Relatos del Cajón… (Capítulo 10 – Fin Primera Parte)

Capítulo 10

Machu Picchu Panorámica 2 BN B

“… Los ojos se le llenaban de humedad al Viejo y le ardían al leer, conociendo la historia que sobrevendría. Respiró profundo, hizo una pausa y continuó la lectura…”

Lánguida

C&C en Huayna Picchu B C

“…La mítica ciudela incaica –como a todos – los deslumbró. Caminaron sus senderos y acariciaron sus piedras con fruición. Treparon la estrecha y empinada senda hasta la cima del Huayna Picchu y simplemente admiraron y callaron. Atrás había quedado Cuzco, Saqsayhuaman, Pisac, Ollantaytambo… La grandiosidad del Imperio Incaico había ganado sus jóvenes espíritus. Aquel viaje iniciático, que los había unido fortuitamente en una encrucijada del camino, los maravillaba a cada paso. Y ese día en las colosales ruinas de los Andes, sentían que el haberlo transitado juntos los había enriquecido. Se sabían capaces de conquistar el mundo, de lograr todos sus sueños. Las imágenes obtenidas se atesoraban en los rollos fotográficos que se acumulaban en sus mochilas, y más indelebles en sus almas. Mucho quedaba aún por andar, el tiempo diría en que puntos cardinales; una sola certeza los acompañaba: iban a estar juntos…”

Dejó de escribir, y salió de su camarote. Sonreía al evocar aquellas lejanas vivencias. Pero sabía que el viaje antártico estaba llegando a su fin. La mañana siguiente lo encontraría en el puerto. Y la incertidumbre era hacia donde dirigiría sus próximos pasos…

Subió a la zona del mirador donde estaba situado el bar.

En la cubierta superior los enormes ventanales reflejaban las imágenes del interior envueltos en una suave penumbra. Las luces justas permitían observar el ocasional paso de algún ave en el exterior, fundida y esfumada en los vidrios con las figuras del salón.

Sentado en el taburete en la barra degustaba un whisky mientras una grabación se dejaba oír, suave, inundando el recinto.

Lánguida, cadenciosa, con voz grave, aterciopelada y sensual -que trasuntaba melancolía- la intérprete desgranaba la letra de la canción. Calló su voz dando paso a la melodía, el solo de piano irrumpió límpido y cristalino, con marcadas y puras notas; muy lentamente se sumaron los acordes de violines en suave “increccendo”. La envolvente sonoridad del saxo enfatizó la tristeza latente, mientras los ritmos graves y sonoros del bajo- esos bajos enormes y gordos al parecer- delineaban los compases.

Su alma se contrajo.

El ánimo –un tanto mustio- se ajustaba al clima propuesto por la música.

Como por encanto el sonido del piano “en vivo” resonó en la sala y se acopló a la grabación que llenaba el recinto. Se sorprendió -no sin agrado- y giró la butaca hacia donde el instrumento estaba ubicado.

Sentado en el taburete el músico –que había llegado silenciosamente- le sonrió cómplice y alzó su vaso en señal de saludo. El le respondió con el mismo gesto y un leve movimiento de su cabeza aprobando su presencia sin decir palabra.

La música prosiguió acompañada ahora por los acordes del piano que resonaban puros. Nuevamente la voz de la cantante se impuso por sobre la melodía.

El y “el piano man” se dejaron envolver por la música y el recuerdo; sea este cual fuera…

Afuera el mar sacudía las bandas del barco con vigorosa marejada.

Mañana el puerto, pero será mañana…- se dijo mientras sorbía un trago.

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(Nota del Autor: Lo que comenzó como un ejercicio de hilvanar relatos mezclando vivencias e imaginación, cobró vida. Estos primeros 10 capítulos publicados en Botella al Mar continúan surgiendo y – a decir verdad no se aún donde me llevan- pero nómade al fin dejo que me lleven… Con el tiempo seguirán plasmándose en estas páginas.)

