Relatos del Cajón…(Fragmentos)

Vuelo libre

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“… Miraba como el atardecer daba lentamente paso a  la noche. El rubor liliáceo iba cediendo terreno a un  cada vez más intenso índigo. El azul invadía el cielo.

Recortada contra él, la silueta de un ave marina llamó su atención.

Alas extendidas y quietas, volaba sin esfuerzo, planeaba con maestría en el quieto aire aprovechando las corrientes ascendentes que se elevaban al chocar contra el acantilado. Parecía disfrutar de ese vuelo libre y sin gastar energías.

La siguió con la mirada, con deleite y cierta envidia…

-Así me gusta transcurrir la existencia –pensó-. Sin esfuerzo, en armonía, con satisfacción…

El ave se perdió en la lejanía. Pero su pensamiento no se detuvo.

-Ideal, estado ideal… ¿Será posible eso?- se preguntó.

Meneó la cabeza y con un gesto esperanzado se dijo que sí;

-A veces sí, contados, en ocasiones efímeros instantes, pero si… Algo así como “pequeños estallidos de felicidad”- rememoró una frase escrita muchos años atrás.

-Claro que siempre sobrevienen fuertes vientos- se dijo- tormentas que ponen a prueba la fortaleza…

Como las aves muy a menudo hay que afrontar el vendaval. Instintivamente ellas lo hacen. Salgan o no airosas.

Guarecerse no siempre es una posibilidad y evadirlos tampoco. Pero luego, el placer de disfrutar esos posibles instantes de armonía y paz gratifican.

La noche ya oscura le devolvía su propia imagen reflejada en el vidrio. Vio su rostro y percibió serenidad. No había sonrisa dibujada en sus labios, pero si un fulgor brilloso en los ojos. Se sintió preparado para capear las tormentas y disfrutar con intensidad la paz de los remansos que seguramente sobrevendrían…”

Relatos del Cajón… (Mi Piedra)

MI PIEDRAP1120707 B

     “Me senté en la suave arena y descansé la espalda contra una roca. Estiré el cuerpo y me dispuse a disfrutar de “ese mar”, “ese cielo”…

     El sol brillaba frente mío, un poco hacia la izquierda, casi a contraluz. Entrecerré los ojos y comencé a mirar aquel paisaje que conocía de memoria. Al frente la restinga, más allá las pequeñas rompientes, luego la brillante y acerada superficie del mar; hasta que a lo lejos – interponiéndose entre el horizonte y la costa – la pequeña islita que reverberaba desdibujándose por el calor.

     Me dispuso a escuchar las voces de los lobos marinos que poblaban el islote, y se entremezclaban con el sonido del mar. Mis ojos se convirtieron en apenas una ranura para tratar de vislumbrar las siluetas. Despaciosamente dejaba que la vista vagara por el entorno. De pronto, sin saber porque, mi atención se fijó en una piedra. Una y otra vez los ojos volvían a ella. Hasta que… entremezclada con los sonidos del mar y el mugido de los lobos, escuché una voz.

     Sin moverme y apenas achicando un poco más la ranura de mis ojos, fijé la vista allí, en ese punto de donde provenía la voz. Ésta emanaba nítida – aunque sin una audible caracterización – de la piedra. Esa piedra de la que no podía apartar la mirada.

     La observé más con curiosidad, que asombro. Sentí una oleada de intenso placer al atisbar algo así como ¿”comunicación”? con los habitantes del tercer reino. Al menos un habitante.

     Era gris la piedra. No mayor que el tamaño de un puño, de contornos irregulares y surcada de grietas que amenazaban fracturarla y dividirla de un momento a otro. Estaba en el límite de la zona de arena. Centímetros más allá el mar amontonaba la resaca en su línea de alta marea.

     Me relajé aún más. El estridente graznido de una gaviota me indujo a pensar que estaba despierto, que no soñaba. Sonreí.

