De Viajes… (Delta del Okavango)

Un río “absorbido” por el desierto

“…Recorrer este santuario por aire o por tierra depara gratificantes encuentros con la naturaleza. Los caminos son vías de agua para los todo terreno que “navegan” casi en inundadas huellas…”

Cíclicas inundaciones crean el vergel...

Cíclicas inundaciones crean el vergel…

El Delta del Okavango -en Botswana, África- no es un delta propiamente dicho. Su cauce no desemboca en el mar, técnicamente se trata de un abanico aluvial. Más allá de las precisiones geográficas, sus aguas se desvanecen en el desierto del Kalahari.

Cuando la época de lluvia se desencadena, las crecidas del río Okavango desaguan en la llanura conformando así un paraíso para la fauna silvestre. En apogeo cubre una superficie que puede llegar a los 22.000 kilómetros cuadrados. El río Okavango, nace en Angola al noroeste, atraviesa la franja de Caprivi en Namibia y se dispersa o desaparece en Botswana, en el desierto del Kalahari.

El agua llega, el agua se desvanece...

El agua llega, el agua se desvanece…

Los San –esos míticos pigmeos que deambularon por centurias por África- habitan el exigente Kalahari, y saben que las cuantiosas aguas del Okavango desaparecen en él. Ellos saben cómo encontrarla.

La abundante vida silvestre que congrega el llamado delta en sus canales, lagunas y llanuras anegadas configura un deslumbrante espectáculo de diversidad y cantidad. La gran fauna africana encuentra allí cobijo y alimento. Parques Nacionales y Reservas protegen todas las criaturas y un gran número de observadores de la naturaleza los disfrutan.

Enormes manadas de gacelas saltan atléticamente en las praderas anegadas. Los elefantes se congregan en enormes manadas saciando su inagotable apetito con frescas y suaves hierbas. Los leones han dejado –por necesidad- su aversión al agua y nadan en ellas buscando sus presas. Miríadas de aves sobrevuelan las lagunas y riachos.

Una aventura para los sentidos...

Una aventura para los sentidos…

Recorrer este santuario por aire o por tierra depara gratificantes encuentros con la naturaleza. Los caminos son vías de agua para los todo terreno que “navegan” casi en inundadas huellas. La destreza de avezados guías permite el acercamiento para una íntima visión de la naturaleza y sus criaturas. Fotografiar ese exuberante despliegue de vida colma las expectativas de los viajeros.

Diversidad y emoción...

Diversidad y emoción…

Jirafas, leopardos, chacales, rinocerontes, hipopótamos… El espectáculo se renueva cada hora y cada día.

En el año 2014 la UNESCO distinguió al delta del Okavango como Patrimonio de la Humanidad.

Las aguas desaparecen en el desierto esquivando así un destino marino, pero brindando el milagro de la vida para la acorralada y majestuosa fauna africana.

Collage C page

He Leído… (Bailando…)

“Bailando en Tierra de Nadie” de Claudio Campagna.

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Un libro con tema difícil, para leer, masticar, rumiar y digerir… Pero indispensable para quienes hace rato que piensan – sienten- que el Desarrollo Sustentable no esta ayudando a la naturaleza, a la conservación de las especies y por el contrario propiciando su acelerado deterioro.

La propuesta del autor desafía a encontrar un nuevo discurso que se contraponga y desmitifique la arraigada y economicista propuesta del desarrollo sustentable.

Tarea nada sencilla, pero a todas luces necesaria dado el evidente deterioro de nuestro mundo natural.

Para obtener el libro consultar a la Editorial: Del Nuevo Extremo – info@delnuevoextremo.com

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Fotos: Carlos A. Passera

Relatos del cajón…

Cafe & Anteojos

Rejunte

Hubo un tiempo en que escribiendo en un papel exorcizaba todos los demonios. Hubo un tiempo, también, en el cual  renegué de los papeles.

¿A quién le importa? – me preguntaba.

Entonces solo escribía lo que me indicaban. Ciento sesenta líneas de treinta, título de treinta y dos espacios y copete de cinco líneas por dieciocho espacios. Luego el número de caracteres reemplazó las usuales indicaciones del jefe de redacción.

Sin embargo, en algún margen, o papelito arrugado en los bolsillos, servilleta o ventana para “ideas” en la computadora, ciertas cosas fueron cobrando forma a lo largo del tiempo.

