Relatos del Cajón (Reflexiones junto al mar…)

La Red

“…La verborragia que aturde nuestra vida termina confundiendo y abre camino al caos, pese a creernos entender y ser parte de ese mundo global…”

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“… Musters, ¿los piojos no duermen nunca…? – preguntó el cacique Orkeke… (*)

Que viniera a mi mente el pasaje de ese libro de viaje me hizo reír; resultaba una analogía más que ajustada a las reflexiones que ocupaban en esos momentos mi cabeza:

– Como los piojos los pensamientos nunca duermen- me dije- y como ellos, en ocasiones, suelen ser muy molestos…

Alejado voluntariamente por un rato de computadoras, celulares e internet cavilaba con la recurrente idea de la comunicación que intenta “adueñarse” del instante… Infructuosamente claro.

Sentimiento que me había hartado ya en mis primeros años como periodista. Hoy esa sensación de “atrapar el instante” parece – erróneamente- ser alcanzada, pero esa falsa certeza nos engaña a través de Internet y las redes sociales, la televisión y los tuits, y corremos –como un perro que persigue a su cola- en círculos.

Las palabras y las imágenes se multiplican, envuelven, bombardean creando una endeble –o falsa- sensación de conocimiento.

Filtrar lo bueno y lo malo, la verdad y la mentira es una tarea ciclópea, y no muchas veces fructífera.

Cada segundo es hoy expuesto con deliberada saña saturándonos sin cesar con asesinatos, guerras, corrupción, aniquilamiento, y apocalipsis planetarias… Nos deja estupefactos y hasta – en ocasiones- inermes para la acción. ¿Quien puede entender lo que nos hacemos a nosotros mismos?

Continuamos día a día sumergidos en la tarea cotidiana; en ocasiones gratifica, otras es frustrante, pero en cualquier caso ineludible para la existencia –material al menos-. Peleamos las pequeñas batallas a nuestra medida…

La verborragia que aturde nuestra vida termina confundiendo y abre camino al caos, pese a creernos entender y ser parte de ese mundo global.

La Red nos envuelve.

Parar y callar es – a veces- saludable.

La contemplación del mar, el vuelo de las aves y los sonidos puros de la naturaleza se transforman en un bálsamo que apacigua el estado de tensión al que nos sometemos voluntaria y cotidianamente…

Sentado en la solitaria playa, mirando el mar, intento ignorar la idea de que este mundo natural que nos cura, puede no estar por siempre; que las sempiternas guerras que se perpetúan desde el pasado y se repiten cíclicamente pertenecen a un mundo virtual (como se nos muestra a diario, no es difícil caer en esa ilusión )…  Sacudo la cabeza con la vana intención de borrar la realidad.

Resignado, e ingenuamente optimista, esbozo una sonrisa y pienso:

– Los pensamientos, como los piojos, nunca duermen…-

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(*) Del libro “Vida entre los Patagones”George Chaworth Musters

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Relatos del Cajón… (Capítulo 10 – Fin Primera Parte)

Capítulo 10

Machu Picchu Panorámica 2 BN B

“… Los ojos se le llenaban de humedad al Viejo y le ardían al leer, conociendo la historia que sobrevendría. Respiró profundo, hizo una pausa y continuó la lectura…”

Lánguida

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“…La mítica ciudela incaica –como a todos – los deslumbró. Caminaron sus senderos y acariciaron sus piedras con fruición. Treparon la estrecha y empinada senda hasta la cima del Huayna Picchu y simplemente admiraron y callaron. Atrás había quedado Cuzco, Saqsayhuaman, Pisac, Ollantaytambo… La grandiosidad del Imperio Incaico había ganado sus jóvenes espíritus. Aquel viaje iniciático, que los había unido fortuitamente en una encrucijada del camino, los maravillaba a cada paso. Y ese día en las colosales ruinas de los Andes, sentían que el haberlo transitado juntos los había enriquecido. Se sabían capaces de conquistar el mundo, de lograr todos sus sueños. Las imágenes obtenidas se atesoraban en los rollos fotográficos que se acumulaban en sus mochilas, y más indelebles en sus almas. Mucho quedaba aún por andar, el tiempo diría en que puntos cardinales; una sola certeza los acompañaba: iban a estar juntos…”

Dejó de escribir, y salió de su camarote. Sonreía al evocar aquellas lejanas vivencias. Pero sabía que el viaje antártico estaba llegando a su fin. La mañana siguiente lo encontraría en el puerto. Y la incertidumbre era hacia donde dirigiría sus próximos pasos…

Subió a la zona del mirador donde estaba situado el bar.

