Relatos del Cajón… (Fragmentos)

Sonidos

“… No emitieron una palabra para no romper la magia del momento…”

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“… La brisa sacudía suavemente la lona de la carpa. El rumor del mar llegaba fuerte y nítido a sus oídos. Con simétrica cadencia las olas rompían sobre la playa de guijarros provocando un estruendo primero y un suave y persistente murmullo al retirarse. Enfundado en la bolsa de dormir oía con deleite las voces del mar. El graznido de una gaviota, o la voz quejumbrosa de un huala se dejaba escuchar esporádicamente entremezclado con el omnipresente rumor del mar. Mágicamente la expiración de una ballena se impuso nítida llenando el ambiente. Era como el soplido a través de un tubo o una caña, y se prolongaba en el diáfano aire marino.

Sonrió con placer mientras deslizaba hacia su espalda los brazos en cruz sosteniendo su nuca. Lo colmaban esos vitales sonidos.

En la penumbra de la carpa miró a su compañera quien también escuchaba con un gesto de alegría y serena plenitud en su rostro.

No emitieron una palabra para no romper la magia del momento.

Largo rato quedaron escuchando la sinfonía natural. La ballena nadaba alejándose hacia otros rumbos dejando escuchar cada vez más levemente las sonoras respiraciones. El rebuzno entrecortado de un pingüino de Magallanes resonó varias veces, y por momentos se dejaba oír como un rumor -por influencia de la brisa- los ladridos de una lejana colonia de lobos marinos.

El cansancio iba ganando terreno. Con placidez se entregaban ambos al descanso. Al dormir los sueños irrumpieron mezclándose con la realidad. En ellos, la carpa dejaba penetrar otros vitales sonidos. El ronquido de un hipopótamo en la aguada cercana, la quejosa y risueña vocalización de una hiena, el bullicioso cotorreo de una pareja de monos que chillaban asustados al oír el poderoso grave y sostenido rugido de un león a la distancia…

La tenue luz del amanecer los despertó y –aunque un poco entumecidos por la escasa comodidad de la colchoneta- agradecidas miradas irradiaban sus rostros…Las voces de la naturaleza se sumaban al deleite que incentivaban todos los sentidos…”

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Viajes y Fotos…

Íconos de las Galápagos

“…Ubicado a 972 km de la costa de Ecuador, el Archipiélago de las Galápagos está conformado por islas de diverso tamaño y superficie, distribuidas alrededor de la línea del ecuatorial. Desde el 18 de febrero de 1973 Galápagos es una provincia de esta nación. Fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad en 1978 y en el 2001 por la UNESCO. Es el segundo archipiélago con mayor actividad volcánica del planeta, superado únicamente por Hawai.  Se estima que la formación de la primera isla tuvo lugar hace más de 5 millones de años, como resultado de la actividad tectónica. Las islas más recientes, llamadas Isabela y Fernandina, están todavía en proceso de formación, habiéndose registrado la erupción volcánica más reciente en 2009. Las islas galápagos conforman el archipiélago más diverso y complejo del mundo, en el que las condiciones permanecen relativamente intactas. Por su distancia con el continente y por el hecho de que nunca estuvo unido a este, la flora y fauna existentes evolucionaron extraordinariamente hasta lo que son ahora y permanecieron inalteradas hasta que el hombre llegó a ellas por primera vez. Es mayormente conocido por sus numerosas especies endémicas y por el viaje de Charles Darwin que le llevaron a desarrollar su teoría de la evolución por selección natural…”

Hasta aquí datos concretos, aunque éstos no pueden de ninguna manera reflejar el sentimiento y la emoción de un naturalista al pisar este privilegiado punto del planeta. Mucho se ha escrito, y poco más puedo agregar, salvo que los días pasados a bordo de la goleta y desembarcando en cada isla solo sirvieron para acicatear el deseo de “conocer más” y mejor extraordinarios sitios del planeta como las Galápagos.

Me abstengo adrede de comentar los problemas de conservación y ambientales que acechan. El ambiente isleño es aún más frágil que el continental. La sobrepoblación -inducida para asistir al creciente número de turistas-; el turismo en si –tercera actividad de ingresos económicos para el Ecuador-; la introducción de especies no nativas, y el calentamiento global, conspiran contra su integridad.

No pretendo en esta nota otra cosa que exaltar las maravillas naturales que existen en el archipiélago.

A continuación algunas imágenes de especies y paisajes emblemáticos que identifican a “Las Islas Encantadas”.

Cada isla tiene su ícono pàisajístico...

Cada isla tiene su ícono páisajístico…

Especies emblemáticas: pingüino y cormoran no volador...

Especies emblemáticas: pingüino y cormoran no volador…

Tortugas gigantes de Galápagos... otra especie sinónimo del archipiélago.

Tortugas gigantes de Galápagos… otra especie sinónimo del archipiélago.

Iguanas terrestres y marinas...

Iguanas terrestres y marinas…

Claves de adaptación que motivaron a Darwin; los picos de las aves...

Claves de adaptación que motivaron a Darwin; los picos de las aves…

Lobos marinos, alegría y juegos en tierra y mar...