Y de eso se trata este “Rejunte”. Una obra del tiempo. Ideas sueltas, sin aparente hilván, que exponen retazos del alma.

Simplemente palabras que, la verdad ¿a quién le importan?

El Acecho

     El sol comenzaba a entibiar mi espalda. Agazapado en el precario refugio – sentado casi en cuclillas en una saliente del terreno – ajustaba la lente aguardando el momento preciso. Todo era cuestión de tiempo. Era necesario saber esperar. Aguardar. Conocer el terreno y a quien se acecha. Tentar su voluntad para que se acerque. Brindar seguridad y respeto… Establecer esa íntima comunicación que debe darse entre todos los seres vivos. Entonces sí; la fotografía.

     Sonreí. Disfrutaba intensamente el momento. Vivía cada instante mientras aguardaba. La vida discurría plena y sabía – o al menos intentaba – atrapar y saborear cada momento.

     – No hay duda – me dije casi pronunciando las palabras -, la filosofía de un fotógrafo de naturaleza es una forma de vida. Sirve para todo.

     Mientras aguardaba en el improvisado escondite, a orillas del agua, mi mente se perdió en el tiempo.

     A orillas del agua disfrutaba hoy del sol que reconfortaba mi espalda, mientras miraba la rica vida que bullía a mí alrededor. Mecánicamente espié por la lente, ajusté un poco más el foco, paneé con la cámara. Estuve a punto de presionar el obturador, pero me contuve.

     – Aún no – me dije – puede ser mejor todavía.

     Los pensamientos resurgieron, y dejé mansamente que me envolvieran.

Las evocaciones no tenían dique. Aparecían y desaparecían. Estallaban en mi mente trayendo el sabor de la vida. Ese sabor ambiguo del placer por lo disfrutado, y la pena o el dolor por la imposibilidad de perpetuarlo. Segundos; instantes irrepetibles e inasibles. Allí estaba el verdadero sabor de la vida. Y disfrutarlos lleva toda una vida.

     Miré el agua fijamente y las imágenes se mezclaron. La naturaleza desfilaba frente a mis sentidos y los pensamientos saltaban de aquí para allá en el tiempo. Del hoy al pasado. Salpicando la memoria, erizando la sensibilidad. Del placer al dolor…

     La garza mora deslizaba sus cautos pasos de ballet entre los juncos. Se detuvo inmóvil, al acecho. Aguardó. Casi mágicamente todo se detuvo por escasos segundos. Y de pronto, el instinto, el puro instinto, la fuerza de la vida se impuso con su cotidiano drama. La muerte para continuar la vida. El pez, atrapado en el pico del ave, desapareció con estertores en su garganta.

     Pese a la distancia, pese a que fotográficamente no era una toma perfecta, me deleité con la escena.

     No sonreía, pero mi rostro estaba relajado y tranquilo. Había entrado en escena la muerte, y su presencia quedó flotando.

     Con placer volví a recorrer el paisaje con la mirada. Me sentía pleno, con exuberantes imágenes por fuera y por dentro. Hubiera querido gritar – como solía hacer – pero dejé simplemente que toda la felicidad del momento escapara por los ojos. Estaba en armonía, sin que eso significara de ninguna manera, chatura o aburrimiento. Por el contrario, la armonía es producto de un activo juego de fuerzas. Es una constante puja entre lo bueno y lo malo, lo feo y lo hermoso, la miseria y la dicha. Si no hubiera curvas, picos y abismos no existiría la armonía.

     – Basta mirar alrededor – musité dialogando con mis pensamientos -. La naturaleza permanece armónica mientras las fuerzas vitales pujan por mantener la supremacía, nivelándose, sin prevalecerse.

     Saboreando los pensamientos quedé frente al paisaje. Estaba calmo. Sabía lo que quería y lo buscaba. Ignoraba cuando sucedería, pero lo buscaba. Ponía todo mi empeño en ello. Cada nuevo día, cada hora podía traerlo.

     El momento llegaría, como cuando aprieto el obturador de la cámara. Siendo uno con todo, la vida entera se va en ese instante crucial. Mientras tanto paladeaba “el acecho”, con la mágica premonición de lo porvenir.

 Pelicans & Sponbills 2