Relatos del Cajón… (Fragmentos III)

El Peregrino

“…no tenía claro porque estaba allí en esa remota isla, para que había ido…”

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“… Fredy esperaba sentado en una mesa apartada en un rincón del mismo bar donde se habían encontrado la noche anterior. Bebía del vaso de cerveza mientras pensaba y miraba el recinto. Pocos parroquianos lo ocupaban.

La puerta se abrió y ,con la  entrada de luz que se coló desde el exterior, Fredy vislumbró la silueta de su amigo que agudizaba la vista intentando acostumbrarse a la penumbra interior. Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro del reciénb llegado al reconocerlo sentado en un extremo del salón.

-Siempre las espaldas protegidas y con un amplio ángulo de visión, las costumbres no se modifican- pensó mientras se dirigía hacia donde Fredy estaba.

Con un gesto de su mano le indicó al tabernero que trajera una pinta igual a la que su amigo bebía.

-Sentate y contame- le dijo Fredy sin preámbulos ni bien se acercó a la mesa.

-No hay mucho que contar- respondió encogiéndose de hombros y frunciendo el ceño- quiero fotografiar al “peregrino” y vos sos la persona indicada para llevarme a su hábitat.

– Si – respondió Fredy con un dejo de sarcasmo, y agregó:

-¿Por qué el “Peregrino” y no “El Craken”? – preguntó con picardía- ¿Qué te anda pasando? – interrogó.

Las preguntas lo tomaron por sorpresa. Primero porque Fredy no era de preguntar. Si nada le decían aguardaba a que lo hicieran; y segundo no tenía claro porque estaba allí en esa remota isla, para que había ido…

-Si quisiera buscar y fotografiar al “Craken” hubiera elegido el Caribe – dijo tras unos segundos apelando al humor- las aguas son mucho más calientes…

Por toda respuesta recibió la torva mirada de su interlocutor mientras meneaba la cabeza en signo de negación y se mordía el labio inferior.

-¡Qué se yo! – atinó a agregar viendo la reacción de su amigo- acción, supongo que acción es lo que necesito…

Fredy bebió de su vaso de cerveza y continuó mirándolo. Sus ojos no tenían la dura expresión de segundos antes. Se habían suavizado y echando la cabeza hacia atrás exhaló un profundo suspiro. Entonces dijo:

-Hace cosa de un mes recibí un correo de tu viejo –dijo en voz pausada- él me contó…

Sabía que Fredy y su padre conservaban una vieja amistad mantenida a través del tiempo y las distancias. No le sorprendió que supiera, aunque albergaba la esperanza de que no fuera así. No quería hablar sobre eso…

Se encogió de hombros, aspiró profundamente, lo miró directo a los ojos, meneó la cabeza y con voz apenas audible se escabulló:

-Tengo hambre ¿pedimos un pie de carne y riñón? También un whisky por favor para acompañar la cerveza…

Fredy asintió en silencio cerrando los párpados con un leve movimiento de su cabeza. La cena transcurrió plácida. Hablaron del “Peregrino” y del “Craken”, contaron viejas historias comieron y bebieron varias rondas de cerveza negra y espumosa. Tras brindar con el tradicional “night cup” –el último trago de whisky de la noche-, se despidieron. Mañana se encontrarían en el muelle…”

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Relatos del Cajón… (Fragmentos II)

Encuentro…

“… El enorme Hall del Aeropuerto de Heathrow quedó de pronto en absoluto silencio. Total. Denso y palpable silencio. Se quedó petrificado el Viejo. Sus ojos se abrieron desmesuradamente…”

Heathrow lo mantenía cautivado al Viejo con su incesante trajín. El enorme aeropuerto de la capital inglesa cobijaba miles de personas en un frenético movimiento incesante. Su vista pasaba de los televisores -donde se anunciaba la partida de los vuelos hacia destinos situados en ciudades y países de exótico nombre-, a la variada multitud de gente que resumía costumbres y modas planetarias. África, India, Europa, América, China, Japón, Oceanía, Medio Oriente… Túnicas, trajes de negocios, vestimentas deportivas o abrigados atuendos, turbantes o gorras de béisbol… Rabinos o monjes budistas, familias con padres, hijos y abuelos o solitarios y taciturnos hombres de negocios, bulliciosos estudiantes y hasta estrellas de cine.

