Relatos del Cajón… (Trofeos de vida)

El 11 de Septiembre de 2013 iniciaba “Botella al Mar” con este relato sobre la Fotografía de Naturaleza, o la “caza fotográfia”. Muchos años de practicarla -profesionalmente y como filosofía de vida- me han colmado el alma. Hoy lo reitero con la escasa, escéptica y tenue esperanza de que su práctica reemplace la busqueda de trofeos con armas de fuego. Las redes sociales reaccionaron con indignación y condena por el asesinato de “Cecil” el león. Aunque para él sea ya tarde, en buena hora esa actitud se multiplique señalando y custionando la muerte de todo ser vivo…

El Acecho

     El sol comenzaba a entibiar mi espalda. Agazapado en el precario refugio – sentado casi en cuclillas en una saliente del terreno – ajustaba la lente aguardando el momento preciso. Todo era cuestión de tiempo. Era necesario saber esperar. Aguardar. Conocer el terreno y a quien se acecha. Tentar su voluntad para que se acerque. Brindar seguridad y respeto… Establecer esa íntima comunicación que debe darse entre todos los seres vivos. Entonces sí; la fotografía.

     Sonreí. Disfrutaba intensamente el momento. Vivía cada instante mientras aguardaba. La vida discurría plena y sabía – o al menos intentaba – atrapar y saborear cada momento.

     – No hay duda – me dije casi pronunciando las palabras -, la filosofía de un fotógrafo de naturaleza es una forma de vida. Sirve para todo.

     Mientras aguardaba en el improvisado escondite, a orillas del agua, mi mente se perdió en el tiempo.

     Disfrutaba hoy del sol que reconfortaba mi espalda, mientras miraba la rica vida que bullía a mí alrededor. Mecánicamente espié por la lente, ajusté un poco más el foco, paneé con la cámara. Estuve a punto de presionar el obturador, pero me contuve.

     – Aún no – me dije – puede ser mejor todavía.

     Los pensamientos resurgieron, y dejé mansamente que me envolvieran.

Las evocaciones no tenían dique. Aparecían y desaparecían. Estallaban en mi mente trayendo el sabor de la vida. Ese sabor ambiguo del placer por lo disfrutado, y la pena o el dolor por la imposibilidad de perpetuarlo. Segundos; instantes irrepetibles e inasibles. Allí estaba el verdadero sabor de la vida. Y disfrutarlos lleva toda una vida.

     Miré el agua fijamente y las imágenes se mezclaron. La naturaleza desfilaba frente a mis sentidos y los pensamientos saltaban de aquí para allá en el tiempo. Del hoy al pasado. Salpicando la memoria, erizando la sensibilidad. Del placer al dolor…

     La garza mora deslizaba sus cautos pasos de ballet entre los juncos. Se detuvo inmóvil, al acecho. Aguardó. Casi mágicamente todo se detuvo por escasos segundos. Y de pronto, el instinto, el puro instinto, la fuerza de la vida se impuso con su cotidiano drama. La muerte para continuar la vida. El pez, atrapado en el pico del ave, desapareció con estertores en su garganta.

     Pese a la distancia, pese a que fotográficamente no era una toma perfecta, me deleité con la escena.

     No sonreía, pero mi rostro estaba relajado y tranquilo. Había entrado en escena la muerte, y su presencia quedó flotando.

     Con placer volví a recorrer el paisaje con la mirada. Me sentía pleno, con exuberantes imágenes por fuera y por dentro. Hubiera querido gritar – como solía hacer – pero dejé simplemente que toda la felicidad del momento escapara por los ojos. Estaba en armonía, sin que eso significara de ninguna manera, chatura o aburrimiento. Por el contrario, la armonía es producto de un activo juego de fuerzas. Es una constante puja entre lo bueno y lo malo, lo feo y lo hermoso, la miseria y la dicha. Si no hubiera curvas, picos y abismos no existiría la armonía.

     – Basta mirar alrededor – musité dialogando con mis pensamientos -. La naturaleza permanece armónica mientras las fuerzas vitales pujan por mantener la supremacía, nivelándose, sin prevalecerse.

     Saboreando los pensamientos quedé frente al paisaje. Estaba calmo. Sabía lo que quería y lo buscaba. Ignoraba cuando sucedería, pero lo buscaba. Ponía todo mi empeño en ello. Cada nuevo día, cada hora podía traerlo.

     El momento llegaría, como cuando aprieto el obturador de la cámara. Siendo uno con todo, la vida entera se va en ese instante crucial. Mientras tanto paladeaba “el acecho”, con la mágica premonición de lo porvenir.

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Relatos del Cajón… (Fragmentos III)

El Peregrino

“…no tenía claro porque estaba allí en esa remota isla, para que había ido…”

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“… Fredy esperaba sentado en una mesa apartada en un rincón del mismo bar donde se habían encontrado la noche anterior. Bebía del vaso de cerveza mientras pensaba y miraba el recinto. Pocos parroquianos lo ocupaban.