Lobos marinos, alegría y juegos en tierra y mar…

Albatros y Fragatas, planeadores y corsarios...

Albatros y Fragatas, planeadores y corsarios…

Cangrejos y piqueros...

Cangrejos y piqueros…

 

 

Relatos del Cajón… (Capítulo 5)

“… Caminaba el viejo mientras rumiaba lo leído y con gesto inquisidor se rascaba la barbilla. Se detuvo por unos instantes y miró hacia la lejanía, como tratando de hallar algo…”

Peces fuera del agua

La isla era pequeña. Sentado en la cima de la colina casi tenía una visión de trescientos sesenta grados. Algunas rocas sobresalían entre la nieve cerca de la cima. Abajo el bullicio de la costa mostraba el trajinar de los pingüinos en ese paraje antártico.

Dispersos entre la playa y los peñascos, el grupo de viajeros observaba la evolución de las aves.

Pingüinos de Adelia - AntártidaEl punto donde él estaba marcaba el límite de circulación para ellos. La pendiente era muy empinada y terminaba en una abrupta caída hacia el estrecho canal de gélida agua.

Afortunadamente pocos intentaban trepar la cuesta. Eso le daba tranquilidad para observar y disfrutar del paisaje, los sonidos naturales, sus criaturas y sus pensamientos.

Con una relajada sonrisa apenas esbozada en sus labios y mirando hacia abajo, -donde estaba la tripulación que asistía a los gomones y el Jefe de Expedición- le agradeció en silencio. Como si sus mentes se conectaran telepáticamente éste miró hacia arriba y alzó su brazo en señal de saludo. En sus conversaciones callaban más de lo que decían… Pero sabía, él sabía. Lo retribuyó y continuó disfrutando el momento.

Un pingüino pasó con paso sostenido y bamboleante a escasos centímetros de donde él estaba. Se detuvo apenas unos segundos. Lo miró inquisitivamente, estornudo con sonoridad expulsando finas gotas de agua salada, y satisfecho con su escrutinio continuó hasta las rocas que le daban refugio. Allí tenía su nido donde otro individuo aguardaba incubando los huevos. Su pareja.

La suya, su pareja, no estaba ahora con él.

Ese pensamiento lo llevó a otras latitudes y atrás, muy atrás en el tiempo…Fotos Peru 770007 B

“… El tren los dejó en la estación de Potosí –lejos de los andenes principales- y se sintieron “tirados” como se debía sentir un pez arrojado sobre las piedras, boqueando en busca de aire. Los 4.000 metros de altitud se hacían sentir y el frío intensificaba la sensación de abandono en forma implacable. Caminaron hacia las luces del centro, Esas luces que desde las alturas parecieron mágicas espiadas por las ranuras del vetusto vagón de carga, eran ahora meras señales que los urgían a seguirlas para hallar un sitio donde calentarse y dormir… Mañana, mañana sería otro día para ellos. Esta noche solo querían refugiarse y abrazarse juntos para recuperar el calor y el sabor de la aventura, que en estos momentos parecía haberlos abandonado…”

 

Relatos del Cajón… (Capítulo 2)

El viejo no estaba en el río hoy. Leía al borde del mar y, de a ratos,  observaba las olas con una sonrisa en sus labios… Clara señal que le agradaba lo que leía…

Desembarco

Intimidad con pingüinos de Adelia...

Intimidad con pingüinos de Adelia…

Pocas cosas –además del primer café mañanero- eran más esperadas que el momento del desembarco. Dejó el camarote pertrechado con el equipo necesario y el obligado salvavidas lo llevaba en la mano.

El jefe de expedición esperaba a todo el grupo ya en el pequeño recinto donde se lavaban las botas y se ultimaban los detalles del desembarco diario.

Era un momento especial. La salida en el bote de exploración regalaba esos instantes de íntima y solitaria comunión con la geografía antártica. Pocos minutos antes la reconcentrada y silenciosa espera en el cuarto húmedo, frente a la escotilla de salida, eran casi un rito.

El Jefe de Expedición – un veterano de las regiones polares- sin mediar palabra imponía con su actitud esa particular ceremonia aceptada tácitamente por todo el grupo. No se trataba de un desembarco para una bélica misión, aunque se asemejaba en algunas cuestiones logísticas. Nada era dejado a la improvisación, el exigente, rudo y cambiante clima antártico no admitía errores, y cientos de vidas dependían de esa seguridad. Ese silencio, ese dejar que los pensamientos se aquieten dentro de uno, esa calma espera, en silencio, con uno mismo y con el grupo eran reconfortantes. La vista perdida en algún herraje de las paredes, la concienzuda tarea de revisar una y otra vez que el pantalón de aguas esté herméticamente cerrado en su bocamanga, chequear por enésima vez el canal indicado en el “handy”… Todos y cada uno de los mecánicos gestos que se sucedían cada día eran ejecutados ceremoniosamente y con atención…

Al fin el momento de bajar a los botes neumáticos llegaba y con él la espera y el quiebre de esa especie de solemne costumbre previa a la acción.

