Relatos del Cajón… (fragmentos)

Al Norte norte

“… Hacia el fondo de la barra, donde ésta hacía un ángulo recto hacia la pared, lo vio. Las espaldas cubiertas y una vista general del ambiente- pensó…”

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La casa de piedra estaba ubicada a escasos metros del muelle. Dos pisos, rectangular, ventanas no muy grandes como embutidas en la gruesa pared. El techo de laja negra era rematado por chimeneas de roja cerámica sobre las que descansaban las gaviotas. Un cartel adosado al muro –fondo negro, con letras doradas- ostentaba el nombre del pub. La puerta de gruesa madera oscurecida por el tiempo y la intemperie mostraba en partes cristales de sal incrustados en los relieves de lasa molduras, producto de las brumas marinas. Brillaban al ser tocados por los rayos de sol que se filtraban entre las nubes.

Permaneció un buen rato mirando esa vieja casona acodado en la herrumbrosa baranda del muelle al otro lado de la estrecha calle. Atrás embarcaciones menores de pesca y paseo se balanceaban en las quietas aguas protegidas por altas escolleras. Afuera el mar persistía en su cotidiano embate sobre las centenarias paredes de piedra. Se mostraba benévolo ese día y a esa hora.

Cruzó la calle para entrar a la taberna que desde hace un par de siglos atesoraba la historia de ese puerto, y de muchos otros en remotos sitios del planeta transmitidos entre copa y copa por marinos de variada nacionalidad.

Traspasó la pesada puerta y se detuvo varios minutos escudriñando el sombrío interior. Le llamó la atención lo grande que era, y a medida que sus ojos se acostumbraron a la penumbra llamó su atención la lustrosa barra. Lucía impecable. La escasa luz proporcionada por lámparas que pendían del techo arrancaba destellos a la tersa superficie de madera. A la distancia no se veían las muescas que el tiempo y quizás algunas peleas habían dejado en ella.

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Los aromas de cervezas, whiskies y licores impregnaron su olfato, mezclados con tufos de tabaco frio. Sonrió y recorrió con la mirada la variada y abundante cantidad de botellas de licor. La barra corría paralela a la entrada ubicada sobre el lado más largo del rectángulo ocupando la pared del fondo. El resto del salón se ubicaba frente a ella, de modo que al entrar el bar se imponía. Mesas y sillas se distribuían a lo largo del salón. A esa hora no había música aún, y el viejo piano aguardaba en una esquina.

Una vez que su vista se habituó a la penumbra del lugar, dirigió la mirada hacia el sitio en que sabía –o imaginaba saber- debía estar a quien buscaba. No había muchas personas. Una media docena de hombres y mujeres que parecían turistas sentados al rededor de las mesas, y dos reconcentrados individuos en los taburetes y encorvados sobre la barra frente a sendas pintas de cerveza. El barman hablaba con uno de ellos, mientras le servía una medida de whisky en el pequeño vaso. Parecía que hablaba al aire a juzgar por la mirada perdida de su interlocutor.

Hacia el fondo de la barra, donde ésta hacía un ángulo recto hacia la pared, lo vio.

Las espaldas cubiertas y una vista general del ambiente- pensó.

Nuevamente una sonrisa ganó su rostro celebrando íntimamente la certidumbre de donde lo iba a encontrar. Caminó a lo largo del bar a su encuentro.

– Fredy…- dijo en voz baja con clara nota afirmativa y no de interrogación.

Leía Fredy ensimismado en las noticias del diario local. Levantó la vista hacia la persona que pronunció su nombre con gesto de sorpresa y curiosidad. La mueca que se dibujó en sus labios pretendía ser una sonrisa –pocas veces una risa plena ganaba ese rostro- pero sus ojos denunciaban la alegría.

– ¡Qué hacés acá!- disparó con voz cascada y bajándose de la banqueta para estrechar la mano y alzarse para abrazarlo.

Los dos personajes de la barra levantaron sus cabezas y dirigieron una mirada interrogante hacia el extremo del bar.

El barman también miró sorprendido, y – con íntima aprobación- bajó la vista meneando la cabeza con una amplia sonrisa como para no perturbar la intimidad. Fredy no es un tipo de muchas palabras – pensó.

Tras el breve abrazo, y tomándolo de los hombros invitándolo a sentarse en el taburete preguntó:

– ¿Qué tomás?

– ¡Peter servile un single malta a mi amigo! – agregó sin esperar respuesta en un tosco inglés.

Hablaron, tomaron varias medidas de whisky, saborearon sendas pintas de negra cerveza y quedaron en verse más tarde para cenar.

– Asi que el peregrino…- se dijo Fredy pensativo mientras caminaba a su casa en esa remota isla…

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