Relatos del cajón… (Capítulo 7)

Privilegios

“… Había estado el Viejo en aquellos parajes y, mientras movía la cabeza en gesto de negación, lanzó un suspiro resignado…”

Whalewatching boat 2

El cielo de un celeste limpio y claro sin atisbo de nubes se reflejaba con idéntica pureza en un inusualmente calmo mar.

La Bahía Paraíso hacía honor a su nombre, en contraste a otras jornadas cuando nubes bajas, cielo gris oscuro y mar gris embravecido lo contrariaban. Los glaciares que rodeaban la bahía – seguro refugio para balleneros y exploradores de antaño- enmarcaban el paisaje, y témpanos derivaban suavemente en la corriente en cuyas plataformas de hielo se asoleaban focas cangrejeras.

La travesía en los botes neumáticos había sido placentera tras la visita a la base antártica y el ascenso al Cerro Proa para la majestuosa panorámica.

Como si la experiencia no fuera por demás gratificante, dos ballenas jorobadas flotaban mansamente en las quietas aguas. Su respiración se vaporizaba en el frío aire marino y el sonido se propagaba vigoroso prolongándose sin que la brisa lo barriera.

El motor fuera de borda apagado permitía disfrutar de todos los sonidos. El suave chapoteo de las ballenas, sin prisa, apenas modificaba en gentiles ondas la superficie marina.

Extasiados –todos, tripulación y pasajeros- contemplában la escena…

–         ¿¡Cuando regresamos al barco!? – preguntó con voz alterada una pasajera…

–         Ya es casi la hora en que tengo un turno con la peluquera del barco – agregó con fastidio.

La miró, miró al piloto de la embarcación –quien se encogió de hombros con una solapada sonrisa- , dirigió su vista a los demás pasajeros, los que a su vez parecían no haber oído nada…

No hubo respuesta.

Como por encanto, tras apenas un par de minutos, las ballenas arquearon sus lomos y lentamente comenzaron a sumergirse. Las dos colas expuestas al unísono marcaron la despedida…

Hizo señas al piloto con una inclinación de cabeza y el motor fuera de borda rugió, enfilando su ruta hacia el barco.

Se fueron en silencio... Otros las disfrutarían.

Se fueron en silencio… Otros las disfrutarían.

Silencio hasta llegar a la nave.

Ya en el camarote miraba el último bote regresar y a las ballenas ejecutar una suave danza donde la enormes aletas emergían y golpeaban el agua una y otra vez. Agradeció en silencio el gesto de esos gentiles cetáceos al haberse sumergido oportunamente evitando así posibles discusiones.

No todos merecen el privilegio de visitar la Antártida. Si ella estuviera, seguramente habría reaccionado con vehemencia ante semejante actitud pensó y se sentó a escribir.

Sin embargo no lo hizo sobre lo acontecido, sino sobre viejos recuerdos que se remontaban a otros viajes…

“… No era un mar, aunque si inmenso. El Lago Titicaca los desafiaba con su enormidad y su altura…”

 

De Viajes… (Los Ojos del Oso)

La fragilidad de los ambientes polares parece no ser debidamente mensurada por gran parte de la humanidad. Nuestra avaricia y voracidad no trepida en profanar esas regiones en un afán extractivo sin importar las consecuencias. Algunos se exponen y enfrentan los riesgos en esta desigual contienda. No todos podemos estar en el frente de batalla, pero al menos podemos expresar nuestro sentir…

Los Ojos del Oso

El Hielo es la supervivencia

El Hielo es la supervivencia

 Mis viajes a la región ártica han dejado un dejo agridulce en el espíritu. Las huellas del hombre están omnipresentes y la naturaleza retrocede a gran velocidad. El hielo desaparece y la fauna silvestre está amenazada, es escasa y esquiva…

Información científica y las noticias periodísticas alertan con apocalípticas predicciones. Y lo que los ojos ven y lo sentidos advierten no es alentador. Tras varios viajes, el ártico me muestra una imagen de acelerada e inexorable agonía.

Audrey Benedict –Directora de Cloud Ridge Naturalist y esencialmente un alma sensitiva- escribió luego de su último viaje a la región ártica:

“… El viaje al ártico ruso y Siberia fue devastador para mí en términos de ponerme frente a la cruda realidad del acelerado paso hacia “el fin de la naturaleza” –citando a Hill McKibben- como la conocemos en todas las regiones polares.

