Relatos del Cajón…(Fragmentos)

Vuelo libre

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“… Miraba como el atardecer daba lentamente paso a  la noche. El rubor liliáceo iba cediendo terreno a un  cada vez más intenso índigo. El azul invadía el cielo.

Recortada contra él, la silueta de un ave marina llamó su atención.

Alas extendidas y quietas, volaba sin esfuerzo, planeaba con maestría en el quieto aire aprovechando las corrientes ascendentes que se elevaban al chocar contra el acantilado. Parecía disfrutar de ese vuelo libre y sin gastar energías.

La siguió con la mirada, con deleite y cierta envidia…

-Así me gusta transcurrir la existencia –pensó-. Sin esfuerzo, en armonía, con satisfacción…

El ave se perdió en la lejanía. Pero su pensamiento no se detuvo.

-Ideal, estado ideal… ¿Será posible eso?- se preguntó.

Meneó la cabeza y con un gesto esperanzado se dijo que sí;

-A veces sí, contados, en ocasiones efímeros instantes, pero si… Algo así como “pequeños estallidos de felicidad”- rememoró una frase escrita muchos años atrás.

-Claro que siempre sobrevienen fuertes vientos- se dijo- tormentas que ponen a prueba la fortaleza…

Como las aves muy a menudo hay que afrontar el vendaval. Instintivamente ellas lo hacen. Salgan o no airosas.

Guarecerse no siempre es una posibilidad y evadirlos tampoco. Pero luego, el placer de disfrutar esos posibles instantes de armonía y paz gratifican.

La noche ya oscura le devolvía su propia imagen reflejada en el vidrio. Vio su rostro y percibió serenidad. No había sonrisa dibujada en sus labios, pero si un fulgor brilloso en los ojos. Se sintió preparado para capear las tormentas y disfrutar con intensidad la paz de los remansos que seguramente sobrevendrían…”

De Viajes… (África)

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“….Todo lo que deseaba ahora era volver a África. Todavía no la habíamos abandonado, pero cuando despertara durante la noche estaría acostado, escuchando, nostálgico ya por ella…” Ernest Hemingway “Las Verdes Colinas de África”

El “rumor” de los elefantes

“…Los sonidos de los elefantes por su parte son omnidireccionales y pueden ser oídos también por otros individuos aunque no sean de la misma especie…”

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“… Elephants don’t fart… – dijo con una sonrisa divertida.

– But I hear them – replicó risueño.

-They don´t fart – enfatizó moviendo la cabeza en señal de negación y con serio semblante.

-They rumble – agregó seguidamente en tono más conciliador y dejando muy en claro que los elefantes no pedorrean.

El Aceptó de buen humor la aclaración del guía nativo, haciendo notar su disculpa; los elefantes no se tiran pedos.

Un susurro a su lado le arrancó una sonrisa:

-Si hubieras leído con más atención el informe sabrías que esos sonidos son de comunicación-  dijo ella con picardía.

-Sabía, sabía, sabía pero a veces parecen pedos… No me digas que no- le contestó mientras alzaba su cámara de fotos.

Ambos rieron.

La comunicación es vital entre los individuos de la manada y de otros grupos...

La comunicación es vital entre los individuos de la manada y de otros grupos…

La aparición silenciosa, delicada, calma y casi desapercibida -pese a su tamaño- hasta que aparecieron tras el follaje, les despertaba admiración.

-Me transmiten paz, armonía – dijo en voz muy queda.

-Igual que las ballenas – agregó ella – son tan plásticos y armoniosos como los gigantes del mar.

La observación de ambos seres –cada uno en su elemento- apaciguaba sus espíritus.

Los dos tenían sofisticados medios de comunicarse. Las ballenas –dependiendo de su especie- vocalizan gruñidos, ronquidos, sonidos que se esparcen en el líquido elemento como retumbes, y hasta elaboradas canciones que viajen miles de kilómetros en ambiente marino y que cambian su partitura dependiendo de los grupos y las épocas.

