Relatos del Cajón… (Fragmentos II)

Encuentro…

“… El enorme Hall del Aeropuerto de Heathrow quedó de pronto en absoluto silencio. Total. Denso y palpable silencio. Se quedó petrificado el Viejo. Sus ojos se abrieron desmesuradamente…”

Heathrow lo mantenía cautivado al Viejo con su incesante trajín. El enorme aeropuerto de la capital inglesa cobijaba miles de personas en un frenético movimiento incesante. Su vista pasaba de los televisores -donde se anunciaba la partida de los vuelos hacia destinos situados en ciudades y países de exótico nombre-, a la variada multitud de gente que resumía costumbres y modas planetarias. África, India, Europa, América, China, Japón, Oceanía, Medio Oriente… Túnicas, trajes de negocios, vestimentas deportivas o abrigados atuendos, turbantes o gorras de béisbol… Rabinos o monjes budistas, familias con padres, hijos y abuelos o solitarios y taciturnos hombres de negocios, bulliciosos estudiantes y hasta estrellas de cine.

Todos se sumaban a una inacabable puesta en escena en la cual cada uno cumplía momentáneamente su papel.

Miraba fascinado desde la butaca en medio del hall cerca de la puerta número 6 en la Terminal 4 del aeropuerto. Se movió de la silla en la que estaba para tener otra perspectiva. Una familia entera de africanos –con sus atuendos típicos, coloridas batas, gorros multicolores y cabellos ensortijados; las mujeres con hermosas criaturas de blanquísimos dientes y enormes y brillantes ojos marrones- corrían arrastrando carros de equipaje, bultos varios y hasta cacharros con comida. El parloteo en su lengua nativa, aunque ininteligible para él, denotaba ansiedad. Sobre todo los gestos del que parecía el jefe del grupo o patriarca de la familia, mostraban inequívocos signos de urgencia, mientras su vista y cabeza se dirigía alternativamente de los miembros de su grupo a un enorme cartel que pendía del techo donde estaban especificados los minutos de caminata hasta cada puerta.

La más cercana estaba a cinco minutos. La más lejana a veinte. Por la urgencia del multicolor grupo se debía tratar de ésta última.

Caminó unos momentos por el amplio hall. Trataba de fijar todo lo que veía. La simultaneidad de acciones no eran sino el reflejo del pulso del mundo. Algo así como una pequeña muestra planetaria. Una moderna Babel convertida en una especie de ombligo del orbe.

Todo parecía converger allí.

Y para su sorpresa allí, es donde sucedió…

El enorme Hall del Aeropuerto de Heathrow quedó de pronto en absoluto silencio. Total. Denso y palpable silencio. Se quedó petrificado el Viejo. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Miraba alrededor, veía la expresión de los rostros en los viajeros. Sus bocas se movían, los gestos de algunos indicaban que se reían. Un niño lloraba. Las miles de personas que deambulaban por el enorme salón, seguían caminando o continuaban con sus actividades. Las veía en cámara lenta. Sus movimientos parecían transcurrir en velocidad retardada. Y no se escuchaba nada. Ese silencio era lo más perturbador.

Se dio vuelta. Giró en redondo. El asombro se dibujaba en el rostro. Alzó la mirada y a menos de un centenar de metros lo vio caminando en su dirección, esquivando el gentío, mirándolo y regalándole esa mágica y angelical sonrisa que siempre llevaba en su rostro.

No sabía si pasaron minutos, segundos o una eternidad. Lo veía acercarse a grandes zancadas, tranquilo, relajado. El cabello largo moviéndose al compás de sus pasos. Los ojos brillantes, limpios trasuntaban una hermosa alegría y calma. El gesto abierto en una pícara y divertida sonrisa se abría esplendorosa en sus labios.

Los brazos del Viejo cayeron a los lados del cuerpo. No miró hacia los costados. Los ojos no perdían el contacto. Todo seguía ocurriendo alrededor pero como en otra dimensión. No entendía que estaba sucediendo, pero poco le importaba. Se entregó al momento. Su mente quedó en blanco y solo se rindió al placer de lo que iba a ocurrir.

Se paró frente a él. Y sin mediar más, se fundieron en un estrecho abrazo. Sentía que –tras los párpados cerrados- los ojos se humedecían y ardían al fluir de las lágrimas. Se apretaron sin miramientos por largo rato. No quería soltarlo por temor a que ese cuerpo sólido que tanto extrañaba se desvaneciera. Tampoco quería abrir los ojos. Ni mucho menos pensar. Los sentidos lo desbordaban. Su cabeza se hundía en su cuello, sintió su piel tibia. Un perfume suave y ansiado penetraba en sus fosas nasales. Percibió como sus manos le palmeaban la espalda. Acompasados movimientos que le daban la certeza de que todo era real… Sus brazos lo estrechaban aún más fuerte.