En la cubierta superior los enormes ventanales reflejaban las imágenes del interior envueltos en una suave penumbra. Las luces justas permitían observar el ocasional paso de algún ave en el exterior, fundida y esfumada en los vidrios con las figuras del salón.

Sentado en el taburete en la barra degustaba un whisky mientras una grabación se dejaba oír, suave, inundando el recinto.

Lánguida, cadenciosa, con voz grave, aterciopelada y sensual -que trasuntaba melancolía- la intérprete desgranaba la letra de la canción. Calló su voz dando paso a la melodía, el solo de piano irrumpió límpido y cristalino, con marcadas y puras notas; muy lentamente se sumaron los acordes de violines en suave “increccendo”. La envolvente sonoridad del saxo enfatizó la tristeza latente, mientras los ritmos graves y sonoros del bajo- esos bajos enormes y gordos al parecer- delineaban los compases.

Su alma se contrajo.

El ánimo –un tanto mustio- se ajustaba al clima propuesto por la música.

Como por encanto el sonido del piano “en vivo” resonó en la sala y se acopló a la grabación que llenaba el recinto. Se sorprendió -no sin agrado- y giró la butaca hacia donde el instrumento estaba ubicado.

Sentado en el taburete el músico –que había llegado silenciosamente- le sonrió cómplice y alzó su vaso en señal de saludo. El le respondió con el mismo gesto y un leve movimiento de su cabeza aprobando su presencia sin decir palabra.

La música prosiguió acompañada ahora por los acordes del piano que resonaban puros. Nuevamente la voz de la cantante se impuso por sobre la melodía.

El y “el piano man” se dejaron envolver por la música y el recuerdo; sea este cual fuera…

Afuera el mar sacudía las bandas del barco con vigorosa marejada.

Mañana el puerto, pero será mañana…- se dijo mientras sorbía un trago.

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(Nota del Autor: Lo que comenzó como un ejercicio de hilvanar relatos mezclando vivencias e imaginación, cobró vida. Estos primeros 10 capítulos publicados en Botella al Mar continúan surgiendo y – a decir verdad no se aún donde me llevan- pero nómade al fin dejo que me lleven… Con el tiempo seguirán plasmándose en estas páginas.)

Relatos del Cajón… (Pelea por la Vida – Capítulo 4)

Capítulo 4

EL MAR, UN PELIGROSO HOGAR

“…Desde su puesto de observador, nuestro pingüinito sintió renacer esa especie de escozor dentro suyo. Verdaderamente el mar parecía representar la seguridad…”

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“…Tras el diluvio, aquellos pichones que sobrevivieron pudieron darse cuenta que los peligros no provenían solamente de otros seres. De una indefinida forma comprendían que sólo los más aptos iban a ganar la batalla. Ni más ni menos que el derecho a la vida. No bastaba nacer, sino que había que ser muy fuerte para mantener ese don.

Sin embargo, como en todo ser que se asoma a la vida, los pichones muy pronto dejaron atrás sus desventuras y prestamente se encontraron con nuevas y fascinantes experiencias.

Así sucede con el pingüinito de nuestra historia. Apenas el sol entibió y secó sus plumas, estaba ya investigando en los alrededores del nido. A medida que las semanas transcurrían ganaba confianza en ese sentido. Y en los últimos días, los cambios operados en su cuerpo le indicaban que ya era otro, que muy pronto podría intentar con éxito internarse en ese enorme mar que tanta curiosidad le despertaba…”

“…A medida que los días transcurrían, más y más aumentaban en el pichón las ansias por internarse en ese mar. El líquido elemento del cual provenía la comida, esa comida que sus progenitores cada vez le otorgaban más racionada. O quizás simplemente que a él ya no le alcanzaba.

