Relatos del Cajón… (La Lluvia)

“Después de la tormenta”

El desierto agradece la lluvia, aunque a veces esta se propase.

Los ámbitos citadinos suelen no recibirla con el mismo beneplácito. Vertiginoso crecimiento, construcciones y asentamientos en zonas no aptas, infraestructura superada, falta o escasa planificación…Conspiran en las ciudades. El esfuerzo sobre la marcha de hombres y máquinas es loable, aunque normalmente sobrepasado al actuar sobre la coyuntura.

Hoy ya pasó aunque las secuelas persisten.

Los excesos que cometemos en nuestro planeta empujan a la naturaleza a generar mayores excesos…

En tal caso, como dice una canción:  “… No culpes a la lluvia…”

LA   LLUVIA

Ilustración de Juan Carlos De Souza para "Dinosaurios: Relatos y Sueños de un Guardafauna"

Ilustración de Juan Carlos De Souza para “Dinosaurios: Relatos y Sueños de un Guardafauna”

” Una mortecina luz que se filtraba a través de las cortinas de la habitación, anunciaba que ya estaba entrada la mañana. El sostenido repiqueteo de gotas en el techo se encargó de puntualizar la causa de la magra iluminación matinal.

– Sigue lloviendo – dije con un dejo de fastidio en la voz.

– Si – respondió la mujer – no paró en toda la noche.

– Me parece que los caminos van a estar intransitables – continué – vamos a tener que pasar varios días sin poder salir.

Dicho esto dí media vuelta en la cama y me tapé hasta las orejas con un bufido.

Hacía dos días que llovía copiosa y persistentemente. La patagonia se caracteriza por su clima seco y semidesértico… Sin embargo, cuando llueve, la tierra absorbe sedienta las primeras gotas, pero pronto el suelo se satura y el agua corre veloz formando cañadones, lagunas y cortando los caminos.

Carolina – que así se llamaba la mujer – se levantó primero. Con semblante preocupado hurgó en la alacena. Lo que allí encontró la tranquilizó y con aire alegre comenzó a preparar el desayuno.

– Al menos sopa, leche y fideos tenemos – me comunicó mientras me levantaba -. Si continúa por mucho tiempo, podes caminar hasta la estancia a buscar carne.

– Si no hay más remedio caminaré los l5 kilómetros – contesté -¡pero podía dejar de llover de una buena vez…!

Y mi voz se perdió en una maldición entrecortada.

Desde la ventana del comedor se veía el camino, en el cual las huellas dejadas por el paso de los vehículos se encontraban llenas de agua. El mar no se divisaba, confundido entre la bruma y el cielo. Su lejano rumor se mezclaba con el repiqueteo de la lluvia.

Estaba molesto. Debía viajar a la ciudad – distante 120 kilómetros – para hacer gestiones en la administración central y comprar víveres. Las perspectivas no eran alentadoras. El tiempo empeoraba.

Me voy a caminar – dije manoteando la campera.

Mientras tanto yo prepararé pan – dijo Carol con espíritu más práctico -. Así no nos morimos de hambre – agregó sonriendo con picardía.

Esbocé una mueca que pretendía ser una sonrisa y salí a caminar con Francisco, mi hijo mayor.

Al trepar la primera loma, el paisaje húmedo y envuelto en la bruma, pudo más que el enojo. La visión de mar – que rompía con fuerza sus olas sobre la restinga – terminó de disipar el mal humor, restituyéndome el habitual estado de ánimo.

Me asombró al ver, pese al mal tiempo, la vida que bullía entre las matas y arbustos espinosos. Sobre la última lomada que separa a la línea de vegetación, de la playa de guijarros, divisé a tres ñandúes que picaban su alimento entre las matas sin inmutarse por la lluvia. A mi paso aparecían pechos colorados, ratonas y tordos que se movían presurosos engullendo bichitos y semillas que la lluvia ponía al descubierto.

– ¡Mira papá! ¿Qué son esos? – gritó Francisco con su acostumbrada excitación al ver un animal que no reconocía.

Como casi siempre pasaba, luego del penetrante grito, las aves levantaron vuelo.

El niño, quien tenía tres años, miró como pidiendo disculpas y con gesto pícaro preguntó en un susurro:

– ¿Qué eran esos pájaros? -.

Le dije que eran cauquenes, y riendo le calé el sombrero para la lluvia hasta las orejas; con lo que un fino hilito de agua le penetró en el cuello al pequeño haciéndolo gritar con fuerza, entre risas y contorsiones de los hombros. Esta nueva ruptura del placido silencio movilizó a más criaturas de la zona. Con veloz carrera nueve ñandúes se precipitaron en fuga, y una pareja de maras – luego de un corto trote – se refugió al abrigo de abigarradas matas espinosas. Un chimango alzó vuelo con un chillido y se posó un poco más adelante oteando el suelo con penetrante mirada.

– ¡Cuánta vida! –pensé fascinado-. Y yo que maldecía a la lluvia considerándola un estorbo.

Me quedé parado mirando con atención, mientras gruesas gotas resbalaban por el capote. Francisco – que se había soltado de mi mano – jugaba indiferente al agua, juntando brillantes piedras rojas lavadas por el aguacero. Un movimiento en la maleza me hizo fijar la vista en el lugar, para alcanzar a divisar a un zorro que se guarecía en la cueva abandonada de un pingüino…

– Realmente todo está bien -reflexioné- la lluvia es vida. Para los animales no representa problema. Se nota su goce. Saben que más tarde o más temprano saldrá el sol. Esta fina pelusa verde que comienza a recubrir las pedregosas lomas se hará más densa y fuerte. Significa comida. Las plantas resurgirán renovadas, el agua acumulada calmará la sed por mucho tiempo…

Busqué a mi hijo con la mirada.

– Francisco juega y no le importa la lluvia. No es un impedimento para su diversión. No puedo estar enojado por la lluvia. Ningún ser se ve contrariado por ella ¿Por qué yo?

Como respuesta a los pensamientos un rumor aumentado del agua me hizo centrar la atención en el cañadón. Un trozo de tierra se desprendió en el cauce terroso y amarillento de la correntada, y un peludo subió prestamente la barranca. Al llegar al borde se dio vuelta y observó por unos instantes como el agua comenzaba a inundar su cueva. El casi prehistórico animal dio media vuelta y con un suave trotecito se dirigió hasta una gran mata de quilembay donde, sin apuro, comenzó a cavar su nueva morada…

Contentos y de buen humor, regresamos a la casa.

– La lluvia es buena – le dije a Carol. Y todos, sonrientes, comimos del crujiente y tibio pan, sabiendo que hoy habíamos dado un paso más.”

“La Lluvia” – extraído de “Dinosaurios: Relatos y Sueños de un Guardafauna” – Carlos A. Passera

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3 pensamientos en “Relatos del Cajón… (La Lluvia)

  1. Hola Alberto, soy yo de nuevo. Donde consigo tus libros en Quilmes o en el centro? Me gusta leerte. Un abrazo y besos.

    • Hola María Elena, en BUE estaba solo en Aves Argentinas y lña librería LOLa. Pero mandame tu correo electrónico y te mando el acrobat como le envié a Delia.

Agradezco tu opinion

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