No supo el Viejo cuanto tiempo permanecieron en ese abrazo. También desconocía si algo ocurría alrededor. La acción estaba en animación suspendida.

Respiró hondo y apelando a un coraje que no sentía, aflojó el abrazo y se separó sin soltarlo. Con temor y muy lentamente abrió los ojos. Muy despacio. Lo miró largamente. Acarició su rostro, una incipiente barba se notaba al tacto, nuevamente eso indicaba que no estaba soñando.

– No me había afeitado – dijo haciendo un mohín entre socarrón y culposo.

Su voz. La voz que tanto extrañaba y la mente se negaba a reproducir, llenó sus oídos. Sonrió entre sorprendido y feliz…

La voz dio lugar a todos las voces, todos los sonidos poblaron nuevamente la trajinada terminal aérea, y el movimiento normal de quienes la transitaban.

Lo miró incrédulo, con cierto temor en el rostro y en los ojos. Se aferró a él…

-Yo estoy – dijo.

– Voy a estar siempre

Y se volvieron a abrazar.

Lo agarró del hombro y comenzaron a caminar.

Lo miraba de costado el Viejo, un poco hacia arriba.

– Cierto que me llevaba más de una cabeza – pensó

No atinaba a hablar, las palabras se agolpaban en su mente, miles de preguntas. Pero no atinaban a vocalizarse.

Él lo miraba con su amplia sonrisa. Entendiendo.

– ¿Cómo puede ser?- dijo el Viejo al fin casi en un murmullo…

– ¿Es un buen lugar no?- le respondió con un gesto de sus ojos y alzando los hombros.

– Vine porque creo que es hora…

– ¿Hora de qué? – preguntó el Viejo prestamente.

Sonrió.

Caminaban frente a una barra con forma de rectángulo que ocupaba buen aparte de ese tramo del hall. Los carteles luminosos que pendían del techo señalaban ese lugar como un Sushi Bar. Sentado en uno de los extremos más angostos de ese rectángulo, Colin Firth, el conocido actor inglés que acompañó en muchas películas a Hugh Grant saboreaba un plato de pescado y una cerveza. Por fracciones de segundos sus ojos se encontraron. Supuso el Viejo que se sintió reconocido, y continuó con su tarea. Esa distracción lo sacudió. Miró a su lado. Vio el rostro de quien lo acompañaba, miró nuevamente a la multitud…

– ¿Curioso no? – conjeturó mientras su mano le apretaba el hombro. La leve presión le indicó que estaban allí. Que no alucinaba.

Pasó su brazo por su cintura y continuaron caminando.

– Miraba su rostro de costado el Viejo, no se cansaba de hacerlo.

– ¿Nos sentamos? – dijo al acercarse a un par de butacas inexplicablemente vacías y apartadas tras unas columnas que las mantenían escondidas.

Se puso de costado, alzó una pierna sobre la butaca, colocó su brazo sobre el hombro del Viejo y con una tenue sonrisa dibujada en sus labios le preguntó:

– ¿Estás preparado para un viaje?

– ¡Claro!- respondió con entusiasmo-, siempre lo estoy…

Sonrió y condescendiente agregó:

– Este es un viaje especial… Muy especial. Es el viaje de los viajes una verdadera aventura…”

Casi el ombligo del mundo... Una moderna Babel...

Casi el ombligo del mundo… Una moderna Babel…

 

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Relatos del Cajón… (fragmentos)

Al Norte norte

“… Hacia el fondo de la barra, donde ésta hacía un ángulo recto hacia la pared, lo vio. Las espaldas cubiertas y una vista general del ambiente- pensó…”

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La casa de piedra estaba ubicada a escasos metros del muelle. Dos pisos, rectangular, ventanas no muy grandes como embutidas en la gruesa pared. El techo de laja negra era rematado por chimeneas de roja cerámica sobre las que descansaban las gaviotas. Un cartel adosado al muro –fondo negro, con letras doradas- ostentaba el nombre del pub. La puerta de gruesa madera oscurecida por el tiempo y la intemperie mostraba en partes cristales de sal incrustados en los relieves de lasa molduras, producto de las brumas marinas. Brillaban al ser tocados por los rayos de sol que se filtraban entre las nubes.