Finalmente llegó el día. Luego de haber estado medio mañana tendido al sol calentando sus plumas, llegó el impulso que necesitaba. Desde su sitio elegido cerca de la costa –ya que todos los días se alejaba un centenar de metros de su nido para acomodarse a corto trecho de la línea de marea- vio como su vecino se acercaba con paso titubeante al agua hasta que humedecía su pico en ella y parecía como si bebiera. Esto lo movió como un resorte y se decidió.

Nadie le prestó atención. Un inacabable desfile de ida y vuelta le entorpecía un poco el paso, no obstante llegó hasta donde estaba el otro pichón. Ambos se miraron, pero no dieron muestras de acercamiento. Al fin el agua lo mojó. Sorbió el primer trago de ese líquido. No le supo mal. La siguiente ola lo arrastró un poco más adentro, y la siguiente lo envolvió en un revoltijo de espuma, piedras y algas. Confuso emergió tras la rompiente y notó la facilidad con que flotaba. Miró a su alrededor y vio que el otro pingüinito nadaba un poco más lejos. Movió entonces su cuerpo y se maravilló como este respondía en el agua. No debía hacer muchos esfuerzos, como en tierra. Metió la cabeza bajo el agua y justo en ese instante una pequeña saeta de plata pasó frente a sus ojos. Instintivamente le tiró el picotazo y se lanzó en su persecución. Su instinto le indicaba que eso era comida. Se sorprendió cuando lo tuvo en su pico, y no pudo en sí de placer en el momento de sentir ese agradable sabor que tanto apetecía. ¡Era comida! ¡Su primer bocado logrado por si mismo…!

En su elemento...

En su elemento…

El descubrimiento lo hizo lanzarse en una alocada carrera, presa de un alegre frenesí. Movía las aletas y éstas lo impulsaban con vertiginosa velocidad. Viraba hacia uno y otro lado. Saltaba fuera del agua y volvía a sumergirse con pasmosa celeridad. Aquí y allá atrapaba algún sabroso bocado. Pasaba a escasos centímetros de sus mayores y lograba esquivarlos a último momento. Estaba maravillado con su cuerpo. Notaba que se encontraba al fin en su elemento. ¡Un elemento que lo hacía sentir libre!

Al fin, cansado de tanta excitación y ejercicio, se quedó un rato reponiendo energías en la superficie del agua. Las olas lo mecían con suavidad. Lentamente comenzó a nadar hacia la costa. Un poco más adelante alcanzó a divisar a su compañero de “bautismo marino”. Ya había entrado en la rompiente, con decisión se lanzó hacia la playa… Pero que cansado estaba!

Tenía ganas de tenderse en la playa para que el sol lo adormeciera.

Se dejó llevar hasta que una enorme ola lo envolvió y entró de lleno en la rompiente. Pese al cansancio tuvo que moverse para no quedar sepultado bajo una catarata de espuma. Ya veía la playa más cerca. Desde la cresta de una ola vio como el otro pichón ya posaba su cuerpo sobre la playa. Al segundo siguiente se vio en vuelto otra vez en un torbellino. Casi no tuvo tiempo de respirar y otra vez bajo el agua. Se asustó. Las fuerzas lo abandonaban y las olas eran cada vez más potentes. Al fin un ensordecedor bramido lo depositó a los tumbos en la playa de guijarros. Extenuado en extremo quedó tendido. No tenía fuerzas para moverse. Su cuerpo parecía pesarle demasiado. Poco duro su respiro. La siguiente ola al retirarse con fuerza lo arrastró otra vez a ese infierno de agua y espuma. Nuevamente la desesperación; los esfuerzos vanos, las fuerzas que lo abandonaban… La agonía se repitió, De nuevo en tierra firme. Podía ver como los demás recuperaban la posición vertical y se apresuraban a salir de la línea de marea, intentó imitarlos pero su cuerpo no le obedecía. Antes de ser arrastrado nuevamente pudo ver al otro pichón que era elevado en la cresta de una ola. De modo que él tampoco se había podido alejar.

El mar solo cobija a los más aptos...

