Relatos del Cajón… (Pelea por la Vida – Capítulo 4)

Capítulo 4

EL MAR, UN PELIGROSO HOGAR

“…Desde su puesto de observador, nuestro pingüinito sintió renacer esa especie de escozor dentro suyo. Verdaderamente el mar parecía representar la seguridad…”

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“…Tras el diluvio, aquellos pichones que sobrevivieron pudieron darse cuenta que los peligros no provenían solamente de otros seres. De una indefinida forma comprendían que sólo los más aptos iban a ganar la batalla. Ni más ni menos que el derecho a la vida. No bastaba nacer, sino que había que ser muy fuerte para mantener ese don.

Sin embargo, como en todo ser que se asoma a la vida, los pichones muy pronto dejaron atrás sus desventuras y prestamente se encontraron con nuevas y fascinantes experiencias.

Así sucede con el pingüinito de nuestra historia. Apenas el sol entibió y secó sus plumas, estaba ya investigando en los alrededores del nido. A medida que las semanas transcurrían ganaba confianza en ese sentido. Y en los últimos días, los cambios operados en su cuerpo le indicaban que ya era otro, que muy pronto podría intentar con éxito internarse en ese enorme mar que tanta curiosidad le despertaba…”

“…A medida que los días transcurrían, más y más aumentaban en el pichón las ansias por internarse en ese mar. El líquido elemento del cual provenía la comida, esa comida que sus progenitores cada vez le otorgaban más racionada. O quizás simplemente que a él ya no le alcanzaba.

Finalmente llegó el día. Luego de haber estado medio mañana tendido al sol calentando sus plumas, llegó el impulso que necesitaba. Desde su sitio elegido cerca de la costa –ya que todos los días se alejaba un centenar de metros de su nido para acomodarse a corto trecho de la línea de marea- vio como su vecino se acercaba con paso titubeante al agua hasta que humedecía su pico en ella y parecía como si bebiera. Esto lo movió como un resorte y se decidió.

Nadie le prestó atención. Un inacabable desfile de ida y vuelta le entorpecía un poco el paso, no obstante llegó hasta donde estaba el otro pichón. Ambos se miraron, pero no dieron muestras de acercamiento. Al fin el agua lo mojó. Sorbió el primer trago de ese líquido. No le supo mal. La siguiente ola lo arrastró un poco más adentro, y la siguiente lo envolvió en un revoltijo de espuma, piedras y algas. Confuso emergió tras la rompiente y notó la facilidad con que flotaba. Miró a su alrededor y vio que el otro pingüinito nadaba un poco más lejos. Movió entonces su cuerpo y se maravilló como este respondía en el agua. No debía hacer muchos esfuerzos, como en tierra. Metió la cabeza bajo el agua y justo en ese instante una pequeña saeta de plata pasó frente a sus ojos. Instintivamente le tiró el picotazo y se lanzó en su persecución. Su instinto le indicaba que eso era comida. Se sorprendió cuando lo tuvo en su pico, y no pudo en sí de placer en el momento de sentir ese agradable sabor que tanto apetecía. ¡Era comida! ¡Su primer bocado logrado por si mismo…!

En su elemento...

En su elemento…

El descubrimiento lo hizo lanzarse en una alocada carrera, presa de un alegre frenesí. Movía las aletas y éstas lo impulsaban con vertiginosa velocidad. Viraba hacia uno y otro lado. Saltaba fuera del agua y volvía a sumergirse con pasmosa celeridad. Aquí y allá atrapaba algún sabroso bocado. Pasaba a escasos centímetros de sus mayores y lograba esquivarlos a último momento. Estaba maravillado con su cuerpo. Notaba que se encontraba al fin en su elemento. ¡Un elemento que lo hacía sentir libre!

Al fin, cansado de tanta excitación y ejercicio, se quedó un rato reponiendo energías en la superficie del agua. Las olas lo mecían con suavidad. Lentamente comenzó a nadar hacia la costa. Un poco más adelante alcanzó a divisar a su compañero de “bautismo marino”. Ya había entrado en la rompiente, con decisión se lanzó hacia la playa… Pero que cansado estaba!

Tenía ganas de tenderse en la playa para que el sol lo adormeciera.

Se dejó llevar hasta que una enorme ola lo envolvió y entró de lleno en la rompiente. Pese al cansancio tuvo que moverse para no quedar sepultado bajo una catarata de espuma. Ya veía la playa más cerca. Desde la cresta de una ola vio como el otro pichón ya posaba su cuerpo sobre la playa. Al segundo siguiente se vio en vuelto otra vez en un torbellino. Casi no tuvo tiempo de respirar y otra vez bajo el agua. Se asustó. Las fuerzas lo abandonaban y las olas eran cada vez más potentes. Al fin un ensordecedor bramido lo depositó a los tumbos en la playa de guijarros. Extenuado en extremo quedó tendido. No tenía fuerzas para moverse. Su cuerpo parecía pesarle demasiado. Poco duro su respiro. La siguiente ola al retirarse con fuerza lo arrastró otra vez a ese infierno de agua y espuma. Nuevamente la desesperación; los esfuerzos vanos, las fuerzas que lo abandonaban… La agonía se repitió, De nuevo en tierra firme. Podía ver como los demás recuperaban la posición vertical y se apresuraban a salir de la línea de marea, intentó imitarlos pero su cuerpo no le obedecía. Antes de ser arrastrado nuevamente pudo ver al otro pichón que era elevado en la cresta de una ola. De modo que él tampoco se había podido alejar.

El mar solo cobija a los más aptos...

El mar solo cobija a los más aptos…

Aturdido y agónico, tras la quinta vez que el mar lo volvía a arrastrar, quedó tendido casi inerte en la playa. El desfile incesante seguía a su alrededor, y justo antes que otra nueva ola lo succionara mar adentro, un lacerante dolor en el flanco lo hizo incorporar instintivamente. Por reflejo, caminó un par de metros antes de caer extenuado otra vez. Pero casi instantáneamente otra punzada lo hizo reaccionar provocando movimiento en su aterido cuerpo. Al fin su atontado cerebro percibió de qué se trataba. A su lado un adulto –que no pudo reconocer- le propició un nuevo y fuerte picotazo antes de seguir su camino hacia el nido. Al caer sobre los guijarros notó con alivio que estaban secos y entibiados por el sol. Antes de sumirse en un pesado sopor vio que se hallaba varios metros arriba de la línea de alta marea. En un último gesto antes de caer dormido pudo ver una figura conocida que flotaba en la cresta de una ola, para luego ser depositada en la playa inerte. Era el otro pingüinito. Ya estaba muerto. No había sufrido –como él- un picotazo salvador que lo sacudiera y le brindara las fuerzas para alejarse de la marea. Nuevamente la suerte estaba de su lado.

Durmió convencido de que había superado la primera prueba. Era apto. El mar se convertiría en un sitio seguro de ahora en más…”

 Ps con Aves B

Continuará…

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