Por supuesto el disfrutar del paisaje, las flores silvestres de la tundra y las extraordinarias colonias de aves nidificando en los acantilados fue una experiencia fascinante. Pero latente está la oscura y omnipresente nube de decadencia y destrucción en cada sitio que visitábamos. Estamos –según mi punto de vista- muy por sobre el límite donde el impacto del calentamiento global es preocupante. Es claro en todos los sitios la evidencia de la increíble velocidad a la que se está derritiendo la capa de suelo helado en la tierra y en el fondo marino –y su asociada liberación de gas metano- y lo que ello significa realmente para el futuro climático. … Como si esto fuera poco, la visión de varios osos polares nadando hacia su inevitable muerte a unos 90 kilómetros de la costa -en lo que solo podía ser una desesperada búsqueda de hielo y comida- me dejó prácticamente paralizada y emocionalmente desvastada. Nunca, nunca podré olvidar el ver los ojos del último oso polar que vi nadando hacia el norte…”

Un alerta que parece no conmover

Un alerta que parece no conmover

Mis pensamientos quedaron atrapados en los ojos del oso polar que Audrey describió: “…Nunca, nunca podré olvidar el ver los ojos del último oso polar que vi nadando hacia el norte…”. Ese párrafo refleja la agonía del ártico.

Puedo reproducir sin ningún esfuerzo esa imagen en mi mente y sentir lo que ella sintió… Y comienzo a sentir también lo que el oso siente…

Mientras escribo puedo verme a mi mismo rodeado por el inmenso mar abierto. Ni un atisbo de hielo, solo agua. A la distancia distingo un pequeño punto blanco que se agranda a medida que el barco se acerca. La distancia que me separa de ese punto blanco es suficientemente cercana para distinguir la cabeza del oso polar. Como un poderoso zoom los ojos del oso y los míos hacen contacto por breves instantes. De pronto –como si el oso supiera- centra su mirada en la distancia; hacia el horizonte. Hago lo mismo con la esperanza de divisar un atisbo del elusivo hielo que allí debería estar.

Mi mente –otra vez como otras tantas veces- reproduce imágenes del otro lado del mundo: La Antártida. Allá abajo las cosas no son muy diferentes. No hay osos polares. La palabra Ártico deriva del griego Arctos –la Tierra del Oso- Antártica es lo opuesto…

Pero como todo lo opuesto en algún punto se tocan. La Antártida estalla de vida. No hay osos polares, pero si millones de pingüinos de diversas especies, focas, lobos marinos, elefantes marinos, ballenas y miríadas de aves marinas… No muchos humanos. A primera vista la Antártida es un paraíso.

No obstante, sin pausa la naturaleza clama por atención. La extensa barrera de hielo se está derritiendo. La temperatura aumenta. Los pingüinos declinan en número. El krill –como la principal fuente de alimento para todas las criaturas- decrece y además es recolectado…

La presencia humana provoca disturbios. El ecoturismo incrementa su impacto… Hoy no hay ya más Pingüinos de Penacho Naranja en Hanna Point y es posible notar la erosión y la declinación de las colonias de pingüinos Papúa y de Barbijo debido a la visita de miles de personas por temporada. No obstante las regulaciones que determinan que no puede haber más de 100 personas en tierra por vez, es posible encontrar siete –si 7- barcos a la misma vez dentro de la caldera de la Isla Decepción. Y hay más ejemplos: accidentes causados por los barcos, derrames de combustible, varamientos e inclusive hundimientos de barcos.

Hay números, estadísticas científicas, premoniciones.

La misma imagen en ambos extremos.

Nuevamente las vívidas imágenes vistas por Audrey se imponen en mi mente.

Para que sobreviva, el Ártico debe perdurar

Para que sobreviva, el Ártico debe perdurar

El barco – como el oso polar- enfila hacia el norte. No puedo quitar mis ojos de los ojos del oso. En ese contacto veo resolución y esperanza. Los osos no piensan, actúan instintivamente, nadan, viven el momento con la esperanza de hallar hielo donde posarse y buscar comida… Repentinamente entiendo:

–         Querido hermano – le musito al oso. Nosotros como vos, también vivimos el momento; ignoramos el futuro. Seguimos la misma senda, imaginando –inocentemente- que todo va a estar bien, aquí o quien sabe donde.

–         Nosotros, como vos, nos sentimos inmortales…

Cuidar el ärtico (y el mundo natural en general) es salvar el planeta... Y a nosotros mismos.

Cuidar el ärtico (y el mundo natural en general) es salvar el planeta… Y a nosotros mismos.

De Viajes… (Taiga)

TAIGA

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Taiga, su solo nombre me seduce.

Evoca aventuras, exotismo, rigores climáticos, acción, gestas de pioneros y exploradores.