El mar solo cobija a los más aptos…

Aturdido y agónico, tras la quinta vez que el mar lo volvía a arrastrar, quedó tendido casi inerte en la playa. El desfile incesante seguía a su alrededor, y justo antes que otra nueva ola lo succionara mar adentro, un lacerante dolor en el flanco lo hizo incorporar instintivamente. Por reflejo, caminó un par de metros antes de caer extenuado otra vez. Pero casi instantáneamente otra punzada lo hizo reaccionar provocando movimiento en su aterido cuerpo. Al fin su atontado cerebro percibió de qué se trataba. A su lado un adulto –que no pudo reconocer- le propició un nuevo y fuerte picotazo antes de seguir su camino hacia el nido. Al caer sobre los guijarros notó con alivio que estaban secos y entibiados por el sol. Antes de sumirse en un pesado sopor vio que se hallaba varios metros arriba de la línea de alta marea. En un último gesto antes de caer dormido pudo ver una figura conocida que flotaba en la cresta de una ola, para luego ser depositada en la playa inerte. Era el otro pingüinito. Ya estaba muerto. No había sufrido –como él- un picotazo salvador que lo sacudiera y le brindara las fuerzas para alejarse de la marea. Nuevamente la suerte estaba de su lado.

Durmió convencido de que había superado la primera prueba. Era apto. El mar se convertiría en un sitio seguro de ahora en más…”

 Ps con Aves B

Continuará…

Relatos del Cajón… (Mi Piedra)

MI PIEDRAP1120707 B

     “Me senté en la suave arena y descansé la espalda contra una roca. Estiré el cuerpo y me dispuse a disfrutar de “ese mar”, “ese cielo”…

     El sol brillaba frente mío, un poco hacia la izquierda, casi a contraluz. Entrecerré los ojos y comencé a mirar aquel paisaje que conocía de memoria. Al frente la restinga, más allá las pequeñas rompientes, luego la brillante y acerada superficie del mar; hasta que a lo lejos – interponiéndose entre el horizonte y la costa – la pequeña islita que reverberaba desdibujándose por el calor.

     Me dispuso a escuchar las voces de los lobos marinos que poblaban el islote, y se entremezclaban con el sonido del mar. Mis ojos se convirtieron en apenas una ranura para tratar de vislumbrar las siluetas. Despaciosamente dejaba que la vista vagara por el entorno. De pronto, sin saber porque, mi atención se fijó en una piedra. Una y otra vez los ojos volvían a ella. Hasta que… entremezclada con los sonidos del mar y el mugido de los lobos, escuché una voz.

     Sin moverme y apenas achicando un poco más la ranura de mis ojos, fijé la vista allí, en ese punto de donde provenía la voz. Ésta emanaba nítida – aunque sin una audible caracterización – de la piedra. Esa piedra de la que no podía apartar la mirada.

     La observé más con curiosidad, que asombro. Sentí una oleada de intenso placer al atisbar algo así como ¿”comunicación”? con los habitantes del tercer reino. Al menos un habitante.

     Era gris la piedra. No mayor que el tamaño de un puño, de contornos irregulares y surcada de grietas que amenazaban fracturarla y dividirla de un momento a otro. Estaba en el límite de la zona de arena. Centímetros más allá el mar amontonaba la resaca en su línea de alta marea.

     Me relajé aún más. El estridente graznido de una gaviota me indujo a pensar que estaba despierto, que no soñaba. Sonreí.

     La piedra comenzó a contar su historia. Habló de pretéritos tiempos, cuando sintió crujir, estallar y convulsionarse su materia. Cuando su – entonces – enorme masa fue expelida del interior de la tierra experimentando por primera vez una sensación de ingravidez, vértigo y libertad en el espacio infinito. Luego de ése, su primer vuelo, el choque violento contra el convulsionado planeta la hizo estallar en cientos de pedazos. Cuando los cataclismos dejaron lugar a un “enorme” silencio, otras transformaciones tuvieron lugar.

   De la exuberante vegetación, los pantanos, la niebla y el sopor exhalado por esa tierra aún tibia, pasó a la gélida presencia del hielo. Convivió – sufriendo su abrasión – con azules y gigantescas paredes de agua compacta que permanentemente se movía, crujía, labraba canales en la dura roca.