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Relatos del Cajón… (Capítulo 9)

Capítulo 9

Retazos de memorias…

“… A medida que leía, El Viejo hurgaba en los recuerdos que su memoria hacía aflorar. Recuerdos que antaño le habían sido contados en agradables charlas que llenaban la “alforja” de vivencias de su protagonista…”

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La imagen brumosa, con aroma sulfuroso que lo envolvía como un “poncho” húmedo, distaba mucho del habitual, transparente y diáfano paisaje antártico. Dentro del cráter de la Isla Decepción, los hielos estaban cubiertos con negra ceniza. Derruidas ruinas de la antigua factoría ballenera, le daban un aspecto lúgubre.

Enormes tanques de metal, restos de calderas, vetustas maquinarias y desvencijados barriles de madera, yacían sobre la negra playa junto con botes “balleneros” derruidos.

Erupciones de ese volcán activo devastaron la factoría. Las edificaciones, la maquinaria, el hangar, el avión sin alas, y algunas cruces perduran aún como testimonio de aquellos fenómenos. Bajo las cenizas y el hielo, perdura aún el calor de la tierra pugnando por aflorar.

Aguas calientes surgen de la playa y entibian la laguna interior del cráter, mientras los vapores se elevan y condensan en el frío aire creando una atmósfera casi espectral.

Entre brumas del pasado y el presaente.

Entre brumas del pasado y el presente.

Camperas rojas deambulaban por la playa y sus ruinas fundiéndose entre los brumosos vahos. Ávidos algunos fotografiaban, otros simplemente aprovechaban para ejercer vigorosas caminatas, y unos pocos experimentaban el desafío de bañarse en aguas antárticas –entibiadas por las calientes aguas volcánicas- sumando así experiencias al anecdotario del viaje…

Contrastes...

Contrastes…

Hundidas las botas de goma en la oscura arenisca de la playa, el dejaba que los pies se calentaran por influjo de las aguas termales, luego de caminar hasta la “Ventana de Neptuno”. “Mordida geológica” esta, que los cataclismos habían provocada en la paredes del acantilado que cerraba el cráter de la laguna interior. Desde allí el mar antártico se divisaba en su inmensidad y bravura. En ocasiones el sol lo pintaba de azul creando un marcado contraste entre el monocromo interior de la isla y su entorno exterior.

Algunos pingüinos papúa y otros de barbijo deambulaban por la playa haciendo caso omiso de los humanos que visitaban la isla. Afuera del cráter, una enorme colonia de pingüinos de barbijo se concentraba brindando vida a ese aparente yermo paraje.

El regreso al barco se produjo sin novedades.

El “Fuelle de Neptuno” – estrecho pasaje que comunica el cráter y su laguna interior con el mar abierto-, franqueó el paso de la nave entre agrietadas y negras paredes de granito habitadas por aves marinas.

Sentado en la popa del barco, a la intemperie, se puso a escribir algunas notas en su libreta de campo… El tema de su redacción cambió cuando miró tras la estela del barco y vio las nubes en jirones que cubrían la isla, recordándole otros tiempos, otras nubes…

“… Desde la cima del Huayna Picchu la ciudadela se divisaba entre jirones de nubes en flecos, esparcidas por la brisa…”

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Relatos del cajón… (Capítulo 7)

Privilegios

“… Había estado el Viejo en aquellos parajes y, mientras movía la cabeza en gesto de negación, lanzó un suspiro resignado…”

Whalewatching boat 2

El cielo de un celeste limpio y claro sin atisbo de nubes se reflejaba con idéntica pureza en un inusualmente calmo mar.

La Bahía Paraíso hacía honor a su nombre, en contraste a otras jornadas cuando nubes bajas, cielo gris oscuro y mar gris embravecido lo contrariaban. Los glaciares que rodeaban la bahía – seguro refugio para balleneros y exploradores de antaño- enmarcaban el paisaje, y témpanos derivaban suavemente en la corriente en cuyas plataformas de hielo se asoleaban focas cangrejeras.

