Relatos del Cajón… (Capítulo 9)

Capítulo 9

Retazos de memorias…

“… A medida que leía, El Viejo hurgaba en los recuerdos que su memoria hacía aflorar. Recuerdos que antaño le habían sido contados en agradables charlas que llenaban la “alforja” de vivencias de su protagonista…”

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La imagen brumosa, con aroma sulfuroso que lo envolvía como un “poncho” húmedo, distaba mucho del habitual, transparente y diáfano paisaje antártico. Dentro del cráter de la Isla Decepción, los hielos estaban cubiertos con negra ceniza. Derruidas ruinas de la antigua factoría ballenera, le daban un aspecto lúgubre.

Enormes tanques de metal, restos de calderas, vetustas maquinarias y desvencijados barriles de madera, yacían sobre la negra playa junto con botes “balleneros” derruidos.

Erupciones de ese volcán activo devastaron la factoría. Las edificaciones, la maquinaria, el hangar, el avión sin alas, y algunas cruces perduran aún como testimonio de aquellos fenómenos. Bajo las cenizas y el hielo, perdura aún el calor de la tierra pugnando por aflorar.

Aguas calientes surgen de la playa y entibian la laguna interior del cráter, mientras los vapores se elevan y condensan en el frío aire creando una atmósfera casi espectral.

Entre brumas del pasado y el presaente.

Entre brumas del pasado y el presente.

Camperas rojas deambulaban por la playa y sus ruinas fundiéndose entre los brumosos vahos. Ávidos algunos fotografiaban, otros simplemente aprovechaban para ejercer vigorosas caminatas, y unos pocos experimentaban el desafío de bañarse en aguas antárticas –entibiadas por las calientes aguas volcánicas- sumando así experiencias al anecdotario del viaje…

Contrastes...

Contrastes…

Hundidas las botas de goma en la oscura arenisca de la playa, el dejaba que los pies se calentaran por influjo de las aguas termales, luego de caminar hasta la “Ventana de Neptuno”. “Mordida geológica” esta, que los cataclismos habían provocada en la paredes del acantilado que cerraba el cráter de la laguna interior. Desde allí el mar antártico se divisaba en su inmensidad y bravura. En ocasiones el sol lo pintaba de azul creando un marcado contraste entre el monocromo interior de la isla y su entorno exterior.

Algunos pingüinos papúa y otros de barbijo deambulaban por la playa haciendo caso omiso de los humanos que visitaban la isla. Afuera del cráter, una enorme colonia de pingüinos de barbijo se concentraba brindando vida a ese aparente yermo paraje.

El regreso al barco se produjo sin novedades.

El “Fuelle de Neptuno” – estrecho pasaje que comunica el cráter y su laguna interior con el mar abierto-, franqueó el paso de la nave entre agrietadas y negras paredes de granito habitadas por aves marinas.

Sentado en la popa del barco, a la intemperie, se puso a escribir algunas notas en su libreta de campo… El tema de su redacción cambió cuando miró tras la estela del barco y vio las nubes en jirones que cubrían la isla, recordándole otros tiempos, otras nubes…

“… Desde la cima del Huayna Picchu la ciudadela se divisaba entre jirones de nubes en flecos, esparcidas por la brisa…”

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