     Vio el paso de grandes animales, se mezcló entre el cieno y multitud de seres vivos en el fondo marino. Fue arrastrada, pulida, enfriada, calentada, fragmentada y transportada cientos de kilómetros en una constante y dilatada transformación. En ocasiones tembló de impaciencia y esperanza acompañando la trepidación de la tierra, ansiosa por ser – una vez más – lanzada por los aires…Pero el tiempo pasaba y discurría la soledad, rodando con el viento, por esa enorme y silente estepa.

     Algunas veces supo de la compañía ocasional de otro ser vivo. Más de una vez se cobijó, buscando su protección, algún zorro. En una ocasión hasta un gran y pinchudo coirón creció a su lado. Entre él y ella una pareja de martinetas tuvo su nido. Ayudó a proteger la vida

     Se acostumbró a recibir la caricia del viento, la ardiente pasión del sol, el frío abrigo de la nieve y la cantarina suavidad del agua. Poco a poco su apariencia fue cambiando. A veces un seco estampido la fragmentaba, dividía su cuerpo durante la noche. Otras el viento modelaba sus formas, o la paciencia del agua horadaba figuras en su superficie

     Escuchaba con placer la historia de los tiempos narrada por – ya para entonces – “mi” piedra. Ese sentimiento me produjo cierta ambigüedad ya que no debía poseerla. Pero la quería.

     Cambié de posición. Sentí el dolor del cuerpo entumecido al acomodarme. Esto me agradó. Necesitaba convencerme de que vivía ese instante a cada momento. Los movimientos en nada perturbaron el encanto especial de esa situación.

     La piedra narró entonces aquella trascendental ocasión en que tomó contacto por primera vez con un hombre. Sucedió un claro y despejado día, allá en la meseta. Ella convivía desde el último invierno con un alacrán que se cobijaba bajo su protector abrigo. Ese día un hombre la levantó – dejando desguarnecido al alacrán – y la introdujo en un morral. Más tarde, sentado en cuclillas junto a una frondosa mata de jume, esparció su contenido en el suelo. Cuidadosamente el hombre separó aquellas piedras que le servían, desechando otras. A algunas las golpeó arrancando trozos que quedaban en el suelo, como esquirlas de colores diversos. A ella la tomó entre sus manos. La dio vueltas, la acomodó de diversas maneras en la palma de la mano y – aparentemente satisfecho – la volvió a introducir en el morral.

     La piedra me confesó que al experimentar la suavidad y calidez de la mano del hombre sintió cierta… afinidad, como algo muy íntimo y esencial que los unía.

     Viajó. Viajó en compañía del hombre. Le fue útil. Se convirtió en un instrumento. Su irregular conformación se adaptaba a la mano humana. Era como una prolongación que escapaba de ésta y servía para tallar otras piedras. Los siglos la habían modelado sin alterar su primigenia dureza.

     Una tarde, aquí, en esta costa, sucedió. Los años pasados junto a ese hombre, ese aborigen conocedor de cada rincón de la estepa, llegaron a su fin. Un golpe mal dado y se quebró.

     El aborigen la miró incrédulo -rememoró la piedra-. Como si aquello no pudiera ocurrir. La piedra supo lo que vendría, por eso su sorpresa al sentir el suave contacto de esa conocida mano que la acariciaba lenta, meticulosamente. Supo que ella y el nativo habían llegado de alguna forma a quererse. A necesitarse.

     Mientras recorría la anatomía de esa piedra – que él también consideraba suya – palpando cada centímetro de su tortuosa superficie, el indio miró hacia el mar. Un dejo de melancolía se asomó a sus ojos. La miró por última vez y – como sabiendo tras tantos años de convivencia – la arrojó lejos. Lo más lejos que pudo.

     La piedra sintió el contacto de esa mano, la despedida, y el gesto del hombre en ese instante. Luego vino el impulso final y voló. Voló y entonces supo…

     Desde entonces la piedra está allí. En ese sitio. Alguna vez la compañía de algunos musgos. Uno que otro tierno pasto que crece al compás de las caprichosas lluvias, y la presencia permanente de esas alas. Esos seres que volaban libres. Desde entonces espera. Segura, tozudamente espera… Espera que…

     Abrí los ojos y los fijé aún con más intensidad en la piedra. Parpadeé y quedé sorprendido al oírme – por primera vez – implorar en voz alta:

     – ¡¿Que?! ¡¿Esperar qué?! –

     Hubo un silencio. Ni el mar, ni las gaviotas, ni la brisa susurraron su voz. Se produjo uno de esos escasos y mágicos instantes de puro, total y absoluto silencio.