Permaneció un buen rato mirando esa vieja casona acodado en la herrumbrosa baranda del muelle al otro lado de la estrecha calle. Atrás embarcaciones menores de pesca y paseo se balanceaban en las quietas aguas protegidas por altas escolleras. Afuera el mar persistía en su cotidiano embate sobre las centenarias paredes de piedra. Se mostraba benévolo ese día y a esa hora.

Cruzó la calle para entrar a la taberna que desde hace un par de siglos atesoraba la historia de ese puerto, y de muchos otros en remotos sitios del planeta transmitidos entre copa y copa por marinos de variada nacionalidad.

Traspasó la pesada puerta y se detuvo varios minutos escudriñando el sombrío interior. Le llamó la atención lo grande que era, y a medida que sus ojos se acostumbraron a la penumbra llamó su atención la lustrosa barra. Lucía impecable. La escasa luz proporcionada por lámparas que pendían del techo arrancaba destellos a la tersa superficie de madera. A la distancia no se veían las muescas que el tiempo y quizás algunas peleas habían dejado en ella.

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Los aromas de cervezas, whiskies y licores impregnaron su olfato, mezclados con tufos de tabaco frio. Sonrió y recorrió con la mirada la variada y abundante cantidad de botellas de licor. La barra corría paralela a la entrada ubicada sobre el lado más largo del rectángulo ocupando la pared del fondo. El resto del salón se ubicaba frente a ella, de modo que al entrar el bar se imponía. Mesas y sillas se distribuían a lo largo del salón. A esa hora no había música aún, y el viejo piano aguardaba en una esquina.

Una vez que su vista se habituó a la penumbra del lugar, dirigió la mirada hacia el sitio en que sabía –o imaginaba saber- debía estar a quien buscaba. No había muchas personas. Una media docena de hombres y mujeres que parecían turistas sentados al rededor de las mesas, y dos reconcentrados individuos en los taburetes y encorvados sobre la barra frente a sendas pintas de cerveza. El barman hablaba con uno de ellos, mientras le servía una medida de whisky en el pequeño vaso. Parecía que hablaba al aire a juzgar por la mirada perdida de su interlocutor.

Hacia el fondo de la barra, donde ésta hacía un ángulo recto hacia la pared, lo vio.

Las espaldas cubiertas y una vista general del ambiente- pensó.

Nuevamente una sonrisa ganó su rostro celebrando íntimamente la certidumbre de donde lo iba a encontrar. Caminó a lo largo del bar a su encuentro.

– Fredy…- dijo en voz baja con clara nota afirmativa y no de interrogación.

Leía Fredy ensimismado en las noticias del diario local. Levantó la vista hacia la persona que pronunció su nombre con gesto de sorpresa y curiosidad. La mueca que se dibujó en sus labios pretendía ser una sonrisa –pocas veces una risa plena ganaba ese rostro- pero sus ojos denunciaban la alegría.

– ¡Qué hacés acá!- disparó con voz cascada y bajándose de la banqueta para estrechar la mano y alzarse para abrazarlo.

Los dos personajes de la barra levantaron sus cabezas y dirigieron una mirada interrogante hacia el extremo del bar.

El barman también miró sorprendido, y – con íntima aprobación- bajó la vista meneando la cabeza con una amplia sonrisa como para no perturbar la intimidad. Fredy no es un tipo de muchas palabras – pensó.

Tras el breve abrazo, y tomándolo de los hombros invitándolo a sentarse en el taburete preguntó:

– ¿Qué tomás?

– ¡Peter servile un single malta a mi amigo! – agregó sin esperar respuesta en un tosco inglés.

Hablaron, tomaron varias medidas de whisky, saborearon sendas pintas de negra cerveza y quedaron en verse más tarde para cenar.

– Asi que el peregrino…- se dijo Fredy pensativo mientras caminaba a su casa en esa remota isla…

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Relatos del Cajón… (Memoria sin nostalgia)

Remembranzas “Ochentosas”

“…Hay profesiones que son en realidad estados de vida… Sin nostalgias, aunque si con la esperanza de que la esencia de aquellos años perdure, comparto algunas memorias “ochentosas”…

Mudanzas, revisión de cajas archivadas, limpieza de placares, tarea fastidiosa que en ocasiones trae recuerdos… Suelen despertar una sonrisa, y la inevitable duda: “¿Lo tiro, lo guardo?…”.

Así surgieron viejos papeles, y con ellos la memoria.

Viejos papeles despiertan memorias...

Viejos papeles despiertan memorias…

Éramos menos y con menos recursos. Un posiblemente inexplicable idealismo nos movilizaba.

