Relatos del Cajón… (Fragmentos)

Sonidos

“… No emitieron una palabra para no romper la magia del momento…”

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“… La brisa sacudía suavemente la lona de la carpa. El rumor del mar llegaba fuerte y nítido a sus oídos. Con simétrica cadencia las olas rompían sobre la playa de guijarros provocando un estruendo primero y un suave y persistente murmullo al retirarse. Enfundado en la bolsa de dormir oía con deleite las voces del mar. El graznido de una gaviota, o la voz quejumbrosa de un huala se dejaba escuchar esporádicamente entremezclado con el omnipresente rumor del mar. Mágicamente la expiración de una ballena se impuso nítida llenando el ambiente. Era como el soplido a través de un tubo o una caña, y se prolongaba en el diáfano aire marino.

Sonrió con placer mientras deslizaba hacia su espalda los brazos en cruz sosteniendo su nuca. Lo colmaban esos vitales sonidos.

En la penumbra de la carpa miró a su compañera quien también escuchaba con un gesto de alegría y serena plenitud en su rostro.

No emitieron una palabra para no romper la magia del momento.

Largo rato quedaron escuchando la sinfonía natural. La ballena nadaba alejándose hacia otros rumbos dejando escuchar cada vez más levemente las sonoras respiraciones. El rebuzno entrecortado de un pingüino de Magallanes resonó varias veces, y por momentos se dejaba oír como un rumor -por influencia de la brisa- los ladridos de una lejana colonia de lobos marinos.

El cansancio iba ganando terreno. Con placidez se entregaban ambos al descanso. Al dormir los sueños irrumpieron mezclándose con la realidad. En ellos, la carpa dejaba penetrar otros vitales sonidos. El ronquido de un hipopótamo en la aguada cercana, la quejosa y risueña vocalización de una hiena, el bullicioso cotorreo de una pareja de monos que chillaban asustados al oír el poderoso grave y sostenido rugido de un león a la distancia…

La tenue luz del amanecer los despertó y –aunque un poco entumecidos por la escasa comodidad de la colchoneta- agradecidas miradas irradiaban sus rostros…Las voces de la naturaleza se sumaban al deleite que incentivaban todos los sentidos…”

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Relatos del Cajón… (Pelea por la Vida – Capítulo 4)

Capítulo 4

EL MAR, UN PELIGROSO HOGAR

“…Desde su puesto de observador, nuestro pingüinito sintió renacer esa especie de escozor dentro suyo. Verdaderamente el mar parecía representar la seguridad…”

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“…Tras el diluvio, aquellos pichones que sobrevivieron pudieron darse cuenta que los peligros no provenían solamente de otros seres. De una indefinida forma comprendían que sólo los más aptos iban a ganar la batalla. Ni más ni menos que el derecho a la vida. No bastaba nacer, sino que había que ser muy fuerte para mantener ese don.

Sin embargo, como en todo ser que se asoma a la vida, los pichones muy pronto dejaron atrás sus desventuras y prestamente se encontraron con nuevas y fascinantes experiencias.

Así sucede con el pingüinito de nuestra historia. Apenas el sol entibió y secó sus plumas, estaba ya investigando en los alrededores del nido. A medida que las semanas transcurrían ganaba confianza en ese sentido. Y en los últimos días, los cambios operados en su cuerpo le indicaban que ya era otro, que muy pronto podría intentar con éxito internarse en ese enorme mar que tanta curiosidad le despertaba…”

“…A medida que los días transcurrían, más y más aumentaban en el pichón las ansias por internarse en ese mar. El líquido elemento del cual provenía la comida, esa comida que sus progenitores cada vez le otorgaban más racionada. O quizás simplemente que a él ya no le alcanzaba.

Finalmente llegó el día. Luego de haber estado medio mañana tendido al sol calentando sus plumas, llegó el impulso que necesitaba. Desde su sitio elegido cerca de la costa –ya que todos los días se alejaba un centenar de metros de su nido para acomodarse a corto trecho de la línea de marea- vio como su vecino se acercaba con paso titubeante al agua hasta que humedecía su pico en ella y parecía como si bebiera. Esto lo movió como un resorte y se decidió.

Nadie le prestó atención. Un inacabable desfile de ida y vuelta le entorpecía un poco el paso, no obstante llegó hasta donde estaba el otro pichón. Ambos se miraron, pero no dieron muestras de acercamiento. Al fin el agua lo mojó. Sorbió el primer trago de ese líquido. No le supo mal. La siguiente ola lo arrastró un poco más adentro, y la siguiente lo envolvió en un revoltijo de espuma, piedras y algas. Confuso emergió tras la rompiente y notó la facilidad con que flotaba. Miró a su alrededor y vio que el otro pingüinito nadaba un poco más lejos. Movió entonces su cuerpo y se maravilló como este respondía en el agua. No debía hacer muchos esfuerzos, como en tierra. Metió la cabeza bajo el agua y justo en ese instante una pequeña saeta de plata pasó frente a sus ojos. Instintivamente le tiró el picotazo y se lanzó en su persecución. Su instinto le indicaba que eso era comida. Se sorprendió cuando lo tuvo en su pico, y no pudo en sí de placer en el momento de sentir ese agradable sabor que tanto apetecía. ¡Era comida! ¡Su primer bocado logrado por si mismo…!