Los sonidos de los elefantes por su parte son omnidireccionales y pueden ser oídos también por otros individuos aunque no sean de la misma especie. Son especialistas en hacerse oír a grandes distancias. Sus voces pueden utilizar bajas y altas frecuencias, produciendo suaves o extremadamente poderosos sonidos. El “rumble” o rumor es una comunicación de muy baja frecuencia que suele ser confundida por ruidos digestivos. Sin embargo es una eficaz manera de “hablar” con sus pares a grandes distancias.

Las fotografías se sumaban sin parar. Los dos buscaban los mejores ángulos para la toma, y los diferentes comportamientos. Nada perturbaba la calma del lugar. Escasos metros los separaban de la manada compuesta por hembras longevas que guiaban al grupo, madres jóvenes con crías de pocas semanas, y algunos revoltosos adolescentes que se ejercitaban con bruscos juegos y ponían a prueba la paciencia de la matriarca. Poco faltaba para que fueran expulsados del grupo y se convirtieran en machos errantes hasta que pudieran conseguir una hembra.

El atardecer los encontró todavía disfrutando de esos gentiles seres que se habían acercado al campamento a media tarde. La penumbra los envolvía y se desvanecieron en la espesura así como habían aparecido.

La armonía reinó en el lugar y en sus espíritus…”

Sabios, longevos, provocan armonía y paz en el espíritu...

Sabios, longevos, provocan armonía y paz en el espíritu…

Relatos del Cajón… (Fragmentos)

OjOs

“…Fugaces segundos donde la comunión se estableció pura, sea entre pares u otras especies…”

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“… El frío aire de la mañana le castigaba el rostro y el viento aguijoneaba la poca piel expuesta. Los ojos le lagrimeaban, pero se sentía exultante. Todo su rostro -cubierta nariz y boca bajo la bandana- sonreía.

-Si los ojos ríen a pesar de las lágrimas- pensó- puede significar que el alma está en paz…

Manejaba muy despacio en esa huella. El parabrisas del jeep estaba volcado sobre el capot del vehículo para ver mejor, a pesar que ello significara no tener reparo contra la brisa matinal. Eso provocaba que sus ojos lagrimearan. Al tomar conciencia de ello, su mente evocó otros ojos. Muchos, distintos.

Íntimos, preciados, escasos momentos en que los ojos de uno y los otros se encontraron.

Fugaces segundos donde la comunión se estableció pura, sea entre pares u otras especies.

Mirar y ver, de pronto el milagro; escaso fragmento de tiempo durante el cual los ojos se dicen nos conocemos, podemos querernos, respetarnos, nos necesitamos… Podemos convivir.

Sacudió la cabeza como para despejar los pensamientos que se le antojaban demasiado profundos para esa hora de la mañana.

Frenó a un costado de la estrecha huella. Se restregó los ojos y sintió, vio nuevamente la presencia de esos otros ojos… Todos.

Sabía –por haberlo experimentado- que la armonía entre seres diversos se hacía tangible realidad si se daba el tiempo para mirarse a los ojos y verse…”

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Relatos del Cajón… (Armonía)

Armonía

“…Según los ancianos de la tribu Koyukon Athabaskan de Alaska, la sabiduría no se adquiere al cabo de subir 100 montañas 1 vez, sino de trepar 1 montaña 100 veces…”

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Hubo momentos en que esta máxima reverenciada por esa parcialidad de aborígenes norteamericanos –desconocida por él en ese entonces- casi fue una realidad.

La vida en ese apartado refugio de vida silvestre sobre la costa patagónica transcurría plácida y dinámica en su aparente monotonía. Cada día era igual, sin embargo distinto. Las luces marcadas por el variable clima imprimían los colores y hasta los estados “de ánimo” de quienes allí vivían; las estaciones, imponían sus pulsos de decadencia y resurgimiento; el comportamiento animal, diferente ante cada época, clima, o situación…

Así como las mareas escondían o descubrían sus secretos en cronométrica secuencia, cada hora y cada minuto regalaban sorpresas, descubrimientos.

