Relatos del Cajón… (Mi Piedra)

MI PIEDRAP1120707 B

     “Me senté en la suave arena y descansé la espalda contra una roca. Estiré el cuerpo y me dispuse a disfrutar de “ese mar”, “ese cielo”…

     El sol brillaba frente mío, un poco hacia la izquierda, casi a contraluz. Entrecerré los ojos y comencé a mirar aquel paisaje que conocía de memoria. Al frente la restinga, más allá las pequeñas rompientes, luego la brillante y acerada superficie del mar; hasta que a lo lejos – interponiéndose entre el horizonte y la costa – la pequeña islita que reverberaba desdibujándose por el calor.

     Me dispuso a escuchar las voces de los lobos marinos que poblaban el islote, y se entremezclaban con el sonido del mar. Mis ojos se convirtieron en apenas una ranura para tratar de vislumbrar las siluetas. Despaciosamente dejaba que la vista vagara por el entorno. De pronto, sin saber porque, mi atención se fijó en una piedra. Una y otra vez los ojos volvían a ella. Hasta que… entremezclada con los sonidos del mar y el mugido de los lobos, escuché una voz.

     Sin moverme y apenas achicando un poco más la ranura de mis ojos, fijé la vista allí, en ese punto de donde provenía la voz. Ésta emanaba nítida – aunque sin una audible caracterización – de la piedra. Esa piedra de la que no podía apartar la mirada.

     La observé más con curiosidad, que asombro. Sentí una oleada de intenso placer al atisbar algo así como ¿”comunicación”? con los habitantes del tercer reino. Al menos un habitante.

     Era gris la piedra. No mayor que el tamaño de un puño, de contornos irregulares y surcada de grietas que amenazaban fracturarla y dividirla de un momento a otro. Estaba en el límite de la zona de arena. Centímetros más allá el mar amontonaba la resaca en su línea de alta marea.

     Me relajé aún más. El estridente graznido de una gaviota me indujo a pensar que estaba despierto, que no soñaba. Sonreí.

     La piedra comenzó a contar su historia. Habló de pretéritos tiempos, cuando sintió crujir, estallar y convulsionarse su materia. Cuando su – entonces – enorme masa fue expelida del interior de la tierra experimentando por primera vez una sensación de ingravidez, vértigo y libertad en el espacio infinito. Luego de ése, su primer vuelo, el choque violento contra el convulsionado planeta la hizo estallar en cientos de pedazos. Cuando los cataclismos dejaron lugar a un “enorme” silencio, otras transformaciones tuvieron lugar.

   De la exuberante vegetación, los pantanos, la niebla y el sopor exhalado por esa tierra aún tibia, pasó a la gélida presencia del hielo. Convivió – sufriendo su abrasión – con azules y gigantescas paredes de agua compacta que permanentemente se movía, crujía, labraba canales en la dura roca.

     Vio el paso de grandes animales, se mezcló entre el cieno y multitud de seres vivos en el fondo marino. Fue arrastrada, pulida, enfriada, calentada, fragmentada y transportada cientos de kilómetros en una constante y dilatada transformación. En ocasiones tembló de impaciencia y esperanza acompañando la trepidación de la tierra, ansiosa por ser – una vez más – lanzada por los aires…Pero el tiempo pasaba y discurría la soledad, rodando con el viento, por esa enorme y silente estepa.

     Algunas veces supo de la compañía ocasional de otro ser vivo. Más de una vez se cobijó, buscando su protección, algún zorro. En una ocasión hasta un gran y pinchudo coirón creció a su lado. Entre él y ella una pareja de martinetas tuvo su nido. Ayudó a proteger la vida

     Se acostumbró a recibir la caricia del viento, la ardiente pasión del sol, el frío abrigo de la nieve y la cantarina suavidad del agua. Poco a poco su apariencia fue cambiando. A veces un seco estampido la fragmentaba, dividía su cuerpo durante la noche. Otras el viento modelaba sus formas, o la paciencia del agua horadaba figuras en su superficie

     Escuchaba con placer la historia de los tiempos narrada por – ya para entonces – “mi” piedra. Ese sentimiento me produjo cierta ambigüedad ya que no debía poseerla. Pero la quería.

     Cambié de posición. Sentí el dolor del cuerpo entumecido al acomodarme. Esto me agradó. Necesitaba convencerme de que vivía ese instante a cada momento. Los movimientos en nada perturbaron el encanto especial de esa situación.