Disfrutamos, nos enojamos, sentimos frustración, alegrías, desencantos y victorias… Luchamos, ganamos y perdimos.

El tiempo pasó, los escenarios cambiaron, los protagonistas también. Algunos nos precedieron, otros tomaron la posta… Ciertas cosas mejoraron, otras aún aguardan. Pero la esencia, la esencia de la tarea debe perdurar más allá de las formas. Al fin y al cabo la naturaleza nos pedirá cuentas…

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“… El Rastrojero de Uso Oficial asignado nunca arrancaba, pero –en general- nos llevaba a todos lados. Manejar en los caminos de ripio o en gredosas rutas luego de las lluvias hasta era parte de la “aventura cotidiana”, siempre y cuando el motor no se detuviera… Eran épocas en las que al llegar a la ciudad dejaba la camioneta con el motor funcionando y ronroneando acompasadamente, la caja cargada con bidones de combustible llenos, las compras de la quincena y hasta algún juguete de los niños, estacionada en la plaza. Sin temor nos íbamos a comer una pizza o a terminar de realizar alguna indispensable compra…”.

“… Las luces del “farol de noche” o las lámparas a querosén, iluminaban precariamente el living comedor der la vivienda. Era más sencillo que lidiar con un mañoso grupo electrógeno que se resistía a encender y tenía la inveterada costumbre de apagarse en el momento más inoportuno…”

“… La sonrisa dibujada en el rostro iluminaba la casa al relatar el reciente encuentro con un “Ñacurrutú” –posteriormente bautizado como Rafael por los niños- cobijado en el frondoso jume cerca del cañadón que permaneció buena parte de ese invierno…”

“… Desde las rocas rojas miraba a la distancia el camino –que como una delgada línea marrón entre el escaso verde de los matorrales se desdibujaba entre reverberaciones- para ver algún rastro de tierra levantada por el paso de algún vehículo que se dirigía hacia la reserva. Aliviado si nada aparecía en la distancia, aprovechaba para un rápido chapuzón en las frías y transparentes aguas “del piletón” para nadar con los pingüinos… Picos de apenas 300 visitantes por día permitían en esos tiempos instantes de privilegiada intimidad con la naturaleza…”

“… Sin juzgar ni elaborar teorías de investigación, solo observar y documentar durante tres días con Juan el comportamiento de un Elefante Mario macho que obstinadamente mataba y comía cachorros de su especie, brindó la oportunidad de intimar con las criaturas del mar. La contemplación de la naturaleza y las conversaciones hilvanadas en esas casi armónicas jornadas, ayudaron a generar algunas ideas que intentamos llevar a la práctica…”

“… ‘Como el Agua somos mansos, pero como ella –con paciencia- horadamos la piedra…’ rezaba más o menos el slogan que identificaba A.G.U.A. –la Asociación de Guardafauna- que junto a José y Juan creamos con el fin de propagar la interpretación ambiental y la defensa de las criaturas silvestres…”

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“… las manos surgen como desde abajo del agua, se abren envolviendo como una copa mientras que arriba una línea como la de una gaviota en vuelo la cierra generando la idea de una cola de ballena… a los costados dos puntos semejan ojos que dan la idea de elefantes marinos. Ese es el simbolismo del escudo… Trataba de sintetizarle a Fredy para que dibujara… Reíamos, mientras a la vez el lápiz diestro garrapateaba formas y creábamos historias…”

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Sin nostalgias… Solo memoria para el futuro.

De Viajes y Fotos… (Retratos en Namibia)

Adaptación…

Unos viven en su villa, van al colegio y conviven con los elefantes del desierto a quienes han aprendido a conocer, respetar y esquivar si se da el caso…

Los Himba, por su lado adaptaron sus costumbres nómadas y se desplazan por los caminos o algunas ciudades ofreciendo su colorido maquillaje y artesanías a los viajeros…

Adaptaciones que imponen el medio y su realidad.

En tal caso solo fotos que apenas pretenden mostrar modos de vida en otros puntos del planeta, que no difieren en mucho con similares adaptaciones al medio en nuestro continente.

Escuela Rural en cercaniuas de Brandenberg...

Escuela Rural en cercanías de Brandenberg…

Curiosidad y asombro...

Curiosidad y asombro…

Los elefantes del desierto deambulan por el patio de juegos...

Los elefantes del desierto deambulan por el patio de juegos…

 

Las costumbres y vestimentas de los Himba se ofrecen al viajero...

Las costumbres y vestimentas de los Himba se ofrecen al viajero…

Un alto en el camino...

Un alto en el camino…

Rostros de madres,,,

Rostros de madres,,,