Relatos del Cajón… (Entre Muelles)

Entre Muelles

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Transcurre plácida la vida entre muelles.

A un lado el trajinar de grandes naves cargadas de gigantescos contenedores y portando evocaciones de ultramar con aromas de otros puertos.

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Su tamaño contrasta con los más pequeños, aunque no menos atrevidos, navíos de pesca que vuelven entre mareas luego de su cotidiano desafío al bravío mar austral.

Al otro lado la inquieta travesía de los veleros que navegan con sus velas desplegadas y –en ocasiones los más pequeños – semejan un abigarrado grupo de mariposas libando la sal en algún charco.

Inquietos y movedizos se esconden entre la monumental estructura y sofisticada presencia de lujosos buques de placer, pavoneando su peregrinaje por remotos y exóticos puertos del planeta.

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Entre medio la naturaleza continúa cotidianamente desplegando su vital existencia. Al influjo de la marea las aves alternan la pesca o el picoteo de presas en la restinga. Vuelan en bulliciosas bandadas o planean con magistral destreza siguiendo el contorno costero. Las ballenas, los delfines y lobos marinos, los flamencos y los patos se disputan el protagonismo en cada temporada. Las cambiantes luces del día les proporcionan el escenario…

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Y al frente, al frente el mar, el horizonte, y más allá de él lo nuevo, enormidad de mar sin límites; desafío para eximios navegantes ya que el rumbo puede terminar en las espaldas, donde el sol se oculta sin volver a ver la tierra…

Ese solo pensamiento me dibuja una sonrisa,… Mientras -entre muelles- se disfrutan de antemano esos viajes “más allá del horizonte”…

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Relatos del Cajón… (Capítulo 10 – Fin Primera Parte)

Capítulo 10

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“… Los ojos se le llenaban de humedad al Viejo y le ardían al leer, conociendo la historia que sobrevendría. Respiró profundo, hizo una pausa y continuó la lectura…”

Lánguida

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“…La mítica ciudela incaica –como a todos – los deslumbró. Caminaron sus senderos y acariciaron sus piedras con fruición. Treparon la estrecha y empinada senda hasta la cima del Huayna Picchu y simplemente admiraron y callaron. Atrás había quedado Cuzco, Saqsayhuaman, Pisac, Ollantaytambo… La grandiosidad del Imperio Incaico había ganado sus jóvenes espíritus. Aquel viaje iniciático, que los había unido fortuitamente en una encrucijada del camino, los maravillaba a cada paso. Y ese día en las colosales ruinas de los Andes, sentían que el haberlo transitado juntos los había enriquecido. Se sabían capaces de conquistar el mundo, de lograr todos sus sueños. Las imágenes obtenidas se atesoraban en los rollos fotográficos que se acumulaban en sus mochilas, y más indelebles en sus almas. Mucho quedaba aún por andar, el tiempo diría en que puntos cardinales; una sola certeza los acompañaba: iban a estar juntos…”

Dejó de escribir, y salió de su camarote. Sonreía al evocar aquellas lejanas vivencias. Pero sabía que el viaje antártico estaba llegando a su fin. La mañana siguiente lo encontraría en el puerto. Y la incertidumbre era hacia donde dirigiría sus próximos pasos…

Subió a la zona del mirador donde estaba situado el bar.

En la cubierta superior los enormes ventanales reflejaban las imágenes del interior envueltos en una suave penumbra. Las luces justas permitían observar el ocasional paso de algún ave en el exterior, fundida y esfumada en los vidrios con las figuras del salón.

Sentado en el taburete en la barra degustaba un whisky mientras una grabación se dejaba oír, suave, inundando el recinto.

Lánguida, cadenciosa, con voz grave, aterciopelada y sensual -que trasuntaba melancolía- la intérprete desgranaba la letra de la canción. Calló su voz dando paso a la melodía, el solo de piano irrumpió límpido y cristalino, con marcadas y puras notas; muy lentamente se sumaron los acordes de violines en suave “increccendo”. La envolvente sonoridad del saxo enfatizó la tristeza latente, mientras los ritmos graves y sonoros del bajo- esos bajos enormes y gordos al parecer- delineaban los compases.