     La piedra narró entonces aquella trascendental ocasión en que tomó contacto por primera vez con un hombre. Sucedió un claro y despejado día, allá en la meseta. Ella convivía desde el último invierno con un alacrán que se cobijaba bajo su protector abrigo. Ese día un hombre la levantó – dejando desguarnecido al alacrán – y la introdujo en un morral. Más tarde, sentado en cuclillas junto a una frondosa mata de jume, esparció su contenido en el suelo. Cuidadosamente el hombre separó aquellas piedras que le servían, desechando otras. A algunas las golpeó arrancando trozos que quedaban en el suelo, como esquirlas de colores diversos. A ella la tomó entre sus manos. La dio vueltas, la acomodó de diversas maneras en la palma de la mano y – aparentemente satisfecho – la volvió a introducir en el morral.

     La piedra me confesó que al experimentar la suavidad y calidez de la mano del hombre sintió cierta… afinidad, como algo muy íntimo y esencial que los unía.

     Viajó. Viajó en compañía del hombre. Le fue útil. Se convirtió en un instrumento. Su irregular conformación se adaptaba a la mano humana. Era como una prolongación que escapaba de ésta y servía para tallar otras piedras. Los siglos la habían modelado sin alterar su primigenia dureza.

     Una tarde, aquí, en esta costa, sucedió. Los años pasados junto a ese hombre, ese aborigen conocedor de cada rincón de la estepa, llegaron a su fin. Un golpe mal dado y se quebró.

     El aborigen la miró incrédulo -rememoró la piedra-. Como si aquello no pudiera ocurrir. La piedra supo lo que vendría, por eso su sorpresa al sentir el suave contacto de esa conocida mano que la acariciaba lenta, meticulosamente. Supo que ella y el nativo habían llegado de alguna forma a quererse. A necesitarse.

     Mientras recorría la anatomía de esa piedra – que él también consideraba suya – palpando cada centímetro de su tortuosa superficie, el indio miró hacia el mar. Un dejo de melancolía se asomó a sus ojos. La miró por última vez y – como sabiendo tras tantos años de convivencia – la arrojó lejos. Lo más lejos que pudo.

     La piedra sintió el contacto de esa mano, la despedida, y el gesto del hombre en ese instante. Luego vino el impulso final y voló. Voló y entonces supo…

     Desde entonces la piedra está allí. En ese sitio. Alguna vez la compañía de algunos musgos. Uno que otro tierno pasto que crece al compás de las caprichosas lluvias, y la presencia permanente de esas alas. Esos seres que volaban libres. Desde entonces espera. Segura, tozudamente espera… Espera que…

     Abrí los ojos y los fijé aún con más intensidad en la piedra. Parpadeé y quedé sorprendido al oírme – por primera vez – implorar en voz alta:

     – ¡¿Que?! ¡¿Esperar qué?! –

     Hubo un silencio. Ni el mar, ni las gaviotas, ni la brisa susurraron su voz. Se produjo uno de esos escasos y mágicos instantes de puro, total y absoluto silencio.

     Luego la piedra habló. Habló muy quedamente. Como turbada, indecisa. Sin estar segura de aflorar sus más íntimos secretos.

     Conmovido escuché.

     La piedra esperaba – pacientemente – al tiempo. Sabía, con su milenaria sapiencia, que éste inexorablemente la iría desgastando. Ansiaba verse disgregada. Ya sentía partirse en pequeños trozos. Aguardaba que el sol y el frío la fragmentaran, convirtiéndola en cada vez más diminutas partículas. Sabía que el mar, allí cerca, la transformaría en una de los millones y millones de pequeñas piedrecitas que se mecían al influjo de las mareas. Al fin sería arena y entonces con ayuda del viento volaría hasta caer suavemente en el océano. Allí, descendiendo lentamente a las profundidades, ella sería una de las elegidas. Absorbida por un mejillón sería entonces ¡otro ser! La primera parte de su sueño estaría cumplida…

     Aquí se produjo otro silencio.

     Abrumado por la intensidad de los íntimos deseos confesados por la piedra, urgí nuevamente:

     – ¿¡La primera parte del sueño!? –

     Esa simple piedra, agrietada, a punto de desintegrarse, dueña de un pasado que contenía la memoria de los tiempos, dijo entonces con pudor:

     – Si, la primera parte… Porque como otro ser serviré de alimento a esos seres alados, y ya como parte indisoluble de ellos podré volar… ¡Volar libremente por los cielos! ¡Como aquella primera vez…!