Casi –pensó él en esos tiempos-, casi se animaba a decir que había descubierto la armonía. La completa y total conjunción con el ambiente y sus criaturas, la plena armonía…

Como las gotas que irrumpen la espejada y tersa superficie de un remanso creando circulares ondulaciones, ese sutil estado armónico se fue desvaneciendo. Gota a gota, lenta pero metódicamente, se iba convirtiendo en desasosiego. Nunca estalló en mil pedazos como un vidrio estrellado, pero si en profundas ondas marinas que presagiaban marejadas.

No supo precisar si era bueno o malo aquello. Solo era. Y su nomádica tradición lo llevó más allá del horizonte.

Curiosidad detrás del horizonte...

Curiosidad detrás del horizonte…

Ansioso y demandante buscó. Buscó reencontrarse con aquella vieja y reconfortante sensación. Un libro que cayó en sus manos durante esos terapéuticos viajes que lo mantenían vivo y en movimiento, le regaló aquella sabia tradición de los Koyukon:

“… el conocimiento sobreviene al cabo de subir 1 montaña 100 veces y no 100 montañas 1 vez…”

-Cuando sea viejo, cuando sea viejo nuevamente visitaré 100 veces un lugar, entonces si… – se dijo.

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Relatos del Cajón… (Fotos para el Alma)

Gestos…

Carlos B C

Días atrás vi en la televisión una película que trajo a mi memoria una de las muchas experiencias vividas junto a grandes fotógrafos. Una escena en particular resaltó un gesto que muchos fotógrafos –más tarde que temprano- hemos adquirido:

“Se mostraba el plano de un veterano fotógrafo camuflado entre las rocas acechando detrás de un teleobjetivo la esquiva figura de un leopardo de las nieves. El felino aparece, la cámara lo enfoca -a través del objetivo- y se lo ve avanzar, olisquear el aire, y mirar hacia donde el fotógrafo está. Inmediatamente la escena cambia a un primer plano de éste espiando a través de la lente, levanta su cabeza y sonríe satisfecho… Cambia la imagen y el leopardo va desapareciendo otra vez entre las rocas. A su lado otro protagonista increpa confundido:

  • ¿No sacaste la foto?

El veterano lo mira con calma, sonríe y moviendo la cabeza contesta:

  • En ocasiones guardo algunas fotos solo para mí…-“.

Convocada por esas imágenes, vino a mi mente una experiencia similar vivida muchos años atrás.

“Estaba en Punta Tombo asistiendo a un gran fotógrafo de la revista Life… En esa época los rollos de película restringían la producción de fotógrafos vernáculos, aunque no la cuantiosa descarga de los fotógrafos internacionales. “De la cantidad sale la calidad…” solían repetirnos. Un gesto como de resignación acompañado de un encogimiento de hombros valía –en mi caso- como explicación… Se hace lo que se puede significaba.

Disfrutando de la compañía de distintos enviados de medios extranjeros que venían a retratar nuestra naturaleza y la vida silvestre, aprendía de esos “consagrados”.

Un día en particular se conjugaron ciertos factores de esos que conforman “la foto”. Luz, ocaso, comportamiento animal, sombras…

La cámara montada sobre el trípode, el gran angular dispuesto… La observación a través de la lente, pero nunca hubo un disparo.

La luz dorada envolvía como en un halo el rostro del fotógrafo donde se resaltaba una tenue, y franca sonrisa… Me miró cómplice y nada dijo.

Joven, ávido y ansioso no comprendí cabalmente en esos momentos el gesto, por respeto hacia su reconocida profesionalidad tampoco yo disparé mi cámara, pero sentí que perdía una imagen, sin importar el ahorro de película…”

Recordé muchas veces ese instante, Aunque años hubieron de pasar hasta que ese don me fue concedido; experimtar la íntima sensación de saber que -aquello que veía- no serían nunca imágenes reveladas. Disfruto con placer y hasta cierta regocijante picardía- como quien esconde un maravilloso y único secreto- la foto guardada únicamente en los pliegues del alma…

(Eddy Adams se llamaba el fotógrafo, veterano de Vietnam, dueño de incontables tapas de la legendaria publicación y premio Pulitzer).