Su alma se contrajo.

El ánimo –un tanto mustio- se ajustaba al clima propuesto por la música.

Como por encanto el sonido del piano “en vivo” resonó en la sala y se acopló a la grabación que llenaba el recinto. Se sorprendió -no sin agrado- y giró la butaca hacia donde el instrumento estaba ubicado.

Sentado en el taburete el músico –que había llegado silenciosamente- le sonrió cómplice y alzó su vaso en señal de saludo. El le respondió con el mismo gesto y un leve movimiento de su cabeza aprobando su presencia sin decir palabra.

La música prosiguió acompañada ahora por los acordes del piano que resonaban puros. Nuevamente la voz de la cantante se impuso por sobre la melodía.

El y “el piano man” se dejaron envolver por la música y el recuerdo; sea este cual fuera…

Afuera el mar sacudía las bandas del barco con vigorosa marejada.

Mañana el puerto, pero será mañana…- se dijo mientras sorbía un trago.

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(Nota del Autor: Lo que comenzó como un ejercicio de hilvanar relatos mezclando vivencias e imaginación, cobró vida. Estos primeros 10 capítulos publicados en Botella al Mar continúan surgiendo y – a decir verdad no se aún donde me llevan- pero nómade al fin dejo que me lleven… Con el tiempo seguirán plasmándose en estas páginas.)

Relatos del Cajón… (Pelea por la Vida – Epílogo)

Epílogo (Original)Pinguino con petróleo B

Los pichones fueron a su “casa grande” del mar. Los adultos regresaron a ella. Es su medio. Su elemento. Luego de cuarenta días, novecientas sesenta horas de vigilia atenta y dedicada, para mantener tibio el huevo; de hasta treinta y seis horas de esfuerzo por asomarse del cascarón a este nuevo mundo; de tentar a la suerte para no ser alimento de una activa banda de predadores. Luego de tres meses, once semanas, setenta y siete días, mil setecientas veintiocho horas de voraces intentos por alimentarse a su costa: el pichón de pingüino va al mar. Allí es libre, veloz…

Sin embargo un día cualquiera puede sobrevenir el fin. Un fin inesperado. Un fin con olor pestilente y pringosa adherencia. Una muerte causada por el Petróleo. Un elemento contra el cual nada puede hacer. Un absurdo telón que deja caer sobre los pingüinos la negligencia del más temible de todos los predadores conocidos: EL HOMBRE.

Lenta agonía...

Lenta agonía…

 

Epílogo – (Actualizado)

Al momento de escribir y publicar “Pelea por la Vida”, el petróleo era el más injusto y mortal enemigo de muchos seres del mar, incluidos los pingüinos.

El tiempo pasó, se trabajó sobre esa problemática, con gran esfuerzo pudo lograrse que las rutas de los petroleros llevaran nuevos rumbos, pero la terrible amenaza –aunque no desapareció- fue superada por otra: la sobrepesca.

El hambre fue uno de los principales enemigos para los pingüinos. La escasez de peces debido a la excesiva explotación, a la disminución de su masa debido a los cambios de la temperatura del mar, y las sucesivas temporadas de “El Niño” o “La Niña”, hicieron decrecer drásticamente la colonia. Los adultos debían recorrer enormes distancias en busca del esquivo y necesario alimento. Largas estadías en el mar provocaban la muerte por inanición de los pìchones.

Más de una treintena de años de estudios –liderados por la Doctora Dee Boersma de la Universidad del estado de Washington, y centros locales de investigación- aportaron luz sobre la vida de los pingüinos de Magallanes, sus ciclos, estado de la población, hábitos y costumbres…

La vivencia directa narrada en este libro puede ser hoy generosamente ampliada con precisos y rigurosos datos científicos en algunas de éstas fuentes:

http://www.globalpenguinsociety.org/

http://www.conicet.gov.ar/pinguinos-de-magallanes-embajadores-de-la-patagonia

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Relatos del Cajón… (Pelea por la Vida – Capítulo 5)

Capítulo 5

SOLOS OTRA VEZ

 “…Papá y Mamá se quedaron solos. Era natural. Disfrutaron nuevamente de su mutua compañía. Salían a pescar juntos. Pasaban muchas horas jugando en el mar, saciados de comer. En tierra permanecían echados disfrutando del sol, prodigándose cuidados mutuos. Para ellos otra etapa había sido cumplida…”

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“…Poco le quedaba ya que hacer al pequeño en tierra. Demostrada su capacidad para sobrevivir en el mar, el paso siguiente era romper de una vez el vínculo familiar, internarse en el océano y vivir su propia vida.