El paisaje -salpicado en verano por millares de ojos de agua cristalina y gélida, y erizado de enhiestos bosques de coníferas (pinos, abetos, cedros, piceas y alerces)- deja claros donde asoman rocas pulidas por los glaciares y recónditos refugios donde no puedo dejar de imaginar la figura de Dersu Uzala.

Taiga y Dersu Uzala –el venerable protagonista de la saga de Vladimir Arseniev, llevada al cine por Akira Kurosawa- se me antojan sinónimos. Las aventuras de Dersu y El Capitán en la taiga y la estepa siberiana quedaron grabadas en mi memoria.

Mientras deambulo por los senderos de la taiga –en los territorios del noroeste canadiense- miro con atención buscando los rastros de un lobo, un alce, huellas de un oso y –esperanzadamente- la figura de Dersu deslizándose como un fantasma por esos parajes.

Allí -entre la no menos mítica estepa, al sur, y la desprovista tundra al norte- la taiga o bosque boreal extiende su intrincada y difícil geografía. En verano es una enorme extensión cubierta por grandes y pequeños lagos, unidos por ríos y terrenos anegadizos, salpicados por isletas de coníferas. Los mosquitos reinan y acosan a humanos y bestias. Durante el invierno su geografía es invadida por la nieve y el hielo, y su extensión se agiganta uniéndose con la tundra y las regiones árticas. Es entonces cuando –irónicamente- comienza ser transitada por enormes camiones transportando pesadas maquinarias y hasta pequeñas “ciudades” que crecen en la desprovista e inclemente geografía. La ruta del hielo jalona minas de diamantes, yacimientos de gas y de petróleo.

Una presencia que hubiera arrugado el semblante de Dersu.

Desde el aire veo la transición de la taiga hacia la tundra y hacia el hielo ártico.

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Cazadores, tramperos, buscadores de oro y diamantes, petroleros. Una estoica y tozuda “especie” de hombres han transitado y transitan esta peculiar geografía. En ciudades cabeceras de estas regiones – como Yelowknife, la Capital de los Diamantes- se respira un aire de “última frontera”; de espíritus libres y autosuficientes. Algunas casas bote patentizan esa intransigencia a unirse al “sistema”; mientras vivan sobre el agua no pagan impuestos.

Artico Casas bote

Pero éste tiene otras formas de digerirlos. El alcohol, la procacidad y los suicidios los flagelan.

Jóvenes mujeres Inuit vienen a estudiar a la ciudad y terminan cayendo en el alcohol, los embarazos, que resultan en niños en orfanatos o – en el mejor de los casos- criados por abuelas mientras sus madres trabajan como sirvientas o prostitutas.

La geografía condiciona. Aunque es el mismo hombre el que se somete a si mismo a la degradación.

Dersu lo vivió en carne propia, y –viejo y enfermo- regresó a la soledad de su taiga siberiana.

Así lo han hecho, y continúan haciendo, aquellos relictos de poblaciones Inuit que viven en el ártico. Recorriendo el laberinto de canales en Bathtrust Inlet pude ver en una de las islas los restos óseos de un antiguo poblador. Su calavera y algunos huesos reposaban junto a algunos herrumbrados enseres personales (un viejo calentador y un recipiente para la comida o el agua y un hermoso recipiente tallado en roca donde la grasa de foca ardía como fuente de luz y calor). Los cuerpos eran depositados en un témpano junto con algunas pertenencias y dejados a la deriva, o depositados en algún sitio alto para que los elementos y los animales dieran cuenta de él. Hoy en algunas de esas aldeas existen cementerios. El cuerpo de un niño pequeño envuelto en pieles, esperaba a la intemperie que la tierra se descongelara para ser depositado en ella. Mi asombro seguramente asombraría a los pocos habitantes de la comunidad.

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Extensas caminatas por islas y penínsulas libres de hielo en el verano ártico recompensaban los sentidos con el descubrimiento de flores de vistosos colores. Esquivos grupos de bueyes almizcleros, manadas de caribú, algún zorro ártico, bandadas de gansos y los rastros de osos pardos o su fugaz visión trotando colina arriba.

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Prehistóricas construcciones líticas daban cuenta de la presencia del hombre desde tiempos inmemoriales. Lo huidizo de la fauna nativa también.

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La experiencia en estas remotas regiones septentrionales dejó una especie de inquietud en mi espíritu.

El avión me transportaba de vuelta a la “civilización”, desandaba el camino sobrevolando los hielos árticos, descubriendo trozos de la exigente ruta de hielo sobre la tundra, adivinando caminos en la intrincada alfombra de lagos y bosques de la taiga…

Mientras disfruto del paisaje y de mis pensamientos, viene a mi mente la epopeya de otros hombres. En otras latitudes, en otros ambientes.

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