     Luego la piedra habló. Habló muy quedamente. Como turbada, indecisa. Sin estar segura de aflorar sus más íntimos secretos.

     Conmovido escuché.

     La piedra esperaba – pacientemente – al tiempo. Sabía, con su milenaria sapiencia, que éste inexorablemente la iría desgastando. Ansiaba verse disgregada. Ya sentía partirse en pequeños trozos. Aguardaba que el sol y el frío la fragmentaran, convirtiéndola en cada vez más diminutas partículas. Sabía que el mar, allí cerca, la transformaría en una de los millones y millones de pequeñas piedrecitas que se mecían al influjo de las mareas. Al fin sería arena y entonces con ayuda del viento volaría hasta caer suavemente en el océano. Allí, descendiendo lentamente a las profundidades, ella sería una de las elegidas. Absorbida por un mejillón sería entonces ¡otro ser! La primera parte de su sueño estaría cumplida…

     Aquí se produjo otro silencio.

     Abrumado por la intensidad de los íntimos deseos confesados por la piedra, urgí nuevamente:

     – ¿¡La primera parte del sueño!? –

     Esa simple piedra, agrietada, a punto de desintegrarse, dueña de un pasado que contenía la memoria de los tiempos, dijo entonces con pudor:

     – Si, la primera parte… Porque como otro ser serviré de alimento a esos seres alados, y ya como parte indisoluble de ellos podré volar… ¡Volar libremente por los cielos! ¡Como aquella primera vez…!

     El sol ya casi se ponía tras la línea del horizonte. Sus últimos rayos de luz bañaban la playa. Otra vez todos los sonidos llenaban el ambiente. Sentí un profundo amor por aquella piedra. Hubiera querido llevarla conmigo, pero conocedor de su secreto sueño no lo hice. Me acuclillé a su lado, la acaricié suave, muy suavemente y me permití llamarla entonces:

   – Mi piedra”.  Mi Piedra B

 

Relatos del Cajón… (Marea)

Marea

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Alta la mar. Lame delicadamente las costas o golpea con furia.

Es plena, vital, exuberante, atiborrada de nutrientes, capaz de llenar con su empuje cada grieta o resquicio.

Avanza con ímpetu, imparable, su fuerza viene de más allá, de esa inconmensurable ola que transporta energía…

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Baja la mar. Se retira sin pausa, casi imperceptiblemente, tenaz en su repliegue.

Va descubriendo las intimidades de su seno, las criaturas que la habitan, sus miserias y tesoros.

La tregua, cíclica, desnuda secretos.

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Como la marea –cíclicamente- avanzo y empujo, cubro, conquisto…

Como la marea –cíclicamente- me repliego, escudriño, busco, descubro causas nuevas para avanzar…

Antofagasta-Arica 279 B

Relatos del Cajón… (La Vista se me puso buena…)

LA VISTA SE ME PUSO BUENA

Imagen

“…La vista se me puso buena de tanto mirar el horizonte…”- escribí un día…

Veo las luces, los colores y la palpitante vida de las criaturas silvestres que nos rodean.

Vaticino la llegada del frío o el calor al observar el paso de las prolijas bandadas de cauquenes en su derroteros al sur o al norte.

Anticipo el arribo del viento al ver las neblinosas nubes de polvo que se ciernen desde tierra adentro, o los rizos que se multiplican hasta alborotar la superficie del mar anunciando la brisa marina.

Disfruto tratando de adivinar donde quedó el horizonte cuando la mar y el cielo se unen en un monocromo gris sin fisuras.

Me regocijo con la llegada temprana de las primeras ballenas…

Por supuesto no pasa desapercibido el trajinado movimiento de los barcos.

Ni la alegre travesía de los veleros…

Si, la vista se me puso buena.