Fue así como lo que tenía que suceder, sucedió. Sin estridencias. Cierto día el jovencito dejó la cueva donde había nacido. Se dirigió con paso firme hacia el mar y no regresó más al lado de sus padres. Iniciaba así un nuevo ciclo. Su vida luego engendraría a su vez nuevas vidas que, como él en ese instante, se irían un día.

Nadó sin rumbo fijo y, a pocos kilómetros de la costa, se unió a un grupo de sus pares. Todos jugaban, saltaban fuera del agua y perseguían a los esquivos peces. Nada les preocupaba. Vivían en libertad esa existencia que recién comenzaba.

Papá y Mamá se quedaron solos. Era natural. Disfrutaron nuevamente de su mutua compañía. Salían a pescar juntos. Pasaban muchas horas jugando en el mar, saciados de comer. En tierra permanecían echados disfrutando del sol, prodigándose cuidados mutuos. Para ellos otra etapa había sido cumplida. Ya no eran responsables de su prole. Pertenecían, hasta que el instinto los llamara otra vez al mar, el uno para el otro.

Hacia fines de febrero grandes grupos de estos adultos que ya habían sido dejados por los pichones, se internaban en el mar y permanecían varios días comiendo. Por casi una semana la pingüinera aparentaba estar desierta. Pero los primeros días de marzo mostraron lo contrario.

Atiborrarse de alimentos y prepararse para la muda anual de plumaje...

Atiborrarse de alimentos y prepararse para la muda anual de plumaje…

El sol describía cada vez un arco más cercano al horizonte, Las horas de luz eran menos, aunque el clima era mucho más parejo. Días plenos de sol, brillantes, sin nubes y con escaso viento.

Los adultos y los juveniles veían crecer su volumen. Parecían en general enormes botellones. El nuevo plumaje pugnaba por salir mientras se desprendía el del año anterior.

La colonia parecía tapizada con un manto de nieve. En las lomas y en los cañadones se amontonaban las montañas de plumas, que brillaban con tonos dorados en las luces del atardecer. Todo era tranquilidad, sosiego, holganza.

Casi había cesado la actividad. Las playas estaban prácticamente desiertas, ya que en general evitaban ir a comer –subsistiendo con la capa de grasa adquirida durante esa semana en el mar- hasta no haber completado la muda.

Pasaban la mayor parte del día fuera del nido reposando al sol. Parecían una convención de humorísticos espantapájaros de vacaciones.

Convención de espantapájaros...

Convención de espantapájaros…

Lentamente crece la nueva pluma...

Lentamente crece la nueva pluma…

Los días pasaban. Poco a poco un lustroso y nuevo plumaje iba ganado el cuerpo de los pingüinos. Un extraño nerviosismo se apoderaba de la colonia. Parecía como si cada día que pasaba se acercaran más y más. Como si se apretujaran contra la costa.

En las zonas periféricas de la colonia se insinuaba la presencia de los zorros. Aquellos más viejos, o enfermos, eran asediados por los mamíferos hasta que una vez muertos les servían de alimento.

Marzo transcurrió sin prisa. La indolencia de los últimos días parecía ganar el espíritu de los pingüinos.

Sin embargo un imperioso llamado los mantenía expectantes. Despacio, casi sin que se notara, comenzó el éxodo. En silencio –como cuando llegaron- se arrimaron a la costa, se internaron en la rompiente y ganaron el mar. Pequeños grupos cada vez.

Un día la colonia quedó vacía. Los zorrinos utilizaron las cuevas desocupadas. Los zorros merodearon en busca de cadáveres, que quedaban aquí y allá. Los peludos hacían lo propio.

Los predadors se sacian con los menos aptos...

