Relatos del Cajón… (Año Nuevo)

Días de Ocio en la Patagonia

“…- Lo cotidiano no debe ser aburrido, es un buen deseo para el nuevo año…”

Puerto Deseado Pinguis Oleo 3 B

Escribía a veces –como ahora- sin saber dónde los pensamientos lo llevaban. Anotaba en su libreta con casi ininteligibles caracteres lo que le venía a la mente. De a ratos miraba las evoluciones de los gaviotines con cierta envidia. Volaban escudriñando, con la cabeza recubierta de negro capuchón, intensamente la superficie del agua en erráticas evoluciones. De pronto se detenían como “halconeando” en el aire tras lo cual se lanzaban en vertiginosa picada. Emergían y alzaban vuelo, la más de las veces con un pececito en su pico.

Una sonrisa se dibujó en sus labios; y escribió una pregunta en el anotador:

– No sé desde cuando disfruto viendo a las aves- se contestó a sí mismo.

Perdió la vista en el mar con gesto inquisidor, entrecerró lo ojos y frunció el ceño como si buscara algo en el fondo de su mente…

– Creo que fue aquel verano cuando caminábamos por la costa de la Bahía Inútil en Tierra del Fuego y nos envolvió una nube de alas- quedó rumiando el recuerdo, y de pronto soltó la carcajada:

– ¡No, nooo! fue mucho antes creo- se habló en silencio-.

“…Éramos pibes, estábamos subidos arriba de un eucalipto, muy alto, tirando tiros al aire con el rifle de aire comprimido de “Yuyo”. Apunté y en la mira estaba un benteveo. Disparé y la ramita donde estaba el pájaro se quebró. Se me paralizó el corazón. El ave pareció saltar… Aunque en realidad voló producto de mi mala –o buena- puntería.

Se pasó la mano por el pelo húmedo, producto de la leve bruma marina que traía el viento este, y entrecerrando los ojos murmuró:

– No he tocado un arma desde entonces, y en esas épocas subirme a los árboles para estar cerca de las aves era más que un juego.

Una pareja de ostreros emitía agudos silbos con énfasis marcando el límite de su territorio a una gaviota que se había posado demasiado cerca. La aguda voz se elevaba por sobre el rumor del mar.

Eran sonidos plenos, vivificantes.

Su mente regresó a la primera imagen que se había presentado en su memoria, cuando cientos de aves marinas habían danzado en torno a esos extraños que caminaban por la Bahía Inútil. Años después supo que así se llamaba porque los insistentes y tormentosos vientos del oeste castigaban ese accidente geográfico tornándolo inservible para el refugio y amarre de las naves de vela. Caminaron hasta el anochecer cuando llegaron a la frontera. Durmieron en sus bolsas de dormir guarecidos en las ruinosas casas abandonadas.

– También ese fue un verdadero viaje iniciático- concluyó-.

Anotaba cada tanto algún párrafo en la libreta. Las evocaciones parecían no tener hilván, y las dejaba suceder. Estaba en un estado casi de paz. Los años y las experiencias vividas se arremolinaban y cobraban vuelo como las aves que desfilaban frente a él.

Viajes, lugares, personas, imágenes se agolpaban, aparecían y se esfumaban. Traían recuerdos y hasta sabores. Escribió como ayuda memoria algunas palabras que -se dijo- le servirían luego para plasmarlas en el papel. Eso requeriría tiempo y esfuerzo, y ahora estaba plácidamente holgazaneando. La época del año y el receso momentáneo de la actividad cotidiana eran gratificantes.

Una pareja de hualas se zambulló y casi al unísono reaparecieron los dos como en sincronizado ballet. La sonrisa no abandonaba su rostro. No escribiría las evocativas páginas de “Idle Days in Patagonia” descriptas por el naturalista Guillermo Enrique Hudson, pero disfrutaba el calmo pero permanente cambio que la naturaleza ofrecía a sus sentidos en esa playa patagónica.

– Lo cotidiano no se vuelve metódico y aburrido-reflexionó- cada día es igual pero distinto.

Influenciado quizás por la fecha y el inminente arribo de un nuevo año, se propuso:

– Lo cotidiano no debe ser aburrido, es un buen deseo para el nuevo año; disfrutar los momentos, perseverar en los sueños, descubrir lo nuevo más allá del horizonte, mirar y ver, dejar la rutina…

Un pingüino apareció a pocos metros de donde estaba sentado, nadó hacia la costa y con paso bamboleante salió fuera del agua. Camino hasta ubicarse a un par de metros escasos de donde se hallaba. Estornudó expulsando gotas de sal por las narinas de su pico y se acostó a reposar en la grava húmeda. Lo miró por unos instantes y cerró los ojos para descansar haciendo caso omiso de la presencia humana.

Pensó entonces que mientras esta vital compañía estuviera a su alcance, podría sentirse a salvo de ser agobiado por la rutina y las costumbres…

– Claro que hay algunas que es conveniente mantener, porque si no dejo la llave en el lugar acostumbrado no vuelvo a encontrarla, o ceder mi sillón preferido de la casa y mucho menos dejar que alguien utilice mi taza del café mañanero…- resumió lanzando una fuerte carcajada.

