Relatos del Cajón… (Pelea por la Vida – Fin Capítulo 2)

Los Salteadores – Fin Capítulo 2

“…Era mediados de noviembre, y un suave movimiento en su vientre le indico que uno de los huevos estaba por eclosionar…”

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“…El macho curó sus heridas rápidamente. Si bien se sucedieron algunas escaramuzas territoriales -muy frecuentes entre los pingüinos- ninguno tuvo la ferocidad de ese encuentro. Las aladas presencias de las gaviotas y los skuas acechaban en las inmediaciones del nido, pero allí estaban ellos para defenderlo.

Los días fueron pasando. Se acercaba el período en que los pequeños debían romper su cascarón. El macho lo sabía y se fue al mar.

La hembra mientras tanto aguardaba pacientemente en el nido. Ella también sabía, y no se equivocó. Era mediados de noviembre, y un suave movimiento en su vientre le indico que uno de los huevos estaba por eclosionar. Uno de los pequeños estaba por asomarse a este mundo. Se alzó y vio como la cáscara de uno de los huevos se resquebrajaba. Primero fue un diminuto agujerito por el que se oía un suave piar. Más tarde ese agujerito dejó ver un pequeño pico que se esforzaba denodadamente en la ardua tarea de romper el cascarón. Trabajo y esfuerzo le iba a costar al pequeñito salir del huevo. Pasarían entre veinticuatro y treinta y seis horas hasta que lograra despojarse de la “empaquetadura”. La hembra entre tanto permanecía expectante. Escuchaba el piar de los pichones hambrientos en los nidos vecinos, y la débil voz del suyo. Finalmente una diminuta figura de unos trece centímetros, recubierta de un suave y aún húmedo plumón gris, hizo su aparición. Apenas podía mantener erguida la cabeza. El peso de la oscilante y frágil criatura estaba en el orden de los ochenta gramos. Sin embargo muy pronto iba tener casi la apariencia, en tamaño, de los padres.

Collage Pinguis 5 page

Poco antes de las cuarenta y ocho horas de nacido el pichón, el macho regresó del mar trayendo el alimento. Anchoitas y pequeños cornalitos habían sido su pesca escogida. En esta oportunidad evitó comer calamares, ya que no eran propios para la dieta del pequeño en estos primeros momentos. El pequeño ya había pasado el período de ayuno conveniente para cuando había llegado su progenitor. Estaba ansioso por saborear su primera comida. Ese alimento predigerido que su padre le regurgitaría. El estomago del pingüino adulto contenía casi un kilo de alimento, parte de el sería la nutritiva papilla que alimentaria su prole.

Se acerca la primera comida...

Se acerca la primera comida…

El primer pichón poco tiempo disfrutó de ese alimento brindado para él solo. Antes que abriera los ojos –cosa que normalmente ocurre a los cuatro días de nacer- eclosionó el huevo del otro pichón: su hermano. Cuando éste pasó el período de casi dos días sin comer, pudo comprobar que comenzaba la lucha por la existencia. Eran dos bocas que ansiosas esperaban ser alimentadas, y lo peor de todo era que –a pesar de la acuciante sensación de hambre- había que esperar turno. Los padres seleccionaban alternativamente a uno y a otro pichón para que no haya ventaja por parte del más corpulento. De modo que ni siquiera podría hacer valer su tamaño y su condición de primogénito.

Ávidas bocas aguardan su alimento...

Ávidas bocas aguardan su alimento…

Los primeros días pasaron para los pichones sin mayores contratiempos. Se cobijaban bajo el cálido cuerpo de sus progenitores y recibían el vital alimento. Recién a los quince o veinte días aproximadamente, pudieron sostenerse sentados adentro del nido. Ya habían crecido considerablemente y cada vez más se asemejaban a muñecos de peluche. El apetito crecía en forma proporcional al aumento de tamaño. A los veinticinco días más o menos ya podían ver bien, y – a veces- se asomaban a la entrada del nido para ver algo de ese peculiar mundo del cual escuchaban tantos sonidos.

Sin embargo nada había tan ansiado como el momento en que el macho o la hembra llegaban del mar con el alimento. Los agudos sonidos que emitían, intentaban hacer saber a los adultos la urgencia con que esperaban la comida. Pero éstos no se conmovían. Despaciosamente regurgitaba la papilla y la ofrecían a uno y a otro. No importaba lo hambrientos que estuvieran. Primero uno y después el otro, nunca dos turnos seguidos.

Los días pasan y ellos crecen...

Los días pasan y ellos crecen…

En esos primeros tiempos se despertaban para piar y esperar que sus padres les tocaran el pico con el suyo, señal de que podían introducirlo dentro de la boca del adulto y tragar en rápidos bocados la ración ofrecida.

Pero poco pasó hasta que eso cambió. Permanecían despiertos por más tiempo, a la vez que su curiosidad aumentaba. Aún no sabían porqué, pero los adultos ponían especial cuidado en que no salieran del nido. Al menor movimiento extraño, un conocido cuerpo los cubría y se ponía entre ellos y el presentido peligro. Observaron que ambos se ponían alertas y –si estaban los dos juntos- el macho tiraba picotazos al aire mientras emitía amenazantes trompeteos, especialmente cuando se oían unos agudos graznidos.

Cada día es un desafío

Cada día es un desafío

En una ocasión se hallaba uno de ellos casi en la puerta del nido, cuando instintivamente se replegó al escuchar ese particular sonido, al tiempo que una sombra pasó silbando sobre la cueva. No sabía bien porqué, pero sintió miedo. Permaneció acurrucado largo rato bajo el vientre protector de su madre…”

Ansiosa espera...

Ansiosa espera…

Fin Capítulo 2 – Continuará

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