Los predadors se sacian con los menos aptos…

Mediados de abril marcó el fin. La pingüinera quedó desierta. Un doliente grupo de pingüinos se mantenía disperso en la playa. Eran enfermos o muy viejos. Aves incapaces de proseguir con el ciclo. Esperaban pacientemente la muerte en la colonia que los viera nacer.

Mientras tanto en el mar los más aptos se dejaban llevar en grandes grupos por las corrientes. Su migración los llevaba hacia el norte. Quizás buscando una temperatura similar en las aguas durante todo el año, montados sobre la corriente fría de Malvinas. A lo mejor persiguiendo los cardúmenes de anchoitas –que migraban en esa dirección- su alimento predilecto. Muchos de ellos llegarían a las latitudes de Uruguay o el sur de Brasil, donde la corriente de Malvinas se desviaba decididamente hacia el este adentrándose en el Océano Atlántico. Cinco meses de nadar, comer y disfrutar en el líquido elemento. Se sabían seguros para escapar de los peligros que representaban tiburones, orcas y lobos marinos.

Nuestra pareja abandonó el nido junto con un grupo una estrellada noche de la segunda semana de abril. En el agua se separaron. Cada uno tomó su rumbo. Las corrientes los alejaron. No se necesitaban como en tierra. Quizás la temporada venidera estuvieran juntos otra vez. Ninguno podía saberlo con certeza.

Mientras tanto en tierra los peludos seguían comiendo las patas de los cadáveres dejando sólo los muñones. Los zorros se alimentaban con los que iban muriendo día a día. Los cauquenes volaron otra vez rumbo al norte, trayendo el frío con ellos. Las lluvias llegaron los campos reverdecieron…

La pingüinera vacía, quedó esperando en silencio…”

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Continuará… (Epílogo)

Relatos del Cajón… (Pelea por la Vida – Capítulo 4)

Capítulo 4

EL MAR, UN PELIGROSO HOGAR

“…Desde su puesto de observador, nuestro pingüinito sintió renacer esa especie de escozor dentro suyo. Verdaderamente el mar parecía representar la seguridad…”

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“…Tras el diluvio, aquellos pichones que sobrevivieron pudieron darse cuenta que los peligros no provenían solamente de otros seres. De una indefinida forma comprendían que sólo los más aptos iban a ganar la batalla. Ni más ni menos que el derecho a la vida. No bastaba nacer, sino que había que ser muy fuerte para mantener ese don.

Sin embargo, como en todo ser que se asoma a la vida, los pichones muy pronto dejaron atrás sus desventuras y prestamente se encontraron con nuevas y fascinantes experiencias.

Así sucede con el pingüinito de nuestra historia. Apenas el sol entibió y secó sus plumas, estaba ya investigando en los alrededores del nido. A medida que las semanas transcurrían ganaba confianza en ese sentido. Y en los últimos días, los cambios operados en su cuerpo le indicaban que ya era otro, que muy pronto podría intentar con éxito internarse en ese enorme mar que tanta curiosidad le despertaba…”

“…A medida que los días transcurrían, más y más aumentaban en el pichón las ansias por internarse en ese mar. El líquido elemento del cual provenía la comida, esa comida que sus progenitores cada vez le otorgaban más racionada. O quizás simplemente que a él ya no le alcanzaba.

Finalmente llegó el día. Luego de haber estado medio mañana tendido al sol calentando sus plumas, llegó el impulso que necesitaba. Desde su sitio elegido cerca de la costa –ya que todos los días se alejaba un centenar de metros de su nido para acomodarse a corto trecho de la línea de marea- vio como su vecino se acercaba con paso titubeante al agua hasta que humedecía su pico en ella y parecía como si bebiera. Esto lo movió como un resorte y se decidió.

