Relatos del Cajón… (Pensamientos junto al mar)

Piratas

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Caminó por la arena blanca dejando sus huellas en esa consistencia de talco o harina. La marea lamió sus pies con suavidad. Siguió andando y le maravilló el cálido abrazo marino que envolvía sus tobillos. No se detuvo en ningún momento –como usualmente sucedía mucho más al sur, en su casa, mientras se acostumbraba a la fresca o fría temperatura del agua- hasta que lo cubrió a la altura de los hombros. Se dejó mecer por la suave corriente y alzó los ojos al cielo. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Un pelícano planeaba su pesado vuelo a escasos centímetros de las aguas. Aleteó y trató de acomodar en el abultado buche un pescado. La cola del pez sobresalía de su pico. Veloz y sorpresivamente un ave fragata se lanzó en picada y colisionó con el pelícano. Éste, sorprendido, intentó agitar las alas para ganar altura y escapar de su asaltante. Fue en vano, en la maniobra de acoso lanzó el pescado fuera de su pico. Eso era lo que el fragata buscaba, en ágil picada lo capturó en vuelo y se alejó dejando a su presa posada en el mar sin su alimento.

– ¡Piratas! – pensó- las fragatas son diestros piratas que están al acecho para robar su alimento. Siluetas aguzadas, alas finas como las de un planeador y un temible y filoso pico ganchudo dispuesto a la rapiña… Piratas sin duda…

El pensamiento quedó como flotando en su cerebro. La sonrisa no desaparecía del rostro, pero sus ojos se nublaron.

Recordó un hecho sucedido un par de días atrás: estaba casi en la misma posición, flotando y mirando el cielo surcado por las aves cuando un rumor en el mar llamó su atención. Miró hacia el horizonte y vio la silueta de una gran lancha que se dirigía hacia la isla a gran velocidad. A medida que la nave se acercaba era posible apreciar su lujo. En pocos minutos se perdió de vista tras doblar hacia el lado del embarcadero. Esa noche, mientras cenaba en un restaurante de la aldea, tres hombres acompañados de voluptuosas mujeres “desvestidas” llamativamente y hablando a toda voz ingresaron al restaurante.

– Estos son los que vinieron en la lancha- pensó.

Al poco rato curiosos personajes comenzaron a entrar al restaurante dirigirse a la mesa de los llamativos visitantes y salir. El desfile se prolongó largo rato. Un patrullero de la policía pasó por la calle y los personajes saludaron ostentosamente, para luego pitar sus habanos y reír entre bromas…

El mar lo mecía y sus pensamientos no cesaban. No mucho tiempo atrás, en una playa similar, con aguas también cálidas y acogedoras, una joven mujer fue saludada por personajes –que bien podrán pasar por jóvenes habitantes de la playa, salvo por las armas que sobresalían de su cintura- que recorrían la costa buscando los bultos de “mercadería” que debían aparecer en las orillas. Un helicóptero había interceptado la embarcación rápida y sus tripulantes habían arrojado los bultos al mar. Reían, ya que era ésta una tarea bastante habitual en la que casi jugaban con las autoridades… En la ocasión, la joven mujer -24 años tenía- le contó que le decían la solterona…

– Todo porque no quiero casarme en este pueblito con jóvenes de mi edad, todos son “mulas” o trafican y no quiero ser una viuda con hijos dentro de unos pocos años y terminar trabajando como sirvienta…

Poderosas camionetas, armas a la vista y actitud provocativa de jóvenes pendencieros ocupaban la escena en aquella otra playa.

Miró al cielo desde la quietud del agua. Arriba los fragatas volaban alto.

– Como aquellos que siglos atrás asolaban estos mares. Bucaneros, corsarios, piratas al fin. Con licencia y amparo de imperios… Casi como ahora. Con la misma hipocresía, sobre todo si actuaban fuera de sus dominios…

Las aves continuaban con el cotidiano ritual de supervivencia.

– Allá, al sur, no hay aves fragata- rumió para sus adentros- aunque si hay piratas sin garfio o parche en el ojo, embozados en los pliegues del poder, desparramando allí también la mortífera herencia de su codicia, destruyendo el hoy y condicionando el futuro…

El agua se sintió fría de pronto.

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