Sueño de islas… (fotos)

Una Isla…

Desde la Cuna del mar… Millones de años de paciente construcción.

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Una base sólida de seres vivos para para dar base a nuevas vidas…

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Llegan los primeros colonos…

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Se arraiga la vida…

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Nuevos protagonistas se suman y prosperan…

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Dos mundos se consolidan…

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Desde el cielo nacen nuevas esperanzas…

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La Naturaleza concreto su sueño de porfía durante millones de años… Nosotros nos sumamos recientemente. 

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¿Seremos responsables por tanta belleza?

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Relatos del Cajón… (Fragmentos III)

El Peregrino

“…no tenía claro porque estaba allí en esa remota isla, para que había ido…”

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“… Fredy esperaba sentado en una mesa apartada en un rincón del mismo bar donde se habían encontrado la noche anterior. Bebía del vaso de cerveza mientras pensaba y miraba el recinto. Pocos parroquianos lo ocupaban.

La puerta se abrió y ,con la  entrada de luz que se coló desde el exterior, Fredy vislumbró la silueta de su amigo que agudizaba la vista intentando acostumbrarse a la penumbra interior. Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro del reciénb llegado al reconocerlo sentado en un extremo del salón.

-Siempre las espaldas protegidas y con un amplio ángulo de visión, las costumbres no se modifican- pensó mientras se dirigía hacia donde Fredy estaba.

Con un gesto de su mano le indicó al tabernero que trajera una pinta igual a la que su amigo bebía.

-Sentate y contame- le dijo Fredy sin preámbulos ni bien se acercó a la mesa.

-No hay mucho que contar- respondió encogiéndose de hombros y frunciendo el ceño- quiero fotografiar al “peregrino” y vos sos la persona indicada para llevarme a su hábitat.

– Si – respondió Fredy con un dejo de sarcasmo, y agregó:

-¿Por qué el “Peregrino” y no “El Craken”? – preguntó con picardía- ¿Qué te anda pasando? – interrogó.

Las preguntas lo tomaron por sorpresa. Primero porque Fredy no era de preguntar. Si nada le decían aguardaba a que lo hicieran; y segundo no tenía claro porque estaba allí en esa remota isla, para que había ido…

-Si quisiera buscar y fotografiar al “Craken” hubiera elegido el Caribe – dijo tras unos segundos apelando al humor- las aguas son mucho más calientes…

Por toda respuesta recibió la torva mirada de su interlocutor mientras meneaba la cabeza en signo de negación y se mordía el labio inferior.

-¡Qué se yo! – atinó a agregar viendo la reacción de su amigo- acción, supongo que acción es lo que necesito…

Fredy bebió de su vaso de cerveza y continuó mirándolo. Sus ojos no tenían la dura expresión de segundos antes. Se habían suavizado y echando la cabeza hacia atrás exhaló un profundo suspiro. Entonces dijo:

-Hace cosa de un mes recibí un correo de tu viejo –dijo en voz pausada- él me contó…

Sabía que Fredy y su padre conservaban una vieja amistad mantenida a través del tiempo y las distancias. No le sorprendió que supiera, aunque albergaba la esperanza de que no fuera así. No quería hablar sobre eso…

Se encogió de hombros, aspiró profundamente, lo miró directo a los ojos, meneó la cabeza y con voz apenas audible se escabulló:

-Tengo hambre ¿pedimos un pie de carne y riñón? También un whisky por favor para acompañar la cerveza…

Fredy asintió en silencio cerrando los párpados con un leve movimiento de su cabeza. La cena transcurrió plácida. Hablaron del “Peregrino” y del “Craken”, contaron viejas historias comieron y bebieron varias rondas de cerveza negra y espumosa. Tras brindar con el tradicional “night cup” –el último trago de whisky de la noche-, se despidieron. Mañana se encontrarían en el muelle…”

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Relatos del Cajón… (fragmentos)

Al Norte norte

“… Hacia el fondo de la barra, donde ésta hacía un ángulo recto hacia la pared, lo vio. Las espaldas cubiertas y una vista general del ambiente- pensó…”

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La casa de piedra estaba ubicada a escasos metros del muelle. Dos pisos, rectangular, ventanas no muy grandes como embutidas en la gruesa pared. El techo de laja negra era rematado por chimeneas de roja cerámica sobre las que descansaban las gaviotas. Un cartel adosado al muro –fondo negro, con letras doradas- ostentaba el nombre del pub. La puerta de gruesa madera oscurecida por el tiempo y la intemperie mostraba en partes cristales de sal incrustados en los relieves de lasa molduras, producto de las brumas marinas. Brillaban al ser tocados por los rayos de sol que se filtraban entre las nubes.

