Relatos del Cajón… (Pelea por la Vida – Fin Capítulo 3)

Capitulo 3 – LA DURA TAREA DE VIVIR

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“…Y ahora sobrevenía otra transformación. La suave pelusa de sus cuerpos iba cayendo, dando paso a otra pluma mas gruesa y cortita. Su aspecto era cada vez más grotesco. De enormes “bolas” de plumas pasaban a desgarbadas figuras casi esqueléticas…”

“…Junto con los primeros calores fuertes de diciembre, llegaron nuevas caras a la colonia. Tenían casi el mismo tamaño que los adultos, pero su plumaje era más claro y no poseían los dos collares negros bajo el cuello. Pero por sobre todas las cosas eran mucho más torpes, asustadizos y –realmente- no sabían bien que hacer en tierra.

Arriban los juveniles...

Arriban los juveniles…

Los pichoncitos veían a estos nuevos ocupantes de la pingüinera con bastante envidia, ya que al menos gozaban de mucho más movimiento que ellos. Y por sobre todas las cosas los veían ir a esa enorme extensión azul de donde provenía el alimento.

Esos pingüinos tenían poco más de un año, y poseían la apariencia que, hacia fines de temporada, iban a tener los pichoncitos recién nacidos.

Un día como tantos, una gran sorpresa iba a cambiar sus vidas. En lugar de irse mamá sola o papá a pescar, se fueron ambos, dejando en el nido a otro adulto con dos pichones más. El adulto, una hembra, permanecía atenta y no dejaba que los pichones se alejaran de ella. Los cuatro se mantenían juntos y solo se miraban. No había juegos que compartir. Al principio extrañaban la presencia de sus progenitores, pero pronto se adaptaron a la nueva situación. Algunos días se quedaba mamá o papá, mientras los demás adultos iban a pescar al mar. Eso permitía que los padres –ambos- volvieran con suficiente alimento para satisfacer sus crecientes apremios.

En enero notaron que algo cambiaba en ellos. Ya se habían acostumbrados quedarse solos, custodiados en esa especie de “guardería” por un adulto. Y ahora sobrevenía otra transformación. La suave pelusa de sus cuerpos iba cayendo, dando paso a otra pluma mas gruesa y cortita. Su aspecto era cada vez más grotesco.

Aspecto poco elegante...

Aspecto poco elegante…

De enormes “bolas” de plumas pasaban a desgarbadas figuras casi esqueléticas. Pero crecían. Eso era lo importante. Crecían a pasos acelerados.

La curiosidad en esa época era el signo distintivo. El pichón que había nacido en segundo lugar, era el más atrevido. Quizás la ración de alimento que recibía no era lo suficientemente abundante, lo cierto es que día a día se alejaba un poco más del nido. Ya se había pegado varios sustos, y en una ocasión recibió fuertes picotazos de un adulto, que lo hizo quedarse varios días sin asomar la cabeza fuera del nido. Pero no aprendía, Siempre se buscaba problemas.

En estos días la llegada de los padres con el alimento era casi una verdadera contienda. Ambos se lanzaban sobre mamá o papá, y desde atrás trataban de introducir el pico dentro de la boca del adulto. Con urgente piar subían a la espalda y hacían lo posible por obtener su ración alimentaria. Comida, holganza y sol, mucho sol, eran los componentes en ese momento de sus vidas. Sine embargo un día el sol tardó en salir. Largas, angustiantes horas esperaron su aparición.

La "guarderías" brindaban protección...

La “guarderías” brindaban protección…

La tarde opresiva se extendió en un prolongado crepúsculo. No había una brisa. El mar estaba calmo en extremo. Su superficie parecía una lámina de vidrio pulido. Densos nubarrones ennegrecían el horizonte, donde esporádicos relámpagos estallaban en un silencioso derrame de luz. El sol se ocultó entre nubes algodonosas que cambiaban de forma y color. Las estrellas no se vieron. La luna apenas podía difuminar su pálida luz. Los relámpagos –ahora acompañados por el retumbante estampido de los truenos- se sucedían con pasmosa claridad creando fantasmagóricas figuras en la pingüinera.

Los pichoncitos se apretaban contra el cuerpo de sus padres ante cada bramido de los truenos. Las primeras gotas de lluvia resonaron con fuerza en la cueva bien entrada la noche. El perfume de la tierra mojada llenó el ambiente. Primero la reseca tierra absorbió con avidez, pero las cataratas del cielo se habían abierto y el agua comenzó a saturarla.

El temor los hizo guarecerse...

El temor los hizo guarecerse…

Un hilillo de agua humedeció primero la cámara del nido. En los alrededores sólo se oía el retumbar de los truenos. Los relámpagos –más espaciados ahora- iluminaban por escasos segundos lomas brillantes donde corrían pequeños riachos de agua.

Los truenos cesaron. El agua aumentó su caudal. Ahora sonaba como la cantarina voz de un río. Pronto ese sonido aumentó el volumen y por el cañadón cercano un torrente de barro y agua pasó rugiendo hacia el mar. Arrastraba todo consigo.

En la cámara del nido el agua ya llegaba al vientre de sus ocupantes. Mamá y papá no tenían problema. Su plumaje los protegía. Pero los pichoncitos estaban ateridos de frío.

El viento sumó entonces su voz a la colosal partitura. Soplaba con fuerza haciendo más intenso, en cada ráfaga, el latigazo de la cortina de agua que caía.

Cuando al fin paró de llover, ríos de agua marrón corrían en todas direcciones buscando el cauce del cañadón para desaguar en el mar.

La temperatura había descendido bruscamente y las primeras luces del día mostraron un cielo aún plomizo y amenazante.

Por doquier se veían nidos derrumbados, inundados. Arbustos arrancados de cuajo por la fuerza de la corriente o desarraigados por el vendaval de agua y viento. El mar estaba revuelto y de un color gris plomizo. Una oscura mancha penetraba varios cientos de metros en la boca de salida del cañadón, tiñendo sus aguas con un color marrón.

Algunos adultos salieron al exterior de sus nidos, arrepollaron sus plumas y lanzaron el habitual trompeteo que, esta vez, sonaba lúgubre. Poco a poco comenzó la actividad en la colonia y el movimiento en los ateridos cuerpos.

Las voces se alzaron al fin del temporal...

Las voces se alzaron al fin del temporal…

Los pichoncitos fueron empujados por sus padres fuera del nido. El agua los había empapado y aún había casi cinco centímetros de agua en el interior de la cueva. Un pichoncito, el que había nacido primero, salió al exterior. El otro no se movía. Su cuerpecito mojado estaba ya sin vida.

El sol se hizo esperar. Recién comenzó a brillar, rompiendo el cerco de nubes, en horas del medio día. Su luz puso nueva vida.

El amanecer trajo la calma...

El amanecer trajo la calma…

Sin embargo los daños habían sido muchos y bandadas de gaviotas revoloteaban para saciarse con los muertos. Peludos, zorros, palomas antárticas y otras aves se sumarían muy pronto a la tarea de alimentarse. Su efectivo accionar pronto limpiaría la colonia de los restos, y nada recordaría esa larga noche…”

Continuará…

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