Aunque aún ansío ver lo que mis ojos buscan…

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Relatos del Cajón… (Capítulo 3)

“Con suaves movimientos de cabeza mientras leía con atención, indicaba su aprobación. El viejo se acomodó en su sillón frente al ventanal mientras añejos recuerdos venían a su mente…”

Viento

El mar se impone

El mar se impone

Casi las cien personas que se permitían estar en tierra por vez habían desembarcado, cuando se oyeron las insistentes sirenas del barco indicando el regreso a la nave. Simultáneamente la voz del segundo oficial urgía – cascada y metálica desde los “handies”- a un pronto abordaje a los botes neumáticos.

Tranquilo indicó a su grupo que se acercara a la playa para subir a los botes y regresar al barco.

Serenas órdenes y concisas explicaciones disuadían a los más remisos a suspender la fotografía inmediatamente y dejar la playa. No había peligro inminente, pero el viento comenzaba a hacerse sentir, y blancas crestas coronaban las olas. Un trayecto de menos de 10 minutos de navegación hasta la nave, se convertía – a medida que el viento arreciaba- en 15, 20 y hasta 30 minutos. La operación para despejar la playa y evacuar  todos los pasajeros se realizó sin inconvenientes. Mojados, y con el sabor de una moderada aventura que podrían revivir entre trago y trago, los pasajeros subieron al barco sin inconvenientes.

La última embarcación en dejar la costa lo llevaba a bordo junto al Jefe de Expedición y los demás naturalistas. El corcoveo sobre las olas se intensificaba a medida que la velocidad del viento aumentaba. Su espalda lo sentía ya que aún no se recuperaba del último temporal cuando los “rebotes” a bordo de la ligera embarcación lo habían dejado maltrecho. Sin embargo disfrutaba esos momentos. Las aves pasaban rozando las cabezas, mirándolos con atención, se posaban en las agitadas aguas y observaban el trabajoso paso del bote. Las olas los mojaban y el viento no cedía, pero el derrotero era seguro. El barco se movía con lentitud, esperando el arribo de la tripulación. Sin novedades subieron por la escalera y mojados pero felices se reunieron para conocer con más detalle el estado de situación.

Para entonces la velocidad del viento se había incrementado notablemente y velos de spray se desprendían de las olas indicando que ya alcanzaban o superaban las ráfagas de 100 kilómetros por hora.

La voz del capitán anunció por los altoparlantes que el barco debía mantenerse dentro de las aguas relativamente calmas dentro de la bahía hasta tanto el viento amainara y pudieran seguir  con su derrotero. Ya era hora de la cena, por lo tanto la jornada estaba completa. Solo restaba a los pasajeros descansar, y disfrutar de la situación.

En pocas horas las fuertes ráfagas de viento amainaron y de rachas de 120 kilómetros por hora bajaron a unos someros 80. Fuera del abrigo de la bahía el mar abierto los recibió con una marcada onda marina y olas que alcanzaban los 12 metros de altura y llegaban a salpicar las ventanas del puente. Por fortuna el cabeceo era acompasado, sin rolido, y permitía acostumbrar el cuerpo a esa cadencia.

Sentado en el bar charlaba con el Jefe de Expedición mientras saboreaban una cerveza. Lo acontecido no era tema de conversación, ambos tenían sobrada experiencia en ésas lides. Entre recuerdos de tiempos cuando ambos jugaban al rugby; viejas historias narradas con maestría por el “jefe” de cuando transitaba en su juventud por la Antártida con los trineos tirados por perros; como llevan los suministros a los “depo” o depósitos de avanzada para las exploraciones; los múltiples usos que le daban a cada uno de los componentes de esos cajones, el gusto de algunas comidas, la enorme lata de duraznos en almíbar que una vez vacía servía para hacer las “necesidades”… Las horas pasaron y tras un par de bebidas el jefe se despidió.

El se quedó unos instantes más mirando por los ventanales, de a ratos eran “lavados” por la espuma de las olas que para entonces había mermado considerablemente. Bajó a su camarote.

La acción lo mantenía “ocupado”, pero cuando se detenía, los pensamientos lo abrumaban. “Esa” imagen de mujer se corporizó como siempre y antiguos recuerdos acudieron en tropel a su mente.

Olas y viento, partitura antártica

Olas y viento, partitura antártica