     La piedra comenzó a contar su historia. Habló de pretéritos tiempos, cuando sintió crujir, estallar y convulsionarse su materia. Cuando su – entonces – enorme masa fue expelida del interior de la tierra experimentando por primera vez una sensación de ingravidez, vértigo y libertad en el espacio infinito. Luego de ése, su primer vuelo, el choque violento contra el convulsionado planeta la hizo estallar en cientos de pedazos. Cuando los cataclismos dejaron lugar a un “enorme” silencio, otras transformaciones tuvieron lugar.

   De la exuberante vegetación, los pantanos, la niebla y el sopor exhalado por esa tierra aún tibia, pasó a la gélida presencia del hielo. Convivió – sufriendo su abrasión – con azules y gigantescas paredes de agua compacta que permanentemente se movía, crujía, labraba canales en la dura roca.

     Vio el paso de grandes animales, se mezcló entre el cieno y multitud de seres vivos en el fondo marino. Fue arrastrada, pulida, enfriada, calentada, fragmentada y transportada cientos de kilómetros en una constante y dilatada transformación. En ocasiones tembló de impaciencia y esperanza acompañando la trepidación de la tierra, ansiosa por ser – una vez más – lanzada por los aires…Pero el tiempo pasaba y discurría la soledad, rodando con el viento, por esa enorme y silente estepa.

     Algunas veces supo de la compañía ocasional de otro ser vivo. Más de una vez se cobijó, buscando su protección, algún zorro. En una ocasión hasta un gran y pinchudo coirón creció a su lado. Entre él y ella una pareja de martinetas tuvo su nido. Ayudó a proteger la vida

     Se acostumbró a recibir la caricia del viento, la ardiente pasión del sol, el frío abrigo de la nieve y la cantarina suavidad del agua. Poco a poco su apariencia fue cambiando. A veces un seco estampido la fragmentaba, dividía su cuerpo durante la noche. Otras el viento modelaba sus formas, o la paciencia del agua horadaba figuras en su superficie

     Escuchaba con placer la historia de los tiempos narrada por – ya para entonces – “mi” piedra. Ese sentimiento me produjo cierta ambigüedad ya que no debía poseerla. Pero la quería.

     Cambié de posición. Sentí el dolor del cuerpo entumecido al acomodarme. Esto me agradó. Necesitaba convencerme de que vivía ese instante a cada momento. Los movimientos en nada perturbaron el encanto especial de esa situación.

     La piedra narró entonces aquella trascendental ocasión en que tomó contacto por primera vez con un hombre. Sucedió un claro y despejado día, allá en la meseta. Ella convivía desde el último invierno con un alacrán que se cobijaba bajo su protector abrigo. Ese día un hombre la levantó – dejando desguarnecido al alacrán – y la introdujo en un morral. Más tarde, sentado en cuclillas junto a una frondosa mata de jume, esparció su contenido en el suelo. Cuidadosamente el hombre separó aquellas piedras que le servían, desechando otras. A algunas las golpeó arrancando trozos que quedaban en el suelo, como esquirlas de colores diversos. A ella la tomó entre sus manos. La dio vueltas, la acomodó de diversas maneras en la palma de la mano y – aparentemente satisfecho – la volvió a introducir en el morral.

     La piedra me confesó que al experimentar la suavidad y calidez de la mano del hombre sintió cierta… afinidad, como algo muy íntimo y esencial que los unía.

     Viajó. Viajó en compañía del hombre. Le fue útil. Se convirtió en un instrumento. Su irregular conformación se adaptaba a la mano humana. Era como una prolongación que escapaba de ésta y servía para tallar otras piedras. Los siglos la habían modelado sin alterar su primigenia dureza.

     Una tarde, aquí, en esta costa, sucedió. Los años pasados junto a ese hombre, ese aborigen conocedor de cada rincón de la estepa, llegaron a su fin. Un golpe mal dado y se quebró.