     El sol ya casi se ponía tras la línea del horizonte. Sus últimos rayos de luz bañaban la playa. Otra vez todos los sonidos llenaban el ambiente. Sentí un profundo amor por aquella piedra. Hubiera querido llevarla conmigo, pero conocedor de su secreto sueño no lo hice. Me acuclillé a su lado, la acaricié suave, muy suavemente y me permití llamarla entonces:

   – Mi piedra”.  Mi Piedra B

 

Relatos del Cajón… (Capítulo 9)

Capítulo 9

Retazos de memorias…

“… A medida que leía, El Viejo hurgaba en los recuerdos que su memoria hacía aflorar. Recuerdos que antaño le habían sido contados en agradables charlas que llenaban la “alforja” de vivencias de su protagonista…”

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La imagen brumosa, con aroma sulfuroso que lo envolvía como un “poncho” húmedo, distaba mucho del habitual, transparente y diáfano paisaje antártico. Dentro del cráter de la Isla Decepción, los hielos estaban cubiertos con negra ceniza. Derruidas ruinas de la antigua factoría ballenera, le daban un aspecto lúgubre.

Enormes tanques de metal, restos de calderas, vetustas maquinarias y desvencijados barriles de madera, yacían sobre la negra playa junto con botes “balleneros” derruidos.

Erupciones de ese volcán activo devastaron la factoría. Las edificaciones, la maquinaria, el hangar, el avión sin alas, y algunas cruces perduran aún como testimonio de aquellos fenómenos. Bajo las cenizas y el hielo, perdura aún el calor de la tierra pugnando por aflorar.

Aguas calientes surgen de la playa y entibian la laguna interior del cráter, mientras los vapores se elevan y condensan en el frío aire creando una atmósfera casi espectral.

Entre brumas del pasado y el presaente.

Entre brumas del pasado y el presente.

Camperas rojas deambulaban por la playa y sus ruinas fundiéndose entre los brumosos vahos. Ávidos algunos fotografiaban, otros simplemente aprovechaban para ejercer vigorosas caminatas, y unos pocos experimentaban el desafío de bañarse en aguas antárticas –entibiadas por las calientes aguas volcánicas- sumando así experiencias al anecdotario del viaje…

Contrastes...

Contrastes…

Hundidas las botas de goma en la oscura arenisca de la playa, el dejaba que los pies se calentaran por influjo de las aguas termales, luego de caminar hasta la “Ventana de Neptuno”. “Mordida geológica” esta, que los cataclismos habían provocada en la paredes del acantilado que cerraba el cráter de la laguna interior. Desde allí el mar antártico se divisaba en su inmensidad y bravura. En ocasiones el sol lo pintaba de azul creando un marcado contraste entre el monocromo interior de la isla y su entorno exterior.

Algunos pingüinos papúa y otros de barbijo deambulaban por la playa haciendo caso omiso de los humanos que visitaban la isla. Afuera del cráter, una enorme colonia de pingüinos de barbijo se concentraba brindando vida a ese aparente yermo paraje.

El regreso al barco se produjo sin novedades.

El “Fuelle de Neptuno” – estrecho pasaje que comunica el cráter y su laguna interior con el mar abierto-, franqueó el paso de la nave entre agrietadas y negras paredes de granito habitadas por aves marinas.

Sentado en la popa del barco, a la intemperie, se puso a escribir algunas notas en su libreta de campo… El tema de su redacción cambió cuando miró tras la estela del barco y vio las nubes en jirones que cubrían la isla, recordándole otros tiempos, otras nubes…

“… Desde la cima del Huayna Picchu la ciudadela se divisaba entre jirones de nubes en flecos, esparcidas por la brisa…”

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Relatos del Cajón… (Marea)

Marea

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Alta la mar. Lame delicadamente las costas o golpea con furia.

Es plena, vital, exuberante, atiborrada de nutrientes, capaz de llenar con su empuje cada grieta o resquicio.

Avanza con ímpetu, imparable, su fuerza viene de más allá, de esa inconmensurable ola que transporta energía…

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Baja la mar. Se retira sin pausa, casi imperceptiblemente, tenaz en su repliegue.

Va descubriendo las intimidades de su seno, las criaturas que la habitan, sus miserias y tesoros.

La tregua, cíclica, desnuda secretos.

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Como la marea –cíclicamente- avanzo y empujo, cubro, conquisto…

Como la marea –cíclicamente- me repliego, escudriño, busco, descubro causas nuevas para avanzar…

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Relatos del Cajón… (Caminando con Ballenas)

Caminando con las Ballenas

Gran parte de este relato dió origen a un capítulo que fue incluido en “Dinosaurios: Relatos y Sueños de un Guardafauna”, en el – como en toda la segunda parte de ese libro- se agregaron charlas con un imaginario Guardafauna que resaltaba las excepcionales cualidades que el lugar posee para la interpretación de la naturaleza…

Caminar al lado de las ballenas es una experiencia poco usual...

