“Deseos…”

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Mucha Paz y Armonia será necesaria en éste y venideros años para nuestro convulsionado Planeta…

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Relatos del Cajón… (Fragmentos)

OjOs

“…Fugaces segundos donde la comunión se estableció pura, sea entre pares u otras especies…”

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“… El frío aire de la mañana le castigaba el rostro y el viento aguijoneaba la poca piel expuesta. Los ojos le lagrimeaban, pero se sentía exultante. Todo su rostro -cubierta nariz y boca bajo la bandana- sonreía.

-Si los ojos ríen a pesar de las lágrimas- pensó- puede significar que el alma está en paz…

Manejaba muy despacio en esa huella. El parabrisas del jeep estaba volcado sobre el capot del vehículo para ver mejor, a pesar que ello significara no tener reparo contra la brisa matinal. Eso provocaba que sus ojos lagrimearan. Al tomar conciencia de ello, su mente evocó otros ojos. Muchos, distintos.

Íntimos, preciados, escasos momentos en que los ojos de uno y los otros se encontraron.

Fugaces segundos donde la comunión se estableció pura, sea entre pares u otras especies.

Mirar y ver, de pronto el milagro; escaso fragmento de tiempo durante el cual los ojos se dicen nos conocemos, podemos querernos, respetarnos, nos necesitamos… Podemos convivir.

Sacudió la cabeza como para despejar los pensamientos que se le antojaban demasiado profundos para esa hora de la mañana.

Frenó a un costado de la estrecha huella. Se restregó los ojos y sintió, vio nuevamente la presencia de esos otros ojos… Todos.

Sabía –por haberlo experimentado- que la armonía entre seres diversos se hacía tangible realidad si se daba el tiempo para mirarse a los ojos y verse…”

Collage Ojos 3 page

Relatos del Cajón… (La Primera Foto…)

En un Diciembre de hace 33 años iniciamos, todos los cinco, una aventura que marcó nuestras vidas…

Relato publicado en “Dinosaurios: Relatos y sueños de un Guardafauna”

LA PRIMERA FOTO EN PUNTA TOMBO

     A las 8 de la noche el sol teñía la cresta de las olas con una brillante y diáfana luz dorada. Me senté justo antes de la línea de marea alta. Allí la playa se precipitaba decididamente al mar. La arena – o casi arena –  estaba conformada por minúsculas partículas de piedra, molidas por el constante accionar de las olas. El cuerpo acomodaba su anatomía a la perfección en esa mullida superficie. Me estiré con un largo suspiro. Permanecí un rato en silencio, sintiendo como  el cuerpo se relajaba, hasta que comenzaron a dolerme todos los músculos. Uno a uno. Erguí el tronco y me apoyé sobre el codo derecho. Miré hacia el mar. El aire salobre y húmedo comenzó a pegotearme el pelo, mientras una fina llovizna – que provenía de una rompiente contra la pequeña lengua de roca justo frente a mi  – producía la tenue niebla que me envolvía. Las figuras de los pingüinos deambulaban de aquí para allá entre las algas húmedas que las olas dejaban sobre la playa. Todo el conjunto – bañado por las últimas luces del crepúsculo – parecía irreal. Imaginado por algún pintor, o quizás un poeta.

     Sonreí satisfecho. Un largo anhelo había sido realizado: estaba en la Patagonia. Casi, la vida se me antojaba en ese momento ficticia. Me sentía parte de una película, como si de pronto despertara y todo hubiera sido un hermoso sueño… Pero no. Mis manos me recordaron que no. Que todo lo acontecido en los últimos días era absolutamente verídico. Las miré detenidamente les hablé con ironía:

     -¿Qué tal manos? ¿Cómo las trata el trabajo?

     Comencé a abrirlas y cerrarlas con lentitud. Dolían. Sentía cada centímetro de piel. Con el pulgar toqué la punta de cada uno de los otros dedos. Me maravilló ese pequeño dolor que sentía. En poco tiempo habían cambiado bastante. Ahora lucían ajadas, llenas de cortes y duras. Pero se habían mostrado activas.  Ahora podía contar con ellas, sabía que todos los inconvenientes los había resuelto con su ayuda. Motores, bombas, tanques de combustible, serruchos, martillos y una panoplia de “infernales instrumentos” que nunca antes había manejado con tanta familiaridad. Sin embargo yo y mis manos, ante la fuerza de la necesidad, nos habíamos puesto a la tarea de “dominar” esos elementos. Y lo logramos.

     Por eso ahora, tirado en la playa, estaba satisfecho. Con la sensación de plenitud que brinda la tarea cumplida. Entonces sí, luego del obligado receso impuesto, levanté la cámara y la acaricié con suavidad. Ahora  podía utilizarla a gusto. Con un enorme esfuerzo de voluntad me había obligado a no tocar la cámara fotográfica hasta no haber realizado el trabajo no tan atrayente que debía hacerse.

     Enfoqué con cuidado, paladeé el instante de la toma.

     Y esa primera foto en Punta Tombo, me pareció el mejor premio. La culminación de una serie de esfuerzos que habían comenzado mucho tiempo atrás:

     La imagen a través del objetivo mostraba la apacible calma de mi mujer mirando con alegría a los dos pequeños niños que jugaban entre las algas, mientras los pingüinos observaban curiosos.

     Bajé la cámara, un nudo me atenazaba el pecho y la garganta. Mis nublados ojos se perdieron tras la línea de rompientes, tratando de seguir el imperturbable vuelo rasante de un petrel sobre la superficie del mar.

La Naturalza nos unió

La Naturaleza nos unió