En su elemento...

En su elemento…

El descubrimiento lo hizo lanzarse en una alocada carrera, presa de un alegre frenesí. Movía las aletas y éstas lo impulsaban con vertiginosa velocidad. Viraba hacia uno y otro lado. Saltaba fuera del agua y volvía a sumergirse con pasmosa celeridad. Aquí y allá atrapaba algún sabroso bocado. Pasaba a escasos centímetros de sus mayores y lograba esquivarlos a último momento. Estaba maravillado con su cuerpo. Notaba que se encontraba al fin en su elemento. ¡Un elemento que lo hacía sentir libre!

Al fin, cansado de tanta excitación y ejercicio, se quedó un rato reponiendo energías en la superficie del agua. Las olas lo mecían con suavidad. Lentamente comenzó a nadar hacia la costa. Un poco más adelante alcanzó a divisar a su compañero de “bautismo marino”. Ya había entrado en la rompiente, con decisión se lanzó hacia la playa… Pero que cansado estaba!

Tenía ganas de tenderse en la playa para que el sol lo adormeciera.

Se dejó llevar hasta que una enorme ola lo envolvió y entró de lleno en la rompiente. Pese al cansancio tuvo que moverse para no quedar sepultado bajo una catarata de espuma. Ya veía la playa más cerca. Desde la cresta de una ola vio como el otro pichón ya posaba su cuerpo sobre la playa. Al segundo siguiente se vio en vuelto otra vez en un torbellino. Casi no tuvo tiempo de respirar y otra vez bajo el agua. Se asustó. Las fuerzas lo abandonaban y las olas eran cada vez más potentes. Al fin un ensordecedor bramido lo depositó a los tumbos en la playa de guijarros. Extenuado en extremo quedó tendido. No tenía fuerzas para moverse. Su cuerpo parecía pesarle demasiado. Poco duro su respiro. La siguiente ola al retirarse con fuerza lo arrastró otra vez a ese infierno de agua y espuma. Nuevamente la desesperación; los esfuerzos vanos, las fuerzas que lo abandonaban… La agonía se repitió, De nuevo en tierra firme. Podía ver como los demás recuperaban la posición vertical y se apresuraban a salir de la línea de marea, intentó imitarlos pero su cuerpo no le obedecía. Antes de ser arrastrado nuevamente pudo ver al otro pichón que era elevado en la cresta de una ola. De modo que él tampoco se había podido alejar.

El mar solo cobija a los más aptos...

El mar solo cobija a los más aptos…

Aturdido y agónico, tras la quinta vez que el mar lo volvía a arrastrar, quedó tendido casi inerte en la playa. El desfile incesante seguía a su alrededor, y justo antes que otra nueva ola lo succionara mar adentro, un lacerante dolor en el flanco lo hizo incorporar instintivamente. Por reflejo, caminó un par de metros antes de caer extenuado otra vez. Pero casi instantáneamente otra punzada lo hizo reaccionar provocando movimiento en su aterido cuerpo. Al fin su atontado cerebro percibió de qué se trataba. A su lado un adulto –que no pudo reconocer- le propició un nuevo y fuerte picotazo antes de seguir su camino hacia el nido. Al caer sobre los guijarros notó con alivio que estaban secos y entibiados por el sol. Antes de sumirse en un pesado sopor vio que se hallaba varios metros arriba de la línea de alta marea. En un último gesto antes de caer dormido pudo ver una figura conocida que flotaba en la cresta de una ola, para luego ser depositada en la playa inerte. Era el otro pingüinito. Ya estaba muerto. No había sufrido –como él- un picotazo salvador que lo sacudiera y le brindara las fuerzas para alejarse de la marea. Nuevamente la suerte estaba de su lado.

Durmió convencido de que había superado la primera prueba. Era apto. El mar se convertiría en un sitio seguro de ahora en más…”

 Ps con Aves B

Continuará…

Relatos del Cajón… (Marea)

Marea

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Alta la mar. Lame delicadamente las costas o golpea con furia.

Es plena, vital, exuberante, atiborrada de nutrientes, capaz de llenar con su empuje cada grieta o resquicio.

Avanza con ímpetu, imparable, su fuerza viene de más allá, de esa inconmensurable ola que transporta energía…

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Baja la mar. Se retira sin pausa, casi imperceptiblemente, tenaz en su repliegue.

Va descubriendo las intimidades de su seno, las criaturas que la habitan, sus miserias y tesoros.

La tregua, cíclica, desnuda secretos.

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Como la marea –cíclicamente- avanzo y empujo, cubro, conquisto…

Como la marea –cíclicamente- me repliego, escudriño, busco, descubro causas nuevas para avanzar…

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Relatos del Cajón… (Capítulo 3)

“Con suaves movimientos de cabeza mientras leía con atención, indicaba su aprobación. El viejo se acomodó en su sillón frente al ventanal mientras añejos recuerdos venían a su mente…”

Viento

El mar se impone

El mar se impone

Casi las cien personas que se permitían estar en tierra por vez habían desembarcado, cuando se oyeron las insistentes sirenas del barco indicando el regreso a la nave. Simultáneamente la voz del segundo oficial urgía – cascada y metálica desde los “handies”- a un pronto abordaje a los botes neumáticos.

