Relatos del Cajón… (Fragmentos)

Aromas y Olores…

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“… Saboreaba la sopa con deleite. Revolvió con la cuchara el espeso y cremoso líquido; aroma a langostinos emanaba del tazón. –

Lobster, sopa de langosta dijo el camarero…

El aromático vaho le despertó la memoria de otros olores:

Se vio entre hielos, flotando cerca de un roquerío donde el mar acariciaba suavemente los moluscos adheridos. Mejillones, dientes de perro, algunas algas y otros corpúsculos marinos conformaban una variada “sopa” que rezumaba un particular aroma. Recordaba como olisqueaba el aire tratando de definir ese agradable olor marino; mezcla de agua salada, hielo, rocas, crustáceos, algas… Que dejaba un puro y limpio aroma a veces dulzón, a veces netamente salobre… Pero distinto en zonas templadas o frías.

Sonrió al evocar.

Inmediatamente –y con seguridad influenciado por la sopa que degustaba- vino a su mente la particular experiencia de oler el aliento de la ballena al ser envuelto en la vaporizada nube de su respiración. Fuerte olor a crustáceos -no tan agradable como esa sopa- vigoroso y denso. Privilegiada ocasión solo posible de experimentar en escasos rincones del planeta, como los golfos de la Península Valdés en la Patagonia.

Sorbía la sopa y su mente divagaba reconstruyendo otros olores y aromas. El ambiente donde ahora estaba no era marino estaba saturado de tierra, estiércol y vegetación seca de la llanura africana.

Caminando por la orilla de una aguada cercana las grandes “bolas” de bosta de los elefantes olían a hojas, su principal alimento, y a establo. Similar olor emanaban las marrones deposiciones del rinoceronte blanco, o el revoltijo de heces de los hipopótamos que desparramaban su estiércol girando su cola como una hélice… Los olores se entremezclaban, rancios, acres, picantes a veces.

El dulce aroma del amarula –ese árbol preciado por sus frutos- golosina de los elefantes y humanos, impregnaba el aire cercano a su frondosa presencia.

La sopa se terminaba, pero no las evocaciones.

La Patagonia se impuso nuevamente. Así como el león o el leopardo dejaban su característica marca de orín para demarcar territorio, el puma lo hacía en sus territorios americanos, o el almizclado olor a intenso sudor que se percibe ante la cercanía o el rastro de un zorro… El más agradable y placentero perfume a tomillo, se impone especiado y reconfortante al olfato al pasar cerca o frotar con los dedos la achaparrada mata…

Dejó la mesa, la sopa – o el plato vacío- el recinto. Sus sentidos acicateados por la curiosidad se ampliaban sumando calidad a la creciente intimidad con la naturaleza…”

Los olores y aromas enriquecen la experiencia junto a la naturaleza...

Los olores y aromas enriquecen la experiencia junto a la naturaleza…

Relatos del Cajón… (Capítulo 9)

Capítulo 9

Retazos de memorias…

“… A medida que leía, El Viejo hurgaba en los recuerdos que su memoria hacía aflorar. Recuerdos que antaño le habían sido contados en agradables charlas que llenaban la “alforja” de vivencias de su protagonista…”

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La imagen brumosa, con aroma sulfuroso que lo envolvía como un “poncho” húmedo, distaba mucho del habitual, transparente y diáfano paisaje antártico. Dentro del cráter de la Isla Decepción, los hielos estaban cubiertos con negra ceniza. Derruidas ruinas de la antigua factoría ballenera, le daban un aspecto lúgubre.

Enormes tanques de metal, restos de calderas, vetustas maquinarias y desvencijados barriles de madera, yacían sobre la negra playa junto con botes “balleneros” derruidos.

Erupciones de ese volcán activo devastaron la factoría. Las edificaciones, la maquinaria, el hangar, el avión sin alas, y algunas cruces perduran aún como testimonio de aquellos fenómenos. Bajo las cenizas y el hielo, perdura aún el calor de la tierra pugnando por aflorar.

Aguas calientes surgen de la playa y entibian la laguna interior del cráter, mientras los vapores se elevan y condensan en el frío aire creando una atmósfera casi espectral.

Entre brumas del pasado y el presaente.

Entre brumas del pasado y el presente.

Camperas rojas deambulaban por la playa y sus ruinas fundiéndose entre los brumosos vahos. Ávidos algunos fotografiaban, otros simplemente aprovechaban para ejercer vigorosas caminatas, y unos pocos experimentaban el desafío de bañarse en aguas antárticas –entibiadas por las calientes aguas volcánicas- sumando así experiencias al anecdotario del viaje…

Contrastes...