La puerta se abrió y ,con la  entrada de luz que se coló desde el exterior, Fredy vislumbró la silueta de su amigo que agudizaba la vista intentando acostumbrarse a la penumbra interior. Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro del reciénb llegado al reconocerlo sentado en un extremo del salón.

-Siempre las espaldas protegidas y con un amplio ángulo de visión, las costumbres no se modifican- pensó mientras se dirigía hacia donde Fredy estaba.

Con un gesto de su mano le indicó al tabernero que trajera una pinta igual a la que su amigo bebía.

-Sentate y contame- le dijo Fredy sin preámbulos ni bien se acercó a la mesa.

-No hay mucho que contar- respondió encogiéndose de hombros y frunciendo el ceño- quiero fotografiar al “peregrino” y vos sos la persona indicada para llevarme a su hábitat.

– Si – respondió Fredy con un dejo de sarcasmo, y agregó:

-¿Por qué el “Peregrino” y no “El Craken”? – preguntó con picardía- ¿Qué te anda pasando? – interrogó.

Las preguntas lo tomaron por sorpresa. Primero porque Fredy no era de preguntar. Si nada le decían aguardaba a que lo hicieran; y segundo no tenía claro porque estaba allí en esa remota isla, para que había ido…

-Si quisiera buscar y fotografiar al “Craken” hubiera elegido el Caribe – dijo tras unos segundos apelando al humor- las aguas son mucho más calientes…

Por toda respuesta recibió la torva mirada de su interlocutor mientras meneaba la cabeza en signo de negación y se mordía el labio inferior.

-¡Qué se yo! – atinó a agregar viendo la reacción de su amigo- acción, supongo que acción es lo que necesito…

Fredy bebió de su vaso de cerveza y continuó mirándolo. Sus ojos no tenían la dura expresión de segundos antes. Se habían suavizado y echando la cabeza hacia atrás exhaló un profundo suspiro. Entonces dijo:

-Hace cosa de un mes recibí un correo de tu viejo –dijo en voz pausada- él me contó…

Sabía que Fredy y su padre conservaban una vieja amistad mantenida a través del tiempo y las distancias. No le sorprendió que supiera, aunque albergaba la esperanza de que no fuera así. No quería hablar sobre eso…

Se encogió de hombros, aspiró profundamente, lo miró directo a los ojos, meneó la cabeza y con voz apenas audible se escabulló:

-Tengo hambre ¿pedimos un pie de carne y riñón? También un whisky por favor para acompañar la cerveza…

Fredy asintió en silencio cerrando los párpados con un leve movimiento de su cabeza. La cena transcurrió plácida. Hablaron del “Peregrino” y del “Craken”, contaron viejas historias comieron y bebieron varias rondas de cerveza negra y espumosa. Tras brindar con el tradicional “night cup” –el último trago de whisky de la noche-, se despidieron. Mañana se encontrarían en el muelle…”

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Relatos del Cajón… (Fragmentos)

Aromas y Olores…

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“… Saboreaba la sopa con deleite. Revolvió con la cuchara el espeso y cremoso líquido; aroma a langostinos emanaba del tazón. –

Lobster, sopa de langosta dijo el camarero…

El aromático vaho le despertó la memoria de otros olores:

Se vio entre hielos, flotando cerca de un roquerío donde el mar acariciaba suavemente los moluscos adheridos. Mejillones, dientes de perro, algunas algas y otros corpúsculos marinos conformaban una variada “sopa” que rezumaba un particular aroma. Recordaba como olisqueaba el aire tratando de definir ese agradable olor marino; mezcla de agua salada, hielo, rocas, crustáceos, algas… Que dejaba un puro y limpio aroma a veces dulzón, a veces netamente salobre… Pero distinto en zonas templadas o frías.

Sonrió al evocar.

Inmediatamente –y con seguridad influenciado por la sopa que degustaba- vino a su mente la particular experiencia de oler el aliento de la ballena al ser envuelto en la vaporizada nube de su respiración. Fuerte olor a crustáceos -no tan agradable como esa sopa- vigoroso y denso. Privilegiada ocasión solo posible de experimentar en escasos rincones del planeta, como los golfos de la Península Valdés en la Patagonia.

Sorbía la sopa y su mente divagaba reconstruyendo otros olores y aromas. El ambiente donde ahora estaba no era marino estaba saturado de tierra, estiércol y vegetación seca de la llanura africana.

Caminando por la orilla de una aguada cercana las grandes “bolas” de bosta de los elefantes olían a hojas, su principal alimento, y a establo. Similar olor emanaban las marrones deposiciones del rinoceronte blanco, o el revoltijo de heces de los hipopótamos que desparramaban su estiércol girando su cola como una hélice… Los olores se entremezclaban, rancios, acres, picantes a veces.

