Relatos del Cajón… (Escucho Más)

Escucho…

Cauquenes en vuelo

Son cada vez más escasas las palabras que salen de mi boca.

Escucho más y digo menos.

Compenso –quizás- el riesgo de una “explosión interna”, con las letras que se escapan al papel o a la pantalla.

Ignoro si es lo mismo decir que escribir, aunque intuyo que lo segundo quizás perdure un poco más.

No se…

La única certeza es que cada vez oigo más el rumor del mar.

Sus estruendos. Sus susurros. La medida – a veces – voz de su incesante y renovado trajinar que trae mensajes de mundos intangibles y necesidades manifiestas.

Se suman los cantos de las aves con sus alegres trinos, a pesar de las agoreras predicciones, los aullidos del viento que claman con rotundos vendavales, o el estrepitoso trepidar de la tierra que exige atención con sus contundentes mensajes…

Son genuinos sonidos que expresan “sentires”.

No son vanos, hablan de renovación, vida, necesidades, en ocasiones vaticinan, otras alertan. Intentan despertarnos…

Incapaz e impotente para traducir esos sonidos y transformarlos en acción, callo.

Solo escribo… Con cierta y escéptica esperanza.

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Relatos del Cajón… (Capítulo 6)

“… Cuantas historias contadas en breves encuentros se refrescaban en la mente del Viejo… Se restregó los ojos y luego los cerró para dejar que su rostro, ese querido rostro de corporizara en su mente…”

El Real Socavón

La nave continuaba el derrotero por el mar antártico, en busca de su próximo destino.

Un mar calmo le permitía una marcha tranquila, con suave onda marina que no se sentía dentro del barco.

La penumbra del auditorio y la cómoda butaca le permitían descansar y evadirse en vagas ensoñaciones.

Un disertante sobre los hielos y su característica en la Antártida brindaba su conferencia a los pasajeros.

Escuchaba sin escuchar.

Como convocados por esos momentos de calma, los recuerdos se hicieron presentes… Como siempre que no estaba en actividad plena –o “al sol” como gustaba decir-.

“… A trescientos cincuenta metros de profundidad la temperatura alcanzaba los 35 grados centígrados. El ambiente era sofocante. Un polvo en suspensión inundaba la galería haciendo picar los ojos y la garganta. Su acre olor llenaba el ambiente. Aquí y allá sudorosas figuras, apenas vestidas con un taparrabo y cubiertos sus cuerpos con el brillo del sudor, se movían envueltas en esa especie de bruma y sopor. Lo único que las incorporaba a los tiempos modernos eran los cascos de minero y el sonido de los taladros neumáticos que horadaban la roca. El Real Socavón, el primero de los miles de túneles que con el tiempo perforaron el Cerro Rico hasta hacerlo descender varios metros, continuaba entregando la riqueza de sus entrañas a los hombres.

Los dos, ávidos, curioFotos Peru 770005 Bsos y recuperadas las ansias de historias y aventuras, fotografiaban y guardaban con fruición las imágenes y sensaciones que se exponían a sus sentidos.

 

Lo que veían sus ojos era superado únicamente por lo que la imaginación creaba.

De nuevo en la superficie, la excitación por lo vivido fue sacudida abruptamente por la crudeza de la geografía. Al cansancio acumulado, se sumó el frío y la rigurosa falta de oxigeno. El frío y fino aire andino los hacía sentir como pez fuera del agua. Difícil era respirar y hablar intentando describirse mutuamente las sensaciones de la experiencia vivida.

Mas tarde, se preguntaban si habrían soñado o vivido lo acontecido en esa ciudad maravillosa colgada de las nubes. Ese Potosí de leyenda que se fundía con lo cotidiano, donde los colores, la historia, el presente llegaban a saturar los sentidos hasta casi embotarlos. Y no por la ingesta del Singani, esa aguardiente “recetada” para los males de altura. Donde se mezcla permanentemente el pasado y el presente, la realidad y la fantasía.

Apuntes y fotos ayudaban a mantener “la cordura”, pero el viaje recién se iniciaba…”

Algunos aplausos y las luces del auditorio lo sustrajeron de sus cavilaciones… Salió a cubierta para que el frío aire marino lo despejara. Los recuerdos se desgajaban en su mente como esas nubes que corrían raudas en el cielo. Otro día transcurría, y otro vendría…

– ¿Hasta cuando se preguntó? – Sin respuesta, claro, alzó los prismáticos para seguir el vuelo ondulante sobre las olas de un albatros.

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