La travesía en los botes neumáticos había sido placentera tras la visita a la base antártica y el ascenso al Cerro Proa para la majestuosa panorámica.

Como si la experiencia no fuera por demás gratificante, dos ballenas jorobadas flotaban mansamente en las quietas aguas. Su respiración se vaporizaba en el frío aire marino y el sonido se propagaba vigoroso prolongándose sin que la brisa lo barriera.

El motor fuera de borda apagado permitía disfrutar de todos los sonidos. El suave chapoteo de las ballenas, sin prisa, apenas modificaba en gentiles ondas la superficie marina.

Extasiados –todos, tripulación y pasajeros- contemplában la escena…

–         ¿¡Cuando regresamos al barco!? – preguntó con voz alterada una pasajera…

–         Ya es casi la hora en que tengo un turno con la peluquera del barco – agregó con fastidio.

La miró, miró al piloto de la embarcación –quien se encogió de hombros con una solapada sonrisa- , dirigió su vista a los demás pasajeros, los que a su vez parecían no haber oído nada…

No hubo respuesta.

Como por encanto, tras apenas un par de minutos, las ballenas arquearon sus lomos y lentamente comenzaron a sumergirse. Las dos colas expuestas al unísono marcaron la despedida…

Hizo señas al piloto con una inclinación de cabeza y el motor fuera de borda rugió, enfilando su ruta hacia el barco.

Se fueron en silencio... Otros las disfrutarían.

Se fueron en silencio… Otros las disfrutarían.

Silencio hasta llegar a la nave.

Ya en el camarote miraba el último bote regresar y a las ballenas ejecutar una suave danza donde la enormes aletas emergían y golpeaban el agua una y otra vez. Agradeció en silencio el gesto de esos gentiles cetáceos al haberse sumergido oportunamente evitando así posibles discusiones.

No todos merecen el privilegio de visitar la Antártida. Si ella estuviera, seguramente habría reaccionado con vehemencia ante semejante actitud pensó y se sentó a escribir.

Sin embargo no lo hizo sobre lo acontecido, sino sobre viejos recuerdos que se remontaban a otros viajes…

“… No era un mar, aunque si inmenso. El Lago Titicaca los desafiaba con su enormidad y su altura…”

 

Relatos del Cajón… (Capítulo 3)

“Con suaves movimientos de cabeza mientras leía con atención, indicaba su aprobación. El viejo se acomodó en su sillón frente al ventanal mientras añejos recuerdos venían a su mente…”

Viento

El mar se impone

El mar se impone

Casi las cien personas que se permitían estar en tierra por vez habían desembarcado, cuando se oyeron las insistentes sirenas del barco indicando el regreso a la nave. Simultáneamente la voz del segundo oficial urgía – cascada y metálica desde los “handies”- a un pronto abordaje a los botes neumáticos.

Tranquilo indicó a su grupo que se acercara a la playa para subir a los botes y regresar al barco.

Serenas órdenes y concisas explicaciones disuadían a los más remisos a suspender la fotografía inmediatamente y dejar la playa. No había peligro inminente, pero el viento comenzaba a hacerse sentir, y blancas crestas coronaban las olas. Un trayecto de menos de 10 minutos de navegación hasta la nave, se convertía – a medida que el viento arreciaba- en 15, 20 y hasta 30 minutos. La operación para despejar la playa y evacuar  todos los pasajeros se realizó sin inconvenientes. Mojados, y con el sabor de una moderada aventura que podrían revivir entre trago y trago, los pasajeros subieron al barco sin inconvenientes.