El dulce aroma del amarula –ese árbol preciado por sus frutos- golosina de los elefantes y humanos, impregnaba el aire cercano a su frondosa presencia.

La sopa se terminaba, pero no las evocaciones.

La Patagonia se impuso nuevamente. Así como el león o el leopardo dejaban su característica marca de orín para demarcar territorio, el puma lo hacía en sus territorios americanos, o el almizclado olor a intenso sudor que se percibe ante la cercanía o el rastro de un zorro… El más agradable y placentero perfume a tomillo, se impone especiado y reconfortante al olfato al pasar cerca o frotar con los dedos la achaparrada mata…

Dejó la mesa, la sopa – o el plato vacío- el recinto. Sus sentidos acicateados por la curiosidad se ampliaban sumando calidad a la creciente intimidad con la naturaleza…”

Los olores y aromas enriquecen la experiencia junto a la naturaleza...

Los olores y aromas enriquecen la experiencia junto a la naturaleza…

Relatos del Cajón… (Fragmentos)

Sonidos

“… No emitieron una palabra para no romper la magia del momento…”

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“… La brisa sacudía suavemente la lona de la carpa. El rumor del mar llegaba fuerte y nítido a sus oídos. Con simétrica cadencia las olas rompían sobre la playa de guijarros provocando un estruendo primero y un suave y persistente murmullo al retirarse. Enfundado en la bolsa de dormir oía con deleite las voces del mar. El graznido de una gaviota, o la voz quejumbrosa de un huala se dejaba escuchar esporádicamente entremezclado con el omnipresente rumor del mar. Mágicamente la expiración de una ballena se impuso nítida llenando el ambiente. Era como el soplido a través de un tubo o una caña, y se prolongaba en el diáfano aire marino.

Sonrió con placer mientras deslizaba hacia su espalda los brazos en cruz sosteniendo su nuca. Lo colmaban esos vitales sonidos.

En la penumbra de la carpa miró a su compañera quien también escuchaba con un gesto de alegría y serena plenitud en su rostro.

No emitieron una palabra para no romper la magia del momento.

Largo rato quedaron escuchando la sinfonía natural. La ballena nadaba alejándose hacia otros rumbos dejando escuchar cada vez más levemente las sonoras respiraciones. El rebuzno entrecortado de un pingüino de Magallanes resonó varias veces, y por momentos se dejaba oír como un rumor -por influencia de la brisa- los ladridos de una lejana colonia de lobos marinos.

El cansancio iba ganando terreno. Con placidez se entregaban ambos al descanso. Al dormir los sueños irrumpieron mezclándose con la realidad. En ellos, la carpa dejaba penetrar otros vitales sonidos. El ronquido de un hipopótamo en la aguada cercana, la quejosa y risueña vocalización de una hiena, el bullicioso cotorreo de una pareja de monos que chillaban asustados al oír el poderoso grave y sostenido rugido de un león a la distancia…

La tenue luz del amanecer los despertó y –aunque un poco entumecidos por la escasa comodidad de la colchoneta- agradecidas miradas irradiaban sus rostros…Las voces de la naturaleza se sumaban al deleite que incentivaban todos los sentidos…”

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Relatos del Cajón… (Fragmentos)

OjOs

“…Fugaces segundos donde la comunión se estableció pura, sea entre pares u otras especies…”

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“… El frío aire de la mañana le castigaba el rostro y el viento aguijoneaba la poca piel expuesta. Los ojos le lagrimeaban, pero se sentía exultante. Todo su rostro -cubierta nariz y boca bajo la bandana- sonreía.

-Si los ojos ríen a pesar de las lágrimas- pensó- puede significar que el alma está en paz…

Manejaba muy despacio en esa huella. El parabrisas del jeep estaba volcado sobre el capot del vehículo para ver mejor, a pesar que ello significara no tener reparo contra la brisa matinal. Eso provocaba que sus ojos lagrimearan. Al tomar conciencia de ello, su mente evocó otros ojos. Muchos, distintos.

Íntimos, preciados, escasos momentos en que los ojos de uno y los otros se encontraron.

Fugaces segundos donde la comunión se estableció pura, sea entre pares u otras especies.

Mirar y ver, de pronto el milagro; escaso fragmento de tiempo durante el cual los ojos se dicen nos conocemos, podemos querernos, respetarnos, nos necesitamos… Podemos convivir.

Sacudió la cabeza como para despejar los pensamientos que se le antojaban demasiado profundos para esa hora de la mañana.

Frenó a un costado de la estrecha huella. Se restregó los ojos y sintió, vio nuevamente la presencia de esos otros ojos… Todos.

Sabía –por haberlo experimentado- que la armonía entre seres diversos se hacía tangible realidad si se daba el tiempo para mirarse a los ojos y verse…”

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