Relatos del Cajón… (Fragmentos)

Sonidos

“… No emitieron una palabra para no romper la magia del momento…”

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“… La brisa sacudía suavemente la lona de la carpa. El rumor del mar llegaba fuerte y nítido a sus oídos. Con simétrica cadencia las olas rompían sobre la playa de guijarros provocando un estruendo primero y un suave y persistente murmullo al retirarse. Enfundado en la bolsa de dormir oía con deleite las voces del mar. El graznido de una gaviota, o la voz quejumbrosa de un huala se dejaba escuchar esporádicamente entremezclado con el omnipresente rumor del mar. Mágicamente la expiración de una ballena se impuso nítida llenando el ambiente. Era como el soplido a través de un tubo o una caña, y se prolongaba en el diáfano aire marino.

Sonrió con placer mientras deslizaba hacia su espalda los brazos en cruz sosteniendo su nuca. Lo colmaban esos vitales sonidos.

En la penumbra de la carpa miró a su compañera quien también escuchaba con un gesto de alegría y serena plenitud en su rostro.

No emitieron una palabra para no romper la magia del momento.

Largo rato quedaron escuchando la sinfonía natural. La ballena nadaba alejándose hacia otros rumbos dejando escuchar cada vez más levemente las sonoras respiraciones. El rebuzno entrecortado de un pingüino de Magallanes resonó varias veces, y por momentos se dejaba oír como un rumor -por influencia de la brisa- los ladridos de una lejana colonia de lobos marinos.

El cansancio iba ganando terreno. Con placidez se entregaban ambos al descanso. Al dormir los sueños irrumpieron mezclándose con la realidad. En ellos, la carpa dejaba penetrar otros vitales sonidos. El ronquido de un hipopótamo en la aguada cercana, la quejosa y risueña vocalización de una hiena, el bullicioso cotorreo de una pareja de monos que chillaban asustados al oír el poderoso grave y sostenido rugido de un león a la distancia…

La tenue luz del amanecer los despertó y –aunque un poco entumecidos por la escasa comodidad de la colchoneta- agradecidas miradas irradiaban sus rostros…Las voces de la naturaleza se sumaban al deleite que incentivaban todos los sentidos…”

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Relatos del Cajón… (Caminando con Ballenas)

Caminando con las Ballenas

Gran parte de este relato dió origen a un capítulo que fue incluido en “Dinosaurios: Relatos y Sueños de un Guardafauna”, en el – como en toda la segunda parte de ese libro- se agregaron charlas con un imaginario Guardafauna que resaltaba las excepcionales cualidades que el lugar posee para la interpretación de la naturaleza…

Caminar al lado de las ballenas es una experiencia poco usual...

Caminar al lado de las ballenas es una experiencia poco usual…

     Hace mucho tiempo, en una vieja revista de historia natural, leí un artículo donde se mencionaba que los esquimales tenían –allá en el Ártico- un “lugar al que iban a escuchar a las ballenas”…

     Sentado en la playa de pedregullo, en un paraje conocido como El Doradillo, a escasos diecisiete kilómetros de la ciudad de Puerto Madryn, recuerdo ese artículo y sonrío agradecido.

     Aquí en el sur tenemos “Un Lugar para Sentir a las Ballenas”.

Observación y disfrute en libertad

Observación y disfrute en libertad

     Las Ballenas Francas del Sur desfilan frente a mí a escasos metros de la playa, veo sus evoluciones, su comportamiento, escucho sus vocalizaciones y hasta huelo –en ocasiones- su aliento. Camino con ellas.

     Me siento privilegiado. Pocos sitios en el planeta brindan la oportunidad de intimar tan estrechamente con las criaturas silvestres. Armonizar con ellas, espiar su mundo sin perturbarlas. Sentirse uno mas entre ellas sabiendo que no interferimos con sus hábitos. A las ballenas se suman en una colosal puesta en escena de la naturaleza, lobos marinos, aves marinas, o la ocasional visita de delfines. En tierra una multitud de aves sobrevuelan el parco paisaje estepario. La rauda corrida de un cuis que busca abrigo entre las matas, o el aleteo de las aves distrae la mirada.

Cuises, Calandrias, petreles, ostreros, martinetas y hualas, son algunas de las especies que aportan su presencia en este mágico paraje.

Cuises, Calandrias, Petreles, Ostreros, Martinetas y Hualas, son algunas de las especies que aportan su presencia en este mágico paraje.

     Pero son ellas, las majestuosas ballenas quienes acaparan la atención.

     El aire se puebla de sonidos. Fuertes expiraciones de aire que se condensan en vaporizadas nubes, ronquidos, borbotones de agua, gruñidos de distinta intensidad. El graznido de las gaviotas o la quejumbrosa voz de un huala. El sonido menudo del agua al romper mansamente en la playa de guijarros, dejando al retirarse como una ovación de muchedumbre victoriosa…

     Los olores se suman a las percepciones que deleitan los sentidos. El penetrante y tonificante aroma del mar, mezcla de humedad, algas, sal, arena y guijarros. Un fuerte perfume que envuelve como la bruma, haciendo que olisquemos con fuerza, que llenemos los pulmones. Ese olor del cual  ya fue detectada su composición química -de acuerdo a los científicos no sería tan benévola- nos embelesa trayéndonos atávicos recuerdos.

     El tacto no permanece ajeno a la experiencia sensitiva de estar en esa playa. Acariciar los coloridos guijarros, sentir su tersura, palpar sus formas, llenar el puño de diminutas partículas de piedrecitas desgastadas por el mar y dejarlas escurrir entre los dedos sintiendo el inexorable paso del tiempo…

     Si nos animamos, tampoco el gusto queda fuera de la experiencia sensitiva total. Degustar –casi con la fruición de un enólogo- un sorbo de agua de mar, dejando que su salobre esencia sature el paladar, para descubrir pronto un dejo de marisco y la frescura de su pureza. Como un niño saborear una piedra, descubriendo el terroso sabor del polvo estepario arrastrado por los vientos, mezclado con la salobre agua marina. O paladear un alga recién dejada en la playa por la marea, sentir en la boca su metálico sabor, la consistencia casi sintética de su materia.

     Y la vista –por supuesto- se regodea con las armoniosas evoluciones de estos mansos gigantes. El paisaje, las luces diferentes de cada hora del día. El cambio de las mareas.

Pingüinos, ballenas y cómoda mobservación.

Pingüinos, ballenas y cómoda observación.

     Siento un enorme agradecimiento por tener el privilegio de estar en este remoto paraje del planeta. De descubrir su enormidad, sus facetas, su importancia. Y deseo compartir esa sensación. Contar lo que siento para inducirlo a sentir.

     A una iglesia, templo o catedral –obra del hombre- ingresamos en silencio, con recogimiento, reverencia y respeto.

     Ese es el respeto, la reverencia y el recogimiento que merecen sitios naturales –obra de un ser supremo- como el que describo.

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