Permaneció un buen rato mirando esa vieja casona acodado en la herrumbrosa baranda del muelle al otro lado de la estrecha calle. Atrás embarcaciones menores de pesca y paseo se balanceaban en las quietas aguas protegidas por altas escolleras. Afuera el mar persistía en su cotidiano embate sobre las centenarias paredes de piedra. Se mostraba benévolo ese día y a esa hora.

Cruzó la calle para entrar a la taberna que desde hace un par de siglos atesoraba la historia de ese puerto, y de muchos otros en remotos sitios del planeta transmitidos entre copa y copa por marinos de variada nacionalidad.

Traspasó la pesada puerta y se detuvo varios minutos escudriñando el sombrío interior. Le llamó la atención lo grande que era, y a medida que sus ojos se acostumbraron a la penumbra llamó su atención la lustrosa barra. Lucía impecable. La escasa luz proporcionada por lámparas que pendían del techo arrancaba destellos a la tersa superficie de madera. A la distancia no se veían las muescas que el tiempo y quizás algunas peleas habían dejado en ella.

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Los aromas de cervezas, whiskies y licores impregnaron su olfato, mezclados con tufos de tabaco frio. Sonrió y recorrió con la mirada la variada y abundante cantidad de botellas de licor. La barra corría paralela a la entrada ubicada sobre el lado más largo del rectángulo ocupando la pared del fondo. El resto del salón se ubicaba frente a ella, de modo que al entrar el bar se imponía. Mesas y sillas se distribuían a lo largo del salón. A esa hora no había música aún, y el viejo piano aguardaba en una esquina.

Una vez que su vista se habituó a la penumbra del lugar, dirigió la mirada hacia el sitio en que sabía –o imaginaba saber- debía estar a quien buscaba. No había muchas personas. Una media docena de hombres y mujeres que parecían turistas sentados al rededor de las mesas, y dos reconcentrados individuos en los taburetes y encorvados sobre la barra frente a sendas pintas de cerveza. El barman hablaba con uno de ellos, mientras le servía una medida de whisky en el pequeño vaso. Parecía que hablaba al aire a juzgar por la mirada perdida de su interlocutor.

Hacia el fondo de la barra, donde ésta hacía un ángulo recto hacia la pared, lo vio.

Las espaldas cubiertas y una vista general del ambiente- pensó.

Nuevamente una sonrisa ganó su rostro celebrando íntimamente la certidumbre de donde lo iba a encontrar. Caminó a lo largo del bar a su encuentro.

– Fredy…- dijo en voz baja con clara nota afirmativa y no de interrogación.

Leía Fredy ensimismado en las noticias del diario local. Levantó la vista hacia la persona que pronunció su nombre con gesto de sorpresa y curiosidad. La mueca que se dibujó en sus labios pretendía ser una sonrisa –pocas veces una risa plena ganaba ese rostro- pero sus ojos denunciaban la alegría.

– ¡Qué hacés acá!- disparó con voz cascada y bajándose de la banqueta para estrechar la mano y alzarse para abrazarlo.

Los dos personajes de la barra levantaron sus cabezas y dirigieron una mirada interrogante hacia el extremo del bar.

El barman también miró sorprendido, y – con íntima aprobación- bajó la vista meneando la cabeza con una amplia sonrisa como para no perturbar la intimidad. Fredy no es un tipo de muchas palabras – pensó.

Tras el breve abrazo, y tomándolo de los hombros invitándolo a sentarse en el taburete preguntó:

– ¿Qué tomás?

– ¡Peter servile un single malta a mi amigo! – agregó sin esperar respuesta en un tosco inglés.

Hablaron, tomaron varias medidas de whisky, saborearon sendas pintas de negra cerveza y quedaron en verse más tarde para cenar.

– Asi que el peregrino…- se dijo Fredy pensativo mientras caminaba a su casa en esa remota isla…

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