Caminar al lado de las ballenas es una experiencia poco usual…

     Hace mucho tiempo, en una vieja revista de historia natural, leí un artículo donde se mencionaba que los esquimales tenían –allá en el Ártico- un “lugar al que iban a escuchar a las ballenas”…

     Sentado en la playa de pedregullo, en un paraje conocido como El Doradillo, a escasos diecisiete kilómetros de la ciudad de Puerto Madryn, recuerdo ese artículo y sonrío agradecido.

     Aquí en el sur tenemos “Un Lugar para Sentir a las Ballenas”.

Observación y disfrute en libertad

Observación y disfrute en libertad

     Las Ballenas Francas del Sur desfilan frente a mí a escasos metros de la playa, veo sus evoluciones, su comportamiento, escucho sus vocalizaciones y hasta huelo –en ocasiones- su aliento. Camino con ellas.

     Me siento privilegiado. Pocos sitios en el planeta brindan la oportunidad de intimar tan estrechamente con las criaturas silvestres. Armonizar con ellas, espiar su mundo sin perturbarlas. Sentirse uno mas entre ellas sabiendo que no interferimos con sus hábitos. A las ballenas se suman en una colosal puesta en escena de la naturaleza, lobos marinos, aves marinas, o la ocasional visita de delfines. En tierra una multitud de aves sobrevuelan el parco paisaje estepario. La rauda corrida de un cuis que busca abrigo entre las matas, o el aleteo de las aves distrae la mirada.

Cuises, Calandrias, petreles, ostreros, martinetas y hualas, son algunas de las especies que aportan su presencia en este mágico paraje.

Cuises, Calandrias, Petreles, Ostreros, Martinetas y Hualas, son algunas de las especies que aportan su presencia en este mágico paraje.

     Pero son ellas, las majestuosas ballenas quienes acaparan la atención.

     El aire se puebla de sonidos. Fuertes expiraciones de aire que se condensan en vaporizadas nubes, ronquidos, borbotones de agua, gruñidos de distinta intensidad. El graznido de las gaviotas o la quejumbrosa voz de un huala. El sonido menudo del agua al romper mansamente en la playa de guijarros, dejando al retirarse como una ovación de muchedumbre victoriosa…

     Los olores se suman a las percepciones que deleitan los sentidos. El penetrante y tonificante aroma del mar, mezcla de humedad, algas, sal, arena y guijarros. Un fuerte perfume que envuelve como la bruma, haciendo que olisquemos con fuerza, que llenemos los pulmones. Ese olor del cual  ya fue detectada su composición química -de acuerdo a los científicos no sería tan benévola- nos embelesa trayéndonos atávicos recuerdos.

     El tacto no permanece ajeno a la experiencia sensitiva de estar en esa playa. Acariciar los coloridos guijarros, sentir su tersura, palpar sus formas, llenar el puño de diminutas partículas de piedrecitas desgastadas por el mar y dejarlas escurrir entre los dedos sintiendo el inexorable paso del tiempo…

     Si nos animamos, tampoco el gusto queda fuera de la experiencia sensitiva total. Degustar –casi con la fruición de un enólogo- un sorbo de agua de mar, dejando que su salobre esencia sature el paladar, para descubrir pronto un dejo de marisco y la frescura de su pureza. Como un niño saborear una piedra, descubriendo el terroso sabor del polvo estepario arrastrado por los vientos, mezclado con la salobre agua marina. O paladear un alga recién dejada en la playa por la marea, sentir en la boca su metálico sabor, la consistencia casi sintética de su materia.

     Y la vista –por supuesto- se regodea con las armoniosas evoluciones de estos mansos gigantes. El paisaje, las luces diferentes de cada hora del día. El cambio de las mareas.

Pingüinos, ballenas y cómoda mobservación.

Pingüinos, ballenas y cómoda observación.

     Siento un enorme agradecimiento por tener el privilegio de estar en este remoto paraje del planeta. De descubrir su enormidad, sus facetas, su importancia. Y deseo compartir esa sensación. Contar lo que siento para inducirlo a sentir.

     A una iglesia, templo o catedral –obra del hombre- ingresamos en silencio, con recogimiento, reverencia y respeto.

     Ese es el respeto, la reverencia y el recogimiento que merecen sitios naturales –obra de un ser supremo- como el que describo.

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