Nadie le prestó atención. Un inacabable desfile de ida y vuelta le entorpecía un poco el paso, no obstante llegó hasta donde estaba el otro pichón. Ambos se miraron, pero no dieron muestras de acercamiento. Al fin el agua lo mojó. Sorbió el primer trago de ese líquido. No le supo mal. La siguiente ola lo arrastró un poco más adentro, y la siguiente lo envolvió en un revoltijo de espuma, piedras y algas. Confuso emergió tras la rompiente y notó la facilidad con que flotaba. Miró a su alrededor y vio que el otro pingüinito nadaba un poco más lejos. Movió entonces su cuerpo y se maravilló como este respondía en el agua. No debía hacer muchos esfuerzos, como en tierra. Metió la cabeza bajo el agua y justo en ese instante una pequeña saeta de plata pasó frente a sus ojos. Instintivamente le tiró el picotazo y se lanzó en su persecución. Su instinto le indicaba que eso era comida. Se sorprendió cuando lo tuvo en su pico, y no pudo en sí de placer en el momento de sentir ese agradable sabor que tanto apetecía. ¡Era comida! ¡Su primer bocado logrado por si mismo…!

En su elemento...

En su elemento…

El descubrimiento lo hizo lanzarse en una alocada carrera, presa de un alegre frenesí. Movía las aletas y éstas lo impulsaban con vertiginosa velocidad. Viraba hacia uno y otro lado. Saltaba fuera del agua y volvía a sumergirse con pasmosa celeridad. Aquí y allá atrapaba algún sabroso bocado. Pasaba a escasos centímetros de sus mayores y lograba esquivarlos a último momento. Estaba maravillado con su cuerpo. Notaba que se encontraba al fin en su elemento. ¡Un elemento que lo hacía sentir libre!

Al fin, cansado de tanta excitación y ejercicio, se quedó un rato reponiendo energías en la superficie del agua. Las olas lo mecían con suavidad. Lentamente comenzó a nadar hacia la costa. Un poco más adelante alcanzó a divisar a su compañero de “bautismo marino”. Ya había entrado en la rompiente, con decisión se lanzó hacia la playa… Pero que cansado estaba!

Tenía ganas de tenderse en la playa para que el sol lo adormeciera.

Se dejó llevar hasta que una enorme ola lo envolvió y entró de lleno en la rompiente. Pese al cansancio tuvo que moverse para no quedar sepultado bajo una catarata de espuma. Ya veía la playa más cerca. Desde la cresta de una ola vio como el otro pichón ya posaba su cuerpo sobre la playa. Al segundo siguiente se vio en vuelto otra vez en un torbellino. Casi no tuvo tiempo de respirar y otra vez bajo el agua. Se asustó. Las fuerzas lo abandonaban y las olas eran cada vez más potentes. Al fin un ensordecedor bramido lo depositó a los tumbos en la playa de guijarros. Extenuado en extremo quedó tendido. No tenía fuerzas para moverse. Su cuerpo parecía pesarle demasiado. Poco duro su respiro. La siguiente ola al retirarse con fuerza lo arrastró otra vez a ese infierno de agua y espuma. Nuevamente la desesperación; los esfuerzos vanos, las fuerzas que lo abandonaban… La agonía se repitió, De nuevo en tierra firme. Podía ver como los demás recuperaban la posición vertical y se apresuraban a salir de la línea de marea, intentó imitarlos pero su cuerpo no le obedecía. Antes de ser arrastrado nuevamente pudo ver al otro pichón que era elevado en la cresta de una ola. De modo que él tampoco se había podido alejar.

El mar solo cobija a los más aptos...

El mar solo cobija a los más aptos…

Aturdido y agónico, tras la quinta vez que el mar lo volvía a arrastrar, quedó tendido casi inerte en la playa. El desfile incesante seguía a su alrededor, y justo antes que otra nueva ola lo succionara mar adentro, un lacerante dolor en el flanco lo hizo incorporar instintivamente. Por reflejo, caminó un par de metros antes de caer extenuado otra vez. Pero casi instantáneamente otra punzada lo hizo reaccionar provocando movimiento en su aterido cuerpo. Al fin su atontado cerebro percibió de qué se trataba. A su lado un adulto –que no pudo reconocer- le propició un nuevo y fuerte picotazo antes de seguir su camino hacia el nido. Al caer sobre los guijarros notó con alivio que estaban secos y entibiados por el sol. Antes de sumirse en un pesado sopor vio que se hallaba varios metros arriba de la línea de alta marea. En un último gesto antes de caer dormido pudo ver una figura conocida que flotaba en la cresta de una ola, para luego ser depositada en la playa inerte. Era el otro pingüinito. Ya estaba muerto. No había sufrido –como él- un picotazo salvador que lo sacudiera y le brindara las fuerzas para alejarse de la marea. Nuevamente la suerte estaba de su lado.

