pues decían que era un bicho carroñero. Que devoraba a las ovejas parturientas… En síntesis, un perseguido. Más de una vez los había visto comiendo cadáveres de pingüinos, o tratando de robar alguno que otro huevo. Pero era su papel dentro de la naturaleza. Así que respetaba a ese casi prehistórico animal.

Lo cierto es que cada noche los peludos –  que para el verano se habían convertido en seis con el arribo de otras dos parejas que hicieron sendas cuevas junto a la casa – acudían a buscar su ración alimentaria. Si por casualidad olvidábamos acercarles a la cueva las sobras de la comida, eran ellos los que venían a reclamarla. Con insistencia arañaban vigorosamente la puerta de metal, utilizando sus cortas patas provistas de largas y firmes uñas, hasta recibir su dieta.

Invariablemente el rito se repetía todos los días. En ocasiones comían en la misma puerta de la casa. Otras llevaban el alimento al interior de la cueva.

Una noche – tras terminar la tarea del día – decidí preparar un trago para la noche. Como no poseíamos heladera puse la jarra llena con jugo de ananá y aderezada con generosas medidas de vodka, para que se refrescara a la intemperie.

La idea pronto demostró no ser muy feliz. Cuando escuchamos el ruido ya era tarde. Carol y yo nos miramos y corrimos hacia la puerta… Allí estaba el gran Melchor, degustando golosamente la bebida.

Cuando termino de sorber lo que se escurría por el piso se dedicó meticulosamente a pasar su lengua por el interior de la jarra hasta evaporar el último vestigio de líquido. Recostados en el dintel de la puerta, mirábamos divertidos. Entre nuestras piernas los chicos se acercaron a disfrutar del show.

Tras unos minutos de inmovilidad, Melchor comenzó a salir de adentro de la jarra. Por primera vez vieron a un peludo víctima de una soberana borrachera.

El animal caminó para atrás y chocó contra nuestros pies; sobresaltado saltó hacia un costado y se dio la cabeza contra la pared.

Las primeras risas de los niños comenzaron a dar el telón de fondo.

Mientras tanto, el pobre Melchor intentaba poner rumbo a su madriguera. No le fue fácil. Zigzagueó entre la pared del pasillo, prácticamente rebotando. Luego corrió por la vereda, cayó de ella a la tierra, y los escasos diez centímetros de desnivel lo dejaron patas para arriba.

Entre risas, Francisco – el mayor de mis hijos- lo volvió a poner sobre sus patas, encauzándolo en dirección a la cueva. Pero la cosa no resultó fácil para Melchor. Varios obstáculos se interponían en su camino. Y en su estado, todo parecía un laberinto. Finalmente, tras rebotar varias veces contra las matas, paredes, un poste, y dirigido por las divertidas manos de los pequeños, llegó a su cueva. Pero aún de ella debió ser rescatado. Quedó cabeza para abajo y pataleando en el aire. Finalmente logró entrar a ella. El show finalizó.

A la mañana siguiente, durante la ronda de radio, Juan Antonio – el Jefe del Cuerpo- y los demás guardafauna escucharon divertidos la historia de Melchor.

Ilustraciones de Juan Carlos De Souza para "Dinosaurios: Relatos y Sueños de un Guardafauna"

Ilustraciones de Juan Carlos De Souza para “Dinosaurios: Relatos y Sueños de un Guardafauna”