 El aire frío, el ondulante mar, la vista de la colonia de fauna a visitar, los olores, los colores o los sonidos de la vida le llenaban el espíritu. Esos instantes eran –nuevamente- solo para él. Pisar tierra –en desembarcos inevitablemente húmedos-, mirar alrededor, respirar a todo pulmón sin importar que el penetrante olor a guano de una pingüinera los inunde, y escuchar el cacofónico sonido de los pingüinos o las roncas voces de lobos o elefantes marinos, lo llenaba de felicidad.

Pocos minutos que le pertenecían solo a él. Cada uno de los miembros del equipo de naturalistas, disfrutaba esos instantes con la certeza de ser privilegiados. De poder atesorar esos instantes de intimidad con el mundo natural.

Luego lo compartirían con los visitantes. Algunos se extasiarían, otros sacarían algunas rápidas fotos y preguntarían, y hasta habría quienes que con el ceño fruncido, la nariz tapada el aliento retenido casi hasta la asfixia, pedirían un pronto regreso al barco.

En cuanto a él, ya nadie podría quitarle la temprana vivencia que se repetiría invariablemente en cada desembarco.

Como cada vez, pensó en ella. Y con la habitual sonrisa se dispuso a mostrarle a los visitantes lo que veían y tratar de hacerles sentir lo que él sentía.

Íntima comunión con los habitantes antárticos

Íntima comunión con los habitantes antárticos

Relatos del Cajón… (La Primera Foto…)

En un Diciembre de hace 33 años iniciamos, todos los cinco, una aventura que marcó nuestras vidas…

Relato publicado en “Dinosaurios: Relatos y sueños de un Guardafauna”

LA PRIMERA FOTO EN PUNTA TOMBO

     A las 8 de la noche el sol teñía la cresta de las olas con una brillante y diáfana luz dorada. Me senté justo antes de la línea de marea alta. Allí la playa se precipitaba decididamente al mar. La arena – o casi arena –  estaba conformada por minúsculas partículas de piedra, molidas por el constante accionar de las olas. El cuerpo acomodaba su anatomía a la perfección en esa mullida superficie. Me estiré con un largo suspiro. Permanecí un rato en silencio, sintiendo como  el cuerpo se relajaba, hasta que comenzaron a dolerme todos los músculos. Uno a uno. Erguí el tronco y me apoyé sobre el codo derecho. Miré hacia el mar. El aire salobre y húmedo comenzó a pegotearme el pelo, mientras una fina llovizna – que provenía de una rompiente contra la pequeña lengua de roca justo frente a mi  – producía la tenue niebla que me envolvía. Las figuras de los pingüinos deambulaban de aquí para allá entre las algas húmedas que las olas dejaban sobre la playa. Todo el conjunto – bañado por las últimas luces del crepúsculo – parecía irreal. Imaginado por algún pintor, o quizás un poeta.

     Sonreí satisfecho. Un largo anhelo había sido realizado: estaba en la Patagonia. Casi, la vida se me antojaba en ese momento ficticia. Me sentía parte de una película, como si de pronto despertara y todo hubiera sido un hermoso sueño… Pero no. Mis manos me recordaron que no. Que todo lo acontecido en los últimos días era absolutamente verídico. Las miré detenidamente les hablé con ironía:

     -¿Qué tal manos? ¿Cómo las trata el trabajo?

     Comencé a abrirlas y cerrarlas con lentitud. Dolían. Sentía cada centímetro de piel. Con el pulgar toqué la punta de cada uno de los otros dedos. Me maravilló ese pequeño dolor que sentía. En poco tiempo habían cambiado bastante. Ahora lucían ajadas, llenas de cortes y duras. Pero se habían mostrado activas.  Ahora podía contar con ellas, sabía que todos los inconvenientes los había resuelto con su ayuda. Motores, bombas, tanques de combustible, serruchos, martillos y una panoplia de “infernales instrumentos” que nunca antes había manejado con tanta familiaridad. Sin embargo yo y mis manos, ante la fuerza de la necesidad, nos habíamos puesto a la tarea de “dominar” esos elementos. Y lo logramos.

     Por eso ahora, tirado en la playa, estaba satisfecho. Con la sensación de plenitud que brinda la tarea cumplida. Entonces sí, luego del obligado receso impuesto, levanté la cámara y la acaricié con suavidad. Ahora  podía utilizarla a gusto. Con un enorme esfuerzo de voluntad me había obligado a no tocar la cámara fotográfica hasta no haber realizado el trabajo no tan atrayente que debía hacerse.

     Enfoqué con cuidado, paladeé el instante de la toma.

     Y esa primera foto en Punta Tombo, me pareció el mejor premio. La culminación de una serie de esfuerzos que habían comenzado mucho tiempo atrás:

     La imagen a través del objetivo mostraba la apacible calma de mi mujer mirando con alegría a los dos pequeños niños que jugaban entre las algas, mientras los pingüinos observaban curiosos.

     Bajé la cámara, un nudo me atenazaba el pecho y la garganta. Mis nublados ojos se perdieron tras la línea de rompientes, tratando de seguir el imperturbable vuelo rasante de un petrel sobre la superficie del mar.

La Naturalza nos unió

La Naturaleza nos unió