Durmió convencido de que había superado la primera prueba. Era apto. El mar se convertiría en un sitio seguro de ahora en más…”

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Continuará…

Relatos del Cajón… (Pelea por la Vida – Fin Capítulo 3)

Capitulo 3 – LA DURA TAREA DE VIVIR

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“…Y ahora sobrevenía otra transformación. La suave pelusa de sus cuerpos iba cayendo, dando paso a otra pluma mas gruesa y cortita. Su aspecto era cada vez más grotesco. De enormes “bolas” de plumas pasaban a desgarbadas figuras casi esqueléticas…”

“…Junto con los primeros calores fuertes de diciembre, llegaron nuevas caras a la colonia. Tenían casi el mismo tamaño que los adultos, pero su plumaje era más claro y no poseían los dos collares negros bajo el cuello. Pero por sobre todas las cosas eran mucho más torpes, asustadizos y –realmente- no sabían bien que hacer en tierra.

Arriban los juveniles...

Arriban los juveniles…

Los pichoncitos veían a estos nuevos ocupantes de la pingüinera con bastante envidia, ya que al menos gozaban de mucho más movimiento que ellos. Y por sobre todas las cosas los veían ir a esa enorme extensión azul de donde provenía el alimento.

Esos pingüinos tenían poco más de un año, y poseían la apariencia que, hacia fines de temporada, iban a tener los pichoncitos recién nacidos.

Un día como tantos, una gran sorpresa iba a cambiar sus vidas. En lugar de irse mamá sola o papá a pescar, se fueron ambos, dejando en el nido a otro adulto con dos pichones más. El adulto, una hembra, permanecía atenta y no dejaba que los pichones se alejaran de ella. Los cuatro se mantenían juntos y solo se miraban. No había juegos que compartir. Al principio extrañaban la presencia de sus progenitores, pero pronto se adaptaron a la nueva situación. Algunos días se quedaba mamá o papá, mientras los demás adultos iban a pescar al mar. Eso permitía que los padres –ambos- volvieran con suficiente alimento para satisfacer sus crecientes apremios.

En enero notaron que algo cambiaba en ellos. Ya se habían acostumbrados quedarse solos, custodiados en esa especie de “guardería” por un adulto. Y ahora sobrevenía otra transformación. La suave pelusa de sus cuerpos iba cayendo, dando paso a otra pluma mas gruesa y cortita. Su aspecto era cada vez más grotesco.

Aspecto poco elegante...

Aspecto poco elegante…

De enormes “bolas” de plumas pasaban a desgarbadas figuras casi esqueléticas. Pero crecían. Eso era lo importante. Crecían a pasos acelerados.

La curiosidad en esa época era el signo distintivo. El pichón que había nacido en segundo lugar, era el más atrevido. Quizás la ración de alimento que recibía no era lo suficientemente abundante, lo cierto es que día a día se alejaba un poco más del nido. Ya se había pegado varios sustos, y en una ocasión recibió fuertes picotazos de un adulto, que lo hizo quedarse varios días sin asomar la cabeza fuera del nido. Pero no aprendía, Siempre se buscaba problemas.

En estos días la llegada de los padres con el alimento era casi una verdadera contienda. Ambos se lanzaban sobre mamá o papá, y desde atrás trataban de introducir el pico dentro de la boca del adulto. Con urgente piar subían a la espalda y hacían lo posible por obtener su ración alimentaria. Comida, holganza y sol, mucho sol, eran los componentes en ese momento de sus vidas. Sine embargo un día el sol tardó en salir. Largas, angustiantes horas esperaron su aparición.

La "guarderías" brindaban protección...