     El aborigen la miró incrédulo -rememoró la piedra-. Como si aquello no pudiera ocurrir. La piedra supo lo que vendría, por eso su sorpresa al sentir el suave contacto de esa conocida mano que la acariciaba lenta, meticulosamente. Supo que ella y el nativo habían llegado de alguna forma a quererse. A necesitarse.

     Mientras recorría la anatomía de esa piedra – que él también consideraba suya – palpando cada centímetro de su tortuosa superficie, el indio miró hacia el mar. Un dejo de melancolía se asomó a sus ojos. La miró por última vez y – como sabiendo tras tantos años de convivencia – la arrojó lejos. Lo más lejos que pudo.

     La piedra sintió el contacto de esa mano, la despedida, y el gesto del hombre en ese instante. Luego vino el impulso final y voló. Voló y entonces supo…

     Desde entonces la piedra está allí. En ese sitio. Alguna vez la compañía de algunos musgos. Uno que otro tierno pasto que crece al compás de las caprichosas lluvias, y la presencia permanente de esas alas. Esos seres que volaban libres. Desde entonces espera. Segura, tozudamente espera… Espera que…

     Abrí los ojos y los fijé aún con más intensidad en la piedra. Parpadeé y quedé sorprendido al oírme – por primera vez – implorar en voz alta:

     – ¡¿Que?! ¡¿Esperar qué?! –

     Hubo un silencio. Ni el mar, ni las gaviotas, ni la brisa susurraron su voz. Se produjo uno de esos escasos y mágicos instantes de puro, total y absoluto silencio.

     Luego la piedra habló. Habló muy quedamente. Como turbada, indecisa. Sin estar segura de aflorar sus más íntimos secretos.

     Conmovido escuché.

     La piedra esperaba – pacientemente – al tiempo. Sabía, con su milenaria sapiencia, que éste inexorablemente la iría desgastando. Ansiaba verse disgregada. Ya sentía partirse en pequeños trozos. Aguardaba que el sol y el frío la fragmentaran, convirtiéndola en cada vez más diminutas partículas. Sabía que el mar, allí cerca, la transformaría en una de los millones y millones de pequeñas piedrecitas que se mecían al influjo de las mareas. Al fin sería arena y entonces con ayuda del viento volaría hasta caer suavemente en el océano. Allí, descendiendo lentamente a las profundidades, ella sería una de las elegidas. Absorbida por un mejillón sería entonces ¡otro ser! La primera parte de su sueño estaría cumplida…

     Aquí se produjo otro silencio.

     Abrumado por la intensidad de los íntimos deseos confesados por la piedra, urgí nuevamente:

     – ¿¡La primera parte del sueño!? –

     Esa simple piedra, agrietada, a punto de desintegrarse, dueña de un pasado que contenía la memoria de los tiempos, dijo entonces con pudor:

     – Si, la primera parte… Porque como otro ser serviré de alimento a esos seres alados, y ya como parte indisoluble de ellos podré volar… ¡Volar libremente por los cielos! ¡Como aquella primera vez…!

     El sol ya casi se ponía tras la línea del horizonte. Sus últimos rayos de luz bañaban la playa. Otra vez todos los sonidos llenaban el ambiente. Sentí un profundo amor por aquella piedra. Hubiera querido llevarla conmigo, pero conocedor de su secreto sueño no lo hice. Me acuclillé a su lado, la acaricié suave, muy suavemente y me permití llamarla entonces:

   – Mi piedra”.  Mi Piedra B

 

De Fotos… (Alas)

Volar… Con la mente, el deseo, la aventura… O dejándose llevar en “alas de la imaginación” por el vuelo de las aves…

Cauquenes

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Cóndor Andino

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Según Bird Life International el 25% de las nuevas especies de aves descubiertas se encuentra bajo la amenaza de extinción…

No imagino un mundo sin alas…