Relatos del Cajón… (Pelea por la Vida)

Ya llegan los pingüinos a su zona de reproducción; una nueva temporada comienza. Inicio hoy la publicación de fragmentos del libro “Pelea por la Vida” -escrito y publicado hace ya más de 30 años- donde se narra en forma novelada la aventura cotidiana de los pingüinos de Magallanes. Junto a ellos, y con mi familia, compartimos intimamente en Punta Tombo cada día durante cuatro plenos y enriquecedores años.

Foto de la Tapa del libro

Foto de la Tapa del libro

LA GRAN INVASION

“El crepúsculo se demoraba un minuto más cada día entre rojizas nubes. Las avutardas, o cauquenes, cruzaban en raudo vuelo los cielos escapando -aliviadas- de los cálidos pero mortíferos campos del norte. El verde césped, crecido al compás de las irregulares lluvias invernales, tornaba a amarillearse en las lomas. Una indefinida inquietud se apoderaba de todas las cosas vivientes. La última semana de agosto preludiaba ya el arribo de setiembre, del cambio, de la vida nueva.

Atentos al latido de éste reloj natural, ciertas criaturas -mitad aves, mitad peces- volvían a la tierra impelidas por la fuerza del instinto.

penguin tide B

Los primeros machos llegan en oleadas...

Los primeros machos llegan en oleadas…

El bamboleante paso de los primeros machos en la playa marcó el inicio de un nuevo ciclo para los Pingüinos de Magallanes (Spheniscus magellanicus). En sucesivas oleadas una hormigueante marea comenzó a ocupar sus sitio, su territorio, disponiéndose a perpetuar la especie. El sagrado rito de toda criatura viviente de ser uno más cada vez.

En forma imperceptible primero, los machos de la especie tocaron la costa. Parecían avezados marinos más acostumbrados a caminar sobre la inestable cubierta de un barco que sobre la tierra. Pequeños grupos quedaban en la playa con cada ola.

En la tercera ola sucesiva –justo antes de esa brecha más larga que parece concederse el mar para tomar aliento- llegó un macho de pingüino que se destacaba entre el pequeño grupo arribado. La fuerza de la marea que se retiraba le hizo apresurarse para escapar de la succión. Su silueta se recortó nítida en la dorada luz crepuscular. Recobró el aliento por unos minutos y, tras andar unos pasos, se acostó en las aún tibias piedras de la playa. Poco duró este descanso. Algo más fuerte le indicaba que debía seguir. Se irguió y con paso firme ascendió la pendiente que lo internaba en la tierra.

Este pingüino venía por tercera vez a cumplir con su instinto. Los primeros años había sido un alborotador más entre los inexpertos jóvenes. Pero el tiempo pasó, y las dos últimas temporadas pudo ganar su nido, formar su pareja y tener su prole. Sabía muy bien qué debía hacer en ésta ocasión.

El plumaje negro del dorso brillaba, aún húmedo, con las últimas luces del sol. En el vientre blanco resbalaban pequeñas perlas de agua. Los dos collares negros alrededor del cuello –característicos de la especie- se destacaban nítidamente contra el níveo pecho. Era un hermoso ejemplar. Vigoroso, en plenitud. La cabeza maciza y bien formada, con el pico grueso y la frente abultada, delataban su condición de macho de la especie. Las aletas se movían rítmicamente a los lados del ahusado cuerpo, y dos cortas patas palmeadas ubicadas en la parte inferior lo sostenían en posición vertical. Caminaba con rumbo definido tierra adentro. Su andar era aparentemente torpe, pero seguro. La prolongada permanencia en el mar –algo más de cinco meses- le había permitido atiborrarse de comida. Estaba en su máximo peso, casi seis kilos y con una gruesa capa de grasa bajo la piel.

La noche lo sorprendió tras las primeras lomas. Un inexplicable sentido de la orientación lo había inducido a salir del mar en ese punto –y no otro- de la costa, y luego buscar un simple agujero a 300 metros de la playa entre miles de agujeros similares.

Cansado, reconoció su cueva. ¡Su Nido! Aquel por el que había peleado, el que había defendido fieramente. Allí donde comprobó la acogedora sensación de tibieza al yacer junto a su hembra en la estrechez del hueco. Donde alimentó por primera vez las ávidas bocas de sus polluelos. Si, no tenía dudas, ese era el sitio. Se acurrucó y durmió su primer sueño en tierra tras muchos meses de conciliarlo al vaivén de la onda marina. Estaba tranquilo, no le importaba saber por que complejo –o simple- mecanismo podía volver a ese nido. Le tenía sin cuidado el hecho de que un cuarenta y dos por ciento de los pingüinos que arribaban año a año a la colonia volvían a utilizar el mismo nido. Como tampoco le interesaba que cada temporada tocaba las playas en ese sitio llamado Punta Tombo, en las desoladas costas de la Patagonia.

Nada de eso era importante para el pingüino. El sólo encontraba que allí la costa era llana, sin altos acantilados. Que podía caminar tierra adentro sin problemas. También que había abundante pesca muy cerca. Sin demasiado esfuerzo podía llenar su estómago de sabrosos cornalitos, o anchoitas, y hasta algún calamar. Por último allí había nacido, y allí seguiría viniendo año tras año, hasta que un día ya no se sentiría con fuerza de volver al mar. Entonces –seguramente- sus huesos se blanquearían en esas playas…”

Pinguis Reflex B

(Continuará…)

 

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