La última embarcación en dejar la costa lo llevaba a bordo junto al Jefe de Expedición y los demás naturalistas. El corcoveo sobre las olas se intensificaba a medida que la velocidad del viento aumentaba. Su espalda lo sentía ya que aún no se recuperaba del último temporal cuando los “rebotes” a bordo de la ligera embarcación lo habían dejado maltrecho. Sin embargo disfrutaba esos momentos. Las aves pasaban rozando las cabezas, mirándolos con atención, se posaban en las agitadas aguas y observaban el trabajoso paso del bote. Las olas los mojaban y el viento no cedía, pero el derrotero era seguro. El barco se movía con lentitud, esperando el arribo de la tripulación. Sin novedades subieron por la escalera y mojados pero felices se reunieron para conocer con más detalle el estado de situación.

Para entonces la velocidad del viento se había incrementado notablemente y velos de spray se desprendían de las olas indicando que ya alcanzaban o superaban las ráfagas de 100 kilómetros por hora.

La voz del capitán anunció por los altoparlantes que el barco debía mantenerse dentro de las aguas relativamente calmas dentro de la bahía hasta tanto el viento amainara y pudieran seguir  con su derrotero. Ya era hora de la cena, por lo tanto la jornada estaba completa. Solo restaba a los pasajeros descansar, y disfrutar de la situación.

En pocas horas las fuertes ráfagas de viento amainaron y de rachas de 120 kilómetros por hora bajaron a unos someros 80. Fuera del abrigo de la bahía el mar abierto los recibió con una marcada onda marina y olas que alcanzaban los 12 metros de altura y llegaban a salpicar las ventanas del puente. Por fortuna el cabeceo era acompasado, sin rolido, y permitía acostumbrar el cuerpo a esa cadencia.

Sentado en el bar charlaba con el Jefe de Expedición mientras saboreaban una cerveza. Lo acontecido no era tema de conversación, ambos tenían sobrada experiencia en ésas lides. Entre recuerdos de tiempos cuando ambos jugaban al rugby; viejas historias narradas con maestría por el “jefe” de cuando transitaba en su juventud por la Antártida con los trineos tirados por perros; como llevan los suministros a los “depo” o depósitos de avanzada para las exploraciones; los múltiples usos que le daban a cada uno de los componentes de esos cajones, el gusto de algunas comidas, la enorme lata de duraznos en almíbar que una vez vacía servía para hacer las “necesidades”… Las horas pasaron y tras un par de bebidas el jefe se despidió.

El se quedó unos instantes más mirando por los ventanales, de a ratos eran “lavados” por la espuma de las olas que para entonces había mermado considerablemente. Bajó a su camarote.

La acción lo mantenía “ocupado”, pero cuando se detenía, los pensamientos lo abrumaban. “Esa” imagen de mujer se corporizó como siempre y antiguos recuerdos acudieron en tropel a su mente.

Olas y viento, partitura antártica

Olas y viento, partitura antártica

Relatos del Cajón… (Capítulo 2)

El viejo no estaba en el río hoy. Leía al borde del mar y, de a ratos,  observaba las olas con una sonrisa en sus labios… Clara señal que le agradaba lo que leía…

Desembarco

Intimidad con pingüinos de Adelia...

Intimidad con pingüinos de Adelia…

Pocas cosas –además del primer café mañanero- eran más esperadas que el momento del desembarco. Dejó el camarote pertrechado con el equipo necesario y el obligado salvavidas lo llevaba en la mano.

El jefe de expedición esperaba a todo el grupo ya en el pequeño recinto donde se lavaban las botas y se ultimaban los detalles del desembarco diario.

Era un momento especial. La salida en el bote de exploración regalaba esos instantes de íntima y solitaria comunión con la geografía antártica. Pocos minutos antes la reconcentrada y silenciosa espera en el cuarto húmedo, frente a la escotilla de salida, eran casi un rito.