Relatos del Cajón… (La Primera Foto…)

En un Diciembre de hace 33 años iniciamos, todos los cinco, una aventura que marcó nuestras vidas…

Relato publicado en “Dinosaurios: Relatos y sueños de un Guardafauna”

LA PRIMERA FOTO EN PUNTA TOMBO

     A las 8 de la noche el sol teñía la cresta de las olas con una brillante y diáfana luz dorada. Me senté justo antes de la línea de marea alta. Allí la playa se precipitaba decididamente al mar. La arena – o casi arena –  estaba conformada por minúsculas partículas de piedra, molidas por el constante accionar de las olas. El cuerpo acomodaba su anatomía a la perfección en esa mullida superficie. Me estiré con un largo suspiro. Permanecí un rato en silencio, sintiendo como  el cuerpo se relajaba, hasta que comenzaron a dolerme todos los músculos. Uno a uno. Erguí el tronco y me apoyé sobre el codo derecho. Miré hacia el mar. El aire salobre y húmedo comenzó a pegotearme el pelo, mientras una fina llovizna – que provenía de una rompiente contra la pequeña lengua de roca justo frente a mi  – producía la tenue niebla que me envolvía. Las figuras de los pingüinos deambulaban de aquí para allá entre las algas húmedas que las olas dejaban sobre la playa. Todo el conjunto – bañado por las últimas luces del crepúsculo – parecía irreal. Imaginado por algún pintor, o quizás un poeta.

     Sonreí satisfecho. Un largo anhelo había sido realizado: estaba en la Patagonia. Casi, la vida se me antojaba en ese momento ficticia. Me sentía parte de una película, como si de pronto despertara y todo hubiera sido un hermoso sueño… Pero no. Mis manos me recordaron que no. Que todo lo acontecido en los últimos días era absolutamente verídico. Las miré detenidamente les hablé con ironía:

     -¿Qué tal manos? ¿Cómo las trata el trabajo?

     Comencé a abrirlas y cerrarlas con lentitud. Dolían. Sentía cada centímetro de piel. Con el pulgar toqué la punta de cada uno de los otros dedos. Me maravilló ese pequeño dolor que sentía. En poco tiempo habían cambiado bastante. Ahora lucían ajadas, llenas de cortes y duras. Pero se habían mostrado activas.  Ahora podía contar con ellas, sabía que todos los inconvenientes los había resuelto con su ayuda. Motores, bombas, tanques de combustible, serruchos, martillos y una panoplia de “infernales instrumentos” que nunca antes había manejado con tanta familiaridad. Sin embargo yo y mis manos, ante la fuerza de la necesidad, nos habíamos puesto a la tarea de “dominar” esos elementos. Y lo logramos.

     Por eso ahora, tirado en la playa, estaba satisfecho. Con la sensación de plenitud que brinda la tarea cumplida. Entonces sí, luego del obligado receso impuesto, levanté la cámara y la acaricié con suavidad. Ahora  podía utilizarla a gusto. Con un enorme esfuerzo de voluntad me había obligado a no tocar la cámara fotográfica hasta no haber realizado el trabajo no tan atrayente que debía hacerse.

     Enfoqué con cuidado, paladeé el instante de la toma.

     Y esa primera foto en Punta Tombo, me pareció el mejor premio. La culminación de una serie de esfuerzos que habían comenzado mucho tiempo atrás:

     La imagen a través del objetivo mostraba la apacible calma de mi mujer mirando con alegría a los dos pequeños niños que jugaban entre las algas, mientras los pingüinos observaban curiosos.

     Bajé la cámara, un nudo me atenazaba el pecho y la garganta. Mis nublados ojos se perdieron tras la línea de rompientes, tratando de seguir el imperturbable vuelo rasante de un petrel sobre la superficie del mar.

La Naturalza nos unió

La Naturaleza nos unió