El pingüino lo miró sobresaltado ignorando seguramente que una año acababa y otro estaba por comenzar.

Isla Lobos Trjeta 2015

 

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Relatos del Cajón… (Caminando con Ballenas)

Caminando con las Ballenas

Gran parte de este relato dió origen a un capítulo que fue incluido en “Dinosaurios: Relatos y Sueños de un Guardafauna”, en el – como en toda la segunda parte de ese libro- se agregaron charlas con un imaginario Guardafauna que resaltaba las excepcionales cualidades que el lugar posee para la interpretación de la naturaleza…

Caminar al lado de las ballenas es una experiencia poco usual...

Caminar al lado de las ballenas es una experiencia poco usual…

     Hace mucho tiempo, en una vieja revista de historia natural, leí un artículo donde se mencionaba que los esquimales tenían –allá en el Ártico- un “lugar al que iban a escuchar a las ballenas”…

     Sentado en la playa de pedregullo, en un paraje conocido como El Doradillo, a escasos diecisiete kilómetros de la ciudad de Puerto Madryn, recuerdo ese artículo y sonrío agradecido.

     Aquí en el sur tenemos “Un Lugar para Sentir a las Ballenas”.

Observación y disfrute en libertad

Observación y disfrute en libertad

     Las Ballenas Francas del Sur desfilan frente a mí a escasos metros de la playa, veo sus evoluciones, su comportamiento, escucho sus vocalizaciones y hasta huelo –en ocasiones- su aliento. Camino con ellas.

     Me siento privilegiado. Pocos sitios en el planeta brindan la oportunidad de intimar tan estrechamente con las criaturas silvestres. Armonizar con ellas, espiar su mundo sin perturbarlas. Sentirse uno mas entre ellas sabiendo que no interferimos con sus hábitos. A las ballenas se suman en una colosal puesta en escena de la naturaleza, lobos marinos, aves marinas, o la ocasional visita de delfines. En tierra una multitud de aves sobrevuelan el parco paisaje estepario. La rauda corrida de un cuis que busca abrigo entre las matas, o el aleteo de las aves distrae la mirada.

Cuises, Calandrias, petreles, ostreros, martinetas y hualas, son algunas de las especies que aportan su presencia en este mágico paraje.

Cuises, Calandrias, Petreles, Ostreros, Martinetas y Hualas, son algunas de las especies que aportan su presencia en este mágico paraje.

     Pero son ellas, las majestuosas ballenas quienes acaparan la atención.

     El aire se puebla de sonidos. Fuertes expiraciones de aire que se condensan en vaporizadas nubes, ronquidos, borbotones de agua, gruñidos de distinta intensidad. El graznido de las gaviotas o la quejumbrosa voz de un huala. El sonido menudo del agua al romper mansamente en la playa de guijarros, dejando al retirarse como una ovación de muchedumbre victoriosa…

     Los olores se suman a las percepciones que deleitan los sentidos. El penetrante y tonificante aroma del mar, mezcla de humedad, algas, sal, arena y guijarros. Un fuerte perfume que envuelve como la bruma, haciendo que olisquemos con fuerza, que llenemos los pulmones. Ese olor del cual  ya fue detectada su composición química -de acuerdo a los científicos no sería tan benévola- nos embelesa trayéndonos atávicos recuerdos.

     El tacto no permanece ajeno a la experiencia sensitiva de estar en esa playa. Acariciar los coloridos guijarros, sentir su tersura, palpar sus formas, llenar el puño de diminutas partículas de piedrecitas desgastadas por el mar y dejarlas escurrir entre los dedos sintiendo el inexorable paso del tiempo…

     Si nos animamos, tampoco el gusto queda fuera de la experiencia sensitiva total. Degustar –casi con la fruición de un enólogo- un sorbo de agua de mar, dejando que su salobre esencia sature el paladar, para descubrir pronto un dejo de marisco y la frescura de su pureza. Como un niño saborear una piedra, descubriendo el terroso sabor del polvo estepario arrastrado por los vientos, mezclado con la salobre agua marina. O paladear un alga recién dejada en la playa por la marea, sentir en la boca su metálico sabor, la consistencia casi sintética de su materia.

     Y la vista –por supuesto- se regodea con las armoniosas evoluciones de estos mansos gigantes. El paisaje, las luces diferentes de cada hora del día. El cambio de las mareas.

Pingüinos, ballenas y cómoda mobservación.

Pingüinos, ballenas y cómoda observación.

     Siento un enorme agradecimiento por tener el privilegio de estar en este remoto paraje del planeta. De descubrir su enormidad, sus facetas, su importancia. Y deseo compartir esa sensación. Contar lo que siento para inducirlo a sentir.

     A una iglesia, templo o catedral –obra del hombre- ingresamos en silencio, con recogimiento, reverencia y respeto.

     Ese es el respeto, la reverencia y el recogimiento que merecen sitios naturales –obra de un ser supremo- como el que describo.

 Southern Right Whale 102_redimensionar