Tranquilo indicó a su grupo que se acercara a la playa para subir a los botes y regresar al barco.

Serenas órdenes y concisas explicaciones disuadían a los más remisos a suspender la fotografía inmediatamente y dejar la playa. No había peligro inminente, pero el viento comenzaba a hacerse sentir, y blancas crestas coronaban las olas. Un trayecto de menos de 10 minutos de navegación hasta la nave, se convertía – a medida que el viento arreciaba- en 15, 20 y hasta 30 minutos. La operación para despejar la playa y evacuar  todos los pasajeros se realizó sin inconvenientes. Mojados, y con el sabor de una moderada aventura que podrían revivir entre trago y trago, los pasajeros subieron al barco sin inconvenientes.

La última embarcación en dejar la costa lo llevaba a bordo junto al Jefe de Expedición y los demás naturalistas. El corcoveo sobre las olas se intensificaba a medida que la velocidad del viento aumentaba. Su espalda lo sentía ya que aún no se recuperaba del último temporal cuando los “rebotes” a bordo de la ligera embarcación lo habían dejado maltrecho. Sin embargo disfrutaba esos momentos. Las aves pasaban rozando las cabezas, mirándolos con atención, se posaban en las agitadas aguas y observaban el trabajoso paso del bote. Las olas los mojaban y el viento no cedía, pero el derrotero era seguro. El barco se movía con lentitud, esperando el arribo de la tripulación. Sin novedades subieron por la escalera y mojados pero felices se reunieron para conocer con más detalle el estado de situación.

Para entonces la velocidad del viento se había incrementado notablemente y velos de spray se desprendían de las olas indicando que ya alcanzaban o superaban las ráfagas de 100 kilómetros por hora.

La voz del capitán anunció por los altoparlantes que el barco debía mantenerse dentro de las aguas relativamente calmas dentro de la bahía hasta tanto el viento amainara y pudieran seguir  con su derrotero. Ya era hora de la cena, por lo tanto la jornada estaba completa. Solo restaba a los pasajeros descansar, y disfrutar de la situación.

En pocas horas las fuertes ráfagas de viento amainaron y de rachas de 120 kilómetros por hora bajaron a unos someros 80. Fuera del abrigo de la bahía el mar abierto los recibió con una marcada onda marina y olas que alcanzaban los 12 metros de altura y llegaban a salpicar las ventanas del puente. Por fortuna el cabeceo era acompasado, sin rolido, y permitía acostumbrar el cuerpo a esa cadencia.

Sentado en el bar charlaba con el Jefe de Expedición mientras saboreaban una cerveza. Lo acontecido no era tema de conversación, ambos tenían sobrada experiencia en ésas lides. Entre recuerdos de tiempos cuando ambos jugaban al rugby; viejas historias narradas con maestría por el “jefe” de cuando transitaba en su juventud por la Antártida con los trineos tirados por perros; como llevan los suministros a los “depo” o depósitos de avanzada para las exploraciones; los múltiples usos que le daban a cada uno de los componentes de esos cajones, el gusto de algunas comidas, la enorme lata de duraznos en almíbar que una vez vacía servía para hacer las “necesidades”… Las horas pasaron y tras un par de bebidas el jefe se despidió.

El se quedó unos instantes más mirando por los ventanales, de a ratos eran “lavados” por la espuma de las olas que para entonces había mermado considerablemente. Bajó a su camarote.

La acción lo mantenía “ocupado”, pero cuando se detenía, los pensamientos lo abrumaban. “Esa” imagen de mujer se corporizó como siempre y antiguos recuerdos acudieron en tropel a su mente.

Olas y viento, partitura antártica

Olas y viento, partitura antártica

Fotos (Mar & Desierto)

Océanos de Arena & Agua

Tengo preferencia por dos ambientes que colman mi alma.

 El desierto y el mar. ImagenImagen

Ambos poseen la mezcla necesaria de parquedad y exhuberancia.

Los dos son idénticos en sus diferencias.

Permiten a la mente perderse en ensoñaciones sin límites e imaginar las más insólitas aventuras…

Me siento cómodo en ellos.

Desierto

Su silencio me sobrecoge. Es denso, palpable, y a la vez lleno de sonidos.

La extrema sencillez de su geografía me seduce. La economía de líneas en su diseño. La parquedad del paisaje, aunque pleno de vida y saturado de extremos.

Esconde y permite a la paciencia e imaginación descubrirlo.Imagen

Mar

Sinónimos

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Amo a los dos. A uno desde que nací. Al otro desde que nació.

Hoy son uno: Sinónimos

El Mar y El -unidos en un abrazo sin fin- me hablan de insondables secretos, viajes a mundos insólitos y aventuras inauditas…

Yo los amo a los dos.

Y con el “polvo del viaje” a cuestas intento seguir el camino.

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