Todos se sumaban a una inacabable puesta en escena en la cual cada uno cumplía momentáneamente su papel.

Miraba fascinado desde la butaca en medio del hall cerca de la puerta número 6 en la Terminal 4 del aeropuerto. Se movió de la silla en la que estaba para tener otra perspectiva. Una familia entera de africanos –con sus atuendos típicos, coloridas batas, gorros multicolores y cabellos ensortijados; las mujeres con hermosas criaturas de blanquísimos dientes y enormes y brillantes ojos marrones- corrían arrastrando carros de equipaje, bultos varios y hasta cacharros con comida. El parloteo en su lengua nativa, aunque ininteligible para él, denotaba ansiedad. Sobre todo los gestos del que parecía el jefe del grupo o patriarca de la familia, mostraban inequívocos signos de urgencia, mientras su vista y cabeza se dirigía alternativamente de los miembros de su grupo a un enorme cartel que pendía del techo donde estaban especificados los minutos de caminata hasta cada puerta.

La más cercana estaba a cinco minutos. La más lejana a veinte. Por la urgencia del multicolor grupo se debía tratar de ésta última.

Caminó unos momentos por el amplio hall. Trataba de fijar todo lo que veía. La simultaneidad de acciones no eran sino el reflejo del pulso del mundo. Algo así como una pequeña muestra planetaria. Una moderna Babel convertida en una especie de ombligo del orbe.

Todo parecía converger allí.

Y para su sorpresa allí, es donde sucedió…

El enorme Hall del Aeropuerto de Heathrow quedó de pronto en absoluto silencio. Total. Denso y palpable silencio. Se quedó petrificado el Viejo. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Miraba alrededor, veía la expresión de los rostros en los viajeros. Sus bocas se movían, los gestos de algunos indicaban que se reían. Un niño lloraba. Las miles de personas que deambulaban por el enorme salón, seguían caminando o continuaban con sus actividades. Las veía en cámara lenta. Sus movimientos parecían transcurrir en velocidad retardada. Y no se escuchaba nada. Ese silencio era lo más perturbador.

Se dio vuelta. Giró en redondo. El asombro se dibujaba en el rostro. Alzó la mirada y a menos de un centenar de metros lo vio caminando en su dirección, esquivando el gentío, mirándolo y regalándole esa mágica y angelical sonrisa que siempre llevaba en su rostro.

No sabía si pasaron minutos, segundos o una eternidad. Lo veía acercarse a grandes zancadas, tranquilo, relajado. El cabello largo moviéndose al compás de sus pasos. Los ojos brillantes, limpios trasuntaban una hermosa alegría y calma. El gesto abierto en una pícara y divertida sonrisa se abría esplendorosa en sus labios.

Los brazos del Viejo cayeron a los lados del cuerpo. No miró hacia los costados. Los ojos no perdían el contacto. Todo seguía ocurriendo alrededor pero como en otra dimensión. No entendía que estaba sucediendo, pero poco le importaba. Se entregó al momento. Su mente quedó en blanco y solo se rindió al placer de lo que iba a ocurrir.

Se paró frente a él. Y sin mediar más, se fundieron en un estrecho abrazo. Sentía que –tras los párpados cerrados- los ojos se humedecían y ardían al fluir de las lágrimas. Se apretaron sin miramientos por largo rato. No quería soltarlo por temor a que ese cuerpo sólido que tanto extrañaba se desvaneciera. Tampoco quería abrir los ojos. Ni mucho menos pensar. Los sentidos lo desbordaban. Su cabeza se hundía en su cuello, sintió su piel tibia. Un perfume suave y ansiado penetraba en sus fosas nasales. Percibió como sus manos le palmeaban la espalda. Acompasados movimientos que le daban la certeza de que todo era real… Sus brazos lo estrechaban aún más fuerte.

No supo el Viejo cuanto tiempo permanecieron en ese abrazo. También desconocía si algo ocurría alrededor. La acción estaba en animación suspendida.

Respiró hondo y apelando a un coraje que no sentía, aflojó el abrazo y se separó sin soltarlo. Con temor y muy lentamente abrió los ojos. Muy despacio. Lo miró largamente. Acarició su rostro, una incipiente barba se notaba al tacto, nuevamente eso indicaba que no estaba soñando.

– No me había afeitado – dijo haciendo un mohín entre socarrón y culposo.

