Relatos del Cajón… (Pelea por la Vida – Capítulo 5)

Capítulo 5

SOLOS OTRA VEZ

 “…Papá y Mamá se quedaron solos. Era natural. Disfrutaron nuevamente de su mutua compañía. Salían a pescar juntos. Pasaban muchas horas jugando en el mar, saciados de comer. En tierra permanecían echados disfrutando del sol, prodigándose cuidados mutuos. Para ellos otra etapa había sido cumplida…”

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“…Poco le quedaba ya que hacer al pequeño en tierra. Demostrada su capacidad para sobrevivir en el mar, el paso siguiente era romper de una vez el vínculo familiar, internarse en el océano y vivir su propia vida.

Fue así como lo que tenía que suceder, sucedió. Sin estridencias. Cierto día el jovencito dejó la cueva donde había nacido. Se dirigió con paso firme hacia el mar y no regresó más al lado de sus padres. Iniciaba así un nuevo ciclo. Su vida luego engendraría a su vez nuevas vidas que, como él en ese instante, se irían un día.

Nadó sin rumbo fijo y, a pocos kilómetros de la costa, se unió a un grupo de sus pares. Todos jugaban, saltaban fuera del agua y perseguían a los esquivos peces. Nada les preocupaba. Vivían en libertad esa existencia que recién comenzaba.

Papá y Mamá se quedaron solos. Era natural. Disfrutaron nuevamente de su mutua compañía. Salían a pescar juntos. Pasaban muchas horas jugando en el mar, saciados de comer. En tierra permanecían echados disfrutando del sol, prodigándose cuidados mutuos. Para ellos otra etapa había sido cumplida. Ya no eran responsables de su prole. Pertenecían, hasta que el instinto los llamara otra vez al mar, el uno para el otro.

Hacia fines de febrero grandes grupos de estos adultos que ya habían sido dejados por los pichones, se internaban en el mar y permanecían varios días comiendo. Por casi una semana la pingüinera aparentaba estar desierta. Pero los primeros días de marzo mostraron lo contrario.

Atiborrarse de alimentos y prepararse para la muda anual de plumaje...

Atiborrarse de alimentos y prepararse para la muda anual de plumaje…

El sol describía cada vez un arco más cercano al horizonte, Las horas de luz eran menos, aunque el clima era mucho más parejo. Días plenos de sol, brillantes, sin nubes y con escaso viento.

Los adultos y los juveniles veían crecer su volumen. Parecían en general enormes botellones. El nuevo plumaje pugnaba por salir mientras se desprendía el del año anterior.

La colonia parecía tapizada con un manto de nieve. En las lomas y en los cañadones se amontonaban las montañas de plumas, que brillaban con tonos dorados en las luces del atardecer. Todo era tranquilidad, sosiego, holganza.

Casi había cesado la actividad. Las playas estaban prácticamente desiertas, ya que en general evitaban ir a comer –subsistiendo con la capa de grasa adquirida durante esa semana en el mar- hasta no haber completado la muda.

Pasaban la mayor parte del día fuera del nido reposando al sol. Parecían una convención de humorísticos espantapájaros de vacaciones.

Convención de espantapájaros...

Convención de espantapájaros…

Lentamente crece la nueva pluma...

Lentamente crece la nueva pluma…

Los días pasaban. Poco a poco un lustroso y nuevo plumaje iba ganado el cuerpo de los pingüinos. Un extraño nerviosismo se apoderaba de la colonia. Parecía como si cada día que pasaba se acercaran más y más. Como si se apretujaran contra la costa.

En las zonas periféricas de la colonia se insinuaba la presencia de los zorros. Aquellos más viejos, o enfermos, eran asediados por los mamíferos hasta que una vez muertos les servían de alimento.

Marzo transcurrió sin prisa. La indolencia de los últimos días parecía ganar el espíritu de los pingüinos.

Sin embargo un imperioso llamado los mantenía expectantes. Despacio, casi sin que se notara, comenzó el éxodo. En silencio –como cuando llegaron- se arrimaron a la costa, se internaron en la rompiente y ganaron el mar. Pequeños grupos cada vez.

Un día la colonia quedó vacía. Los zorrinos utilizaron las cuevas desocupadas. Los zorros merodearon en busca de cadáveres, que quedaban aquí y allá. Los peludos hacían lo propio.

Los predadors se sacian con los menos aptos...

Los predadors se sacian con los menos aptos…

Mediados de abril marcó el fin. La pingüinera quedó desierta. Un doliente grupo de pingüinos se mantenía disperso en la playa. Eran enfermos o muy viejos. Aves incapaces de proseguir con el ciclo. Esperaban pacientemente la muerte en la colonia que los viera nacer.

Mientras tanto en el mar los más aptos se dejaban llevar en grandes grupos por las corrientes. Su migración los llevaba hacia el norte. Quizás buscando una temperatura similar en las aguas durante todo el año, montados sobre la corriente fría de Malvinas. A lo mejor persiguiendo los cardúmenes de anchoitas –que migraban en esa dirección- su alimento predilecto. Muchos de ellos llegarían a las latitudes de Uruguay o el sur de Brasil, donde la corriente de Malvinas se desviaba decididamente hacia el este adentrándose en el Océano Atlántico. Cinco meses de nadar, comer y disfrutar en el líquido elemento. Se sabían seguros para escapar de los peligros que representaban tiburones, orcas y lobos marinos.

Nuestra pareja abandonó el nido junto con un grupo una estrellada noche de la segunda semana de abril. En el agua se separaron. Cada uno tomó su rumbo. Las corrientes los alejaron. No se necesitaban como en tierra. Quizás la temporada venidera estuvieran juntos otra vez. Ninguno podía saberlo con certeza.

Mientras tanto en tierra los peludos seguían comiendo las patas de los cadáveres dejando sólo los muñones. Los zorros se alimentaban con los que iban muriendo día a día. Los cauquenes volaron otra vez rumbo al norte, trayendo el frío con ellos. Las lluvias llegaron los campos reverdecieron…

La pingüinera vacía, quedó esperando en silencio…”

Isla Pinguino Deseado 86 B

Continuará… (Epílogo)

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