La “guarderías” brindaban protección…

La tarde opresiva se extendió en un prolongado crepúsculo. No había una brisa. El mar estaba calmo en extremo. Su superficie parecía una lámina de vidrio pulido. Densos nubarrones ennegrecían el horizonte, donde esporádicos relámpagos estallaban en un silencioso derrame de luz. El sol se ocultó entre nubes algodonosas que cambiaban de forma y color. Las estrellas no se vieron. La luna apenas podía difuminar su pálida luz. Los relámpagos –ahora acompañados por el retumbante estampido de los truenos- se sucedían con pasmosa claridad creando fantasmagóricas figuras en la pingüinera.

Los pichoncitos se apretaban contra el cuerpo de sus padres ante cada bramido de los truenos. Las primeras gotas de lluvia resonaron con fuerza en la cueva bien entrada la noche. El perfume de la tierra mojada llenó el ambiente. Primero la reseca tierra absorbió con avidez, pero las cataratas del cielo se habían abierto y el agua comenzó a saturarla.

El temor los hizo guarecerse...

El temor los hizo guarecerse…

Un hilillo de agua humedeció primero la cámara del nido. En los alrededores sólo se oía el retumbar de los truenos. Los relámpagos –más espaciados ahora- iluminaban por escasos segundos lomas brillantes donde corrían pequeños riachos de agua.

Los truenos cesaron. El agua aumentó su caudal. Ahora sonaba como la cantarina voz de un río. Pronto ese sonido aumentó el volumen y por el cañadón cercano un torrente de barro y agua pasó rugiendo hacia el mar. Arrastraba todo consigo.

En la cámara del nido el agua ya llegaba al vientre de sus ocupantes. Mamá y papá no tenían problema. Su plumaje los protegía. Pero los pichoncitos estaban ateridos de frío.

El viento sumó entonces su voz a la colosal partitura. Soplaba con fuerza haciendo más intenso, en cada ráfaga, el latigazo de la cortina de agua que caía.

Cuando al fin paró de llover, ríos de agua marrón corrían en todas direcciones buscando el cauce del cañadón para desaguar en el mar.

La temperatura había descendido bruscamente y las primeras luces del día mostraron un cielo aún plomizo y amenazante.

Por doquier se veían nidos derrumbados, inundados. Arbustos arrancados de cuajo por la fuerza de la corriente o desarraigados por el vendaval de agua y viento. El mar estaba revuelto y de un color gris plomizo. Una oscura mancha penetraba varios cientos de metros en la boca de salida del cañadón, tiñendo sus aguas con un color marrón.

Algunos adultos salieron al exterior de sus nidos, arrepollaron sus plumas y lanzaron el habitual trompeteo que, esta vez, sonaba lúgubre. Poco a poco comenzó la actividad en la colonia y el movimiento en los ateridos cuerpos.

Las voces se alzaron al fin del temporal...

Las voces se alzaron al fin del temporal…

Los pichoncitos fueron empujados por sus padres fuera del nido. El agua los había empapado y aún había casi cinco centímetros de agua en el interior de la cueva. Un pichoncito, el que había nacido primero, salió al exterior. El otro no se movía. Su cuerpecito mojado estaba ya sin vida.

El sol se hizo esperar. Recién comenzó a brillar, rompiendo el cerco de nubes, en horas del medio día. Su luz puso nueva vida.

El amanecer trajo la calma...

El amanecer trajo la calma…

Sin embargo los daños habían sido muchos y bandadas de gaviotas revoloteaban para saciarse con los muertos. Peludos, zorros, palomas antárticas y otras aves se sumarían muy pronto a la tarea de alimentarse. Su efectivo accionar pronto limpiaría la colonia de los restos, y nada recordaría esa larga noche…”

Continuará…

Relatos del Cajón… (Pelea por la Vida – (Capítulo 3 La Dura Tarea de Vivir)

Capitulo 3

 LA DURA TAREA DE VIVIR

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“…Mediados de diciembre halló a los pichoncitos bastante crecidos. Se aventuraban a salir a la entrada del nido y quedarse parados afuera, mientras los adultos vigilaban…”

“… Los skuas, o también llamadas gaviotas de rapiña, tienen un cuerpo vigoroso y aspecto agresivo. El color pardo oscuro y las bandas blancas en la parte interna de las alas con la característica forma de V, las distinguen netamente de las demás gaviotas.