El Jefe de Expedición – un veterano de las regiones polares- sin mediar palabra imponía con su actitud esa particular ceremonia aceptada tácitamente por todo el grupo. No se trataba de un desembarco para una bélica misión, aunque se asemejaba en algunas cuestiones logísticas. Nada era dejado a la improvisación, el exigente, rudo y cambiante clima antártico no admitía errores, y cientos de vidas dependían de esa seguridad. Ese silencio, ese dejar que los pensamientos se aquieten dentro de uno, esa calma espera, en silencio, con uno mismo y con el grupo eran reconfortantes. La vista perdida en algún herraje de las paredes, la concienzuda tarea de revisar una y otra vez que el pantalón de aguas esté herméticamente cerrado en su bocamanga, chequear por enésima vez el canal indicado en el “handy”… Todos y cada uno de los mecánicos gestos que se sucedían cada día eran ejecutados ceremoniosamente y con atención…

Al fin el momento de bajar a los botes neumáticos llegaba y con él la espera y el quiebre de esa especie de solemne costumbre previa a la acción.

 El aire frío, el ondulante mar, la vista de la colonia de fauna a visitar, los olores, los colores o los sonidos de la vida le llenaban el espíritu. Esos instantes eran –nuevamente- solo para él. Pisar tierra –en desembarcos inevitablemente húmedos-, mirar alrededor, respirar a todo pulmón sin importar que el penetrante olor a guano de una pingüinera los inunde, y escuchar el cacofónico sonido de los pingüinos o las roncas voces de lobos o elefantes marinos, lo llenaba de felicidad.

Pocos minutos que le pertenecían solo a él. Cada uno de los miembros del equipo de naturalistas, disfrutaba esos instantes con la certeza de ser privilegiados. De poder atesorar esos instantes de intimidad con el mundo natural.

Luego lo compartirían con los visitantes. Algunos se extasiarían, otros sacarían algunas rápidas fotos y preguntarían, y hasta habría quienes que con el ceño fruncido, la nariz tapada el aliento retenido casi hasta la asfixia, pedirían un pronto regreso al barco.

En cuanto a él, ya nadie podría quitarle la temprana vivencia que se repetiría invariablemente en cada desembarco.

Como cada vez, pensó en ella. Y con la habitual sonrisa se dispuso a mostrarle a los visitantes lo que veían y tratar de hacerles sentir lo que él sentía.

Íntima comunión con los habitantes antárticos

Íntima comunión con los habitantes antárticos

Relatos del Cajón… (Capítulo I)

Recostado en la barranca del río el viejo leía las páginas de ese Capítulo I que el joven escribía cuando no había sol…

– ¿Será capaz de escribir la novela? – se preguntó…

 El café de la mañana

Vagabundo del mar

Vagabundo del mar

Se levantó de la cama poco convencido de hacerlo. Una breve ducha le devolvió en parte las energías. El suave movimiento en la cabina anunciaba que el mar no estaba muy agitado. El barco acomodaba sin inconveniente su estructura en la onda marina.

Salió del camarote y se dirigió al comedor. A esa hora no debía haber muchos pasajeros rondando por la nave. El primer café de la mañana tenía la misión de recomponer su ánimo y despertarlo. Si podía lograr sorberlo en soledad.

Nubes de un tenue gris filtraban la luz del sol, esparciendo una luminosidad pareja y monocroma.

Varios pasajeros tomaban su café matinal y el copioso desayuno.

Voces metálicas y estridentes se imponían por sobre el apenas audible zumbido del motor del buque. Ajenos al paisaje de esas montañas marinas que se deslizaban –cambiantes y omnipresentes- en el exterior y las aves que jugaban entre los pliegues de las olas, el parloteo incesante quitaba solemnidad a esas tempranas horas.

Llenó su taza de café y se dirigió hacia la puerta que lleva al exterior. Una oleada de frió lo envolvió al trasponer el cálido interior del comedor. Esa bocanada gélida lo revivió al instante. Los sopores del sueño de desvanecieron y le arrancaron la primera sonrisa del día… Se sentó en una silla en la popa del barco, mirando la estela que éste dejaba en el mar, y las decenas de aves que lo seguían. Atentas oteaban la superficie marina y se lanzaban en acrobáticos descensos para capturar el alimento, compuesto por microorganismos que las hélices removían y empujaban a la superficie.