Contrastes…

Hundidas las botas de goma en la oscura arenisca de la playa, el dejaba que los pies se calentaran por influjo de las aguas termales, luego de caminar hasta la “Ventana de Neptuno”. “Mordida geológica” esta, que los cataclismos habían provocada en la paredes del acantilado que cerraba el cráter de la laguna interior. Desde allí el mar antártico se divisaba en su inmensidad y bravura. En ocasiones el sol lo pintaba de azul creando un marcado contraste entre el monocromo interior de la isla y su entorno exterior.

Algunos pingüinos papúa y otros de barbijo deambulaban por la playa haciendo caso omiso de los humanos que visitaban la isla. Afuera del cráter, una enorme colonia de pingüinos de barbijo se concentraba brindando vida a ese aparente yermo paraje.

El regreso al barco se produjo sin novedades.

El “Fuelle de Neptuno” – estrecho pasaje que comunica el cráter y su laguna interior con el mar abierto-, franqueó el paso de la nave entre agrietadas y negras paredes de granito habitadas por aves marinas.

Sentado en la popa del barco, a la intemperie, se puso a escribir algunas notas en su libreta de campo… El tema de su redacción cambió cuando miró tras la estela del barco y vio las nubes en jirones que cubrían la isla, recordándole otros tiempos, otras nubes…

“… Desde la cima del Huayna Picchu la ciudadela se divisaba entre jirones de nubes en flecos, esparcidas por la brisa…”

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Relatos del Cajón… (Capítulo 2)

El viejo no estaba en el río hoy. Leía al borde del mar y, de a ratos,  observaba las olas con una sonrisa en sus labios… Clara señal que le agradaba lo que leía…

Desembarco

Intimidad con pingüinos de Adelia...

Intimidad con pingüinos de Adelia…

Pocas cosas –además del primer café mañanero- eran más esperadas que el momento del desembarco. Dejó el camarote pertrechado con el equipo necesario y el obligado salvavidas lo llevaba en la mano.

El jefe de expedición esperaba a todo el grupo ya en el pequeño recinto donde se lavaban las botas y se ultimaban los detalles del desembarco diario.

Era un momento especial. La salida en el bote de exploración regalaba esos instantes de íntima y solitaria comunión con la geografía antártica. Pocos minutos antes la reconcentrada y silenciosa espera en el cuarto húmedo, frente a la escotilla de salida, eran casi un rito.

El Jefe de Expedición – un veterano de las regiones polares- sin mediar palabra imponía con su actitud esa particular ceremonia aceptada tácitamente por todo el grupo. No se trataba de un desembarco para una bélica misión, aunque se asemejaba en algunas cuestiones logísticas. Nada era dejado a la improvisación, el exigente, rudo y cambiante clima antártico no admitía errores, y cientos de vidas dependían de esa seguridad. Ese silencio, ese dejar que los pensamientos se aquieten dentro de uno, esa calma espera, en silencio, con uno mismo y con el grupo eran reconfortantes. La vista perdida en algún herraje de las paredes, la concienzuda tarea de revisar una y otra vez que el pantalón de aguas esté herméticamente cerrado en su bocamanga, chequear por enésima vez el canal indicado en el “handy”… Todos y cada uno de los mecánicos gestos que se sucedían cada día eran ejecutados ceremoniosamente y con atención…

Al fin el momento de bajar a los botes neumáticos llegaba y con él la espera y el quiebre de esa especie de solemne costumbre previa a la acción.

 El aire frío, el ondulante mar, la vista de la colonia de fauna a visitar, los olores, los colores o los sonidos de la vida le llenaban el espíritu. Esos instantes eran –nuevamente- solo para él. Pisar tierra –en desembarcos inevitablemente húmedos-, mirar alrededor, respirar a todo pulmón sin importar que el penetrante olor a guano de una pingüinera los inunde, y escuchar el cacofónico sonido de los pingüinos o las roncas voces de lobos o elefantes marinos, lo llenaba de felicidad.

Pocos minutos que le pertenecían solo a él. Cada uno de los miembros del equipo de naturalistas, disfrutaba esos instantes con la certeza de ser privilegiados. De poder atesorar esos instantes de intimidad con el mundo natural.

Luego lo compartirían con los visitantes. Algunos se extasiarían, otros sacarían algunas rápidas fotos y preguntarían, y hasta habría quienes que con el ceño fruncido, la nariz tapada el aliento retenido casi hasta la asfixia, pedirían un pronto regreso al barco.

En cuanto a él, ya nadie podría quitarle la temprana vivencia que se repetiría invariablemente en cada desembarco.

Como cada vez, pensó en ella. Y con la habitual sonrisa se dispuso a mostrarle a los visitantes lo que veían y tratar de hacerles sentir lo que él sentía.

Íntima comunión con los habitantes antárticos

Íntima comunión con los habitantes antárticos