Su voz. La voz que tanto extrañaba y la mente se negaba a reproducir, llenó sus oídos. Sonrió entre sorprendido y feliz…

La voz dio lugar a todos las voces, todos los sonidos poblaron nuevamente la trajinada terminal aérea, y el movimiento normal de quienes la transitaban.

Lo miró incrédulo, con cierto temor en el rostro y en los ojos. Se aferró a él…

-Yo estoy – dijo.

– Voy a estar siempre

Y se volvieron a abrazar.

Lo agarró del hombro y comenzaron a caminar.

Lo miraba de costado el Viejo, un poco hacia arriba.

– Cierto que me llevaba más de una cabeza – pensó

No atinaba a hablar, las palabras se agolpaban en su mente, miles de preguntas. Pero no atinaban a vocalizarse.

Él lo miraba con su amplia sonrisa. Entendiendo.

– ¿Cómo puede ser?- dijo el Viejo al fin casi en un murmullo…

– ¿Es un buen lugar no?- le respondió con un gesto de sus ojos y alzando los hombros.

– Vine porque creo que es hora…

– ¿Hora de qué? – preguntó el Viejo prestamente.

Sonrió.

Caminaban frente a una barra con forma de rectángulo que ocupaba buen aparte de ese tramo del hall. Los carteles luminosos que pendían del techo señalaban ese lugar como un Sushi Bar. Sentado en uno de los extremos más angostos de ese rectángulo, Colin Firth, el conocido actor inglés que acompañó en muchas películas a Hugh Grant saboreaba un plato de pescado y una cerveza. Por fracciones de segundos sus ojos se encontraron. Supuso el Viejo que se sintió reconocido, y continuó con su tarea. Esa distracción lo sacudió. Miró a su lado. Vio el rostro de quien lo acompañaba, miró nuevamente a la multitud…

– ¿Curioso no? – conjeturó mientras su mano le apretaba el hombro. La leve presión le indicó que estaban allí. Que no alucinaba.

Pasó su brazo por su cintura y continuaron caminando.

– Miraba su rostro de costado el Viejo, no se cansaba de hacerlo.

– ¿Nos sentamos? – dijo al acercarse a un par de butacas inexplicablemente vacías y apartadas tras unas columnas que las mantenían escondidas.

Se puso de costado, alzó una pierna sobre la butaca, colocó su brazo sobre el hombro del Viejo y con una tenue sonrisa dibujada en sus labios le preguntó:

– ¿Estás preparado para un viaje?

– ¡Claro!- respondió con entusiasmo-, siempre lo estoy…

Sonrió y condescendiente agregó:

– Este es un viaje especial… Muy especial. Es el viaje de los viajes una verdadera aventura…”

Casi el ombligo del mundo... Una moderna Babel...

Casi el ombligo del mundo… Una moderna Babel…

 

Relatos del Cajón… (Ausencias)

¿Dónde…?

delfinoleo_edited B   Con incansable persistencia la pregunta se impone –hasta casi hacerse audible- en la mente.

   Vez tras vez, sin importar los años, acicateando la imaginación. Sin tregua.

   ¿Será en un lejano aeropuerto –como ensoñé alguna vez- destacándote entre miles de   personas?

   ¿Quizás bajo el agua compartiendo una boquilla de aire y riendo entre burbujas?

   ¿O esa figura que –con un salto del corazón- me pareció reconocer en aquella ciudad de exótico nombre?

   Posiblemente cierta sea esa inevitable sensación de presencia precisamente en un sitio del camino -al ir península adentro- cuando miro a la derecha y a lo lejos veo el mar imponiéndose en esa brecha de los acantilados.

   Con certeza se dibuja al perder la vista en el horizonte en “ese” punto y no otro del mar…

   ¿Habrás reiniciado la rueda?

   Muchos –demasiados- se hacen la misma pregunta aún con angustioso interrogante por aquellos que no aparecen… A mí –por el contrario- me asalta con la esperanzada certeza del reencuentro; sé cuándo te fuiste, apurando ese viaje predestinado a todos.

    Me encojo de hombros, el tiempo no se detiene, sonrío, evoco entrañables momentos protagonizados, vivo; suspiro y sigo, aunque no se acalla la insistente pregunta:

   ¿Dónde…? ¿Dónde estás, y cuando nos volvemos a abrazar?