Sonrió. El jarro del café lo mantenía envuelto con ambas manos y despacio, casi como en un rito, sorbía lentamente el amargo y caliente líquido. Su sabor fuerte y espeso lo reconfortó. De a ratos el viento se arremolinaba e impregnaba el aire con el húmedo y reconfortante sabor salado del mar.

Sus pensamientos se fugaban siguiendo el mágico vuelo de las aves marinas. Petreles gigantes, albatros de ceja negra y algunos pocos nómades del mar –los albatros errantes-, planeaban siguiendo la estela de corriente generada por la nave y evolucionaban muy cerca de ella en derroteros casi circulares.

Albatros de Ceja Negra

Volaba con ellos, y su imaginación se desbocaba. Embozada entre el cielo y el mar la imagen de esa mujer casi se corporizó. El rostro anguloso, los ojos pardos, la frente amplia y el cabello oscuro y desordenado por la brisa, se hizo tangible… Sonrió. Sus tareas los separaban en las antípodas del planeta, pero los vientos y sus emisarios –el mar, las aves, las nubes- los mantenían unidos.

Se entregó a las cavilaciones y placenteros recuerdos mientras observaba el mar y las aves. Sorbía lentamente su café, feliz, con “la nariz al viento” y el ánimo exuberante.

–         ¡Mirá ese pájaro! ¡¿Qué es!? – chilló con aguda y penetrante voz la mujer.

Sobresaltado la miró con fastidio, sus pensamientos se esfumaron y casi vuelca lo que quedaba de café. Iba a ignorarla, pero su mirada se encontró con el ojo oscuro,  impávido pero expresivo, del albatros. Escasos segundos, mágicos, de comunión parecieron insinuarle calma, armonía.

–         Un albatros, un magnífico albatros errante que se acercó a saludarnos –musitó manteniendo la vista en el ave-.

–         Deambula por los mares australes… -continuó mientras se daba vuelta para mirar a quien había interrumpido su café matinal y contarle algunos secretos de esas maravillosas aves.

Alcanzó a ver la espalda de la mujer que se introducía nuevamente en el interior del cálido comedor. Cortó su explicación y se rió a voz en cuello.

El albatros – que había permanecido mágicamente “colgado” a escasos metros de la nave- con un levísimo movimiento de su cuerpo viró y continuó su derrotero. Él apuró el resto de café –ya tibio- y con el rostro relajado en una amplia sonrisa se supo listo para otra jornada.

Petreles Collage cats

De Libros (Los Extremos…)

Tras muchos viajes a sitios remotos del planeta, fuí encontrándo imágenes que tenían similitudes aunque estaban en puntos opuestos del globo. Esas imágenes se fueron sumando y me animaron a mostrarlas. El ejercicio fotográfico es sumamente placentero y agrega condimentos a cada viaje; por fortuna no se acaba y este  primer ensayo es justamente eso… Una primera intención. Ojalá disfruten este periplo imaginario. Al hacer click en el link podrán ver el libro en su totalidad…

Viajar implica lo nuevo, distinto, desconocido, fuera de lo cotidiano.

Sin embargo –al viajar- uno no deja de sorprenderse con las similitudes que encuentra en los paisajes, las gentes, las costumbres, a lo largo del camino.

Las siguientes fotografías intentan reflejar algunas, solo algunas, de éstas imágenes que permiten que los extremos se toquen…

Carlos Passera

Los Extremos se tocan... - Arte y fotografía libro de fotografías
www.blurb.es/b/4678902-los-extremossetocan

Travel implies the new, different, and unknown, beyond the daily experience.

Nevertheless –when traveling- the similarities along the way, landscapes, people, culture, surprise you.

This photographs intent to reflex some –only some- of these images that aloud the extremes touch…

Carlos Passera