Relatos del Cajón… (Capítulo 8)

 Conociendose…Enojo y descarga

“… El Viejo se sacó los anteojos de leer y se restregó repetidamente los cansados ojos. Dejó lo que leía a un lado y, mientras masticaba suavemente una de las patillas del lente, dejó que su vista deambulara por el paisaje marino que tenía enfrente…”

Escribía con un dejo de sonrisa en los labios. Afuera desfilaban los hielos al paso del barco que había reiniciado su derrotero hacia el próximo destino.

Su mente rescataba memorias de otros tiempos:

“… El lago Titicaca los abrumó con su gran extensión y, sobre todo, por los 4.000 metros de altura que desafiaban a los pulmones. La noche los recibió comiendo una trucha del lago que, para desencanto de su compañera, tenía una salsa con abundante cilantro…

– ¡No puede ser!- repetía ella- con gesto indignado.

– ¡Muero de hambre, tenemos poca plata y le meten este yuyo con sabor a chinche aplastada!-.

El la miraba apenado, pero sin poder reprimir del todo una sonrisa burlona-

– Sacale a un costado el cilantro…- atinó a decir no muy convencido y esforzándose para no reír-.

La mirada furibunda de ella lo disuadió de cualquier otro comentario.

Comieron en silencio, y la noche les regaló un merecido descanso.

La mañana siguiente los encontró navegando en el lago. Temprano las nubes se disiparon y aguas transparentes reflejaban el sol en el límpido aire de las alturas.

Las montañas en la lejanía enmarcaban partes del lago con sus cumbres nevadas… El resto se perdía en la lejanía, más allá del horizonte.

La lancha los llevaba “lago adentro”, pero la primera parada fue en las Islas Flotantes de los Uros.

Islas flotantes de los Uros

Islas flotantes de los Uros

Apenas ancladas en los bancos de totoras, la noble planta le daba una plataforma flotante y material para construir sus chozas y las canoas que utilizaban para desplazarse.

Bajaron con algo de precaución en la superficie aparentemente inestable de la isla. Lo que sucedió después fue recordado luego con humor. Comenzaban a conocerse el carácter que los diferenciaba:

Un turista pateaba con fuerza la endeble –en apariencia- superficie de la isla flotante intentando ver si metía su pié en el agua. Voces airadas en quechua o aimará, y hasta algunas en español, le gritaban al hombre.

Ella sin mediar palabra comenzó a insultarlo en inglés, castellano y vaya a saber en que otro idioma balbuceado. El turista no cejaba en su empeño, hasta que recibió un furibundo empujón que casi lo tira al suelo. Siguió insultándolo y el eco de voces de los nativos se sumó a la acometida. Un guía lo llevó de un brazo hasta la lancha que lo trajo, entre abucheos, maldiciones y gritos.

El miraba asombrado, con una mezcla de sorpresa y risa en su rostro. Le costaba no lanzar la carcajada, el humor era más fuerte que la indignación… La intempestiva reacción de ella –seguramente alimentada por la frustración de la noche anterior con la comida- mostró su carácter… Supo entonces que debía permanecer al margen cuando eso sucedía. No quería reír, pero…

Ella lo miró con ojos encendidos, parecía que él se iba a convertir en blanco de su enojo, pero el brillo de sus ojos se aplacó suavizó su mirada y riendo se abrazaron.

Palmadas de algunas mujeres Uro, sonrisas y caricias, terminaron de aplacar su ira.

La vida sobre el agua

La vida sobre el agua

Continuaron hacia Taquile. La isla en la cual pasarían la noche.

Andenes de cultivo en Isla Taquile

Andenes de cultivo en Isla Taquile

Cansados, contentos y felices de haber compartido la comida –esta vez sencilla, sabrosa y nutritiva, pero sin cilantro- con los comuneros de la isla. Se fueron a descansar.

Una estruendosa tormenta con fuerte lluvia y rayos que iluminaban la habitación de adobe y techo de paja los arrullo manteniéndolos muy apretados bajo la cobija…”

Los comuneros en Isla Taquile son tejedores

Los comuneros en Isla Taquile son tejedores

Con un prolongado suspiro dejó de escribir. Se sirvió un whisky y sentado en el camarote perdió su mirada en el paisaje antártico. Las luces del verano se prolongaban regalando tonos dorados, rosados y ocráceos escatimando así la oscuridad que por horario debía reinar, pero era verano…

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