Tienen los nidos diseminados en los alrededores de la pingüinera y hacia la punta del accidente geográfico. De ellas parten en sus incursiones de caza. Como los pingüinos son aves netamente territoriales, defienden una amplia zona con denuedo. Se lanzan en picada sobre el intruso –inclusive el hombre- hasta hacerlo huir de las inmediaciones de su nido. La misma efectividad ponen de manifiesto cuando de comer se trata. Por ello el pingüino esta siempre alerta a esa amenazante sombra. Basta que deje el nido para que –si esta cerca- el skua se lance para robar huevos o pichones.

Atentas al menor descuido...

Atentas al menor descuido…

Mediados de diciembre halló a los pichoncitos bastante crecidos. Se aventuraban a salir a la entrada del nido y quedarse parados afuera, mientras los adultos vigilaban. Ya podían pararse y –la mayoría del tiempo- parecían pequeños budas de redonda y blanca panza con miradas absortas. Todo era nuevo para ellos y cada sonido, cada movimiento, significaba algo.

Curiosidad y temor...

Curiosidad y temor…

El día fue muy caluroso, y los pequeños habían permanecido la mayor parte de él en el interior de la cueva; por eso al atardecer muchos pingüinos y pichones, se hallaban afuera del nido. Merodeando entre las cuevas, cantidad de gaviotas “cocineras”, palomas antárticas y algunas gaviotas australes permanecían atentas. Bastaba el menor atisbo de pelea o disturbio en los nidos, para que alzaran vuelo entre estrepitosos graznidos.

Fue así como la intromisión de un pingüino subadulto en el nido vecino desencadenó el drama. El joven –visiblemente excitado- intentó meterse por la fuerza en un nido donde una hembra descansaba al lado de sus pichones. La hembra comenzó a emitir amenazantes voces, pero el joven introdujo la cabeza desoyendo la advertencia. Inmediatamente un intercambio de picoteos hizo temblar la cueva. La pareja de esa hembra llegó justo cuando su compañera y el intruso salían al exterior. El joven fue tomado entonces “entre dos fuegos”. Enceguecida la hembra por el combate, excitado el macho por la defensa del nido, se lanzaron ambos en persecución del –para entonces- aterrorizado joven. El nido quedó solo por escasos minutos, pero fue suficiente. Los pichoncitos vieron con ojos asombrados como una gaviota entraba rápidamente en el nido de sus vecinos y sacaba a un pequeñito nacido en la última semana de noviembre en el pico. Con celeridad levantó vuelo antes de que los padres regresaran a defender su territorio. Pero no todo terminó allí. En el aire, una veloz figura cruzó el cielo y colisionó con la gaviota; ésta –sorprendida- dejó caer su presa. Era un skua que –fiel a su hábito de pirata- no desperdició la oportunidad de obtener alimento sin mayor esfuerzo. Ambos se lanzaron en rauda picada sobre el pichoncito que se hallaba inerte en tierra. Llegó primero el skúa quien se apoderó del cadáver, aunque no alcanzó a levantar el vuelo. La gaviota no estaba decidida a dejar la presa así no más. Entre graznidos y saltos alrededor de la víctima, las dos aves comenzaron a tironear de ella. Parecía que todo iba a terminar en una sangrienta distribución equitativa cuando –en el forcejeo- la gaviota soltó a su presa y levantó vuelo, situación que aprovechó inmediatamente el skua para introducirse en un voraz bocado el cuerpo completo del pichoncito. Con el buche lleno y casi atragantado levantó vuelo, perdiéndose rápidamente entre las lomas.

Las peleas provocan la oportunidad de rapiñar...

Las peleas provocan la oportunidad de rapiñar…

Los pichoncitos habían presenciado todo –pues el drama se desarrolló completo a escasos metros de su nido- y aparentemente no había signos de emoción alguna en ellos. Sin embargo sus cuerpecitos se encogían cada vez más y se replegaban dentro del nido, mientras transcurría la acción. Captaban. Su instinto captaba el peligro. Sabían que su seguridad estaba cerca de mamá y papá…”

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Continuará…