Relatos del Cajón… (Capítulo 5)

“… Caminaba el viejo mientras rumiaba lo leído y con gesto inquisidor se rascaba la barbilla. Se detuvo por unos instantes y miró hacia la lejanía, como tratando de hallar algo…”

Peces fuera del agua

La isla era pequeña. Sentado en la cima de la colina casi tenía una visión de trescientos sesenta grados. Algunas rocas sobresalían entre la nieve cerca de la cima. Abajo el bullicio de la costa mostraba el trajinar de los pingüinos en ese paraje antártico.

Dispersos entre la playa y los peñascos, el grupo de viajeros observaba la evolución de las aves.

Pingüinos de Adelia - AntártidaEl punto donde él estaba marcaba el límite de circulación para ellos. La pendiente era muy empinada y terminaba en una abrupta caída hacia el estrecho canal de gélida agua.

Afortunadamente pocos intentaban trepar la cuesta. Eso le daba tranquilidad para observar y disfrutar del paisaje, los sonidos naturales, sus criaturas y sus pensamientos.

Con una relajada sonrisa apenas esbozada en sus labios y mirando hacia abajo, -donde estaba la tripulación que asistía a los gomones y el Jefe de Expedición- le agradeció en silencio. Como si sus mentes se conectaran telepáticamente éste miró hacia arriba y alzó su brazo en señal de saludo. En sus conversaciones callaban más de lo que decían… Pero sabía, él sabía. Lo retribuyó y continuó disfrutando el momento.

Un pingüino pasó con paso sostenido y bamboleante a escasos centímetros de donde él estaba. Se detuvo apenas unos segundos. Lo miró inquisitivamente, estornudo con sonoridad expulsando finas gotas de agua salada, y satisfecho con su escrutinio continuó hasta las rocas que le daban refugio. Allí tenía su nido donde otro individuo aguardaba incubando los huevos. Su pareja.

La suya, su pareja, no estaba ahora con él.

Ese pensamiento lo llevó a otras latitudes y atrás, muy atrás en el tiempo…Fotos Peru 770007 B

“… El tren los dejó en la estación de Potosí –lejos de los andenes principales- y se sintieron “tirados” como se debía sentir un pez arrojado sobre las piedras, boqueando en busca de aire. Los 4.000 metros de altitud se hacían sentir y el frío intensificaba la sensación de abandono en forma implacable. Caminaron hacia las luces del centro, Esas luces que desde las alturas parecieron mágicas espiadas por las ranuras del vetusto vagón de carga, eran ahora meras señales que los urgían a seguirlas para hallar un sitio donde calentarse y dormir… Mañana, mañana sería otro día para ellos. Esta noche solo querían refugiarse y abrazarse juntos para recuperar el calor y el sabor de la aventura, que en estos momentos parecía haberlos abandonado…”

 

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